sábado 7 de noviembre de 2009

Capítulo 58

¿De qué están hechos nuestros sueños, que se nos escapan?. Who wants to live forever (Queen)


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Jane miraba horrorizada a su hermana ante lo que le contaba.
-¡No puedo creer que le haya pegado al Sr. Thorton!
-No fue el mejor momento para que Darcy entrara, en parte es culpa mía. Conozco la naturaleza celosa de mi esposo, tendría que haber imaginado que no estaría lejos y que malinterpretaría cualquier gesto del Sr. Thorton.
-Pero, Lizzie, ¿este hombre te estaba…abrazando?
-Sí, es que yo estaba preocupada…por algo que sucedió con Darcy…¡No me mires así!- exclamó ante la mirada llena de censura de su hermana.
-¡Lo siento! Sabes que no soy partidaria de la violencia, pero puedo entender la reacción de tu marido.
Elizabeth la miró defraudada, si de alguien creería que tendría apoyo era en la tranquila y pacífica Jane.
-No convenceré jamás a Darcy para que le pida disculpas al Sr. Thorton- dijo con un suspiro de resignación.
-¿En la pelea se cayeron las masetas de la mesa?- preguntó su hermana mientras acomodaba una cinta del vestido de Beth.
-Ehhh…mmm…sí, fue entonces- respondió ocultando su vergüenza detrás de James.
-Señoras, ¿retiramos a los niños?- preguntó una de las niñeras al ver que casi era la hora de la cena.
Asintieron con la cabeza y besaron a los más pequeños, los mayores se resistieron a irse con algún berrinche que reprocharon sus madres y Elizabeth se alegró de alejarse del tema.
Poco después, los caballeros bajaron listos para la cena. Darcy entró con un visible cambio de humor. Donde hasta hacía unas horas había un rostro marcado por la preocupación, ahora había una obvia alegría difícil de ocultar.
Apenas entró en el salón, saludó a Jane y miró a Lizzie de reojo. Luego, caminó hasta donde estaba ella con la labor abandonada a un costado, corrió la pequeña canasta y se sentó a su lado.
Elizabeth se tensó inconscientemente ante la familiar proximidad, los últimos meses había reprimido y rechazado cualquier acercamiento, esperaba que tal hábito se fuera con el transcurrir del tiempo.
-¿Estamos bien?- le dijo Darcy apenas susurrando.
Ella le respondió asintiendo con una sonrisa forzada mientras asentía con la cabeza.
La cena fue anunciada y los hombres condujeron a las damas hacia la sala del comedor.
-Sr. Darcy, esta noche se lo ve muy mejorado. Creo que me he comportado en forma egoísta alejándolo tanto tiempo de Elizabeth y los niños.
-No tiene que disculparse, usted la necesitaba tanto como yo- respondió en forma cortés a su cuñada.
-Me enteré tarde que el Sr. Thorton estuvo aquí. Me hubiera gustado ofrecerle mis respetos, pero se fue abruptamente…-Bingley dejó la frase a la mitad al notar las señas que le hacía su esposa con la mirada.
Elizabeth levantó los ojos hacia su marido quien la miró por un instante con una breve sonrisa jactanciosa. Lo censuró con un gesto y se limpió la boca con la servilleta para responder.
-El Sr. Thorton y mi esposo tuvieron un pequeño altercado. Como seguramente le contará él cuando las damas nos retiremos y ustedes puedan conversar sobre un tema que poco placer nos trae a las mujeres- dijo de la manera más cortés para que el tema no se volviera a tocar en la mesa ante la curiosa mirada de su cuñado.



Las mujeres se retiraron con sus labores y los hombres se quedaron en la mesa un poco más para disfrutar de una copa y conversar sin la presencia de sus esposas.
-Sólo le pegué. Podría haberlo estrangulado si Elizabeth no se hubiera interpuesto entre nosotros.
-¡Darcy, desde la universidad que no escuchaba que te metieras en una pelea!- se rió su amigo, tomando en broma el asunto.
-Se lo merecía, ese hombre tiene intenciones hacia mi esposa que no corresponden a un caballero. Pero ella parece no darse cuenta- dijo entre celoso y resignado.
-Yo lo traté y me pareció un caballero muy agradable.
-¡Todos caen ante los encantos de Thorton! Parece que soy la única persona que no ve en él lo “perfecto” que es- dijo sarcásticamente.
Charles se rió tontamente. Le causaba gracia ver tan ciegamente celoso a Darcy.
-¡¿Pero qué fue lo que hizo para provocar esa ira?!- preguntó divertido.
-Se aprovechó de su vulnerabilidad para tocarla, si no hubiera entrado en ese momento, vaya a saber hasta dónde se habría atrevido- respondió serio y pensativo, como recordando el incidente en su cabeza.
-¡Por Dios, Darcy! ¿Realmente crees que Elizabeth se lo permitiría?- le preguntó un poco horrorizado- Si tu esposa te escucha, creo que no te lo perdonaría nunca.
-No pongo en duda que ella no le hubiera permitido, pero podría haber dado que hablar si entraba cualquier empleado. Sabes cómo le gusta cotillear a los sirvientes.
-Creo que Elizabeth lo sabe mejor que nadie- le respondió haciéndole notar que Darcy estaba en falta.
-Touché- fue la respuesta de Darcy ante el comentario de su amigo y cuñado.
-Y bien…¿ahora qué? Elizabeth estará rabiosa, aunque no lo noté en absoluto en la mesa.
Darcy bebió un trago de su bebida y sonrió brevemente.
-Mi esposa me ha perdonado. O al menos eso creo. Prometió volver a casa.
-¡Vaya que tienes suerte! Pensé que te iba a despellejar vivo ante tu conducta y resulta que tenías que pegarle al Sr. Thorton para que te perdonara- dijo divertido.
-Creo que es momento que nos unamos a las mujeres- sugirió para evitar que entre su alegría y las copas, revelara más de lo decoroso.
Jane y Elizabeth trabajaban en silencio y abandonaron sus labores cuando sus esposos entraron en el salón. La dueña de casa ordenó té y se sentaron todos a esperarlo.
-Sr. Darcy, mi hermana me comunicó la triste noticia que se volverán a Pemberley muy pronto. Sé que estuvo mucho tiempo, pero me gusta tenerla mucho conmigo.
-Papá prometió en su última carta, venir a conocer su nuevo nieto. Parece que el mes en casa de Kitty ha sido más que suficiente para su paciencia. Opina que nunca vio una criatura tan caprichosa como la pequeña Marie- dijo en broma Lizzie, para ver si le sacaba la tristeza del rostro a su hermana mayor.
-¡Pero si aún no camina! Seguro que papá exagera.
-Dice que es muy parecida a Kitty de pequeña, con el cabello rubio y pequeños rizos.
-Es una lástima que el Sr. Barton haya tomado ese puesto como vicario tan lejos- se lamentó Jane.
-Lejos de nosotras, pero cerca de su familia. Era la vicaría que esperaba desde hacía tiempo. Es algo bueno para ellos.
-Lo sé. Pero me gustaría tener a todas mis hermanas cerca- rezongó Jane.
-A todas menos a Lydia- dijo por lo bajo Lizzie y todos se rieron.
Darcy entró en la cama unos minutos después que su esposa. Elizabeth lo miraba con los ojos cargados del brillo especial que presumía. Se arrojó sobre ella para besarla apasionadamente, pero luego de un momento, lo apartó hacia atrás con los brazos.
-Sr. Darcy, creo que hay que aclarar ciertas cosas con respecto a lo sucedido hoy antes de seguir- dijo seriamente.
Darcy asintió con la cabeza sin pronunciar palabra y casi sin ceder ante el esfuerzo de ella por mantenerlo alejado.
-En primer lugar, lo tenga o no merecido según tu criterio, debes escribirle al Sr. Thorton pidiéndole disculpas por lo que pasó.
Él abrió la boca para protestar, pero en ese momento, ella dejó de empujarlo para atraerlo a sus labios, evitando que su esposo pudiera hablar. Cuando creyó que era suficiente “incentivo”, lo volvió a alejar.
-Segundo- dijo jadeante- quiero conocer a Margareth.
En ésta ocasión, él no puso ningún tipo de reparos, se limitó a dar un breve consentimiento.
-Tercero, me gustaría que deje de ser un secreto. Por ella y por mí.
-No sé si eso será posible- respondió sinceramente.
-¿Por qué? ¿Es acaso preferible que mi nombre sea una burla y que ella sea vista con malos ojos?
-Haré lo posible, te lo prometo. Me siento fatal por haberte expuesto a malos comentarios.
-Estas son mis exigencias. Si crees no poder cumplir con alguna de ellas, es mejor que me lo digas ahora y te vayas a dormir al sillón- fue la respuesta que no daba lugar a su esposo para dudas o temores.
-Las acepto- respondió y ella sacó sus manos que lo detenían por los hombros, para rodearlo del cuello y atraerlo hacia ella.

Volvieron a Pemberley dos días más tarde. La Sra. Reynolds estaba extasiada ante la vuelta de la familia a la casa. Por un tiempo, creyó que la señora no perdonaría al amo y no volvería a ver a los adorables niños.
Cuando se enteró por una breve misiva que regresaban, se dedicó a que la casa estuviera perfecta y de entrenar a los sirvientes para que no se prestaran a comentarios y cotilleo ante la amenaza de perder sus trabajos.
Lizzie se arrojó en el sillón de su habitación, su lugar preferido para leer un libro al atardecer.
Abrió la carta de Georgiana que acababa de recibir. Su embarazo estaba avanzado y necesitaba descansar. No podía acercarse a Pemberley y estaba preocupada por las noticias que le habían llegado sobre el matrimonio Darcy. Se negaba a creerlas y le pedía que por favor fuera a visitarla para calmarla y contarle la verdad.
Elizabeth se sintió mal por dos motivos. Uno era no haberle escrito a Georgiana desde el momento que ocurrió todo eso. Pero realmente no sabía qué decirle y explicarle el problema sin revelar más de lo que tenía permitido. El otro motivo que la hacía sentirse mal, era que ahora que estaba en casa, no quería salir.
Darcy golpeó y entró desde su habitación. Se paró junto a ella, Lizzie levantó su mano derecha y lo tomó de la mano. En la izquierda aún sostenía la carta de su cuñada.
-Georgiana quiere que la visite, no creyó tus respuestas y desea verme- le comentó mirándolo desde abajo.
Él se sentó al lado suyo, la besó en la frente y en los labios, y después se quedó pensativo.
-No creo que pueda mentirle- dijo Elizabeth ante el silencio de su marido.
-Iremos los dos. Le contaré la verdad si a Richard le parece bien. No sé si es oportuno alterarla.
-Las mujeres somos más fuertes de lo que ustedes creen. Embarazadas o no.
Darcy le sonrió. No dudaba que Elizabeth era más fuerte que él.

-¡Elizabeth! ¡Qué alegría me produce verte!- exclamó Georgiana desde el sillón sin poder levantarse.
-Por favor, Georgie, no te levantes. Me acercaré para saludarte- y diciendo esto, caminó hasta donde su cuñada y se sentó a su lado tomándole las manos.
Elizabeth conversó de trivialidades relacionadas al nacimiento y los niños intentando disimular la preocupación que le provocó ver tan frágil y delicada a Georgiana. Observó de reojo a su esposo y se miraron brevemente, sus ojos reflejaban el temor que ella intentaba ocultar.
-Georgie, ¿te ha visitado últimamente el médico?- preguntó Darcy sin poder esperar más.
-Ya sé que luzco bastante mal. Pero vino a verme un médico que trajo Richard desde Londres. Me obliga a tomar unos preparados bastante horribles para fortalecerme, estoy muy delgada.
Ninguno de los dos contestó inmediatamente. Los ojos azules de Georgiana parecían hundidos y su cara estaba huesuda y con un desagradable color.
-Tal vez deberías venir a casa con nosotros, la Sra. Reynolds te haría subir de peso rápidamente. Cuando no toleraba la comida y comencé a perder peso, me obligaba a tomar sus famosas sopas- dijo Elizabeth para reanimar la conversación.
-Me gustaría ir a Pemberley, extraño mi viejo hogar. Pero difícilmente me puedo levantar del sillón- se disculpó tristemente.
-Bueno, irás después de tener el bebé- la confortó Darcy.
-¿Y Richard?- preguntó Elizabeth.
-Ha ido a ver a su padre, seguramente volverá para la hora del té. Estoy muy contenta de verlos, nadie me cuenta nada, pero había escuchado unos rumores…de lo más preocupantes y desagradables- dijo casi con vergüenza.
Darcy se sentó en el apoya brazos del sillón, junto a su mujer, colocándole una mano sobre el hombro. Elizabeth puso la suya sobre la de él y la apretó suavemente.
-No sé a qué te refieres, querida Georgie- mintió Elizabeth. Desde que la vio, se dio cuenta que no era momento para contarle nada que le pudiera causar alteración.
-Escuché que ustedes habían peleado por…Bueno, no importan los motivos y que te habías marchado de Pemberley- comentó y por un instante, sus mejillas amarillentas, adquirieron un tono rosado, aunque los presentes no sabían decir si era por timidez o enojo.
-¡Que nos peleemos no es una noticia preocupante!- dijo Lizzie con una sonrisa- Bien sabes que tu hermano es terco como una mula y peleamos a menudo.
Ella hizo una insinuación de sonrisa y observó calladamente a los dos para leer en ellos si escondían algo.
-Georgiana, no deberías permitirle hablar así de tu hermano mayor- dijo seriamente, mientras se sentaba frente a ellas- Vas a hacerme creer que tú piensas como ella.
Esta vez, rió con más ganas, hasta se le escapó una pequeña carcajada.
-Hay que reconocer que sí me fui de Pemberley y es por eso que no te escribía. Seguramente te has enterado que Jane ha tenido un niño. He estado los últimos meses en Green Park, para ayudarla con los preparativos y luego, hasta que estuvo bien.
-Me alegro mucho saber que todo le fue bien y que ha tenido un heredero para el Sr. Bingley.
-Ha sido una fortuna, más sabiendo que el médico recomendó no tener más niños- dijo Darcy.
-Eso es una pena- comentó Georgiana afligida.
-Bueno, hablemos de cosas alegres- dijo Lizzie para cambiar el tema.
-¡Sí, por favor! Alégrenme el día- exclamó Richard que entró en ese momento a la sala- Por ejemplo, Darcy, podría vaticinarme si espero un niño o una niña.
-Por el tamaño aumentado de tu barriga, puedo decir que hay un exceso de cerdo y brandy. La que debería engordar es tu esposa, no tú- comentó Darcy.
Todos se rieron y Richard intentó esconder su estómago.
Anochecía temprano, por lo que los Darcy se despidieron demasiado temprano para gusto de Georgiana, pero prometieron volver pronto y que le traerían a sus sobrinos.
En el carruaje, Darcy no se atrevió a pronunciar en voz alta el miedo que le dio la visión de su hermana. No necesitaba decir que sentía temor. Elizabeth también lo sentía. Le tomó la mano en silencio y se la apretó.

-Elizabeth, ¿estás despierta?- preguntó susurrante en la oscuridad de la habitación. El fuego del hogar casi se apagaba por lo que se veía con las cortinas del dosel corridas.
Era muy tarde, tal vez las tres de las mañana, se atrevió a adivinar Darcy y se arrepintió de haber hablado.
-Es imposible dormir, contigo en la misma cama- protestó Lizzie y se arrimó contra él y le acarició el rostro al que podía adivinar preocupado- William, por favor, intenta dormir.
-Lo intento.
-Lo sé. Sabes que Richard no es tonto, por más que parezca despreocupado y risueño como siempre, si ha traído un doctor desde Londres, es porque está tan alarmado como nosotros.
-Me gustaría saber qué opinión tiene ese médico.
-Dentro de unos días iremos a visitarla otra vez, llevaremos los niños y tú tendrás la oportunidad de conversar con Richard. Hasta entonces, ¿puedo hacer algo por ti?
-Sólo tenerme paciencia, sabes que lo que más temo en el mundo, es que les pase algo los seres que amo.
-Lo sé, es una de las razones por las que me enamoré de ti- le respondió besándolo con ternura.

El pronóstico que Richard le dio no hizo más que sumirlo en la angustia. Georgiana no toleraba casi nada, sus vómitos eran diarios, aún pasado el primer trimestre. Eso la estaba debilitando y el médico temía que no llegara a término con el embarazo o que no lograra superarlo.
Mientras él escuchaba con silenciosa angustia, Richard rompió a llorar como un niño, tomándolo desprevenido. Lo palmeó en el hombro y esperó a que se controlara.
-Vamos, necesitas ser la persona que le transmita tranquilidad en estos momentos, ser su sostén.
-Lo sé, lo sé. Ella está tan ilusionada con el nacimiento y yo estoy aterrado.
-Ahora sabes por lo que he pasado dos veces- dijo intentando calmarlo.
En el dormitorio, William, correteaba y hacía todas las monerías aprendidas para su tía, quien sostenía débilmente a su pequeño ahijado.
-Me parece que estás cansada, es mejor que lleve a los niños abajo- dijo Lizzie al notar la expresión agotada en la cara de Georgiana.
-No los lleves, Elizabeth, me alegran aunque esté débil- le pidió con un hilo de voz.
-Yo volveré enseguida y te traeré algo rico que te envía la Sra. Reynolds- le prometió.
-Que terminará en la cubeta, como todo lo demás- respondió triste.
-Esperemos que esto sea lo que le gusta al bebé- le dijo buscando despertar esperanzas.
Elizabeth bajó con una idea en su cabeza. Dejó a los niños y fue a buscar a su esposo. Lo encontró en el despacho de Richard, los dos estaban angustiosamente callados.
-Siento interrumpir, pero se me ha ocurrido que ya que Georgiana no puede ir a Pemberley, yo debería quedarme aquí hasta que mejore. Tú puedes venir a caballo que es más rápido que el carruaje, los niños alegran a Georgie y necesita una mujer que la ayude.
-Está bien para mí- le dijo con una sonrisa.
Las cosas se planearon de esa forma rápida, Lizzie se dedicaba personalmente de Georgiana, tanto Richard como Darcy se sentían más aliviados y en pocos días se vio una pequeña mejoría en la paciente.
-Gracias-Darcy le susurró contra el cabello y la besó.
-¿Por qué?- preguntó Elizabeth mientras se acurrucaba contra su pecho. Era la primera noche que dormían juntos desde que ella estaba en casa de los Fitzwilliam.
-Por cuidar de mi hermana.
-No tienes que agradecérmelo. Lo hago por motivos totalmente egoístas- respondió acariciándole el pecho desnudo.
-¿Y cuáles son?- preguntó con curiosidad.
-Que me siento más tranquila al tenerla bajo mi cuidado y a la vez, evito tener que soportarte- Darcy rió y volvió a besarla.

El día más frío de lo que iba en el año, Georgiana comenzó con su trabajo de parto. Elizabeth no se separó de ella, confortándola, apoyándola y dándole fuerzas cuando parecía que la abandonaban. La preocupación de todos aumentaba a medida que pasaban las horas y la oscuridad llenaba la casa.
Los hombres esperaban en piso de abajo, en una poco iluminada habitación, donde de a ratos dormitaban rendidos por la espera.
-Parece…que va a nevar- dijo Georgiana sin fuerzas, mientras miraba hacia la ventana de su habitación.
-Sería la primera nevada del año- le respondió Lizzie, secándole la frente con un paño. El silencio que siguió, fue interrumpido por una dolorosa contracción y las órdenes de la partera y el médico.
-Estoy muy cansada…no puedo más- susurró Georgiana.
-¡Sí puedes! Estás haciéndolo muy bien- le dijo alentándola.
-Elizabeth, mi querida Lizzie…te quiero más que si hubieras sido mi hermana de sangre…has hecho tan feliz a mi hermano…
-Shhh, no hables y guarda tus fuerzas para la próxima contracción- la interrumpió Elizabeth.
El médico discutía con la partera sobre la situación, estaba claro que temían por la vida de la madre y del hijo. Sospechaban que con tantas horas de trabajo inútil, tal vez el niño ya no estuviera vivo.
Elizabeth agradeció que Georgiana estuviera sumida como en un sopor y no los hubiera escuchado.
-Tiene fiebre- murmuró el doctor a Lizzie.
-¡Georgiana! ¡Georgiana! ¡Despierta, debes pujar! Falta muy poco- le ordenó a su cuñada mientras le acariciaba los cabellos revueltos.
Finalmente, unos débiles sollozos anunciaron el nacimiento de un varón. Pequeño y frágil, fue entregado a Elizabeth quien lo acercó a la madre.
-Es…bello- dijo Georgiana sin aliento en sus pulmones y lágrimas en los ojos.
-Se parece a mi William cuando nació- le sonrió Lizzie y su cuñada asintió cerrando los ojos.
-Sé que…cuidarás bien de él- le dijo mientras con dedos temblorosos acariciaba a su bebé.
-Georgie…¿qué dices?...Tú y Richard lo malcriarán y llenarán de vicios…- la interrumpió para no oírla.
-Cuida de mi hermano y de Richard…pobre Richard…-continuó como si no la hubiera escuchado.
-¡No quiero escucharte hablar así! Te pondrás bien, ya lo verás- le respondió con un nudo en la garganta, mientras esperaba que el médico apoyara sus palabras. El doctor Peterson, la miró negando con la cabeza y bajando la mirada.
-No tengo miedo…sólo lamento no verlo hacerse un gran hombre.
-Georgie…por favor…- dijo rompiendo a llorar.
-Promételo.
Lizzie sólo fue capaz de asentir con la cabeza.
-Mi pequeño John…- esas fueron las últimas palabras que pronunció antes de morir con una expresión de tranquilo alivio.

El Sr. Peterson se ofreció para dar la noticia a la familia. Elizabeth le pidió estar presente. Entregó el pequeño a la partera para que lo higienicen y antes de salir de la habitación, miró la figura de Georgiana que parecía dormida.
Entraron a la habitación y al ver a su esposo, éste no necesito palabras para descubrir lo sucedido. Cayó sentado con una expresión de desolación que la partió por dentro.
-Lo siento, Coronel, su esposa ha dado a luz a un varón, pero no ha sobrevivido al parto. Fueron muchas horas para su salud delicada- el médico seguía explicándoles lo sucedido, pero nadie parecía escucharlo.
Afuera, caían los primeros copos de nieve.

lunes 5 de octubre de 2009

Capítulo 57

"POR FAVOR PERDÓNAME
NO SÉ LO QUE HAGO
POR FAVOR PERDÓNAME
NO PUEDO PARAR DE AMARTE
NO ME NIEGUES
ESTE DOLOR ESTÁ SIGUIENDO" Bryan Adams, Please Forgive me.


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Elizabeth entró en la casa con las mejillas sonrosadas por la caminata y la propuesta del Sr. Thorton. No estaba segura de haber interpretado correctamente sus palabras, pero le había ofrecido su casa sabiendo que ella era una mujer casada. Seguramente debería estar sintiéndose ofendida por semejante oferta, pero no lo estaba.
Al acercarse al despacho de su cuñado, de las penumbras surgió una figura de improvisto que la sorprendió, y que casi hace que se le escapase un grito.
-Hola- le dijo y ella se llevó una mano al pecho para disimular su respiración agitada.
-Lo siento, no quise asustarte- dijo Darcy, disculpándose. Su apariencia había mejorado muchísimo, estaba tan prolijamente acicalado como siempre. Sólo en sus ojos se observaban las consecuencias de no descansar correctamente.
De dentro de la pequeña sala, se escuchó a William y Beth jugueteando. Charles era muy permisivo con los niños, los dejaba jugar donde quisieran y con lo que quisieran. Elizabeth temía que el tiempo que estaba pasando allí tuviera consecuencias en William.
Él le señaló la puerta para que ella pasara. William corrió hasta ella y se colgó de sus faldas haciéndola tambalear entonces, Darcy, la tomó del brazo para que no se cayera.
-Will, muéstrale a papá como hacen las vacas- dijo Elizabeth, intentando no sentir que el contacto con su esposo la quemaba. Se había prohibido esos sentimientos hacia él.
El pequeño comenzó con sus monerías para deleite de su padre que, a pesar de reírse y festejar cada cosa que hacía, tenía una profunda tristeza en la mirada.
Elizabeth caminó hacia la única ventana que tenía las cortinas corridas y descubrió que se veía perfectamente el camino que ella había tomado con el Sr. Thorton. Se preguntó si él la habría visto desde ahí. Giró hacia donde estaba su esposo arrodillado con los niños justo cuando él levantó la vista y la miró. La expresión que tenía le hizo darse cuenta que la había visto y por un breve instante se sintió culpable.
-¿Has hablado con Charles?- preguntó tratando de entablar conversación y alejar la culpabilidad.
-Sí, salió cuando vimos marcharse al Sr. Thorton- respondió sin mirarla y éste gesto la llenó vergüenza.
-Tú enviaste la carta entre las correspondencias que llegaron. Está en la región por negocios y me prometió otra visita antes de regresar a su casa. ¿Tienes algún inconveniente que lo reciba?- preguntó con un tono sarcástico.
Darcy la miró con amargura y negó con la cabeza. Se sentía miserable y sin autoridad para negarle nada. Ella vio la expresión y se mordió el labio.
-¡Hola, Elizabeth! No sabía que estabas aquí. Mejor los dejo solos- saludó y se disculpó Charles por haber interrumpido lo que esperaba fuera un acercamiento.
-No es necesario que salgas, es tu casa- dijo Lizzie.
Bingley regresó con rubor en la cara y sin saber qué decir para cortar el silencio que sólo rompían los niños que jugaban en la alfombra.
-Darcy, ¿te quedarás unos días?- fue lo único que se le ocurrió sin notar la expresión de pánico de su cuñada.
-Me gustaría quedarme unos días, pero viene a caballo y sin equipaje.
-Eso se soluciona fácil, mañana temprano envío a alguien por tu criado y ropa- y al decir esto, descubrió que Lizzie lo miraba con reproche.
-Entonces me quedo- dijo Darcy, sentándose en un sillón bajo, notando que su esposa parecía un tanto confusa. Se alegró pensando que su presencia en Green Park podía hacerla flaquear en sus determinaciones.

Jane bajó a la sala por primera vez desde el nacimiento. Había estado muy débil y lentamente mejoraba su color y sus fuerzas. Tanto la partera, como el médico que la habían atendido, habían recomendado que éste fuera su último niño. No creían que fuera capaz de soportar otro parto.
Las noticias la habían amargado, porque conocía bien que su esposo deseaba una gran familia, aunque él le aseguraba continuamente que prefería tenerla a ella antes que a muchos hijos, sentía una cierta tristeza.
Al ver a Darcy, lo saludó contenta. Tenía un carácter dulce y tranquilo, solía guardar buenos sentimientos por todos, pero no era tonta. Sospechaba que algo pasaba entre su hermana y su cuñado. Lizzie nunca se quedaba tantos días lejos de su marido, y éste tampoco se mantenía tanto tiempo alejado.
Elizabeth, que no quería llevarle preocupaciones, no había hecho ningún comentario sobre lo sucedido. Así que esa noche, se vio forzada a simular que nada malo pasaba en su matrimonio.
En la mesa, su hermana, decidió sentarlos juntos, para que tuvieran la oportunidad de hablarse.
Ninguno de los dos protestó sobre la disposición de la mesa, simplemente acataron la designación y se comportaron como si no existiera ningún inconveniente.
La conversación se dirigió especialmente sobre los hijos, un poco sobre las últimas noticias de Londres y algo de la economía de sus propiedades.
Al terminar la cena, fueron al salón y Jane insistió en que Lizzie cantara algo al pianoforte. Sólo aceptó porque era un poco más feliz al verla tan animada.
Se sentó al piano, revisando las partituras y Darcy se paró detrás de ella. Sin decir nada, se arrimó para escoger una que le gustaba a él y la colocó en el piano. Elizabeth contenía la respiración, con su proximidad, se sentía invadida por sensaciones que quería enterrar.
Él no se movió de su lado, dispuesto a cambiarle las páginas de la partitura. Cuando terminó, la escoltó del brazo al sillón y se sentó con ella.
Elizabeth estaba confundida. Por un lado, estaba agradecida porque él estuviera simulando tan bien frente a Jane. Por otro, estaba enojada porque creía adivinar que él se estaba aprovechando de la situación para hacerla flaquear.
Llegado el momento de retirarse, Bingley acompañó del brazo a Jane para ayudarla a subir las escaleras. Elizabeth no quería quedarse a solas con su esposo y se levantó presurosa.
-Yo también me retiraré- anunció.
-Entonces haré lo mismo, no pienso quedarme sólo con una botella de brandy- dijo Darcy en tono de broma.
-Yo ya regreso, Darcy, no tienes porqué ir a la cama ahora- le dijo Charles.
-No, está bien. Estoy cansado, me iré a dormir.
-Hice que la criada te deje ropa de dormir sobre la cama de Lizzie- dijo Jane, que daba por sentado que compartirían la habitación como normalmente lo hacían.
Elizabeth se paralizó en medio de la escalera y Darcy, que venía detrás, tropezó con ella. Tuvo que disimular rápidamente al darse cuenta que todos se habían frenado y la miraban.
-Cariño, tal vez prefieran dormir separados- sugirió Charles en voz baja.
Jane miró a su hermana y a su cuñado esperando que le aclararan la situación.
-No…no…- dijo Elizabeth tomando del brazo a Darcy.
-Claro…está bien- respondió Darcy interrumpiendo a Lizzie.
Subieron el resto de las escaleras en silencio y se despidieron de los dueños de casa en la puerta de la habitación.
Apenas entraron, Elizabeth se dirigió al vestidor con su criada y dejó a su esposo cambiándose con un valet de Charles.
Cuando Lizzie volvió a entrar en el cuarto, Darcy en ropa de cama la miraba incómodamente junto a la cama.
-Usted, señor Darcy, dormirá en ese cómodo sillón- ordenó enojada mientras tiraba una almohada y una cobija sobre un pequeño sillón demasiado pequeño para la gran estatura de Darcy.
Sin protestar, se sentó donde le ordenaban, cubriéndose como pudo con una manta un tanto corta, que dejaba sus pies descubiertos.
Elizabeth se acostó protestando por dentro, golpeó un par de veces la gruesa almohada de plumas y se ubicó en el centro de la cama. Apagó la vela de un soplido y la recamara quedó sólo iluminada por la luz de la pequeña fogata de la chimenea.
Intentó dormir e ignorar la evidente incomodidad de su esposo. Realmente trató de alegrarse en su desdicha, pero no estaba en su carácter el sentir eso por Darcy.
Después de un largo rato de silencio, su esposo habló muy despacio.
-Elizabeth, ¿estás despierta?- dijo en apenas un murmullo.
Ella pensó si sería conveniente hacerse pasar por dormida y no responder.
-Sí- respondió enojada consigo misma.
-Quería decirte que siento ponerte en una situación que consideras desagradable.
Elizabeth resopló. Ahora resultaba que ella era la mala.
-No te preocupes. Es mi culpa por no ser sincera con mi hermana. No sabe lo que pasa entre nosotros, ni quiero que lo sepa por ahora.
-Supongo que tarde o temprano se lo tendrás que decir. Más, si sigues sin perdonarme y te vas a casa de tu padre- dijo en tono lastimero. Elizabet volvió a resoplar.
-Eso no está decidido. Tal vez no sea necesario que Jane también pierda la fe en ti- fue la respuesta que dio y se acomodó en la cama cerrando los ojos dando a entender que daba por terminado el tema.
-Buenas noches- saludó desde la molestia de su improvisada cama.
-Buenas noches-le respondió secamente.
Darcy empezó a buscar una posición medianamente cómoda, removiéndose en el sillón, se conformaba con que le permitiera dormir sin sufrir demasiadas consecuencias por la mañana.
-¡Fitzwilliam!- exclamó fastidiosa Elizabeth desde la cama- ¿No puedes quedarte quieto?
-Lo siento, procuraré no moverme más. Es que el espacio es un poco pequeño para mi y es un tanto complicado encontrar una posición.
-¡Está bien! Puedes venir a la cama- dijo irritada- Prefiero tenerte al lado mío y no soportar tus vueltas y quejidos.
Darcy se levantó dubitativo ante la invitación. ¿Sería un nuevo truco para hostigarlo?
-¿Y bien?- preguntó Elizabeth corriéndose hacia el lado derecho de la cama.
Él llevó la almohada y se acostó en la cama, dejando un claro espacio prudencial entre los dos.
-Hay condiciones, tus manos se mantendrán alejadas de mí. Confío en que te comportarás como un caballero y que respetarás que aún estoy ofendida contigo.
-Tienes mi palabra- respondió. Entonces, Elizabeth, se acomodó para darle la espalda, tratando de parecer calma, cerró los ojos y se esforzó en controlar la respiración y los latidos de su corazón que quería salir de su pecho ante el cuerpo tibio tan cercano.
A pocos centímetros, Darcy librará una batalla interna no muy diferente a la de ella. Se regocijaba por los avances y a su vez, reprimía los deseos de hacerla suya mientras su nariz percibía la familiar fragancia a lavanda del peso de su esposa.
Elizabeth se durmió agradeciendo que hubiera cumplido con su palabra. Ante la menor caricia, habría desistido, y sabía que en la mañana, se arrepentiría de la decisión.

Aún sin abrir los ojos, Darcy se sintió profundamente renovado, hacia días que no dormía tan bien. Se acercó más al cuerpo tibiamente familiar que abrazaba y se acurrucó contra él.
Abrió los ojos muy despacio, dejando que se acostumbraran lentamente a la claridad de la habitación. Parpadeó e inspiró profundamente. Una ráfaga de cabellos perfumados lo invadió y, entonces, se dio cuenta que la situación quebraba la palabra dada la noche anterior.
Intentó alejarse despacio para no despertarla, pero ella aferraba firmemente una de sus manos contra el pecho. Cuando él intentó separarse, ella automáticamente tiró hacia si, suspirando y acercando la mano hasta los labios.
Entonces despertó y, por un breve instante, estuvo feliz de tenerlo junto a ella, hasta que recordó lo sufrido los últimos tiempos. Lo soltó en forma brusca y saltó de la cama.
Darcy se quedó quieto, conteniendo la respiración, esperando la reacción de su esposa. Lizzie lo miró enfurecida y algo confundida. Sin decir nada, corrió hacia el vestidor, azotando la puerta tras ella.
Se lavó la cara repetidas veces enojada consigo misma por dar cabida a esos sentimientos.
Intentó evitarlo durante todo el día, aunque no pudo dejar de verlo en el desayuno y una vez en el dormitorio de los niños.
Creía conocerlo bien y no le gustaba la forma en que la miraba, con esperanza y un poco de picardía.
Esa noche lo haría dormir en el sillón aunque tuviera dolor de cuello de por vida.
Pero las cosas no siempre salen como se planean. Elizabeth terminó yendo más tarde a la cama que él, porque el bebé de Jane tenía fiebre y las dos damas no fueron a dormir hasta que esta no bajó.
Entró en la habitación y encontró que su marido dormía extendido en medio de la cama.
Fue a desvestirse haciendo la mayor cantidad de ruido posible con la esperanza de despertarlo y sacarlo de la cama. O estaba muy dormido o simulaba demasiado bien.
Entró en la cama acomodándose en el pequeño espacio que le había dejado repartiendo codazos. Darcy giró hacia el otro lado y ella se acostó murmurando insultos.
Cuando un rayo de sol le dio en la cara, instintivamente, giró hacia el centro de la cama quedando a sólo centímetros de Darcy. Se aproximó contra su pecho y él la abrazó acercándola hacia él.
Cuando minutos más tarde, Lizzie terminó de despertarse, se encontró con la mirada de su esposo que ya despierto, la observaba sin soltarla.
Lo empujó con los brazos alejándolo.
-Me lo prometiste- le recriminó.
-Y tú eres mi esposa, prometiste estar conmigo en las buenas y en las malas.
-Eres insufrible- respondió Elizabeth e intentó levantarse de la cama, pero no la dejó y volvió a atraerla hacia él.
-Suéltame o juro que gritaré- dijo esperando que cediera.
-Entonces grita, pero luego tendrás que darle el disgusto a Jane- le dijo desafiante.
Elizabeth aflojó su lucha y lo miró llena de ira.
En ese momento tenso, la criada de Elizabeth, golpeó la puerta para anunciar que el baño matutino estaba preparado. Aprovechó ese instante para soltarse e irse de la cama. Fue la segunda mañana seguida que terminaba azotando la puerta.

Estaba enojada con él, enojada con ella misma y enojada con el día nublado en el que caía una fina llovizna.
Se refugió en la biblioteca un tanto pobre de Green Park, los dueños anteriores no habían sido grandes lectores y Charles no colaboraba con nuevas adquisiciones.
Cerca del mediodía, llegó un mensaje dirigido a Elizabeth de parte de Thorton. Le anunciaba que estaba en el pueblo y esperaba una invitación para la hora del té.
Hizo que le avisaran a Darcy de la visita, pero este se excuso de recibir a Thorton. Ella lo atendió en una pequeña salita de la casa, para no tener un encuentro complicado entre su esposo y su invitado.
-¿Tiene noticias de su esposo?- le preguntó Thorton luego de las habituales preguntas de rigor.
-La verdad es que sí. De hecho, está aquí, en Green Park- dijo, llenando otra taza de té.
-¿Se ha solucionado el “malentendido” entre ustedes?- la interrogó con clara curiosidad.
-¿Le gustaría caminar un poco?- contestó con otra pregunta, evadiendo la respuesta.
-Me encantaría, pero creo que no será bien visto por su esposo que salgamos solos sin compañía y bajo la lluvia.
-No saldríamos de la casa y estoy casi segura que nos encontraremos con mi hermana. Yo no expondría a mi marido a la clase de comentarios a los que me expuso él. Iremos sólo al jardín de invierno, tiene una preciosa vista de la fuente de Coventina.
Elizabeth lo condujo por la casa haciendo de guía hasta llegar al invernadero que tanto cuidaba Jane.
Allí estaba su hermana mayor cuidando de sus flores. Después de las presentaciones, Thorton se mostró tan encantador como siempre, alabando el lugar y la preciosa vista.
Poco después, Jane fue solicitada por su ama de llaves y se disculpó con la visita.
-Bueno, querida Elizabeth, creo que se ha desenvuelto de la mejor manera para no hablar del tema de su esposo.
-Es algo que no deseo hablar con nadie- respondió caminando hacia un gran ventanal.
-Creo que con alguien tiene que hablar. No lo tomaré como ofensa que no sea conmigo, pero tal vez podría hacerlo con su padre o su hermana.
-No tengo mucho que decir al respecto.
-Creo que no le termina de agradar la presencia de él aquí- se atrevió a adivinar.
-Tiene todo el derecho de venir a ver a sus hijos, es sólo que…verlo no me ayuda- confesó con tristeza.
-Lo siento mucho.
-Cuando hablo con usted, me siento en cierta medida culpable.
-¿Por qué?
-Porque usted amó tanto a su esposa y la debe extrañar muchísimo. Y yo lo tengo y me doy el lujo de intentar mantenerlo alejado de mí.
-No tiene porqué sentirse mal. Mi esposa era una mujer inteligente, amorosa y creo que fue feliz. Pero le aseguro que si le hubiera hecho el desprecio que ha cometido su esposo en contra suya, probablemente habría tomado una decisión como la suya o peor.
-No preste atención a todo lo que se dice en el pueblo. La realidad del problema es menor a lo que parece desde afuera.
-Lo que sea que le hizo, le ha roto el corazón y eso es suficiente.
A Elizabeth se le llenaron los ojos de lágrimas y giró la cabeza para que el Sr. Thorton la viera.
Thorton se acercó hasta ella y se tomó el atrevimiento de tomarla del mentón para que lo mire.
-Darcy es un hombre afortunado, usted lo sigue amando a pesar de todo. Espero que él lo sepa- dijo y le dio un inapropiado abrazo.
Una mano lo tomó de sorpresa por el hombro, obligándolo a darse vuelta. Al girar, quedó sorprendido y de frente a un Darcy que lo miraba furioso. Antes que pudiera reaccionar el puño de éste impactó contra su cara.
-¡NO!- gritó Elizabeth mientras Thorton retrocedía unos pasos producto del golpe y se tomaba la nariz que sangraba.
Cuando Darcy avanzaba lleno de ira para golpearlo otra vez, Elizabeth se interpuso en medio.
-¡Darcy, basta!- gritó colocando sus brazos contra el pecho de su esposo e intentando frenarlo.
-¡William, por favor!- dijo tomándolo de la cara, para obligarlo que deje de mirar hacia Thorton y la mirara a ella. Darcy la miró y aflojó la lucha.
-Señor Thorton, creo que es momento que se vaya- dijo Darcy con voz brusca.
Thorton sacó el pañuelo de su bolsillo y se limpió la sangre de la nariz.
-Me iré si me lo pide Elizabeth- respondió desafiante.
-¡Para usted es la Sra. Darcy!- le gritó Darcy, intentando llegar hasta él.
-Por favor, Sr. Thorton, le pido que no complique más las cosas y se retire- le pidió Elizabeth luchando por contener a su esposo.
Thorton se acomodó la ropa y saludó con un movimiento de cabeza a Elizabeth. Al pasar junto a Darcy, se frenó y dijo:
-Usted no la merece.
-Tal vez sea verdad, pero es mía- respondió remarcando el pronombre posesivo.
Elizabeth no lo soltaba de las solapas a pesar que Thorton había abandonado el lugar. Temía que saliera detrás de él.
-¡¿A qué vino todo esto?!- lo interrogó.
-Ese hombre no es un caballero, estaba esperando tener la posibilidad de poner sus manos sobre ti.
-¡Sé defenderme sola!
-¡Te estaba tocando!
-¡Sólo porque me vio llorar!
-No me importan los motivos, no debería tocar a una mujer que no pertenece- respondió duro.
-¡Yo no soy propiedad de nadie!
-¡Sí lo eres! ¡Eres mía!- exclamó tomándola de la cintura y apresando su boca con los labios hambrientos.
Elizabeth luchó por zafarse de los fuertes brazos que la aprisionaban.
-¡Suelta…me!- ordenó en un segundo que logró escapar de su boca.
Darcy no se molestó en responderle, siguió invadiendo el interior de su boca y sus manos comenzaron a recorrerla con desenfreno, quemándole la piel.
La arrinconó contra una de las mesas, haciendo que se caigan un par de masetas que estaban colocadas sobre ella.
Elizabeth intentaba pensar y no dejarse llevar por las caricias y besos que recorrían cada centímetro de piel libre llenándola de ardor.
Sintió como se desgarraba un poco de tela de su escote entre las firmes manos de su esposo y lo poco que le quedaba de razón, la perdió ante los besos apasionados que se adueñaron de su pecho.
Lleno del entusiasmo que le provocaron los gemidos de su esposa, la condujo hacia el suelo. Le levantó la pollera lleno de excitación y se unieron arrebatados en una espiral de pasión y locura.
Cuando el delirio de amor llegó a su fin, aún extasiados y agitados, Darcy la miró mientras ella intentaba en vano arreglar su vestido.
-Te compraré otro- le dijo acomodándole un mechón suelto detrás de la oreja.
-¡Más te vale!- le dijo enojada.
-¿Estás muy enojada conmigo?- le preguntó apretándola contra su cuerpo.
-Me engañas, me ignoras, golpeas a mis amigos y luego das lugar a tus bajos instintos en casa de mi hermana. Claro que estoy molesta contigo- pero al decir las últimas palabras una leve sonrisa se escapó de sus labios hinchados culpa de los besos entusiasmados.
-Si vuelves a casa conmigo, prometo compensarte- le susurró al oído.
-Volveré a casa- dijo mientras anudaba su cravat, dibujándole una magnífica sonrisa en la cara de Darcy.

sábado 12 de septiembre de 2009

Capítulo 56

"ENTONCES ME MIRASTE
YA NO ESTABAS GRITANDO
ESTABAS SILENCIOSAMENTE QUEBRADO" Forgive me, Evanescence.
http://www.letras4u.com/evanescence/forgive_me.htm


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No podía pensar. Parecía que la capacidad de razonar estaba suprimida por el intenso dolor que invadía cada rincón de su cuerpo.
No recordaba haber llegado a su habitación, pero de pronto se encontró parada en medio de ella sin saber qué hacer.
Se enjuagó las lágrimas del rostro y lo refrescó con agua.
-¿Qué haré ahora? Piensa- dijo en voz alta para obligarse a razonar.
Llamó a sus doncellas. Sabía lo que tenía que hacer. ¿Sería realmente capaz de hacerlo?
-Preparen mis baúles y los de los niños. Avísenle a la niñera Johnson que partimos de viaje inmediatamente.
Las doncellas obedecieron y salieron murmurando hacia el vestidor.
Elizabeth se descubrió nuevamente sola en su dormitorio. La orden estaba dada, tenía que dejar Pemberley. En la casa de Jane sería bien recibida, podría utilizar la excusa del próximo nacimiento del bebé. Nadie podría hacer comentarios insidiosos. Más tarde pensaría lo que haría después que su hermana tuviera al niño.
Los pasos de Darcy se escucharon por el corredor. Elizabeth salió como disparada a cerrar la puerta. La que unía sus recámaras hacía semanas que permanecía con llave.
Golpeó la puerta con rudeza.
-¡Elizabeth! ¡Abre la puerta!- solicitó levantando la voz mientras intentaba en vano abrirla.
Elizabeth no respondió, estaba paralizada ante la perspectiva de enfrentarse a él y escuchar de sus labios, esos a los que tanto amaba besar, la dolorosa verdad que acababa de descubrir.
-Tenemos que hablar. Te aseguro que la idea que te has hecho no es la correcta- dijo bajando el tono, intentando parecer tranquilo.
Del otro lado, Elizabeth hizo una mueca de incredulidad ante esas palabras.
-¡Elizabeth, sé que estás ahí! ¡Romperé la puerta si es necesario!- anunció impaciente ante la falta de respuestas.
Darcy se calló expectante. Escuchó la llave girar y deslizarse la traba de la puerta. Tomó el picaporte y abrió.
Su esposa lo miraba con los ojos rojos de llorar y con una expresión en el rostro que revelaba un corazón roto. Se sintió terriblemente mal al darse cuenta que él era el causante de ese dolor. Él, con sus estúpidas decisiones.
Ninguno de los dos decía nada, Darcy luchaba con el impulso de abrazarla para calmar su dolor, pero sabía que no sería una buena idea.
-Lizzie…
-¡No te atrevas a llamarme así! Sólo las personas que me aman tienen ese privilegio- lo interrumpió con los ojos inundados de lágrimas de indignación.
-No…no digas eso. Déjame explicarme antes que decidas odiarme.
-No creo que haya mucho que explicar. Soy la comidilla de la casa hace semanas. Hoy sólo lo he visto con mis ojos.
-Sabes que te amo…
-¡Ni se te ocurra! ¡Te prohíbo que digas eso! Tú…tú no sabes lo que es el amor.
Darcy bajó su cabeza y miró el piso, sabía que se merecía esas palabras y cosas peores, no por eso dolían menos.
-Te aseguro que ella no significa nada en comparación de lo que siento por ti.
Elizabeth se tapó la boca con su mano, buscando que el insulto que quería aflorar no saliera, deseaba mostrar dignidad.
-¿Cómo puedes decir eso? Preferiría escuchar que la amas antes que una justificación tan pobre.
-Al menos si la amaras, podría entender que decidieras romper el voto sagrado que hiciste al casarte conmigo- dijo ante el silencio de él.
-¡No he roto el voto que te hice!- respondió herido ante la acusación.
-La mayoría de los hombres de tu posición piensan que la mujer es una posesión más, alguien que sirve para darle sus herederos y obedecer sus mandatos. Una esposa que acepte que tienen el derecho a satisfacer sus necesidades fuera de casa. Me casé contigo porque pensé que eras diferente a ellos.
-Lo soy- aseguró.
-No, no lo eres. Ya te di tus herederos, has logrado perpetuar el apellido, ya no necesitas compartir mi cama.
-Siempre compartí tu cama porque es lo que deseaba.
-Y ya no lo haces más. Ahora lo haces con…¿Margareth?
-No comparto la cama con Maggie.
-¡No insultes mi inteligencia!- respondió airada, el escuchar ese apodo cariñoso fue como que le clavaran un puñal. De inmediato, buscó tranquilizarse, no era la imagen que quería transmitir.
Una doncella golpeó la puerta e ingresó temerosa.
-Señora, necesito saber cuántos vestidos empacar.
-Estaré ausente un buen tiempo. Confiaré en su criterio- le respondió. No había pensado en eso.
-¿Me dejas?- preguntó Darcy con voz temblorosa.
Elizabeth sólo asintió con la cabeza.
-¿Te llevas los niños?
-Sí, si no me lo prohíbes. Iremos a casa de Jane.
Ahora fue él quien asintió con la cabeza. Se sentía abatido por la noticia que acaba de conocer.
-Elizabeth, por favor, escúchame. No me dejes. Te juro que jamás compartí mi cama con ella, ni tengo intenciones de hacerlo con otra persona que no seas tú.
-Está bien, escucharé tu explicación. Eso no significa que vaya a cambiar de parecer- dijo con cierta curiosidad y se sentó en su pequeño sillón de lectura.
-Maggie no es mi amante. Jamás se me ha cruzado la idea de tener una. Me casé contigo por amor y sigo amándote. Margareth es…es una vieja amiga.
-¿Tengo que creer tus palabras?- respondió incrédula.
-Es la verdad- respondió serio.
-¿Y por qué dejaste de compartir mi lecho? ¿Por qué te has empeñado en alejarte de mi? No son actitudes de alguien que está enamorado.
-Lo siento. Actué mal. Sé que te herí al tomar esa decisión pero tenía mis motivos, los que ahora me parecen tontos.
-Quiero conocer esos motivos.
-No puedo contarte más. Te pido que confíes en mi- le pidió acercándose hasta el sillón, arrodillándose frente a ella.
Al tomarle las manos percibió la rigidez que ella transmitía.
-Sigues ocultándome cosas, ¿y pretendes que te crea? Realmente tienes que estar loco. Ya soy el hazme reír de todo el pueblo, no me interesa seguir siéndolo- diciendo eso, se soltó de sus manos.
-Necesito un coche. Espero que seas tan amable de proporcionarme uno. No quiero tener que solicitarle a Charles que me busque. Estaré unos meses en Green Park, puedes ir a ver a los niños cada vez que quieras, pero te pediré que no me visites.
-Maggie es mi hermana- dijo de repente y a la declaración la siguió el silencio.
Elizabeth no sabía que decir.
-¿Sabes que en los doce años que le llevo a Georgiana, mi madre perdió varios embarazos?
-Sí, lo sé.
-Después del segundo embarazo perdido, el médico recomendó no seguir buscando niños. Mi padre lo aceptó y comenzó a frecuentar una mujer que trabajaba en la casa de Londres. De esa relación nació Margareth.
-¿Cómo lo sabes?
-Por cartas personales que llegaron hasta mí. Mi padre le dejó una pequeña suma. Hace unas semanas, me enteré de su existencia y que estaba gravemente enferma. No tenía a nadie a quien recurrir, en su necesidad, se contactó conmigo- respondió un tanto avergonzado por la situación, pero esperanzado de un perdón.
-¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué me has hecho pasar por este infierno?- le preguntó su esposa herida.
-Me sentía abrumado por la situación. Descubrir lo que hizo mi padre, la forma en que pudo arruinar a su familia y destruir el respeto que tiene nuestro nombre.
-¿O sea que todo esto tiene que ver con tu estúpido orgullo?- preguntó con dolor e ira en la voz.
-¡Todo este tiempo creyendo que tu orgullo egoísta había desaparecido!- gritó parándose y alejándose de él.
-¡No, no es eso! Sólo estoy en una situación complicada, no es egoísmo, sólo deseaba mantenerte fuera del problema.
-¿No me conoces lo suficiente como para saber que todo esto no me afectaría? ¿No sabes que te amo más allá de la respetabilidad o la riqueza de tu familia?
-Lo siento, sé que debí decírtelo.
-Me expusiste a las calumnias y me rompiste el corazón.
-¿Lo que te he dicho no cambia las cosas?- preguntó Darcy con incertidumbre.
-No. No cambia las cosas. Me duele tu falta de confianza en mi, el que prefieras estar separado antes que reconocer que los de tu clase también comenten errores. Ahora necesito separarme de ti, tengo la necesidad de alejarme.
-¿Por cuánto tiempo?
-No lo sé. Jane quiere que vaya. También puedo ir a casa, mi padre me recibirá feliz.
-No necesitas irte. Puedo irme a la casa de Londres. No te vayas, por favor.
-Tengo que irme, esto no me pertenece- respondió Lizzie señalando la habitación.
-¿Me perdonarás?- le preguntó acercándose despacio aunque dejando un espacio prudencial entre ellos.
-No soy la clase de mujer que esconde la verdad- le respondió en clara alusión a lo sucedido entre ellos- No sé si podré.

Jane estaba en la cama, como en los últimos 9 meses. El embarazo había sido muy complicado, con el riesgo constante de perderlo.
-¡Oh, Elizabeth, qué feliz que me has hecho!- exclamó dichosa al ver a su hermana menor.
Elizabeth se acercó a la cama y la besó en la frente, acarició el abultado estómago y le sonrió.
-¿Darcy ha venido contigo?- le preguntó.
-No. Darcy tiene mucho que hacer en Pemberley- mintió.
-Entonces tendré que escribirle para agradecerle que haya prescindido de ti y los niños para que me hagan compañía.
-No es necesario- respondió Lizzie y miró de soslayo a Charles cuya cara había enrojecido más de lo normal. Era evidente que los chismes volaban rápido y Green Park no era ajena a ellos.
-Sí, claro que lo es- contestó en forma testaruda.
-Lizzie, ¿te sucede algo?- le preguntó al verla perdida en sus pensamientos.
-No, no. Debe ser el cansancio.
-Haré que te preparen el cuarto frente al mío, no muy lejos del cuarto de los niños. ¿Tal vez quieres refrescarte y cambiarte?
-Sí, eso me vendría muy bien.
-Elizabeth, permíteme acompañarte- dijo Charles, ofreciendo su brazo.
Al salir al corredor, Lizzie habló.
-Charles, no necesito tu lástima y comprendo que eres amigo de Darcy. No abusaré de tu hospitalidad. Me iré después del nacimiento.
El Sr. Bingley volvió a enrojecerse.
-Darcy es mi amigo, pero si lo que escuché es cierto, no deseo serlo más. Eres mi familia y serás bienvenida el tiempo que quieras. Ya te lo ofrecí una vez, la invitación sigue en pie.
-Gracias, querido Charles. No creas todo lo que ha llegado a tus oídos. Darcy me ha deshonrado pero no de la forma en que todos creen- le contestó aceptando el leve apretón de manos que él le dio en forma de consuelo.
Dos días después del arribo, Lizzie recibió nota de su esposo.
Elizabeth:
Espero que Jane esté gozando de buena salud. Georgiana ha venido a verme y se fue defraudada al no verte a ti y a los niños. No tuve el coraje de decirle la verdad.
Los extraño tanto que me duele físicamente y me preguntaba si me permitirías hacer una visita el próximo sábado.
F. Darcy.


Lizzie aún no deseaba verlo, el dolor de lo sucedido estaba presente, era una herida abierta.
Le respondió en forma cortés que podía visitar a los niños y que ella se mantendría alejada de la reunión.
El sábado llegó demasiado rápido. Al escuchar la llegada del carruaje, se excusó con Jane y se encerró en su habitación. Supo luego por su hermana, que pasó por la recámara a saludarla brevemente antes de partir a Pemberley.
-Una lástima que tuviera que viajar a Londres. Le rogué que se quedara unos días. Sé que lo extrañas horrores, desde que llegaste, tienes esa carita que me parte el corazón. Me prometió que la próxima vez se quedaría. Él tampoco parece estar bien.
Elizabeth fingió una sonrisa y bajó para la cena con Charles.
-¿En verdad viaja a Londres?- por más que había intentado no hablar del tema, no pudo evitar preguntárselo a su cuñado.
-No, fue una mentira que le pedí que hiciera. Quiero que Jane siga en su ignorancia, no deseo que tengas preocupaciones tan cerca del parto.
-Entiendo.
-Espero que no te enojes conmigo- dijo Charles preocupado.
-Claro que no, comprendo que protejas a Jane. Me alegra mucho saber que te preocupas tanto por ella.
-No es por eso. Hoy enfrenté a Darcy, sentí que era mi deber defender tu honor. Me contó lo sucedido.
-¡Oh!- fue la respuesta sorprendida.
-No voy a defender su actitud. Pero me ha dado una terrible lástima verlo como lo vi. Tiene señales de no estar durmiendo bien, tiene la barba un tanto crecida y podría jurar que ha bajado de peso.
Elizabeth deseaba poder alegrarse de escuchar esas noticias, pero no podía. Tomó aire y, mirándose las manos que tenía sobre su regazo, respondió:
-Ya lo superará.

Un rato más tarde, mientras compartían el té en el gran salón, Bingley le entregó un atado con cartas que Darcy había traído de Pemberley.
En su salida brusca de la casa, no había escrito a sus familiares y amigos para avisar su nueva dirección.
En la pequeña pila de cartas, descubrió una de su padre, quien le contaba que Mary estaba siendo cortejada por un joven abogado que trabajaba en Meryton junto al tío Phillips. Elizabeth sonrió al imaginar lo feliz que estaría su madre con esta noticia. Le comentó las noticias a su cuñado y continuó revisando el correo. Se llevó una sorpresa al encontrar al Sr. Thorton entre ellas.
Le informaba que estaría por Derbyshire la siguiente semana, que se hospedaría en Lambton y le gustaría hacerle una visita.
Lizzie se disculpó con Charles y se retiró a su habitación con la excusa de responder sus cartas. Tomó la pluma e invitó al amable Sr. Thorton a visitarla en Green Park.
Esa noche, mientras intentaba conciliar el sueño que no llegaba, una doncella golpeó la puerta para informarle que Jane había comenzado el trabajo de parto.
Elizabeth se vistió rápidamente y cruzó el pasillo. Se encontró con Jane en medio de una contracción frente a su aterrado esposo.
-¿Han llamado al médico?
Charles asintió.
-Bueno, Sr. Bingley, puede retirarse. Me quedaré con ella hasta que venga- le dijo para el alivio de su cuñado.
Se hizo el día sin que el bebé naciera. La partera confirmó lo que Lizzie temía, que el niño no estaba en la posición correcta. Significaba un parto difícil y largo.
Cerca del mediodía, al fin nació un pequeño y frágil niño. Jane había perdido mucha sangre y se encontraba débil. Elizabeth estaba temerosa por la vida de los dos.
Por suerte, ambos demostraron ser más fuertes de lo que parecían y para el día siguiente, estaban recuperados.
Charles estaba mucho más tranquilo y orgulloso de Henry, su hijo, el nombre que había pertenecido a su abuelo.
Esperaban la llegada de los Hurst. Caroline Bingley permanecería en Londres para el comienzo de la temporada. Se rumoreaba el próximo compromiso de ella un lord viudo que la doblaba en edad.
La llegada de un coche no tomó por sorpresa a las mujeres que se encontraban con sus bebés en la habitación.
El anuncio que el Sr. Darcy estaba allí la golpeó en el estómago y la dejó sin aire ni tiempo para reaccionar. Un segundo más tarde, él estaba parado ahí.
-Sr. Darcy, espero que usted no esté enfermo. No tiene un buen semblante, creo que he abusado al tener a Elizabeth tanto tiempo aquí.
Ellos se dieron una rápida mirada y buscaron desviar el tema. Elizabeth le dio a James y salió en la búsqueda de William. Él salió tras ella.
-Te agradeceré que cuando vengas a visitar a los niños, me avises con anticipación- le dijo ofendida.
-Lo olvidé. Charles me invitó a venir a conocer a Henry y ya tenía ganas de ver a los niños.
-Podrías afeitarte y cortarte un poco el pelo. No estaría mal que te bañaras. No deseo que Jane se preocupe y decida enviarme contigo.
-Prometo tenerlo en cuenta. No me había dado cuenta que estaba mal presentado.
-Estás hecho un desastre.
-Estoy como me siento por dentro- respondió con congoja en sus ojos.
-No tienes derecho de mirarme así. Tengo más motivos que tú para mostrarme dolida y sigo adelante.
-Elizabeth, vuelve a casa- le dijo tomándola del brazo- Sé que podemos superar esto. Margareth se ha ido, cuando se enteró del problema que causó involuntariamente, decidió volver a Londres de inmediato.
-¿Y tu crees que esa noticia me hace feliz? Ella no es la culpable de lo sucedido y no le deseo ningún mal.
-Por favor, perdóname. Haré lo que me pidas.
-Entonces te pido que me des tiempo y no me presiones.
-¿Acaso no me amas?
-El amor no tiene nada que ver con esto. Me has desilusionado terriblemente, sólo el tiempo me dirá si puedo olvidarlo.
En ese momento, la niñera apareció con William y Elizabeth dio por terminada la conversación. Se encerró en su cuarto y, hundiendo su cara en la almohada, lloró amargadamente.

Una hermosa mañana de otoño, el Sr. Thorton llegó a Green Park. El caballero fue presentado al dueño de la casa y saludó cortésmente a la Sra. Darcy.
-Me sorprendió su carta con cambio de dirección, pero ahora comprendo los motivos de su estadía en casa de su hermana- comentó mientras caminaban por los jardines que rodeaban la casa.
-Sí, entre otros motivos, estoy aquí para ayudarla.
-Creo haberme enterado de los otros motivos en el hospedaje de Lambton.
Elizabeth se llenó de vergüenza por el comentario.
-Lo siento. He dicho demasiado, fui rudo y descortés- se disculpó Thorton.
-Está bien. Ya sé que soy la comidilla de la zona, y no me extrañaría que haya llegado el rumor a Londres- respondió con tristeza.
-Lo siento, mi comentario fuera de lugar la ha hecho desdichada.
-Se equivoca, Sr. Thorton, el que me hizo desdichada con su comportamiento es mi esposo.
-¿Me da su permiso para hablarle en forma sincera?- le preguntó Thorton.
-Pensé que usted siempre era sincero conmigo- le respondió bromeando.
-No entiendo como alguien que tiene el tesoro de una esposa inteligente, bella y enamorada, se arriesga a perderlo por algún capricho.
-No todo es lo que parece, aunque debo admitir que me ha expuesto a comentarios maliciosos y que he perdido mi fe en él.
-No necesita disculparlo frente a mí.
-No es lo que intento hacer. Créame, estoy tan enfadada con él, que no sé si podré perdonarlo- se justificó Elizabeth, mientras llegaban hasta donde su carruaje lo esperaba listo para partir.
-Si ese es el caso, permítame decirle que mi casa estará a su disposición. Para usted y sus hijos- y, diciendo esto, le tomó la mano llevándola hasta sus labios para darle un breve beso en el dorso.
-Gracias, Sr. Thorton, un ofrecimiento que no estoy segura de poder aceptar- respondió cortésmente.
-¿Me permite visitarla otra vez cuando pase de regreso?- solicitó Thorton.
-Será un placer verlo- contestó y se despidió de él.
Desde la ventana del despacho de Charles, un Darcy mucho más acicalado, retorcía sus guantes de cabalgar mientras observaba la situación.

viernes 28 de agosto de 2009

Capítulo 55

"Usted se me llevó la vida
y el alma entera..." Usted no sabe, Alexander Pires.
http://www.letrascanciones.com.mx/index.php?search=songid&id=25118


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Tendidos en la cama cubiertos sólo por la oscuridad de la habitación, descubrían la presencia del otro con caricias.
-Jamás se me hubiera ocurrido la intención de tu tía con su visita.
-Se…empeña en…hacerte…enojar- respondió Darcy entre besos sobre la piel cálida de Lizzie.
-Mmm…- un quejido salió como murmullo de la boca de su esposa.
-Tengo que soltarte. Mañana tendrás un día duro en compañía de mi tía. Mi día será tranquilo, no tengo planes de salir de la casa- le dijo alejándose un poco para darle espacio.
-¡Ey!- protestó Elizabeth estirando sus brazos en la penumbra, buscando el contacto del cuerpo familiar que se reía en silencio.
Al encontrarlo se pegó a él acurrucándose contra su pecho. Suspiró contra su piel y cerró los ojos satisfecha, poco después la venció el sueño.
La mañana fue brutal, tuvo que morderse los labios hasta casi hacerlos sangrar para evitar contestarle con su habitual sarcasmo a Lady Catherine. Su tía política, no refrenó sus críticas hacia la organización del bautismo.
Cada tanto, argüía que debía ir a supervisar a los niños para alejarse de ella y refrenar su lengua. Mientras amamantaba al pequeño James, observó desde la ventana superior que su marido se marchaba en su carruaje, intrigándola sobre la salida de improviso.
-Sra. Reynolds, ¿sabe usted a dónde se dirigía mi esposo?
La vieja ama de llaves dudo unos instantes la respuesta y se mostró un tanto nerviosa, algo que la joven notó de inmediato, acostumbrada como estaba a observar.
-No, señora. Tal vez el Sr. Andrew lo sepa- respondió saludándola con una inclinación y huyendo rápidamente de su presencia.
Elizabeth quedó curiosa y preocupada. La amable Sra. Reynolds estaba claramente incómoda frente a la pregunta, como si supiera la verdad y se lo estuviera ocultando.
Andrew no supo responderle, pero al menos no se veía culpable ni sospechoso en su respuesta.
-No sé dónde se dirigió, Sra. Darcy. Le entregué las cartas recibidas hoy y poco después salió.
-Gracias, Andrew- le dijo y luego se encaminó al estudio de su marido. Tenía todas las intenciones de revisar las cartas. En su interior, sabía que estaba mal.
“Elizabeth Darcy, está mal lo que pretendes hacer”, escuchaba una vocecita en su cabeza. “Mejor espera a que tu esposo regrese y le preguntas, es lo que una esposa madura haría”. Se detuvo con la mano en el picaporte, tratando de controlar el impulso de entrar. “Sólo veré los remitentes, pudo haberle pasado algo a Georgie o a Jane”, se convenció que hacía lo correcto.
-¡Por fin la encuentro!- exclamó irritada Lady Catherine- La estuve buscando por toda la casa.
-Lo siento, su eminencia. ¿Estuve demasiado tiempo con los niños? Me suele suceder, olvido la hora…- dijo hablando demasiado para encubrir su nerviosismo.
-No se moleste en buscar a Darcy- fue la respuesta de Lady Catherine.
-¿Perdón?- preguntó confusa.
-Darcy no está en su salón. Salió en su carruaje hace como media hora.
-¡Oh! Claro, gracias por avisarme- dijo soltando lentamente la perilla de la puerta un poco desilusionada- ¿Me buscaba por algún motivo en especial?
-¡La platería está mal lustrada! Debe ser más exigente con su personal o nunca la tomarán en serio. Mis empleados me temen y eso los hace esforzarse más para conformarme.
Por primera vez en mucho tiempo, Elizabeth, no le llevó la contraria. No porque estuviera de acuerdo con Lady Catherine, sino porque su mente no estaba realmente prestándole atención.

Darcy no regresó hasta la hora del té. Extrañamente, más silencioso y huraño que de costumbre. Fue una presencia en el salón que se limitaba a asentir con la mirada perdida y el rostro serio.
Elizabeth no podía evitar mirarlo, intentando analizarlo. Cada tanto, él la miraba y antes de poder hacerle un gesto de cariño, Darcy desviaba la vista hacia el rincón más alejado de la gran habitación.
Acabado el té, era costumbre que la niñera trajera a los niños para que compartieran un rato con sus padres. Normalmente, Darcy no se perdía ese momento del día por nada del mundo.
Esa tarde, después de besar a sus hijos, se disculpó con las señoras y se retiró.
Elizabeth quedó preocupada y sin ánimos de quedarse con Lady Catherine, que por lo menos, estaba tan entretenida con los niños que dejó de hablarle.
“Si fuera algo que sucedió con Georgiana o Jane, me hubiera solicitado hablar en privado”, pensó, intentando analizar la situación. Finalmente, ante el reclamo de atención de William, olvidó las preocupaciones convenciéndose que estaba preocupándose por algo que estaría relacionado con los negocios y que más tarde podría preguntárselo.
Cenaron en un inhabitual silencio, Darcy no parecía de humor y casi no tocó los cinco platos servidos. Poco después de la cena, mientras Lady Catherine torturaba a Elizabeth durante un partido de cartas, con sugerencias para el buen funcionamiento de una casa tan grande como Pemberley; él se despidió de las dos, argumentando una fuerte jaqueca.
Elizabeth se dejó ganar por Lady Catherine para terminar pronto la competencia. Recurrió a la premisa de estar preocupada por la salud de su esposo y se retiró a su habitación.
Le sorprendió no encontrarlo allí. La cama seguía tendida, caminó hasta la sala de vestir donde la esperaba su doncella, lista para ayudarla a quitarse la ropa y desarmar el peinado.
-Susan, ¿sabes si el Sr. Darcy bajó al estudio o ha salido a caminar?
-Escuché al Sr. Andrew decir que el señor tenía dolor de cabeza. La Sra. Reynolds preparó un té de corteza de sauce y lo llevó a la habitación del Sr. Darcy- respondió la joven que tenía apenas unos años menos que su ama.
-Gracias, eso es todo- le dijo Lizzie, que necesitaba quedarse unos momentos a solas para pensar.
No recordaba haber hecho algo que lo ofendiera, se había comportado con una paciencia sobrehumana con su tía y prácticamente no se lo había cruzado durante el día. ¿Le habría llegado algún comentario sobre la última reunión de las Damas de Beneficencia? Después de todo, sólo había sugerido abrir una escuela para niñas pobres, le molestaba observar tantas hijas de granjeros pobres o de la servidumbre, analfabetas.
Siempre dormían juntos, eran contadas las veces que lo habían hecho separados, generalmente a causa de peleas o por viajes. Hasta esa noche, nunca había sido una opción deliberada.
Elizabeth se colocó su camisón de verano, no tenía mangas, sólo unas tiritas llenas de volados blancos. La noche estaba cálida y entre las cortinas de las ventanas, entraba una tenue brisa.
“¿Me voy a dirigir a mi cama como una cobarde sin preguntarle qué le sucede?”, se preguntó ofendida consigo misma. En lugar de irse a la cama, caminó hasta la puerta que unía sus habitaciones. Inspiró aire y coraje antes de bajar el picaporte de la puerta.
Un gemido de angustia se le quedó en los labios al notar que tenía llave y unas lágrimas amenazaron con caer.
Caminó hasta la cama que le parecía enorme sin su presencia y apagó la vela que alumbraba la habitación e intentó dormir con su cuerpo sumido en la aflicción.

Se despertó confusa y cansada. La noche había transcurrido entre pesadillas y sueños entrecortados.
Ahora la jaqueca la tenía ella. Era un dolor que le apretaba las sienes. No tenía ganas de levantarse de la cama, pero vendría Georgiana y Richard, y ese fue el estímulo que le facilitó el cambiarse y levantarse.
No preguntó por su esposo a la criada, algo habitual en ella y luego, visitó a sus pequeños. William dormía como un pequeño ángel. Amamantó a James y éste volvió a dormirse.
Bajó a desayunar, encontrándose con su esposo y su tía en la mesa.
-Buenos días- saludó al entrar, examinando a su esposo con la mirada.
-Buenos días- fue la respuesta de los dos presentes.
-¿Te sientes mejor esta mañana?- preguntó a su marido que leía distraídamente el periódico.
-Sí, mucho mejor. Gracias por preguntar- respondió sin levantar la vista en el mismo tono formal que usaba con cualquier persona que no lo conociera.
-Me alegra saberlo- respondió más enfurecida que aliviada mientras bebía un sorbo de té.
-Tal vez fue el pescado, mi querido sobrino. A veces me cae terriblemente mal y me produce dolor de cabeza- comentó Lady Catherine.
Darcy asintió con la cabeza sin responder. Fue suficiente para Elizabeth.
-Señor Darcy, sabe que me molesta mucho el mal hábito de leer el periódico en la mesa del desayuno. Creí que habíamos dejado esa costumbre de soltero atrás- lo reprendió intentando simular que su enojo se debía a otros motivos.
-Tiene razón su esposa, es una costumbre incorrecta- dijo Lady Catherine convirtiéndose en la primera vez que ella le daba la razón en algo a Elizabeth.
Los dos miraron a la anciana. El comentario les había causado la misma sorpresa.
Darcy dobló el diario y lo dejó junto a su taza. Lizzie lo vio como una breve victoria, porque unos instantes después él acabo su desayuno y se retiró de la sala, sumiéndola nuevamente en la tristeza.
Quiso ir a hablar con él, pero estuvo encerrado en su escritorio con la prohibición de interrumpirlo.
Elizabeth invitó a Lady Catherine a hacer una pequeña caminata por los jardines recién reformados. La Sra. De Bourgh aceptó porque sabía que irían los niños, aunque jamás reconocería que le agradaban tanto.
Los pequeños peces coloridos en el estanque, traídos de algún lugar de oriente, eran la delicia de William e hicieron olvidar a Lizzie sus preocupaciones.
Volvieron a la casa cerca del mediodía, horario en el que se esperaba la llegada del matrimonio Fitzwilliam. Al llegar cerca de los establos, vieron a Darcy montar a Galahad y partir al galope.
Intentó obviar el hecho que no estaría para la llegada de su hermana y su primo. Lady Catherine decidió no hacerlo.
-¡¿A dónde va su esposo a esta hora?!- preguntó disgustada.
-No lo sé, su señoría. Tal vez algún asunto urgente de negocios- trató de excusarlo.
-¡Totalmente descortés! Hablaré con Darcy de esto cuando regrese- sentenció con claro enojo.
Por segunda vez en el día, Elizabeth se alegró que Lady Catherine estuviera de visita.

A Georgiana ya se le notaba el embarazo, por más que intentara ocultarlo en los numerosos pliegues de sus vestidos, se notaba y eso hacía que tuviera un hermoso sonrojado en las mejillas.
-¿Dónde está mi hermano?- preguntó al notar la ausencia.
-Tengo entendido que fue a visitar un inquilino cerca de Lambton- respondió Elizabeth tomándole la mano a su cuñada- Al menos, eso me dijo el mayordomo.
-¡Inconcebible!- gruñó Lady Catherine- Fitzwilliam, siéntese a mi lado.
El pobre Fitzwilliam obedeció, siendo el objeto en el que Lady Catherine descargó su mal humor.
William estaba siempre feliz de ver a sus tíos, extrañaba a Georgiana y disfrutaba de las payasadas de Richard. Georgiana no se cansó de tener en brazos a su próximo ahijado, ajena a las discusiones que habían surgido por ello.
Finalmente, Darcy hizo su aparición. Se presentó en la sala donde faltaba sólo media hora para que el servicio trajera el té, en pésimas condiciones. El sudor había hecho que el polvo del camino se le adhiriera en la piel y el cabello estaba revuelto.
Nuevamente, se ganó la desaprobación de su tía que lo miró con desdén del sillón con la actitud de una reina en su trono.
A su hermana no le importaba su aspecto desalineado, se levantó y se abrazó con él. Lo que le valió un reto de Lady Catherine.
-Pido disculpas por no estar presente a su llegada. La salud de un inquilino muy querido me hizo tener que ausentarme- dijo Darcy que no se sentó.
-¡Oh! Espero que esté bien. ¿Lo conozco?- preguntó Georgiana siempre generosa y preocupada por los demás.
-No. No la conoces. Se mudó recientemente- respondió incómodo.
-Debe ser alguien muy especial si lo tienes en tanta estima y hace poco que lo conoces- dijo Richard, tratando de burlarse de él.
Darcy hubiera preferido que nadie siguiera el tema ni que se hubieran percatado que se trataba de una inquilina. Se daba cuenta que no había pensado bien lo que diría al llegar.
-¿Es una mujer?- preguntó Elizabeth, que el artículo “la” le había caído como un cubetazo de agua helada.
Darcy supo que su desliz no podía escapársele a su esposa.
-Sí, lo es. Ahora les pido disculpas, iré a quitarme el polvo del camino y prometo volver presentable para la hora del té- dijo todo en forma muy rápida y salió de la habitación tan rápido como había entrado.
Cuando regresó al salón, el té estaba servido y si bien buscó todas las formas para eludir a su mujer, no pudo escapar del sermón que le tenía preparado su tía.
Por supuesto que sospechaba que Elizabeth esperaría a estar solos para bombardearlo con preguntas que no deseaba responder. No soportaba la idea de tener que enfrentarse a la curiosidad de su esposa. Sabía que su silencio la heriría pero la verdad podía ser peor.
Por primera vez desde su matrimonio, odió la curiosidad de su esposa y deseó que fuera como las otras mujeres, dóciles y calladas. Mujeres que aceptaban y no cuestionaban.
-No lo regañe más, querida tía. Es el mejor hermano del mundo, mi imagen no cambiará porque se haya demorado algunos minutos- dijo Georgiana, saliendo en su defensa.
-Sin duda, hay relaciones familiares mucho peores. Hermanos que traen desgracias a sus familias- sentenció Lady Catherine mirando de reojo a Elizabeth.
En lugar de ofenderse y responder, Lizzie lo tomó como una señal. ¿Acaso todo el misterio rondando a Darcy podía estar relacionado con Lydia? Era una posibilidad que comenzó a agitarla por dentro coloreando de rojo su cara.
-¿Elizabeth te sientes bien?- preguntó Richard viendo la turbación que parecía invadirla.
-Lo siento…creo que me falta un poco el aire- se disculpó.
-Lo mejor sería que te recuestes un rato. Llamaré a tu doncella para que te acompañe- dijo Darcy, fríamente.
Ya en su dormitorio, la mente no paraba de imaginar situaciones en las que Lydia se podía haber puesto, trayendo más desdichas a su matrimonio. Tenía que hablar con Darcy urgente.
La cena se sirvió puntual y fue bastante más entretenida que la de la noche previa. Su esposo se pasó el tiempo hablando con su primo sobre política y economía, con algunas interrupciones de Lady Catherine. Las mujeres jóvenes, prefirieron hablar sobre temas más banales.
Elizabeth sólo quería que la velada se terminara para poder enfrentar Darcy con sus sospechas.
La noche veraniega transcurrió lenta, jugaron a las cartas, al ajedrez y Georgie tocó el piano.
Finalmente, Lady Catherine se marchó acompañada por Georgiana. Elizabeth decidió aguantar a que los hombres decidieran ir a la cama. Después de una copa de brandy, Richard anunció que se iba a la cama y Darcy se sumó de inmediato a la idea.
Lizzie se paró del rincón donde había tratado de leer la última media hora y su esposo le ofreció el brazo. Subieron las escaleras, dejando al Coronel en la vieja habitación de Georgiana. Siguieron avanzando en silencio hasta la puerta de Elizabeth, Darcy la abrió y la dejó pasar. Luego se quedó en el umbral y le deseo buenas noches.
-¿No vas a entrar?- preguntó Elizabeth llena de una angustia que se traslució en su voz.
-Estoy muy cansado. Prefiero dormir en mi habitación- respondió lejano y frío.
-No te vayas, necesito hablar contigo- le pidió suplicante.
Darcy se frotó el seño con la mano y se acomodó el pelo que caía sobre sus ojos. Se veía fastidioso.
-Habla rápido- fue su respuesta, en un tono cortante y perturbador, sin dar señales de entrar.
-¿He hecho algo que te ofendiera? ¿Acaso has recibido alguna noticia de Lydia?- preguntó nerviosa.
-No sucede nada. No todo lo que ocurre tiene que ver contigo- contestó groseramente.
-Entonces, por favor, dime que te pasa- le pidió sin orgullo.
-Nada que mi esposa deba conocer. Buenas noches- contestó altanero, hiriéndola a propósito.
Elizabeth se quedó parada frente a su puerta mucho tiempo después que Darcy había entrado a su cuarto. Nunca la había tratado en forma tan descortés, siempre había sido un marido atípico, uno que compartía con ella y la trataba como a un igual.
Se desplomó en la cama y se durmió en medio de un llanto angustiante que acalló con la almohada para que su esposo no la escuchara.

-Todos los grandes señores tienen una amante. No veo por qué el Sr. Darcy no la tendría- comentó Betsy, la ayudante de cocina.
-¡Es que parecen tan enamorados que nunca pensé que buscaría una!- respondió Clare, una de las criadas.
-Es una joven muy bonita. Se visitaban en Londres, donde él le pagaba la renta, pero ahora ha preferido traerla más cerca- comentó Peter, uno de los choferes, mientras tomaba un tazón de cerveza.
-¿La has visto?- preguntaron las mujeres a coro.
-Sí, claro. Lo he llevado al señor hasta la casa a las afueras de Lambton. Debo esperarlo afuera y la veo cuando lo acompaña hasta la puerta.
-¿Cómo es ella?
-Es rubia y bastante alta por lo que veo cuando está parada junto al señor. Tiene una buena figura y lindos dientes. Siempre le sonríe cuando se va.
-¡Pobre Sra. Darcy! ¡Qué humillación que todos lo sepan! – dijo una de las más jovencitas sonriendo maliciosamente.
-¡Basta!¡ No quiero más rumores ni charlatanerías de viejas chismosas!- gritó enfurecida el ama de llaves al escuchar los comentarios- ¡Juro que haré despedir a quien se atreva a desparramar esas versiones!
Detrás de una de las puertas, el corazón de la joven dueña de casa, se destrozaba por la duda y el dolor.
Caminó decididamente hasta el estudio de Darcy. Se sostenía el pecho con una mano, como si tuviera miedo que se le cayera, destruyéndose en pedazos. Hacía tres semanas que Darcy había optado por dormir en su cuarto y no la visitaba. Tres semanas que parecían siglos. Lady Catherine se había marchado luego del bautismo, igual que todos los demás invitados. Ahora sólo quedaba la antes feliz familia Darcy.
¿Podía ser cierto que Darcy tuviera una amante? ¿Sería por eso que ya no le interesaba compartir su lecho?
No pudo contener las lágrimas ante la perspectiva. Ella lo seguía amando como los primeros días juntos, o tal vez más, si eso era posible.
Entró al estudio sin golpear. Él no estaba ahí. Todas las tardes se marchaba con distintas excusas. Elizabeth buscó donde sabía que guardaba la correspondencia.
Cartas de negocios, de familiares, de solicitudes. Nada de lo que ella buscaba. Cuando su paciencia empezaba a terminarse y los nervios estaban a flor de piel, se topó con un falso fondo. Lo levantó y allí estaban.
Varias cartas escritas por la misma letra. Una hermosa caligrafía femenina. Todas firmadas por “Tu querida Maggie”.
Respiró hondo, no podía desmoronarse ahora. Tenía que asegurarse que fuera verdad, que los rumores y sospechas eran ciertos, antes de decidir que haría. No se atrevió a leer el contenido de las cartas.
Salió del salón con determinación y se dirigió hasta la cocina. Entró y con demasiada autoridad le ordenó al chofer chismoso que preparara el coche en forma urgente.
El chofer salió apurado, nunca había visto a la señora enojada. Ella lo siguió y esperó a que estuviera listo.
-¿Dónde la llevo, Sra.?- preguntó tembloroso.
-A la casa que visita mi esposo, a las afueras de Lambton- respondió en el mismo tono autoritario de antes.
-Yo…yo no sé…de qué casa me habla- contestó asustado.
-¡Usted bien lo sabe y me llevará de inmediato hasta allá!- gritó.
El chofer tomó las riendas y los caballos arrancaron presurosos.
Unos cuantos metros antes de llegar a la casita de campo, Elizabeth le ordenó detenerse.
Por la ventana del carruaje vio el caballo de Darcy atado en el patio de atrás. Poco después, él salió por la puerta con una joven rubia tomada de su brazo.
Fue la confirmación que no quería. Un millón de ideas le revolotearon en la cabeza. ¿Qué haría ahora? ¿Sería capaz de dejarlo o lo soportaría como se esperaba de las mujeres?
Estaba en ese remolino de pensamientos cuando se percató que Darcy la había visto.
-¡Quiero irme ya! ¡YA!- le ordenó al chofer que por un minuto dudó al ver que el amo caminaba en su dirección.
-¡Elizabeth! ¡Elizabeth!- gritó Darcy cuando el coche pasó veloz a su lado. Sólo pudo ver el rostro cubierto de lágrimas de su esposa, a la que le acaba de romper el corazón.

viernes 24 de julio de 2009

Capítulo 54

"Contigo, contigo habrá
Mil días de felicidad
Mil noches de serenidad" Per te, Josh Groban.
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Darcy cargó el pequeño en sus brazos aún sorprendido por conocer a su hijo.
-¿Un niño?- preguntó como para confirmar lo que ya sabía.
Elizabeth asintió con su cabeza riéndose por la incredulidad manifestada por su esposo.
-James- Darcy lo nombró colocando su dedo en la palma de la manito. Se levantó de al lado de su mujer y llevó al pequeño hacia la galería.
Su suegro y su primo, ahora su cuñado, conversaban con Georgiana. Por la sonrisa burlona del Coronel era evidente que ya sabían el sexo del recién nacido y estaban dispuestos a burlarse de la predicción errónea que había sostenido los últimos meses.
Ninguno de los dos dijo palabra alguna esperando que Darcy hiciera la revelación.
-¡Felicitaciones, hermano!- le deseó llena de emoción su hermana.
-Gracias- respondió abrazándola como pudo.
-¿Y…?- preguntó Richard simulando impaciencia.
-Es un varón. James Thomas- dijo bajando un poco el niño envuelto para que lo pudieran ver de cerca.
Al señor Bennet se le llenaron los ojos de lágrimas. Era un orgullo que los dos hijos de su querida Lizzie, llevaran sus nombres, a pesar que en un principio la idea que William tuviera como segundo nombre Bennet, le había parecido horrorosa.
-¿Puedo…?- dijo el anciano señalando al pequeño en clara petición para alzarlo en brazos.
-Bueno, querido primo…Creo que se ha terminado tu corta carrera de adivino. ¡Sólo tenías dos posibilidades y fallaste!- comentó el Coronel en forma estruendosa. El bebé se movió en brazos de su abuelo y emitió un suave quejido.
-Cállate, lo vas a despertar- lo reprendió Darcy, aunque en realidad todos sabían su disgusto con las burlas hacia él.
-Es muy parecido a mi Lizzie cuando nació- dijo el Sr. Bennet, devolviendo el niño a los brazos de su padre con la voz quebrada por la emoción- Creo que debería llevarlo con ella.
-Eso haré- respondió mirando de reojo a su primo que aún reía por más que su esposa lo miraba con reproche.
Mientras cerraba la puerta, lo oyó decir:
-¡Y yo que pensaba montar un espectáculo en Londres!- y volvió a estallar en carcajadas.

Cuando entró nuevamente en la habitación, se esforzó por no hacer ruido con las botas. Elizabeth dormía pacíficamente después del agotador trabajo. La Sra. Reynolds tomó al niño y lo llevó a la cuna. Ya conocía la relación entre sus señores y no discutiría con él como la vez anterior.
Se retiró a supervisar la comida dejándolo al cuidado de su esposa. Darcy aprovechó que ella dormía para ir a su dormitorio y cambiarse la ropa.
-Ese color te queda muy bien, resalta tus ojos- le dijo Lizzie con en un susurro al verlo entrar en la habitación muy concentrado en el lazo de su cravat.
-¿Te desperté?
Ella negó con la cabeza, tenía el pelo suelto sobre la almohada y algunos pegados a su frente por el calor.
Darcy tomó un paño y lo sumergió en agua fresca. Ella disfrutó el contacto frío sobre su cabeza y le sonrió.
Se sentó al lado de ella tomándole la mano y besándola. Ella le devolvió el gesto hundiendo los dedos en su pelo.
-Tu padre dice que es igualito a ti cuando naciste- le contó.
-¿Por el parecido físico o por lo impaciente por nacer?- le preguntó en burla mientras seguía acariciándole el cabello.
-Supongo que por el parecido. Tiene el cabello más abundante y oscuro que William al nacer. Pero aún no le he visto los ojos.
-¿Estás defraudado?- preguntó Elizabeth preocupada. A ella no le había importado en nunca de qué sexo sería su bebé, lo único importante había sido que fuera sano.
-¿Defraudado...? ¿Por qué debería estarlo?
-No es la niña que querías.
-Lizzie, sé que a veces puedo ser idiota. Pero jamás estaría decepcionado de algo así. Lo único que puedo pensar ahora es en lo afortunado que soy porque los dos estén bien, fuertes y saludables. No podría estar más orgulloso de ti.
A Elizabeth los ojos se le inundaron de lágrimas, escucharlo era un alivio. Darcy se acercó y la besó en los labios.
-Aunque hay algo malo en todo esto- agregó poco después.
-¿Qué?
-Tendré que soportar las continuas bromas de Richard.
Al anochecer, a la hora en que se acostaba a William, Darcy lo llevó a conocer a su hermanito. Era muy pequeño para entender bien lo que sucedía por más que su padre se hubiera pasado la mitad de la tarde explicándole por qué no podía ver a su mami.
Elizabeth estaba sentada en la cama con el bebé intentando mamar entre llantos y quejidos. William entró en brazos de su padre y se iluminó la cara al ver a su madre. Estiró sus manitos hacia ella, pero Darcy no lo dejó.
William se quedó mirando un poco sorprendido que su mamá no lo levantara y luego se percató que sus brazos estaban ocupados. Señaló con sus deditos regordetes al bebé mirando con interrogación a su padre.
-Es tu hermano, James. Ahora eres un hermano mayor y deberás cuidarlo- le explicó Darcy.
Elizabeth se rió por la explicación tan adulta que el pequeño se esforzaba por comprender. Dejó de amamantar al bebé y lo apoyó sobre el regazo de William.
-William, él es tu hermano. ¿Viste que pequeñito que es?
Su hijo mayor la miró asintiendo.
-Como es muy chiquitito, mamá y papá lo van a tener que cuidar. Pero te queremos mucho. ¿Vas a ser un hermano mayor bueno?
El nene asintió sin entender demasiado lo que le estaban explicando.
-Bien. Ahora dame un beso de buenas noches y a tu hermano también.
William besó a James en la frente y el bebé empezó a gimotear. Después de todo, parecía que las palabras de su padre tenían algo de presagio, pensó. James estaba demostrando ser muy poco paciente.

Un mes más tarde, ya era conocido por todos el temperamento del nuevo bebé Darcy. Era un niño muy bonito de cabellos oscuros y ojos de almendra. Parecían una combinación del intenso azul de su padre y el negro profundo de su madre. Cada uno que lo conocía, opinaba que era precioso, pero era llorón y todos tenían que revolotearle alrededor.
Después de pasar el primer mes con el niño en la misma habitación sin poder descansar una sola noche completa, Darcy estaba malhumorado y más callado de lo habitual.
-Sra. Darcy, necesito hablar con usted- le dijo a su esposa mientras ella estaba con los niños tomando un poco de aire y sol.
Que la tratase en ese tono no era habitual, y ella se preparó mentalmente para una discusión.
-¿Qué sucede Sr. Darcy?- preguntó al entrar al despacho, remarcando burlonamente el nombre de su esposo.
-He llegado a la determinación que es hora que James vaya a dormir con la niñera- dijo seriamente con los brazos cruzados atrás. Elizabeth se preguntó si esa pose era para ocultar que cuando estaba nervioso, movía los dedos en forma inquieta.
-A William lo tuvimos mucho más tiempo- se defendió ella.
-William era un ángel comparado con James- le respondió sustentando su propuesta.
-Te he dicho que no me gustan las comparaciones. William es de una forma y James es de otra. Los dos son nuestros hijos. Yo odiaba que me compararan con Jane, me hacían sentir insignificante y mal conmigo misma.
Darcy asintió pero no cambió de opinión.
-Necesitamos dormir y no lo estamos abandonando. Sólo lo mudamos unos metros.
-Ya veo que lo has decidido a pesar que es mi habitación- le recordó.
-Pero es mi casa- le respondió cortante.
Elizabeth lo fulminó con la mirada y le hizo una reverencia irónica.
-Como usted desee, mi señor- le respondió. Darcy había ganado una batalla, pero la guerra recién comenzaba.

Darcy estaba realmente ofendido con el trato que su esposa le estaba dando. Desde la discusión, lo trataba de “señor”, con exagerados ademanes y pomposidad. Era más que obvio que intentaba remarcar el hecho que él hubiera tomado una decisión sin consultarla y ahora ella, se comportaba como si él fuera su amo y no su esposo. Darcy sentía que era injusto con él, a final de cuentas, era normal que el marido tomara resoluciones sin necesidad de tener el consentimiento de sus mujer. Normal…en otras familias, terminaba por concluir.
Por muy apenado y molesto que estuviera con la situación, sabía que había hecho bien al sacar a James de la habitación conyugal y esperaba que tarde o temprano, el disgusto de Elizabeth se disipara.
La carta que recibió esa mañana no alimento su esperanza. Lady Catherine, su tía que tan mal se llevaba con su esposa, pensaba pasar el resto del verano en Pemberley para conocer al nuevo integrante de la familia.
Maldijo la situación que se le venía encima en silencio y optó por aplazar la comunicación de tales noticias a su esposa para después de su cabalgata diaria.
Elizabeth bajó las escaleras más cercanas al estudio de su marido. Seguía un tanto enojada con él por la actitud que había mostrado, pero a pesar de su terquedad, reconocía para sí misma que había sido bueno alejar un poco a James. Aunque no pensaba comunicarle eso a su esposo, más bien estaba disfrutando el “torturarlo” con sus comentarios sarcásticos.
Mientras se dirigía al estudio, iba pensando la excusa que la llevaba ahí, pero al entrar, descubrió que el lugar estaba vacío. Se dirigió a la biblioteca, pero tampoco estaba allí.
-Olivia, ¿ha visto al Sr. Darcy?- le preguntó a una de las hijas menores del jardinero que había crecido en la casa.
-Sí, señora. Acaba de salir con ropa de montar.
Elizabeth también maldijo en silencio por su mala suerte. Últimamente, él se las ingeniaba lo bastante bien para huir de ella lo máximo posible.
De pronto recordó la relación que solían tener sus padres y se dio cuenta de lo mal que estaba actuando dejándose llevar por su orgullo. No quería que su esposo la evitara escondiose en algún rincón de la casa como hacía su padre con su madre.
Entonces, a pesar del intenso calor, decidió salir a caminar esperando encontrarlo.
Como siempre que comenzaba una de sus caminatas, pronto se vio sumida en sus propios pensamientos mientras apreciaba los verdes campos rodeados de frondosos bosques. La sombrilla la ocultaba del abrasador sol veraniego, pero el vestido aún de luto, parecía querer sofocarla.
Al llegar a un recodo del río, donde este fluía mansamente, se sentó en el suelo debajo de un viejo tejo. Era un sitio aislado, un refugio al que solía acudir cuando quería estar sola e incluso, darse una zambullida.
Comenzó a quitarse el vestido detrás del árbol, verificando con la vista que no había nadie. Se quito el corset y respiró una fresca bocanada de aire. Tocó el agua con la punta de los dedos de sus pies para descubrir la temperatura. Sonrió para sí misma al notar la frescura reconfortante y se tiró a ella, sumergiéndose.
Su padre le había enseñado a nadar cuando era pequeña en el río que atravesaba su propiedad y, desde entonces, disfrutaba de esa actividad cuando podía.
Estaba en franca distracción cuando escuchó los cascos de un caballo, Elizabeth se apresuró a intentar salir, pero la poca ropa que llevaba puesta estaba adherida a su cuerpo y no haría tiempo a vestirse, así que volvió a sumergirse hasta el cuello intentando esconderse.
Escuchó como el jinete se detenía y se bajaba, seguramente atraído por las ropas escondidas junto al árbol.
-Sra. Darcy, ¿acostumbra quitarse la ropa en sus paseos?- preguntó una voz que a Elizabeth le resultó familiar.
-¡Gracias a Dios que eres tú! Casi me muero de un ataque- comentó aliviada con las manos sobre sus ojos para ocultar el sol y poder mirar a su esposo a la cara.
Se paró para salir del agua, pero volvió a meterse al percatarse de su casi práctica desnudez. Darcy disimuló su desagrado ante la reacción de su mujer. Recordó por un instante que ya hacía mucho tiempo que no tenía la visión del su cuerpo desnudo.
-Ayúdame a salir- le pidió Elizabeth estirando el brazo fuera del agua. Él se arrimó sobre la orilla y extendió su brazo. Lizzie lo tomó y, afirmándose en el río, tiró fuerte, haciéndolo caer.
La visión de la cara de sorpresa e incredulidad de su esposo hizo que estallara en carcajadas sonoras. Darcy estaba de pie, con su traje de montar y sus botas sumergidas en el río. El cabello mojado le caía sobre la cara, se lo apartó de los ojos y la miró lleno de severidad. Ella intentó controlar la risa, pero fue tarea en vano.
Él hizo los dos pasos que los separaban y la besó violentamente. Sus manos comenzaron a recorrer los contornos del cuerpo de su esposa por sobre la tela tenue y transparente. Elizabeth sintió un cosquilleo que le recorrió la columna, la tarea de ser madre la estaba absorbiendo y le había hecho olvidar su deber como esposa. El contacto apasionado con esos labios tan familiares le recordó cuánto deseaba a Darcy.
Rápidamente, se despojaron de sus ropas mojadas que arrojaron en la orilla. Pero el ataque de risa volvió al verlo intentar sacarse las botas llenas de agua. Su risa parecía provocar más deseo en él, que la volvió a tomar en sus brazos para recorrer su piel desnuda. La tomó por la cintura y la levantó, podían sentir cada centímetro de piel pegada. Elizabeth lo rodeó con las piernas y sus cuerpos se unieron en la frescura del río.

La ropa de Darcy seguía aún bastante mojada a pesar de haber sido extendida sobre el pasto. Ellos reposaban bajo la sombra del árbol, abrazados y extenuados, después de volver a hacer el amor en el césped. Llevaban puesta sólo la ropa interior y la cabeza de ella descansaba sobre el pecho de Darcy.
-Lo único bueno de nuestras peleas es esto- reflexionó en voz alta Elizabeth.
-Lo sé. Las reconciliaciones son nuestra especialidad- respondió en tono de burla- Pero, amor, no valen tanto sufrimiento. Ella rió ante el comentario.
-Reconozco que me comporté un poco irreflexiva si tú reconoces que estuviste autoritario- dijo sentándose mientras extendía la mano hacía él, ofreciéndola para hacer las pases.
-¿Me arrojarás al río otra vez?- preguntó en tono falsamente ofendido.
-Usted resbaló- respondió con picardía y lo besó.
-Es hora que nos vistamos y volvamos a la casa antes que alguien se le ocurra pasar por acá y nos vea en tan vergonzosa situación- anunció haciendo un esfuerzo por levantarse.
Se vistieron lo más decentemente posible y Darcy le indicó que se subiera al caballo.
-Prefiero caminar, ya lo sabes.
-Pero llegaremos más temprano si vamos a caballo- respondió él y, sabiendo los temores ocultos de su esposa hacia el montar, agregó- Llevaré las riendas y prometo no dejarte caer.
Ella accedió a regañadientes y subió temerosa. Él se ubico detrás y la rodeó con sus brazos.
El paso del caballo fue lento debido al peso de los dos, Elizabeth se sintió tan cómoda apoyada sobre el pecho de su marido, que olvidó su temor y dedicó a disfrutar del paseo.
-Creo que James heredó tu temperamento. Siempre tiene los ojos muy abiertos y vivaces, como si estuviera observando todo lo que sucede alrededor. Además que si no se atiende sus necesidades de inmediato, rompe a chillar enseguida.
Elizabeth le pegó un suave codazo en las costillas en señal de ofensa.
-¿Y de dónde has obtenido toda esa información?- preguntó curiosa.
-Los visito todos los días. Es lo primero que hago al levantarme. Mis hijos y tú, son mi más preciado tesoro- respondió deteniendo el caballo para poder besarla pausadamente.

Elizabeth estaba en el dormitorio de sus hijos amamantando a James y tratando de dedicarle tiempo al requerimiento de atención de William, cuando entró Darcy.
El bebé se había dormido y él lo tomó en brazos para que ella pudiera arreglarse el vestido. William trajo su pequeña pizarra para solicitarle un dibujo. No tenía un gran lenguaje, por lo que los dibujos terminaban siendo de perros, gatos o vacas.
-Lizzie, he recibido carta de mi tía. Avisa que llegará el próximo viernes.
-Eso pasa por realizar invitaciones de cortesía. Suelen aceptar- respondió con sarcasmo.
-Tenía que invitarla al bautismo, hubiera sido una grosería no hacerlo- le respondió justificándose.
-Lo entiendo, pero no eres tú el que sufrirá las críticas.
-Trataré de ser buen esposo y no dejarte demasiado sola con ella.
Lady Catherine De Bourgh, llegó a Pemberley con su carruaje de cuatro caballos, dos cocheros y varios sirvientes. Se la acomodó en el que llamaba su cuarto y se quejó durante el té de lo cansador de viajar para alguien de su edad.
-Sobrino, ¿esperas a que me muera para traerme a tus hijos?- preguntó enérgica, mientras retiraban el servicio de té que bebieron después de la cena.
-Lo siento, Lady Catherine, pero pensé que deseaba descansar y dos pequeños suelen tener exceso de vitalidad- se disculpó Elizabeth e indicó a un sirviente que enviara por los niños y su niñera.
-Sra. Darcy, veo que aún lleva luto. La favorece, dicen que el color negro disimula el peso. Veo que su figura no es la de antes- comentó en alusión a posibles kilos de más.
-Me pasa algo particular con usted, Lady Catherine, nunca sé si tomar sus comentarios como elogios o como críticas. Escogeré tomar el comentario como un cumplido a lo bien que me sienta el color- respondió ironizando.
Darcy iba a intervenir opinando que el cuerpo un tanto más voluptuoso de su mujer le gustaba más que la extremada delgadez que tenía al casarse. Pero optó sabiamente por callarse al no saber si lo tomaría como cumplido u ofensa.
La niñera hizo presencia en el salón con los pequeños de la familia, e inmediatamente Lady Catherine expresó que el porte de William era idéntico al de Darcy.
-¡Nunca me equivoco! Apenas lo vi siendo un pequeño te dije, sobrino, que era todo un Darcy.
El orgulloso sobrino agradeció las palabras y la invitó a alzar a James. Lady Catherine lo observó con recelo, el bebé dormía y ella se dedicó a inspeccionarlo buscando los rasgos Darcy o Fitzwilliam. De pronto, abrió los ojos almendrados y los posó en la anciana dedicándole algo similar a una sonrisa antes de volver a cerrarlos. Lady Catherine devolvió el niño a los brazos de la niñera.
-No se parece en nada a ti, tal vez un poco en los labios. Es pronto para decirlo. Aunque no caben dudas de quién es la madre- anunció en tono disgustado.
-¿Es un niño sano?- preguntó.
-Sí, lo es- respondió Darcy.
-Me alegra saberlo ya que voy a expresar mis deseos de ser su madrina- expuso sin rodeos.
-¡¿Qué?!- exclamó Elizabeth levantándose de su asiento. Darcy se levantó tranquilamente y miró a su mujer a los ojos.
-Creo que deberías llevarte a los niños, no queremos que cansen a mi tía- fue una sugerencia que escondía una clara orden.
Lizzie tomó a William y salió de la habitación con la niñera.
-Me temo, tía, que tu pedido será imposible de complacer. Desde antes que naciera, Richard y Georgiana fueron escogidos como los padrinos- le explicó, tratando de ser conciliador.
-¡Eso no tiene importancia!, sé que Georgiana cedería su lugar si se le informas sobre el honor que les estoy ofreciendo.
-Probablemente lo haría. Pero yo no se lo solicitaré. Siento el tener que declinar su amable propuesta.
Lady Catherine lo miró llena de ofensa e ira.
-¡Eres un tonto! ¿Acaso no sabes que todavía no he decidido a quién heredaré Rosings y el resto de mis bienes?
-Tía, usted sabe que la respeto por ser la hermana de mi querida madre y que no necesito de su caridad. Puede regalarle Rosings a quien le parezca, seguramente le estarán eternamente agradecidos. Como lo estoy yo de tener a una hermana tan amorosa, y como lo está mi esposa, por haber encontrado en ella una gran amiga.
-No estoy cuestionando que Georgiana sea una excelente elección…-dijo intentando volver a batallar por el tema.
-Lo sabemos. Georgiana es la mejor opción. Es afectuosa, considerada, abnegada. Me cuidó en los últimos meses y estuvo conmigo durante el nacimiento- interrumpió Elizabeth, que había vuelto sin que se dieran cuenta.
-Tal vez deberían considerarlo, Pemberley es importante, pero si la unieran a Rosings, serías una de las personas más ricas del reino. Les daré hasta mañana- ofreció mientras se levantaba para retirarse a descansar.
-No es necesario, querida tía. Tengo la riqueza que necesito- respondió firmemente, tomando la mano de su esposa- Una familia a la que amo y una propiedad que me pertenece.
Lady Catherine estaba decidida a marcharse ofendida, cuando las palabras de Elizabeth golpearon en su conciencia.
-Esperamos que no lo tome como una ofensa. Usted es parte de la familia de la que habló Darcy, y sé que con un distanciamiento no podría ser del todo feliz. Además, necesito quien me ayude con los preparativos, no he tenido tiempo- dijo mintiendo descaradamente.
-Nos vemos mañana- anunció sin volverse y antes de salir, agregó: - Con dos niños pequeños no sé si habrá tenido tiempo de preparar un adecuado agasajo de bautismo. Mañana la ayudaré a organizarlo.
Lizzie miró a su esposo y volteó los ojos en señal de fastidio. Darcy la abrazó y besó.
-¿Te dije que me pareces muy apuesto cuando enfrentas a tu tía?- le preguntó en forma pícara.
-Y tú me pareces irresistible cuando eres manipuladora- respondió en el mismo tono, volviéndose a besar.
-Será un suplicio soportarla. Me debes una- dijo Lizzie señalándolo con el dedo índice.
-¿Qué te parece si subimos a la habitación y comienzo a saldar la deuda?- le preguntó besándola en el cuello.
-¡Darcy, es temprano!- exclamó divertida.
-Sabes que no me gusta tener deudas- le susurró al oído.

miércoles 17 de junio de 2009

Capítulo 53

"Serás el fruto de un gran amor, serás mi sangre y mi vida". Dulce espera, Marcela Morelo.


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-Lizzie, cariño, deja respirar a tu padre- le dijo Darcy a su esposa que estrujaba con tanta fuerza al Sr. Bennet, que se éste se estaba poniendo rojizo.
-Lo…lo siento…pa…pa…pá- respondió sollozando y lo soltó despacio. Su padre la tomó de la mano y todos entraron en la casa.
-Bienvenido, señor. El té ya está servido en el salón del oeste- anunció la Sra. Reynolds.
El Sr. Bennet se sentó en un sillón con Elizabeth a su lado. Parecía que lo estaba examinando desde que lo vio bajar del carruaje.
-Estoy bien, Lizzie. En verdad- le dijo para tranquilizarla- Un poco cansado por el viaje, eso es todo.
Elizabeth lo miraba compasiva, su padre parecía tan frágil, delgado y envejecido que le provocaban ganas de volver a abrazarlo.
-¿Y cómo te encuentras tú?- le preguntó su papá con una débil sonrisa en los labios.
-Estoy bien- aseguró y la mirada de su esposo la hizo retractarse- Estaré mejor con el tiempo.
Darcy le sonrió desde el otro sillón con William en brazos.
-¿Cómo está el bebé?- preguntó el Sr. Bennet intentando desviar el tema hacia algo más agradable.
-William está muy bien- aseguró Lizzie con una gran sonrisa.
-Me refería a ese…- comentó su padre, señalándole su gran vientre.
-¡Oh! Creo que mi esposo me mal acostumbró a nombrarla como a una niña. Está bien, se mueve mucho y suele no dejarme dormir.
-Cuando tu madre te esperaba, juraba que serías un niño. Eras tan inquieta y la pateabas tanto, que ella aseguraba que serías un varón. Se negaba a buscar nombre para niña, aseguraba que serías Thomas- contó con su padre, con la mirada perdida en el pasado y sonriendo por los recuerdos.
A Elizabeth se le pusieron los ojos llorosos.
-Lo siento, Lizzie. No quería ponerte mal.
-Es que siempre pensé que fui una desilusión para ella. No fui el niño que esperaba, en lugar de ello, tuvo que soportar mis comentarios irónicos y hasta despectivos. ¡Ni siquiera le di el gusto de acepta al primo Collins!- dijo riendo entre lágrimas.
Darcy dejó al niño en el suelo, levantándose de su lugar y sentándose junto a ella para abrazarla.
-Elizabeth, tu madre era una mujer muy particular, pero te aseguro que siempre se sintió orgullosa de ti- le aseguró su padre.
-Lo sé, pero me hubiera gustado hacerle saber que la quería.
-Lo sabía, cielo- le dijo Darcy acunándola contra su pecho. Su padre le prestó un pañuelo para que se secara las lágrimas.
-Elizabeth, el Sr. Darcy tiene razón. Tu madre sabía que sus hijas la querían y estaba muy feliz de saberlas casadas y con niños.
-Gracias, papá- le respondió apoyándose en su esposo visiblemente más tranquila- Llevaré a William y regresaré a servirles el té.
-Estuvo usted acertado, Sr. Darcy- dijo el Sr. Bennet en cuanto su hija se retiró de la habitación.
-Por favor, llámeme Fitzwilliam o sólo Darcy.
-Lo haré, cuando usted me diga Thomas.
Darcy asintió con la cabeza en señal de aprobación.
-He aprendido a conocer a Elizabeth, y no exageraba cuando le dije que lo necesitaba y que no está bien.
-Creo que ella me necesita tanto como yo la estoy necesitando a ella- reflexionó en voz alta.
-Lo entiendo. Me he acostumbrado tanto a estar con ella que cuando tengo que alejarme, siento un vacío. Su compañía es lo mejor que me ha pasado en mi vida- confesó Darcy a su suegro.
Poco después, Elizabeth volvió a la sala para comenzar el ritual del té, esforzándose al máximo en mantener cómodo y relajado a su padre.
Pensaba disfrutarlo la mayor cantidad de tiempo que pudiera.

Elizabeth cepillaba su cabello que caía libre por su espalda. Por el gran espejo de borde dorado, miraba a su esposo cambiarse y entrar en la cama. Cada vez que pensaba que ya no podía amarlo más, él realizaba algo que hacía imposible no adorarlo.
Darcy la descubrió mirándolo fijamente y le sonrió sin conocer por dónde estaban sus pensamientos.
Lizzie se levantó y apagó varias velas, cerró casi todas las ventanas. Las noches primaverales solían ser frescas, pero aún así dejaba alguna abierta, le gustaba sentir la fragancia de los árboles florecidos.
Cuando se acercaba a la cama, él apartó las sábanas para que entrara, y ahí ella vio una caja envuelta en seda sobre su mesa de noche. Sin mediar palabras, se metió en la cama y lo besó en los labios.
-Gracias- murmuró contra su boca.
-No me lo agradezcas si aún no viste el regalo- le respondió con esas sonrisas que solían alegrarle el día a Elizabeth.
-No es por ese regalo.
-¿No?- preguntó haciéndose el incrédulo.
Lizzie negó con la cabeza y volvió a besarlo, está vez en forma menos tierna y más apasionada que la anterior.
-Traer a mi padre ha sido lo mejor que has hecho por mi.
-¿Eso es lo mejor que he hecho por ti?- le dijo en tono burlón, mientras sus manos que recorrían el largo pelo, se detenían en su nuca, para que sus dedos se perdieran en ella.
-Está bien, tal vez eso, no es lo mejor que haces por mi- le respondió sugestivamente, sin oponer resistencia a las manos que la sujetaban para acercarla hasta sus labios.
El aliento caliente que emanaba de la boca de su esposo la hacía sentir bien, era como el sabor del licor en el cuerpo en un frío día de invierno.
Darcy la alejó dando por terminado el beso demasiado pronto para su criterio. Ella intentó retomarlo, pero se vio interrumpida.
-¿No abrirás el regalo?- preguntó su esposo. Alguien que no lo conociera como ella, no hubiera percibido cierta duda en sus palabras.
-Fitzwilliam James Darcy, ¿te sucede algo?- le dijo en tono disgustado al notar una nueva evasiva a otro beso.
Darcy bien sabía por experiencia propia, que la utilización de su nombre completo no era una buena señal, carraspeó un poco y se sentó más erguido en la cama.
Ella hizo lo mismo, pero con los brazos cruzados sobre su vientre en continuo crecimiento. Darcy estaba seguro de la forma de expresarse para no ofender los sentimientos a flor de piel de su mujer.
-Ya llevas el embarazo muy adelantado…- comenzó a decir, pero antes de terminar la frase, Elizabeth lo interrumpió al borde del llanto.
-¿Ya no me deseas? ¿Eso es lo que quieres decirme?
-¡No, no es eso!- contestó rápidamente, intentando no dejar dudas al respecto. Se incorporó mejor y la abrazó, besándola en el pelo, pero ella se mantuvo rígida y distante.
Se apartó de él y lo miró sin hablar, exigiendo una respuesta.
-Me preocupo por tu estado, eso es todo. Te deseo siempre, y eso es un gran problema cuando pretendo no ser egoísta y pensar en lo que se supone que debo hacer- respondió sinceramente.
-¿Lo dices en serio?- preguntó dejándose caer contra su pecho.
-Muy en serio- contestó.
Ella volvió a besarlo aliviada y efusivamente.
-…Lizzie…no ayudas- Darcy se quejó con esfuerzo.
Elizabeth esta resuelta a no dejarlo escapar fácilmente. Lo tenía tomado de la nuca y lo besaba alternando los lugares.
-Lizzie…si no te detienes…no creo…- cada vez que intentaba hablar, era acallado por los besos sedientos de su mujer- Me estás torturando.
-Entonces deja de sufrir- lo instó Elizabeth.
-¿No prefieres ver el regalo?- preguntó en un último intento vano al tiempo que ella se subía sobre él.
-Ya te lo he dicho- le respondió tomándolo por el cabello- Tú eres lo único que necesito.

Darcy se desperezó en la cama. La luz apenas se filtraba por las cortinas, lo que indicaba que aún era temprano. Tardó unos segundos en darse cuenta el motivo por el que había despertado, el sonido de la caja de música que Elizabeth había abierto.
Se incorporó para verla mientras se refregaba los ojos. Estaba a los pies de la cama con William mirando maravillado la nueva adquisición.
-¿Te gustó?- preguntó con la voz ronca y adormilada.
-¡Sí, nos ha encantado! Siento haberte despertado, saldremos a cambiarnos para que sigas durmiendo.
Darcy golpeó con la mano el espacio vacío de la cama, señalando que se quedaran.
-Quédate, tenemos que hablar.
-No quiero volver al tema de anoche, me conozco mejor que tú y sabré cuando detenerme- respondió ofendida.
-¿Puedes dejarme terminar alguna frase? Interrumpes antes que pueda expresar mis ideas- la sermoneó. Elizabeth cerró la boca, solía tener el defecto de interrumpirlo y poner en sus labios cosas que no había dicho.
-Me encontré con tu hermana y su esposo en Londres- anunció sin rodeos el tema- Mandó sus saludos y buenos deseos para ti.
Elizabeth no dijo nada, por la lectura que hacía de su esposo, esperaba más noticias que un simple encuentro.
-El mismo día, Wickham me visitó en la casa- continuó e hizo una pausa para darle más cuerda a la cajita de música a pedido de William.
-¿Y qué quería? ¿Más dinero?- preguntó Elizabeth con angustia ya que conocía el desagrado que esto le habría producido a su esposo.
-No- dijo negando con la cabeza al mismo tiempo- Quería pedirme un favor, que por supuesto, está relacionado con dinero.
Elizabeth lo miraba llena de expectación esperando que continuara con el relato, pero Darcy seguía jugueteando con su hijo sin ánimos de retomar la conversación.
-¡Darcy!- por fin exclamó Lizzie golpeándolo en el brazo.
-Lo siento- dijo disculpándose por su distracción- Lo llamaron al frente de combate. Me pidió que nos encarguemos de sus hijos en el caso que no vuelva.
-¿Y Lydia?- preguntó un poco consternada.
-Parece que teme no dejarle más que deudas y no la cree capaz de cuidar ella misma de sus hijos.
Elizabeth quedó pensativa, meditó en lo afortunada que había sido al encontrar un esposo gentil, amoroso y que pensaba en sus necesidades. Intentó ponerse en el lugar de su hermana, viendo marchar a la guerra a un esposo poco considerado, pero al que suponía seguiría queriendo. Conciente que su marido la estaba mirando, borró la triste imagen de su cabeza.
-¿No me preguntarás qué le contesté?- la interrogó Darcy.
-No necesito. Sé de sobra lo buen hombre que eres. Estoy segura que respondiste afirmativamente, a pesar que son hijos de un personaje despreciable en más de un sentido.
Darcy se estiró de su lugar y la besó con dulzura en los labios.

La primavera en Pemberley, era una época llena de vida. Para Elizabeth fue un placer poder compartirla con su padre.
Los días pasaban tranquilos en compañía de los hombres más importantes en su vida, su padre, del cual siempre había sido preferida, su esposo, a quien adoraba, y su hijo, que era motivo de constantes sorpresas y alegría.
Cuando comenzaba el verano, Georgiana volvió a Pemberley después de meses sin visitarlos. Richard le había pedido que viajara para ayudar a Elizabeth con el próximo alumbramiento, aunque todos sabían que era una excusa para alejarla de Londres y que dejara de insistir en viajar con él al frente de batalla en el hipotético caso que lo convocaran.
Fue un motivo de gran alegría la presencia de la anterior damita de la casa, ahora toda una mujer.
Solían dar paseos bajo la protección de sus sombrillas, conversar por largo tiempo mientras bordaban el ajuar y hacerse confidencias en la vieja habitación de Georgiana, que seguía intacta para cuando decidiera visitarlos.
-Elizabeth, ¿qué se siente dar a luz a un hijo?- le preguntó su cuñada mientras acunaba en brazos a William que dormía su siesta.
-Es una combinación de muchos sentimientos- respondió Elizabeth, dejando la aguja clavada en bordado.
-¿Tienes miedo?
-Sí, es atemorizante porque el dolor es intenso.
-Sin embargo, no dudaste en darle otro hijo a mi hermano- reflexionó en voz alta.
-No lo dudé ni por un momento. Verás, tener un hijo es algo que jamás pensé que fuera tan increíble. Es un pequeño milagro, una parte tuya y de la persona que amas que tiene vida propia y te sorprende cada día. Al momento que nació, todo el dolor, el temor, el miedo de creer que no podía lograrlo, se desvaneció en segundos al verlo. Es un amor tan intenso que tienes la certeza que darías tu vida por él.
-Elizabeth…- comenzó a decir y titubeó por un instante.
-¿Sí?
-¿Cuándo estuviste segura…que estabas esperando?- preguntó ruborizándose en tono nervioso.
-Georgie, ¿estás…?
-Puede ser…Tal vez- reconoció avergonzada de su inexperiencia en el tema- Creo que sí.
Elizabeth intentó saltar de la alegría, pero sus ocho meses avanzados y el calor de los días del comienzo del verano, se lo impidieron. Por lo que, a duras penas, se levantó de su silla y abrazó a su cuñada.
-¿Lo sabe Richard?
-No estaba segura mientras estuve en Londres, sólo me había salteado un período. Pero ahora ya van dos y me siento cansada todo el tiempo.
-¡Debemos llamar al doctor Gibson en forma inmediata!- exclamó Lizzie llena de entusiasmo en un gritito apenas sofocado.
En ese momento, un golpe interrumpió su burbuja de felicidad. Un criado solicitaba la presencia en la cocina de la señora para solucionar una disputa entre cocineras.
Darcy y su padre, habían ido hasta Green Park para visitar a Charles y Jane, quien seguía en estricto reposo.
Elizabeth bajó a regañadientes, no deseosa de abandonar la buena noticia para tener que regañar a dos empleadas.
Cuando llegó allí, la Sra. Reynolds ya se había hecho cargo del asunto y regañó al criado por haber molestado a la señora.
-Por favor, Sra. Reynolds, no rete al muchacho, aún no estoy incapacitada para ejercer mis deberes- le dijo complaciente, para que la mujer no se ofendiera, ni el joven siguiera tan asustado.
-Disculpe, Sra. Darcy- le respondió con una reverencia- Ya le iba a avisar que su esposo y su padre han regresado para que me indicara dónde servir el té.
-Gracias, sírvalo en el balcón norte- le ordenó y luego caminó hacia el estudio de su marido para preguntarle las novedades de los Bingley. Se esforzó lo máximo posible para que no notara su alegría por Georgiana y golpeó la puerta.
Darcy estaba sólo con su chaleco puesto y el cravat desanudado. Apoyado en el alféizar de la ventana, leía una carta que tenía en sus manos.
-¿Qué cuenta mi hermana?- preguntó despreocupadamente. Darcy demoró su respuesta unos segundos para contener su expresión antes de verla y se giró.
-Bien, bastante bien. Beth está enloqueciendo a Charles y a la niñera. Advertí el problema de bautizarla con ese nombre- dijo bromeando, pero faltaba el brillo típico en su mirada.
-¿Malas noticias?- preguntó Lizzie señalando la carta.
-Lo son. Siéntate conmigo donde corra aire- le pidió, tomándola por el brazo hasta un sillón cercano al gran ventanal.
-¿Tienes que viajar?- preguntó dubitativa. Odiaría que tuviera que irse con la fecha del parto tan cercana.
-No. Nada de eso. Son noticias del frente.
Elizabeth lo miró con atención, ¿acaso Napoleón habría ganado la guerra? No concebía otro motivo de preocupación sabiendo a Richard en Londres.
-Hace unos días, se produjo una gran batalla en Waterloo. Las tropas aliadas han derrotado a Napoleón, un gran triunfo que ha volcado la guerra a nuestro favor, pero no sin antes, dejar numerosas bajas.
Lizzie lo miraba atónita, no se consideraba una ignorante, leía los mismos periódicos que su esposo, pero todo el tema de la guerra le resultaba terrible y evitaba saber mucho sobre ello.
-Wickham estaba bajo el mando del Teniente General Sir Henry Clinton, no sobrevivió a la batalla.
Elizabeth se llevó una mano a la boca para contener una exclamación. Había olvidado por completo a su cuñado.
-Richard tenía mi solicitud de mantenerme al tanto sobre Wickham. El Teniente es un viejo conocido de él y le informó de inmediato. ¿Estás bien?- le preguntó al verla inmóvil.
-Estoy bien. Sólo pienso en si mi hermana ya lo sabrá. ¡Pobre Lydia!
-Seguramente ya lo sabe. Escríbele con tu padre y le enviaremos dinero. No olvidaré mi promesa.
-Gracias- le dijo, y se apoyó sobre su hombro.
-Son buenas noticias para Georgie, significa que Richard puede volver a casa- comentó después un largo silencio.
-Me alegro mucho por ellos- respondió Elizabeth, ocultando una sonrisa contra el pecho de Darcy.

En julio llegaron las noticias de la rendición de Napoleón. En muchos lugares hubo festejos, incluyendo a Pemberley. Los fuegos de artificio engalanaron el cielo de verano y los miembros influyentes de la comunidad celebraron a lo grande.
El calor había llegado para quedarse, madurando los frutos del campo. Richard había regresado a tiempo para el festejo y para toda la familia fue doble al conocerse la noticia del embarazo de Georgiana.
A pesar que él deseaba volver a su hogar, Georgie insistió en quedarse en Pemberley hasta que Lizzie diera a luz. Su marido accedía a todas sus peticiones, aunque esta incluyera dormir en un cuarto decorado enteramente en rosas y dorados, y lleno de estampados floridos.
Dos semanas antes de la fecha pensada, Georgiana y Elizabeth salieron a caminar por los jardines cercanos. El calor era insufrible y subieron hasta la cascada artificial que culminaba en una fuente.
-¿Necesitas descansar?- preguntó Georgie al ver cómo Lizzie buscaba recuperar el aire colocando una mano en su cintura.
-Georgie, necesito que me hagas un favor- respondió en tono tranquilo.
-Lo que quieras.
-Ve hasta la casa y dile a tu hermano que venga por mí. Creo que nacerá hoy- ordenó tranquilamente.
Georgiana quedó paralizada como si intentara procesar sus palabras.
-¿Quieres decir qué…?
-Sí, el bebé quiere salir. Ahora, creo que necesitaré ayuda para llegar a la casa y tú sola no podrás, así que corre- le dijo sentándose.
Elizabeth sabía que aún tenía tiempo, podían pasar horas hasta que fuera el momento de pujar. Por lo que se concentró en respirar tranquilamente y esperar.
No tardó en ver venir hacia ella un gentío proveniente de la casa.
-¡Maldición, Georgiana!- dijo al verlos y luego se retó por maldecir.
Su cuñada llegó corriendo y sin respiración, con un grupo de sirvientes que la ayudaron a levantarse y comenzar a caminar.
-¿Dónde está Darcy?- preguntó llena de vergüenza a Georgiana.
-Visitando a un arrendador. Ya enviaron por él y también por el doctor Gibson. El joven, ya que el padre se ha ido al mar por unas semanas.
-Magnífico- dijo entre dientes.
La subieron en brazos hasta su dormitorio, motivo por el que se enojó con su esposo, aunque no tuviera razón. La Sra. Reynolds la vistió con ayuda de su cuñada y pronto Lizzie comenzó a preocuparse por el escaso tiempo entre sus contracciones, significaba que pronto nacería y todavía Darcy no estaba allí.
Para agregar problemas, Georgiana estaba pálida y no creía que pudiera ayudarla durante el parto como lo hizo Jane cuando nació William.
El médico llegó y la revisó.
-Tiene una excelente dilatación, comenzaremos a pujar pronto- le dijo en medio de una dolorosa y larga contracción en la que Lizzie sólo lo insultaba mentalmente. “Comenzaremos nada, maldito bribón, sólo pujaré yo” se dijo a sí misma.
En la próxima contracción, el doctor Gibson le anunció que comenzarían el trabajo. Elizabeth se enfureció aún más con su esposo, no quería empezar a alumbrar a su hijo sin antes verlo.
-No estoy lista, creo que puedo esperar un poco más- dijo resuelta ante la mirada atónita del médico, para nada acostumbrado que una parturienta decidiera que no era el momento.
-Elizabeth…- le dijo un tanto avergonzada su cuñada.
-Puedo esperar un poco si cierro las piernas- dijo apenas susurrando para que el doctor no escuche.
-Sra. Darcy, no querrá que su esposo se entere que se comportó de manera tan infantil en su ausencia. Ahora, ¡acuéstese y comience a pujar!- la voz de la Sra. Reynolds resonó llena de autoridad y, aunque Elizabeth tenía ganas de mandar a todos al diablo y ponerse a llorar, obedeció llena de ira.
-Me prometió que estaría acá…ya verá…ahhhhh!- gritó durante el segundo intento.
-Bien, relájese. Respire y descanse- le dijo el médico al terminarla.
Los pasos resonaron fuerte por el corredor. Las botas de montar de Darcy, Elizabeth reconocería ese ruido en cualquier lugar.
Golpeó la puerta con más fuerza de la que creyó utilizar. La Sra. Reynolds miró a su ama esperando órdenes. Georgiana le secaba el sudor que bañaba su rostro y ella asintió con la cabeza.
-¿He llegado…a tiempo?- preguntó entrecortando las palabras por la falta de aliento.
-No, señor. Puede pasar sólo unos instantes, nada más- le dijo el ama de llaves.
Darcy entró presuroso hasta la cama, se sentó en el espacio que le concedió su hermana y le tomó la mano. Elizabeth lo tomó por la solapa con su mano libre.
-¡¿Te das cuenta que casi te lo pierdes?! Pedazo de i…ahhhh!- otra contracción interrumpió el insulto y tuvo que pujar estrujándole la mano más de lo necesario.
-Sr. Darcy, es momento que se retire. No falta mucho más- le dijo el doctor.
Darcy se levantó obediente y le murmuró “te amo” al oído.
-Cállate- fue la amable contestación malhumorada.
No más de diez minutos más tarde, lo que Richard y su suegro habían tardado en buscar unos asientos para colocar en el corredor, el llanto de un bebé irrumpía con fuerza y los llenaba de alegría.
Georgiana salió veloz para informar que estaban los dos bien, pero antes que la pudieran interrogarla por más detalles, volvió a entrar en la habitación. El médico tardó en dejarlo pasar, lo que para Darcy fue una eternidad.
Elizabeth lo esperaba agotada y con una gran sonrisa en su cara. El recién nacido envuelto en sábanas, estaba prendido de su pecho.
-¿Cómo te sientes?- le preguntó contemplándolos a los dos.
-Extremadamente cansada e igualmente feliz.
-Lo siento. No debería haber nacido hasta dentro de dos semanas- se disculpó recordando el enfado de ella.
-Ponle las quejas a tu hijo- le dijo sonriéndole.
-¿Hijo?- preguntó incrédulo.
-Te presento a James Thomas Darcy- le anunció llena de orgullo.

domingo 31 de mayo de 2009

Capítulo 52

"Cuando estoy perdida
Enciendes una luz para mí y me liberas
Cuando estoy decaída
Tú quitas mis lágrimas
Y me llevas a través
De la soledad
Y del vacío" Music Box, Mariah Carey.
http://www.fanmusical.net/Mariah_Carey/letras4espanol.htm


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Darcy ya se estaba acostumbrando a la necesidad de tocarlo que sentía Elizabeth en el último mes.
Desde la muerte de la Sra. Bennet, parecía que Lizzie no podía estar alejada de sus seres queridos. A pesar de no haber tenido mayores contratiempos con el embarazo, prefería quedarse en su cuarto, o en alguna habitación de la casa.
Su esposo estaba preocupado, Elizabeth ya no disfrutaba de sus caminatas ni de sus lecturas. Sólo parecía olvidar su pena en compañía de William o de él.
Esperaba que Jane la visitara, pero problemas con su salud la venían aplazando. Georgiana estaba con Richard en Londres, y en la última carta, prometía ir a Pemberley lo antes posible.
Esa mañana de comienzos de mayo, Darcy despertó con la misma inquietud que tenía desde el deceso de su suegra, que Lizzie demostrara estar un poco menos desanimada.
La miró dormir girada hacia su lado, con su mano descansando sobre el pecho de él. El vientre de ella ya era inocultable con sus notorios casi siete meses de gestación.
Darcy le tomó suavemente la mano para poder levantarse sin despertarla. Era temprano aún y él tenía un día ocupado.
Apenas intentó moverse, la mano que antes reposaba tranquila, lo asió firme y se encontró con los ojos suplicantes de su mujer.
-No quería despertarte- susurró y, dándole un tierno beso en la frente, agregó- Vuelve a dormirte.
Pero la presión de la pequeña mano no disminuyó su fuerza.
-¿Tienes mucho que hacer? ¿No puedes quedarte un poco más?- preguntó de forma tal que Darcy pudo sentir la infelicidad que en ella aún existía.
Lo esperaban cartas urgentes para responder, una reunión con su administrador, otra con un arrendador y, si el día primaveral lo permitía, una recorrida por una obra que se estaba realizando en el jardín norte de la casa.
-Ya me arreglaré- respondió- Me quedo, con una condición.
-¿Cuál?- preguntó frunciendo la nariz de la forma que le gustaba a su esposo.
-Cuando nos levantemos, desayunarás conmigo y luego me acompañarás a supervisar las obras del norte.
-Está bien- dijo con una sonrisa a medias y se acurrucó lo más que pudo contra su pecho.
Después de desayunar, Elizabeth fue a ver a su pequeño, mientras Darcy se disponía a responder algunas cartas antes de salir a caminar con su mujer.
Sobre la pequeña bandeja de plata lo esperaba una pila de sobres con bellas caligrafías y solemnemes lacrados.
Revisó el pequeño montículo rezongando al hacerlo, hasta que sus ojos se detuvieron en un remitente, “Sr. M. Thorton”. Abrió el sobre con el cortaplumas y leyó:

“Sr. Darcy:
Me dirijo a Usted, porque recientemente ha llegado a mis oídos que su suegra, la Sra. Bennet, ha fallecido.
Espero que la Sra. Darcy haya asimilado la mala noticia de la mejor manera y tanto ella, como todos ustedes, gocen de buena salud.
Tengo planificado un viaje por Derbyshire para el próximo mes y, si soy bienvenido, me gustaría pasar por Pemberley para darle las condolencias en persona. Mientras tanto, sea Usted tan amable de transmitirle mi más sincero pésame.
Atentamente, Matthew Thorton.”
Darcy resopló lleno de frustración al pensar en tener que ser anfitrión del perfecto Sr. Thorton.
Arrojó la carta sobre el escritorio y siguió revolviendo los papeles. Una hora más tarde, seguía concentrado en su trabajo atrasado, respondiendo cartas de negocios y de cortesía, incluyendo la de Thorton.
Un golpecito en la puerta lo distrajo por el breve segundo que tardó en decir “adelante” y luego siguió escribiendo.
Lizzie entró pidiendo permiso y cuando él levantó la vista para mirarla, quedó abrumado por su palidez y las manchas oscuras debajo de los ojos. Parecía que había vuelto a llorar.
-Elizabeth, ¿te encuentras bien?- le preguntó levantándose hasta donde pudo tomarle las manos y guiarla hasta un sillón.
-Estoy bien- respondió, pero la respuesta no tranquilizó en lo absoluto a su marido.
Darcy le pasó su brazo por los hombros y la atrajo contra él. Ella no se resistió en lo absoluto, se dejó abrazar y apoyó su cabeza contra el corazón de su esposo.
-¿Has estado llorando?- le preguntó acariciándole la espalda.
-Un poco- admitió- Pero por algo bueno.
-¿Buenas noticias?
-¿Charles no te escribió?
-No he terminado con las cartas- respondió con tono disgustado.
-Lo siento, te estoy retrasando- comentó Lizzie apenada.
-Cuéntame las noticias- la interrumpió sin darle la oportunidad a disculparse.
Elizabeth sonrió, y por un breve momento, Darcy volvió a ver en ella la picardía que había perdido en el último mes.
-¡Jane está en estado! ¿No son excelentes noticias?
-Sí, realmente lo son- respondió Darcy. Realmente lo eran y se alegraba por su amigo y su cuñada, que hacía casi un año que esperaban encargar un segundo hijo.
-Era ese el malestar de Jane. El que le impedía venir a verme- agregó un tanto aliviada de saber que los problemas de salud no eran tales.
-¿Qué te parece que vayamos a visitarla el sábado? Si es que te sientes mejor y mejoras el aspecto pálido que tienes ahora.
-¡Me encantaría verla!- dijo llena de ansias- Intentaré estar más tiempo al aire libre y comeré mejor.
-¿Qué te parece que empecemos ahora, caminando conmigo?
-Me encantaría.
Elizabeth buscó su sombrero y un pequeño chal para protegerse la espalda. Mientras se preparaba, se vio al espejo y entendió por qué su esposo estaba tan preocupado por su salud.
Sacando el vientre crecido, el resto de su cuerpo se veía demasiado delgado en su vestido negro de luto, la cara estaba demacrada y tenía ojeras por la falta de sueño y el llanto.
Respiró profundo y se prometió hacer el esfuerzo por no dejarse llevar por la nostalgia y el dolor. Salió de la habitación y buscó a William para que vaya con ellos y disfrutara del hermoso día.
Tomada del brazo de su esposo y con el niño correteando torpemente delante de ellos, se olvidó por un rato de su pena. Pudo sentirse un poco feliz, esa felicidad que otorgan los pequeños detalles y las situaciones diarias.
-Elizabeth, hoy recibí carta del Sr. Thorton- dijo sin ningún preámbulo.
Ella lo miró con clara perplejidad en el rostro.
-¿En verdad? ¿Qué es lo que cuenta?- preguntó con curiosidad.
-Se enteró de tu pérdida y quería transmitirte sus condolencias- le respondió sin entrar en demasiados detalles.
-Es muy caballeroso de su parte. Le escribiré unas líneas de agradecimiento por su amabilidad, si no te molesta.
-Nunca te negaría que le respondieras a semejante caballero- la entonación al decirlo, hizo que Lizzie volviera a reír.
En los siguientes días, Darcy notó que Elizabeth realmente intentaba mostrarse más animada, menos dependiente de él, buscando volver a la rutina.
Como se lo había prometido, el siguiente sábado la llevó a Green Park. Jane tenía órdenes de hacer reposo absoluto, el embarazo venía complicado. La rectoría del Sr. Barton estaba a mitad de camino entre Pemberley y Green Park, por lo que Kitty intercalaba las visitas. Desde que Jane había comenzado con sus problemas, Kitty pasaba mucho tiempo con ella y Beth.
El encuentro fue muy duro para las dos, no se veían desde antes de conocer la noticia de su madre. Las hermanas se abrazaron por mucho tiempo y lloraron como si hubieran recibido por primera vez la información del fallecimiento.
Charles y Darcy les dieron espacio, sabían que eso ocurriría en cuanto se vieran.
El compartir tiempo con su hermana, aunque fueran unas pocas horas, le permitió volver a su hogar con un poco de alivio en la soledad que la perseguía.
En los próximos días siguió necesitando de su marido, pero se esforzó por no molestarlo. Sabía que su constante demanda lo llenaba de preocupación, además de atrasarlo en los negocios.
-¿Cómo estás, amor?- fue la pregunta de su esposo que la miraba sentado en el borde de la cama, mirándola fijamente.
Se había recostado para dar una pequeña siesta y, evidentemente por la oscuridad que reinaba en la habitación, era demasiado tarde.
-¿Qué hora es?- interrogó pensando en que se había perdido el té de las cinco.
-Las nueve.
-¡Las nueve! ¡Lo siento tanto, es tan tarde!- se llenó de angustia al darse cuenta que había pasado toda la tarde durmiendo.
-No te preocupes, William y yo, ya cenamos. No quise despertarte, parece que necesitas dormir bien.
-No tienes que consentirme de esta manera. Estoy mejor. En verdad.
-Me alegra saberlo ahora que tengo que dejarte sola por unos días- le dijo estudiando la reacción en su rostro.
-Estaba esperando estas noticias. ¿Londres?- le preguntó llena de resignación con el mejor semblante que pudo concederle.
-Sí. Vengo suspendiendo el viaje desde hace unas semanas, pero tengo que firmar unos papeles con mi abogado y varias reuniones que atender.
-Me portaré bien- le respondió torciendo un poco la boca mientras que sus manos lo sujetaban de las solapas.
-Entonces no tengo por qué preocuparme, ¿no?- Darcy preguntó para asegurarse y Elizabeth asintió con la cabeza.
-¿Cuándo te vas?
-Mañana. Así estoy de regreso para el fin de semana.
-No te apures por mí. Prefiero que tardes, pero que llegues a salvo a mis brazos- dijo Lizzie al tiempo que se levantaba un poco en la cama.
Darcy aprovechó la nueva posición para acercarse y besarla pausadamente. Al incorporarse para volver a su sitio, Lizzie lo siguió sedienta aún de sus besos. Él la miró con cierta sorpresa.
-Te dije que estoy mejor- le respondió a la mirada, con las mejillas llenas de color, mientras se mordía los labios en forma provocativa y tiraba del saco de su esposo para quitárselo.
Luego se recostó para ver como su esposo se quitaba con rapidez las botas, el chaleco y el cravat. Con la camisa y la ropa interior fue más lento, como si supiera que Lizzie disfrutaba del espectáculo.
Ella apartó las sábanas para recibirlo en la cama. Él se recostó a su lado para retomar el trabajo de besarla, esta vez abandonando la tranquilidad y dando paso a besos más salvajes y hambrientos. Sus manos comenzaron a recorrer con lentitud cada curva del cuerpo conocido y cambiante de su esposa. Las manos de ella tampoco tardaron en tocarlo, con las yemas de los dedos rozó el largo de su espalda, siguiendo el camino que dictaba la columna.
Él se sumergió en la profundidad de su boca y se detuvo en cada punto sensible a sus besos y caricias. La respiración entrecortada y los gemidos que de ella obtenía le recordaron cuánto extrañaba sentirla suya de esa manera.
Elizabeth se sentó sobre él y, antes de quitarse el camisón por sobre su cabeza, lo acarició desde sus labios hasta el ombligo con sus manos.
Darcy la tomó de sus redondeadas caderas para indicarle el ritmo y se mecieron hasta llegar al éxtasis.
Un poco después, cuando él ya dormía en sus brazos, Elizabeth se maldijo así misma por haberlo evitado tanto tiempo. Había olvidado que cuando hacían el amor, olvidaba al resto del mundo, esperaba que la sensación de felicidad que la invadía, durara hasta la mañana siguiente.
Elizabeth siempre exageraba cuando Darcy se iba. Extendía las despedidas hasta que el coche arrancaba.
Esa mañana no fue una excepción.
-Acuérdate que me prometiste pasar por Longbourn a tu regreso- le recordó colgada de su cuello.
-Prometo pasar a visitar a tu padre y Mary- respondió Darcy poniendo los ojos en blanco.
Ella lo volvió a besar con ansias. A él aún lo incomodaba tanta manifestación de afecto frente a los criados. Se separó un poco y aclaró su garganta, señalándole con los ojos la presencia del chofer y dos criados.
Elizabeth se descolgó de él, bajando los brazos con disgusto y haciendo un mohín de disconformidad.
-Estarás bien- le afirmó Darcy, mientras apoyaba su mano sobre el lugar donde estaba su bebé. Sabía que para Lizzie serían duros días, donde tendría a William y a la casa a su cargo.
Le acarició la mejilla con el dorso de su mano y ella bajó un poco el rostro. Con la misma mano le levantó el mentón y se sonrió dándole ánimo. Luego, rozó sus labios con los suyos y subió al carruaje.

Estando en Londres, sus días pasaban más rápidos de lo normal. Se levantaba y leía el Times mientras desayunaba, hábito que en presencia de Lizzie era imposible, se lo tenía terminantemente prohibido.
Después solía tener algunas reuniones en el salón para caballeros que frecuentaba desde que tuvo la edad apropiada y donde aún encontraba a los viejos amigos de su padre.
Por la tarde, respondía cartas, recibía visitas o se veía en la obligación de devolverlas como atención.
Cuando llegaba la noche era cuando las horas parecían detenerse. Cenaba con Richard y su hermana o con los Gardiner, pero cuando volvía a la residencia y entraba en la habitación, las horas pasaban lentas y el sueño le escapaba.
Al llegar la mañana del viernes, se sintió con mejor semblante. Era el último día en la ciudad, sólo tenía que pasar una noche más en Londres. Al día siguiente estaría rumbo a Pemberley, previa una breve escala en Longbourn.
Tenía una reunión en el salón, la última y por la tarde, iría a comprar algunos obsequios para William y Elizabeth.
Leyó el diario y se preocupó por las noticias del frente de batalla. Luego, recibió carta de casa y se apresuró por saber de su esposa.
Ella le aseguraba estar bien y volvía a pedirle que visitara a su padre. Darcy se rió, su mujer era insistente, pero parecía estar bien.
Escogió caminar en lugar de tomar el carruaje, poco después se arrepentiría de haber tomado esa decisión. Poco antes de llegar al salón, vio salir de una tienda de empeños, a George y Lydia Wickham. Se vieron prácticamente al mismo tiempo, no hubo chance de evitarlos.
Los saludó con un gesto cortés sin intenciones de acercárseles, pero Lydia seguía haciéndose la que no entendía indirectas y caminó hacia él con los brazos extendidos.
-¡Sr. Darcy! ¡Qué placer verlo por acá!- dijo simulando alegría.
Darcy apenas le contestó el saludo.
-¿Ha venido mi hermana con usted? ¡Hace siglos que no la veo!- preguntó exagerando de tal forma que el gesto le recordó a su difunta suegra. Ya entendía con más claridad la preferencia de ésta por su hija menor.
-No, se quedó en casa. La noticia de la muerte de su madre le afectó mucho y el médico le prohibió realizar viajes.
-¡A mi me ha devastado también! He dejado de comer, estoy hecha un saco de huesos- contestó haciéndose la pobre víctima- Menos mal que tengo a mi querido Wickham o no sé qué hubiera sido de mí.
Darcy la miró, estaba visiblemente gorda, los embarazos no habían sido favorecedores con su silueta. Después miró a Wickham que no había abierto la boca desde el momento en que se encontraran. Su último encuentro fue con él detenido en una celda militar por su mal comportamiento con Elizabeth. Darcy fue a advertirle que no lo quería cerca de su casa y le había jurado que lo mataría si lo hacía.
Tras un incómodo y largo silencio, Darcy se despidió.
-Con su permiso, tengo una reunión que me espera.
-¡Nos gustaría tanto cenar con usted! ¿Cree que será posible?- preguntó Lydia sin notar el claro malestar de su esposo.
-Me temo que será imposible, me voy de la ciudad mañana temprano- respondió Darcy sin dudarlo.
-Entonces podría ser esta noche- insistió la joven.
-Tengo la cena comprometida con mi hermana y su esposo- dijo mirando directamente a Wickham que desvió la mirada.
-Un gusto verla, Sra. Wickham, le diré a Elizabeth que la encontré en buen estado de salud- saludó con su sombrero y partió.
Después de su reunión, paseó por la zona de comercios y miró varios escaparates buscando algo que pudiera gustarle a su esposa. Para su hijo llevaba varios juguetes de madera. Pero aún no encontraba el regalo ideal para su mujer.
De pronto, en una vidriera de un comercio de música al que solía comprarle partituras para Georgiana, encontró una caja de madera que tenía la tapa bellamente tallada. Era una madera oscura, tal vez ébano y el relieve era de un ángel tocando el violín.
Antes de escucharla, sabía que le gustaría a Lizzie. Ella disfrutaba de la música y, desde la muerte de su suegra, no se había tocado ningún instrumento en la casa. La caja de música era perfecta.
Volvió a la casa lleno de regalos y la felicidad que tenía se disipó cuando se enteró que su cuñado solicitaba verlo.
No tenía nada que hablar con ese hombre y no se le ocurría nada que éste tuviera que decirle a él. Aún así lo recibió, Wickham no merecía respeto alguno, pero estaba casado con una hermana de Elizabeth.
Entró en la sala con la misma altanería que siempre le había traído problemas. Nunca había logrado entender que, por más que viviera rodeado de los lujos y comodidades de Pemberley, nada de eso le pertenecía. Desde pequeño había tenido peleas y riñas con otros muchachos que no lo toleraban por darse grandes aires siendo el hijo del administrador.
-Darcy- saludó al verlo.
-Tienes diez minutos, así que ve al grano. ¿Cuánto necesitas esta vez?- preguntó buscando la llave que llevaba en el bolsillo de su chaleco y que abría el primer cajón de su escritorio. Allí guardaba el dinero que había en la casa.
-No vengo a pedirte dinero, sino algo más importante- respondió haciéndose el ofendido.
-¿Qué es, entonces?
-Me han convocado al frente de batalla, salgo próximo lunes.
-No veo en qué me afecta tu partida- respondió en forma cortante.
-No he sido un buen esposo, ni tan poco un buen padre. Lydia ha tenido un niño hace poco. Ahora temo que si me pasa algo, no tendrán nada.
-Ya veo- contestó Darcy, después de todo no estaba tan errado, la intención de la visita era relacionada con dinero.
-Si no vuelvo, Lydia no será capaz de cuidar de los niños. No lo es ni siquiera ahora. Sé que tú y Eliz…la Sra. Darcy- se corrigió al ver la expresión de odio que le lanzó- los cuidarían bien.
-Puedo prometerte que no les faltará nada, pero nunca me atrevería a quitárselos a su madre.
-Me es suficiente- dijo Wickham con pomposidad.
-Tus diez minutos terminaron- anunció Darcy con acritud y le señaló la salida. La presencia de ese hombre le producía algo similar a las náuseas.
Apenas salió de la habitación, se sentó en la silla y apoyó los codos sobre el escritorio, con sus manos en las sienes masajeándolas para quitarse el horrible dolor de cabeza que la reunión imprevista le había provocado.
Esa noche, en casa de Richard, a solas mientras disfrutaban del brandy, le contó lo sucedido.
-Tiene razón en temer. Se espera un gran enfrentamiento, habrá muchas bajas.
Darcy tomó el último trago de su vaso.
-Inglaterra no pierde nada si Wickham no vuelve- dijo con furia y salió para hablar con Georgiana.

Elizabeth había salido al jardín con la excusa que William necesitaba aire y sol, cuando en realidad, ya no sabía que hacer dentro de la casa esperando el sonido de cascos por el camino.
En un intento por correr, William cayó al suelo y comenzó a llorar. Ella llegó hasta él lo más rápido que pudo y lo levantó. Tenía un pequeño raspón en la nariz y las manitos sucias. Lo estaba consolando cuando divisó la polvareda de un coche.
-Mira, William- le señaló el camino con la mano- Ahí llega papi. El niño paró de llorar para ver si lo que decía su madre era cierto.
Lo bajó al suelo cuando el coche frenó a unos cuantos metros y salió corriendo en su dirección. Darcy bajó antes que el criado le abriera la puerta y levantó a su hijo lo más alto que pudo para luego bajarlo para besarlo. William rió con las mejillas aún marcadas por el llanto anterior.
Lizzie llegó hasta donde él y la sorprendió con un gran beso.
-Tengo una sorpresa para ti- le dijo Darcy abrazándola por los hombros.
-¿Qué me has traído esta vez?- preguntó bromeando ante la conocida debilidad que presentaba su esposo por comprar regalos.
Entonces la giró hacia el carruaje.
Su padre estaba allí.

sábado 16 de mayo de 2009

Capítulo 51

"Es suficiente sentir tu aliento en mi
Refrescar mi alma y liberar mi mente
tienes que sostenerme y mostrarme el amor" One moment more, Mindy Smith.


Un silencio un tanto incómodo se había producido dentro del coche bamboleante. Las conversaciones triviales sobre los invitados, la pequeña iglesia, el hermoso día y el clima, parecía que no quedaba mucho para hablar y sí quedaban largas horas de viaje hasta el nuevo hogar del matrimonio, Pemberley.
Dentro del lujoso carruaje, Elizabeth comenzó a pasarse sus manos por los brazos para entrar en calor. Comenzaba a tener un poco de frío a pesar de la manta que llevaba para abrigarse. Darcy se levantó del asiento de enfrente y se sentó junto a ella, cubriéndola con la manta que llevaba él.
-Gracias- respondió al gesto, esperando que se quedara al lado suyo un poco más.
Al ver que él no mostraba intención de moverse, enganchó el brazo con el suyo, tomándolo de la mano.
Darcy se sintió animado y creyó que estaba en obligación de entablar una nueva conversación.
-Hace un bonito día, ¿no lo cree?- comentó, como si no lo hubiera preguntado antes.
Lizzie ocultó la risa para no ofender el intento de conversación de su reciente esposo.
-Sí, ha sido un día hermoso. Aunque podría haber nevado todo el tiempo que igualmente sería el día más feliz de mi vida.
Su marido la miró con ternura en los ojos acercando su rostro hacia ella un tanto dubitativo. El beso comenzó lento y suave, aunque esta vez no debían preocuparse porque los descubrieran o por comentarios insidiosos. Eran marido y mujer, y eso producía una sensación que mezclaba alivio y ansiedad. Una mano de Darcy la tomó de la nuca, mientras que la otra bajaba por la espalda para detenerse en su cintura, con la clara intención de no separarse rápidamente de ella. Elizabeth sintió como se le erizaba la piel, obviamente no era por el frío, y creyó oportuno atreverse a hacer algo, hundiendo sus dedos en el cabello de Darcy. En el momento que realizó ese gesto, sintió como invadía a su boca, la lengua de él que la acariciaba. Empezó a sentir calor y sus mejillas enrojecieron. Justo cuando comenzaba a sentirse segura, Darcy se apartó abrupta, pero cortésmente.
Un extraño silencio siguió al beso, los dos necesitaban aclarar pensamientos y controlar sus impulsos.
Darcy se sentía avergonzado por haberse dejado llevar y por el estado en el que se encontraba. A su lado, Elizabeth, buscaba la forma de disimular su excitación, inspirando y expirando rápidamente, para normalizar su pulso.
-Lo siento- se disculpó después de considerar que la alteración ya no lo embargaba.
Elizabeth lo miró entrecerrando los ojos, analizando las palabras o tal vez la contestación que merecían.
-¿Hizo algo incorrecto?- terminó por preguntarle.
Darcy se quedó pensando la respuesta para darle.
-No…No estoy seguro- fue la respuesta sincera.
-Entonces no debería pedirme disculpas- respondió un poco avergonzada por su falta de decoro, por lo que giró simulando mirar por la ventana.
La mano de su marido atrapó la suya y no volvió a soltarla. Lizzie, pronto se sintió en confianza para descansar su cabeza contra el hombro de él. Se sintió tan cómoda, que rápidamente la venció el cansancio de una noche sin sueño y se durmió apoyada contra su brazo.
Darcy notó la respiración lenta y profunda e imaginó que se había dormido. Acomodó las mantas para abrigarla bien y la besó en la cabeza. Ella se acomodó refregando su mejilla con él pero sin despertarse y Darcy sonrió satisfecho, disfrutando de la cercanía de su “esposa”.

-Kitty estaba muy bonita, ¿no lo crees?- preguntó Elizabeth mientras se acurrucaba junto a Darcy.
-Sin lugar a dudas, no recuerdo haberla visto tan agradable como hoy- respondió dejando caer su cabeza contra la de ella. Inspiró el olor a lavanda y su mano buscó la de Lizzie.
El carruaje se movía mucho, en los días previos había nevado y estaban bastante intransitables. Por más que Jane y Charles insistieron en que se quedaran un tiempo en Green Park, Elizabeth no deseaba que su marido siguiera soportando como un caballero los comentarios fuera de lugar que su madre hacía claramente a propósito.
Un bache en el camino despertó a William que dormía en el asiento de enfrente.
-¡No es nada mi niño!- dijo la Sra. Johnson queriendo calmar al pequeño que lloraba por haber sido despertado tan abruptamente de su siesta.
-¡MAMÁ!- exclamó a todo pulmón.
Darcy tomó al niño en sus brazos y se lo entregó a Lizzie que lo tranquilizó meciéndolo y cantándole una nana.
Los perfectos ojos azules terminaron por volver a cerrarse, vencidos por el cansancio de un día de interminables juegos.
-¿Cómo te sientes?- preguntó Darcy quitándole a William para aliviarle el peso y trasladándolo a sus propios brazos.
-Creo que comí demasiado pastel- respondió Elizabeth mientras se acariciaba el abultado estómago.
-Sr. Darcy, permítame al niño- dijo la niñera estirándose.
-Está bien, Sra. Johnson, no falta mucho para llegar a casa- respondió cortésmente.
Al llegar a Pemberley, Elizabeth se acostó y no se levantó a cenar, un tanto indispuesta por el exceso de festejo y el camino en mal estado.
Darcy entró tarde en la habitación, creyendo que encontraría silencio y tranquilidad luego de un día lleno de extraños con los que tuvo que “practicar” sus escasas habilidades para tratar con desconocidos.
Fue una sorpresa encontrarse con William todavía despierto y jugando con su madre en la cama. La sonora risita del pequeño parecían pequeñas campanitas dentro del dormitorio. Elizabeth estaba totalmente despeinada por las defensas de su hijo ante las cosquillas.
-Amor…- dijo seriamente Darcy.
Elizabeth no se había percatado de su presencia hasta que lo escuchó, por lo que frenó el juego y levantó la cabeza para verlo.
Darcy estaba parado junto a la cama, y hubiera parecido muy severo de no ser porque estaba en calzoncillos y camisa de dormir.
-Creo que William debería estar durmiendo desde hace horas, y tú no te sentías bien- volvió a hablar en tono disgustado.
-Tienes razón, pero en mi defensa y hablando también por William, la siesta que tuvimos al llegar nos ha sido de mucha ayuda y ahora estamos un poco desvelados.
Darcy la miró con reproche. Si lo mismo lo hubiera hecho él, estaría recibiendo un largo sermón por excitar al pequeño antes de dormir.
-William, despídete de tu madre- le dijo al niño.
Elizabeth besó su hijo y antes que Darcy lo levantara, hizo que besara a su hermanito.
Poco después volvió su marido, se quitó la bata que se había colocado para llevar a William con la niñera, y se metió en la cama.
-¡Tienes los pies fríos!- se quejó Lizzie.
Darcy no respondió nada, parecía un tanto enojado. Se acomodó para dormir y cerró los ojos.
La habitación estaba bastante iluminada gracias al fuego ardiente de la chimenea. Elizabeth lo miró deseando tener sueño. Se acercó hasta él y apoyó la cabeza en su hombro. Darcy abrió los ojos por un instante y la miró. Ella sonrió. Él volvió a intentar dormir.
-¿Estás muy cansado?- preguntó con un tono un poco infantil, mientras apoyaba su mano derecha sobre el pecho de su esposo.
-Mmm…un poco. Tengo una jaqueca fuerte- respondió sin abrir los ojos.
La mano de Elizabeth ya se había movido al escote de la camisa y jugueteaba haciendo círculos sobre el pecho.
-Yo no estoy nada cansada- dijo provocativamente mientras deslizaba su mano hacia debajo de los cobertores.
-¡Lizzie!- exclamó Darcy, casi sentándose en la cama por la osadía de su esposa.
-¡Will!- respondió ella en el mismo tono de reproche, burlándose de él.
Darcy puso los ojos en blanco y Elizabeth se alegró por haber captado su atención. Ahora había girado hacia ella y la miraba. Ella extendió su mano y lo tomó por la nuca, sus dedos se enredaron con el cabello de él.
-¿Te sientes bien?- preguntó Darcy aún con desconfianza.
-Estoy…perfecta- y entre cada palabra, lo besó en los labios. En el último beso, Darcy la tomó de la cintura, acercándola lo más posible, adueñándose de los labios expectantes de su mujer. Se dieron un largo y profundo beso, mientras él recorría con su mano la pierna que lo tenía enlazado, aprisionándolo.
Elizabeth se subió sobre él, comenzaba a ser la posición más cómoda. Tras la breve separación para cambiar de lugar, volvió a tomar la boca entreabierta. Le siguió otro beso largo, profundo y húmedo, con las manos de Darcy perdidas dentro del camisón.
Lizzie soltó los labios y bajó a su barbilla. Jugó con el mentón partido y bajó por el cuello para detenerse en la nuez de Adán. Un suave quejido le indicó que iba por buen camino. Con la colaboración de Darcy, le quitó rápidamente la camisa y pudo acariciar y besar ese pecho varonil que tanto le gustaba.
Sintió las manos del él subiéndole el camisón hasta la cintura y, poco después, como se fundían formando una sola persona.
-Creo que se te pasó la jaqueca- le dijo en forma pícara, apartándole el pelo de la frente y acariciándolo.
Darcy tomó la mano entre la suya y la llevó a la boca. Aún estaba un poco agitado, intentando normalizar la respiración. El pecho le subía y bajaba rápidamente. Elizabeth se acomodó sobre él.
-Tu corazón late a prisa- dijo Elizabeth- Me gusta escucharlo.
Ella se durmió con él acariciándole el cabello que caía como cascada sobre la cama.

Marzo llegó con rapidez a Pemberley. De a poco, la nieve se fue retirando y los lagos perdieron la solidez.
Elizabeth comenzó a disfrutar nuevamente de largas caminatas, a veces sola, a veces con William que en último mes, había descubierto el universo de las palabras y preguntaba señalando, cómo se llamaba cada cosa.
En otras ocasiones, Darcy se lo llevaba con él a recorrer los campos a caballo. Era algo más que obvio que el pequeño disfrutaba una enormidad de esos paseos. Algo que nunca haría con su madre, que le seguía temiendo a cabalgar.
Una semana antes de su cumpleaños, Elizabeth regresaba de realizar su paseo matutino en compañía de la Sra. Johnson y su hijo, cuando la Sra. Reynolds la interceptó para darle un mensaje de su esposo.
-Sra. Darcy, la espera el Sr. en su despacho- dijo con cara de preocupación.
Darcy escribía rápidamente la carta de contestación a la que había recibido con lamentables noticias desde Hertfordshire. Mojaba la pluma en la tinta y la caligrafía no le salía correcta por los nervios.
No sabía cómo comunicarle a su esposa la triste noticia. Estaba sellando la misiva, cuando escuchó que Elizabeth había regresado. Se quedó sentado en la silla dudando en la forma de decírselo, y al fin, se levantó y salió en su encuentro.
Elizabeth caminaba rumbo al estudio de su marido, cuando lo vio asomarse por la puerta y mirarla. Sostenía una carta entre sus manos. La expresión en sus ojos, le produjo una mala sensación en la boca de su estómago.
No notó que había dejado de caminar hasta que se dio cuenta que él se acercaba hasta donde ella. Se paró frente al llegar donde Elizabeth estaba y la miró con dolor.
-Lizzie, tengo malas noticias para darte- le dijo compungido.
Ella clavó la mirada en la carta y pudo ver que provenía de Longbourn. Sintió que las piernas le temblaban y que no soportaría escuchar lo que tenía para decirle.
-¿Es…es mi padre?- preguntó al borde de romper en llanto.
-No, cariño. Es tu madre. Tuvo un ataque ayer y ha fallecido. Lo siento mucho- dijo esperando la reacción de Elizabeth.
Ella quedó paralizada, como si no pudiera procesar la información que le acababan de dar.
Siempre pensó que perdería a su padre primero, su madre se había encargado de criarlas pensando en que se quedarían sin nada apenas muriera su padre. Parecía que ella era inmortal. Por un breve momento, sintió alivio que no fuera su papá. Pero inmediatamente llegó la culpa por pensarlo y con ella, una oleada de dolor. Sus piernas se dejaron vencer y cayó de rodillas tomándose la cara con las manos, mientras rompía a llorar con fuertes sollozos.
Darcy se arrodilló junto a ella y la abrazó lo más fuerte que pudo, dejando que llorara contra su pecho, descargando su dolor.
-Shhh, todo estará bien- le dijo al oído, mientras sus manos acariciaban su espalda intentando reconfortarla.
Cuando dejó de temblar en sus brazos. La ayudó a levantarse.
-Ven, Lizzie. Entra- ella caminó apoyada en él, como en trance. Darcy la sentó en un sillón y luego llamó a un sirviente.
-Traigan un poco de agua y llamen al doctor Gibson- ordenó.
-¡No, no lo llames! No es necesario- suplicó Lizzie, que tenía la cabeza apoyada en su mano.
-Lizzie, amor, déjame encargarme de todo- respondió Darcy, sentándose con ella y haciendo señas al sirviente que hiciera caso a su pedido.
La besó en la frente y volvió a abrazarla.
-¿Cómo…cómo fue?- le preguntó abatida.
-Parece que se estaba quejando se sus nervios, pero tu padre y Mary, creyeron que no era nada fuera de lo habitual. Tu padre la encontró en el suelo de la sala de costura. El médico dijo que fue un ataque, no sufrió nada.
-¡Pobre mamá!- exclamó y los ojos se le llenaron de lágrimas nuevamente.
Una doncella entró con el agua. Darcy le dio el vaso y la obligó a beber unos tragos.
-¿Quién escribió la carta?- preguntó afligida.
-Tu padre, envió dos cartas a Green Park. Desde allí, la enviaron para acá.
-Quiero leerla- le pidió.
-No sé si es bueno para ti. Te afectará mucho- le respondió afectuosamente.
-Sé que tengo que pensar en el bebé, pero quisiera leer las palabras de mi padre.
-Primero, me gustaría que te recostaras un poco, estás muy pálida. La Sra. Reynolds te llevará un té- y diciendo esto, la levantó del brazo e hizo que lo siguiera hasta el dormitorio.
En el dormitorio, la Sra. Reynolds la ayudó a desvestirse y a acostarse en la cama. Le preparó un té y se lo entregó. Cada tanto, Elizabeth derramaba algunas lágrimas, a lo que la amable señora respondía con un “pobre niña”.
El llanto y la angustia, le provocaron un fuerte dolor de cabeza. No alcanzó a dormirse, de a ratos, alguien entraba a la habitación y la miraba. A veces era su esposo, otras la Sra. Reynolds. En algún momento se durmió.
Despertó adolorida y angustiada, tardó unos minutos para recordar el motivo. Las lágrimas volvieron a ella. Notó que estaba atardeciendo y se sentó en la cama. Recordó que Darcy había dejado la carta sobre el escritorio y se levantó a buscarla.
Tomó la carta en sus manos temblorosas. Caminó hasta la chimenea y recorrió la caligrafía de su padre con un dedo.
Lo primero que observó fue que la misiva iba a dirigida a su esposo y no a ella. Los motivos los descubrió poco después, cuando prosiguió con la lectura. Su padre, a pesar del dolor, estaba preocupado por la forma en que ella tomaría la noticia.
El conocer eso, hizo que volviera a romper en un llanto desesperante. Se secó las lágrimas y continuó. El relato de los sucesos la conmovió más y se llenó de angustia cuando leyó que su padre pedía que no fuera a Longbourn.
En ese momento, entró Darcy a la habitación. La encontró con la cara inflamada por el llanto y la carta en sus manos.
Se paró junto a ella y la miró con reproche.
-¡Tengo que ir! ¡Era mi madre! ¡Mi padre me necesita!- gritó en forma histérica.
-Lizzie, cálmate- le susurró buscando tranquilizarla.
-Seguro que estás de acuerdo con mi padre…que no quieres…que no quieres…
Antes de terminar la frase, cayó desmayada en brazos de su esposo.

Un preceptor de Eton entró a la silenciosa clase de Historia. Los alumnos levantaron la cabeza de la lección sobre el rey Enrique V para observar como el hombre pequeño y calvo caminaba en dirección de uno de los pupitres.
El muchacho Darcy, se puso colorado cuando notó que se acercaba a él.
-Acompáñeme- fue lo único que dijo. Darcy se levantó y lo siguió calladamente hasta la oficina del director.
El corazón le comenzó a latir con mucha fuerza por los nervios. Que el recordara, no se había metido en ningún problema. El encargado de meterse en líos solía ser Richard, que estaba unos cursos por delante.
Al entrar al despacho, reconoció a uno de los empleados de su padre.
-Sr. Darcy, prepare su equipaje, lo envían a buscar de su casa.
El joven asintió feliz, realmente odiaba estar en esa escuela y extrañaba horrores su casa y su familia.
Poco después, marchaba a Pemberley con las excitantes noticias de la pronta llegada de su hermano o hermana.
Al llegar a casa, todo estaba revolucionado. Pero no de buena forma. Las caras transmitían preocupación y no pudo ver ni a su padre ni a su madre.
La Sra. Reynolds, le preparó algo caliente para comer. Siempre lo consentía y se sentía a gusto con ella.
-Sra. Reynolds, ¿pasa algo malo?- preguntó tímidamente, aún no sabía cómo algún día, podría tener a cargo a tanta gente, si no se animaba ni siquiera a preguntar algo.
-Creo que debería hablar con su padre- respondió la mujer.
El muchacho vagó por la casa hasta que su padre lo mandó a llamar.
-Fitzwilliam, me alegro de verte- le dijo intentando parecer feliz por verlo, pero con una visible tristeza.
-Gracias, señor. ¿Cómo está mi madre?- preguntó preocupado. No estaba listo para la reacción de su padre, que se quebró en llanto delante de él.
Incómodo, salió del despacho y caminó rumbo al segundo piso. Tenía las intenciones de meterse en su habitación, pero al pasar por el dormitorio de su madre, escuchó un alarido que lo llenó de temor. En ese momento, una criada, abrió la puerta y salió corriendo, sin reparar en su presencia y tampoco en haber dejado la puerta entreabierta.
Otro gritó surgió de la habitación. Era su madre. Darcy entró corriendo en el dormitorio y quedó paralizado al ver el dolor expresado en el rostro de su madre y la sangre que manchaba casi toda la cama. Sus miradas se cruzaron por unos segundos, lo que tardó la Sra. Reynolds en sacarlo. Necesitó la ayuda de Missy, una de las doncellas, que llevó al muchacho al dormitorio y se quedó con él.
Era casi medianoche cuando el Sr. Darcy entró en la habitación de su primogénito. La seriedad de su rostro no auguraba buenas noticias.
-Fitzwilliam, tu madre…ha muerto dando a luz a una pequeña- dijo con la voz acongojada.
Missy rompió en llanto, secándose las lágrimas con el delantal.
-¿Puedo verla?- preguntó contendiendo el dolor que sentía. No quería que su padre volviera a llorar por culpa suya.
-Hijo, no creo que sea conveniente. Es mejor que la recuerdes cuando estaba viva. Pero puedes conocer a tu hermana.
El joven asintió y caminó en compañía de su padre a la habitación del bebé que su madre se había encargado de decorar.
Una joven había sido contratada para cuidar de la pequeña y la tenía en brazos.
-Es la Srta. Johnson, cuidará de Georgiana.
Fitzwilliam se acercó para mirarla mejor. Parecía desprotegida y pequeña. El poco cabello que se veía era rubio y los ojos eran azules.
Pidió tenerla en brazos, le recordaba a su madre y entonces, por unos breves momentos, todo el dolor que lo invadía, se disolvió
.

Hubiera deseado estar más tiempo inconciente. Demasiado pronto despertó en la cama con todo el dolor dentro de ella.
Darcy la sostenía de la mano. Sintió un dolor en su espalda y su estómago se endureció. No era tonta, reconoció que era una contracción.
-El doctor llegará pronto- dijo su esposo.
-Lo siento, no debí gritarte.
-No te preocupes por eso- le dijo acariciando su frente.
Para cuando llegó el doctor Gibson, había sentido otra contracción. No quiso decírselo a Darcy, prefirió comunicárselo directamente al médico.
-Bueno, recomiendo reposo absoluto. Me preocupa que sigan las contracciones. Es muy pronto para que las tenga, y si continúan, provocará un parto prematuro.
Su esposo empalideció, pero no hizo comentarios.
-Sé que es difícil, pero intente controlar el dolor por la mala noticia. Volveré mañana- anunció antes de irse.
Darcy lo acompañó lleno de preocupación.
-Fitzwilliam, las contracciones que ha tenido no son peligrosas. Son normales por la situación vivida hoy. Pero he preferido asustarla conociendo el carácter indomable de su mujer.
-Gracias- suspiró aliviado.
Volvió a acompañar a su esposa. La encontró acurrucada como ovillo intentando dormir.
-Abrázame- le pidió en forma casi inaudible- Quédate conmigo.
Darcy se quitó la chaqueta y las botas. Se acostó junto a ella y sólo la abrazó.

sábado 2 de mayo de 2009

Capítulo 50

"A TRAVÉS DE LA DEBILIDAD Y LA FUERZA, LA FELICIDAD Y LA PENA,
PARA MEJOR O PARA PEOR, TE AMARÉ CON CADA LATIDO DE MI CORAZÓN" From this moment on, Shania Twain.
http://www.letras4u.com/shania_twain/from_this_moment.htm



-¿Se puede pasar?- preguntó Darcy temeroso. Las últimas semanas el temperamento de Lizzie estaba un poco descontrolado y, después de cada visita de la costurera, esperaban cualquier reacción.
-Pasa- dijo Lizzie.
Darcy la encontró recostada sobre la cama con las manos acariciando el vientre que ya no se podía ocultar con vestidos fruncidos.
-¿Cómo te ha ido hoy?- preguntó Darcy, sentándose junto a ella y colocando su mano sobre las de ella.
-Estoy resignada. El vestido está terminado, siempre y cuando no tenga que agregarle unos centímetros antes de la boda- refunfuñó como niña caprichosa- Estoy engordando a pasos de gigante.
Darcy contuvo con mucho esfuerzo la risa.
-Exageras, no estás diferente de cuando esperabas a William- le dijo.
-¡Los hombres no notan nada!- chilló enojada.
-Si mal no recuerdo, ¿este vestido no fue el primero de maternidad que usaste con William?- preguntó tocando la seda azul oscura que Lizzie llevaba puesta.
-Sí…lo es.
-Ves que los hombres prestamos atención- respondió triunfante- Y te queda perfecto, dándome la razón con que exageras.
Lizzie esbozó una sonrisa a su pesar.
-Estoy a tiempo que el vestido de la boda no me entre- contestó en un intento de ganar la discusión.
-Veamos- dijo pensativo- Hoy es viernes. Kitty se casa el domingo por la mañana. Creo que hay pocas posibilidades.
Lizzie bufó y su esposo la besó en la frente y en los labios.
-¿Cómo está mi niña?- preguntó después.
-Ya te he dicho. Que hables del bebé como si ya lo supieras, no te asegurará que sea una niña.
-Será una niña. Estoy seguro- afirmó seriamente.
-¿Y si no lo es? ¿Lo vas a devolver?- le preguntó burlándose de él.
-No. No. Pero tendremos que seguir intentándolo hasta que tengamos una nena- le dijo bromeando.
-¡Sr. Darcy!- gritó escandalizada- Tendré que rogarle a Dios que sea una niña o no me dejarás tranquila.

Los sábados, siempre que el tiempo fuese agradable, se visitaban con Georgiana y Richard.
Como la propiedad de Richard era vecina a la de los Bingley, la familia Darcy, viajó para quedarse cerca de Green Park, donde sería la boda a la mañana siguiente.
Desde que William caminaba se había convertido en un niño imparable, pero relativamente tranquilo y obediente. Con sus manitos regordetas señalaba todo dándose a entender, pero sin articular palabras definidas.
-Lo extraño horrores- dijo Georgie a Elizabeth mientras William jugaba con unos cubos de madera- Crece tan rápido.
-Él te adora, aún más que a Jane- respondió Lizzie que caminaba con la mano en la cintura, frotándose la espalda.
-¿Te sientes bien?
-Sí, el dolor de cintura ya es algo normal- dijo quejándose, mientras se sentaba en un sillón. Georgiana se acercó a ella para colocarle un almohadón en la cintura. Luego le sirvió un té.
-¿Mejor?- preguntó cariñosamente.
-Mucho.
-Richard y mi hermano no se han dado cuenta de la hora que es. Enviaré a la Sra. Clay para que les avise que ya está el té servido.
-Deben estar hablando de algún tema del que no quieren que estemos enteradas. Los conozco bien- concluyó Lizzie.
-Puedo imaginar cuál es- contestó Georgiana, bajando la cabeza con un poco de vergüenza en sus ojos.
-¿Sucede algo malo?- preguntó Lizzie llena de angustia.
-No quiero llenarte de preocupación- le respondió su cuñada.
-Georgie, eres mi hermana, lo que sea que pase, necesito saberlo. ¿No crees que es peor para mí que todos me oculten las cosas? Mi mente es muy creativa y suelo llenarme de ansiedad imaginándome lo peor.
-Está bien. Llamaron a Richard a presentarse. Por ahora sólo tiene órdenes de ir a Londres. Él piensa que no lo enviarán al frente y yo quiero acompañarlo.
-¿Acompañarlo?- preguntó intentando asimilar las noticias.
-Sí, ir con él a dónde lo llamen. Puedo ser de utilidad en algún campamento de heridos- respondió Georgiana. Lizzie se quedó mirándola con la boca abierta, llena de incredulidad.
-¡No me mires así! Necesito que estés de mi lado. He leído que hay mujeres que acompañan a sus esposos y ayudan. También hay mujeres que luchan- argumentó Georgiana.
-¡¿Dónde?!- exclamó todavía intentando digerir las palabras de su cuñada.
-No sé…-dudó un poco- ¡Recuerda a Juana de Arco!
-¡Sí, y tú recuerda cómo terminó!- gritó Elizabeth.
Se produjo un silencio incómodo en el cual se le llenaron los ojos de lágrimas a Georgiana.
-Sabes que Darcy nunca dará su aprobación- dijo Lizzie después de un momento.
-Deberá recordar que ahora soy una mujer casada que no requiere de su permiso- respondió ofendida.
-Richard no se atreverá a llevarte con su desaprobación.
En ese momento, escucharon los pasos que se dirigían hacia la sala donde ellas estaban. La tensión de la discusión entre las damas se podía sentir y los caballeros no colaboraron con su silencio a mejorar el clima.
Con la excusa de un fuerte dolor de cabeza, Lizzie se disculpó y se retiró a la habitación. Darcy la siguió poco después.
-Dime que le dijiste a Richard que es una locura lo que quiere Georgiana- dijo acomodándose sobre el pecho de su marido. Darcy la besó en la cabeza.
-No te preocupes. Richard está de acuerdo conmigo, pero me necesita para que ella no se enoje. Quedaré como el malo de la historia, pero lo haré con el fin que ella esté a salvo.
-¿Le dirá que tú no lo apruebas y que no quiere estar en desacuerdo contigo?- preguntó con un poco de alivio.
-Sí. Me alegra que por fin pienses como yo en algo- le dijo Darcy riéndose. Elizabeth lo pellizco en el brazo.
-Las noticias que llegan de Viena son que se declaró la guerra a Napoleón. Mientras esperen en Londres, Georgiana lo acompañará. Pero hasta ahí llegará.
-¿Te sientes mejor o necesitas algo?- le preguntó su esposo.
-Estoy bien. Sólo quédate un poco aquí, siempre me siento mejor en tus brazos. Aunque tal vez algo dulce me ayude.

-¡¿Dónde está el velo?!- exclamaba la Sra. Bennet, sin notar que lo tenía frente a sus propios ojos.
-Aquí está, mamá- respondió Jane, alcanzándoselo a las manos.
-Gracias, querida Jane. Mis nervios me están enloqueciendo.
-Sí, mamá- dijo Jane sin mirar a Lizzie para no reírse.
La Sra. Bennet entregó el velo a la doncella que estaba peinando a Kitty.
-¡Aún no puedo creer que otra de mis niñas se case!- dijo entre sollozos- Me parece que fue ayer cuando recibí la noticia del matrimonio de Lydia.
Elizabeth meneó la cabeza en señal de reproche. Parecía que su madre olvidaba todos los malos momentos vividos culpa de la fuga de su hermana menor.
-¡Ohhh!- exclamaron todas al ver a Kitty vestida con su traje de novia.
-Creo que es el momento para que te hable sobre ciertas obligaciones que tendrás como esposa- anunció su madre apenas salió la doncella de la habitación. Las hermanas mayores se miraron en forma cómplice y no pudieron contener la risa ante el recuerdo de la charla dada a ellas unos años atrás.


Esa noche estaba claro que no podrían dormir. Las dos jóvenes estaban demasiado nerviosas pensando en sus bodas para poder descansar.
-Jane, deberíamos intentarlo. Mañana estaremos feas, ojerosas y cansadas. En realidad, tú estarás hermosa y yo pareceré enferma- dijo Elizabeth, riéndose.
-¡Lizzie, no digas eso! Tu novio ha sido muy generoso, esa seda francesa que te obsequió para confeccionar el vestido es maravillosa y el hermoso velo, estoy segura que estarás preciosa.
-¿Verdad que ha sido un gesto de lo más bello?- preguntó Lizzie perdida en sus pensamientos.
-¿Cuál?
-El que me enviara el velo que usó su madre.
-Es un encaje muy elaborado.
-Sí, pero valoro el gesto y no la belleza. Jane, me demuestra cada día lo equivocada que estuve al juzgarlo. Es mucho mejor persona que yo- dijo Lizzie.
-¡Soy tan feliz al verte así de enamorada!- respondió Jane riéndose.
Un golpe en la puerta hizo que dejaran de reírse.
-¡Duerman de una vez o mañana se verán espantosas!- gritó su madre a través de la puerta.
En la oscuridad de su dormitorio, Elizabeth se puso a pensar en cómo cambiaría su vida la mañana siguiente. Algunas lágrimas cayeron de su cara al pensar que era la última noche que compartiría la cama con su hermana, la última noche en su hogar. De vez en cuando, sus pensamientos fueron dirigidos a su futuro esposo. ¿Estaría él insomne como ella? Los nervios crecieron en su estómago como mariposas alborotadas cuando pensó que, al día siguiente estaría compartiendo la cama con él. Se obligó a dejar de pensar, a cerrar los ojos e intentar dormir. Fue una larga noche.
Le pareció que recién se dormía cuando las luces del alba comenzaban a asomar. Jane se levantó antes que ella y comenzó a asearse mientras ella intentaba dormir un poco más.
-¡Niñas, arriba, arriba! ¡Al fin llegó el día!- entró gritándoles a la habitación la Sra. Bennet.
-Arriba, Lizzie. No es hora que estés en la cama- dijo su madre, destapándola sin aviso. El frío hizo que saltara de la cama y se dirigiera a colocarse una bata.
-¡Por Dios, Lizzie! ¿Dormiste algo anoche?, te ves fatal- dijo Kitty, entrando también a la habitación.
Todos los presentes, excepto Jane, concordaron que se veía espantosa esa mañana. Elizabeth se miró al espejo. Tenía expresión de cansancio.
La doncella entró en el dormitorio y colocó los vestidos extendidos sobre la cama. Con ellos puso los velos, los zapatos y la ropa interior que llevarían.
Lizzie tomó aire juntando coraje para lavarse la cara con el agua helada.
-¡Es tarde muchachas y hay tanto que hacer! ¿No se alegran que las haya hecho bañarse anoche a pesar del frío?- preguntó su madre que, sin darles tiempo a contestarle, salió vociferando a la habitación de Mary. Kitty se sentó en el borde de la cama acariciando los vestidos.
-Algún día me casaré con un Lord o tal vez un hermoso Capitán de la marina. Y me haré un vestido tan bonito como estos- dijo soñando despierta. Jane y Elizabeth se miraron y rieron. El tiempo pasaba con rapidez y la casa estaba revolucionada. Los criados anunciaron que un carruaje había llegado de Netherfield buscando los baúles de las muchachas. La Sra. Bennet estaba histérica haciendo el papel de madre de las novias y el Sr. Bennet se había escondido en la biblioteca hasta que fuera el momento de interpretar su papel.
-¡No me gusta Jane!- se quejó Elizabeth mirándose al espejo.
-Déjame que te lo acomode- se ofreció su hermana, intentando arreglarle el peinado que le habían realizado. Jane quitó, y volvió a colocar las pequeñas hebillas.
-¿Así está mejor?- preguntó mirando a su hermana.
-Sí, gracias. Lo siento por comportarme así. Pero no pude dormir bien anoche.
-¿Te afectaron las palabras de mamá?- le preguntó Jane.
-Un poco- su hermana la miró con sospecha- Está bien, bastante.
-A mi también.
-No pareció, dormías plácidamente.
-Es que me convencí que no puede ser algo tan atroz lo que nos espera. Si se siente un poco parecido a cuando él me besó, entonces tiene que ser agradable.
Elizabeth se rió al ver como Jane se sonrojaba al decir esas palabras.
-Tienes razón, querida. No puede ser tan malo.
La puerta se volvió a abrir y por un momento, Lizzie se alegró porque pronto viviría en una casa donde las puertas se golpean antes de invitarse a entrar.
-Dice mamá que ya han llegado los coches- anunció Mary- Me envió a ayudarlas a vestirse porque ella tiene palpitaciones.
El estómago de Lizzie dio un vuelvo y agradeció no haber probado bocado o estaría gravemente enferma.
Con la ayuda de la doncella y de Mary, se colocaron sus trajes lo más rápido que pudieron. Los gritos de su madre anunciándoles que llegarían tarde no colaboraban en tranquilizarlas.
Jane fue la primera en terminar y bajó para apaciguar los nervios de su madre. Elizabeth, terminó de colocarse el velo con ayuda de Mary y luego, se quedó por un instante mirándose en el espejo. El corazón le palpitaba con extraña fuerza y por un momento, temió romper en lágrimas.
-Lizzie, estás realmente hermosa. El Sr. Darcy se quedará sin aliento al verte- le dijo Mary. Las palabras tiernas la tomaron por sorpresa.
-Gracias, Mary- respondió y le dio un fuerte abrazo. Nunca se sintió muy cómoda ante la seriedad de su hermana, pero se sentía conmovida.
Bajaron las escaleras con la familia esperándolas. Afuera, un fresco día de diciembre las esperaba con un cielo despejado.
Su padre las esperaba fumando pipa y sus ojos enmarcados por las cejas blancas, se llenaron de lágrimas al ver a sus “pequeñas” preparadas para comenzar sus nuevas vidas. Estaba feliz por ellas, pero no le agradaba saber que se irían lejos.
Lizzie lo tomó del brazo e hizo todo el esfuerzo por no llorar, pero su mentón comenzó a temblar cuando su padre la miró tan orgulloso.
-No, cariño. No llores. Quiero que el Sr. Darcy te vea tan bonita como te estoy viendo yo y no con los ojos hinchados- le dijo su padre.
Elizabeth respiró hondo para pasar el nudo que tenía en la garganta. Su padre la llevó hasta el carruaje y un criado le abrió la puerta. Sus piernas le temblaron al ver el escudo de la familia Darcy tallado en la puerta y no supo cómo llegó al interior ya que sentía que su cuerpo no le respondía.
La capilla no estaba lejos y las campanas comenzaron a sonar cuando vieron arribar a los carruajes.
La Sra. Bennet y sus hijas solteras entraron rápidamente a la iglesia. En el camino al primer banco, la Sra. Bennet iba saludando a los invitados dándose aires de ser la protagonista del evento. Al llegar al frente, saludó con una inclinación a sus yernos que esperaban cerca del altar.
El Sr. Bingley se había ubicado a la derecha del altar. Estaba enfundado en un traje gris y tenía las mejillas enrojecidas por los nervios, pasándose un pañuelo por la frente cada dos minutos como si fuera un día de verano.
El Sr. Darcy, en cambio, estaba parado sobre el lado izquierdo. Su traje era azul oscuro y cravat en un tono marfil. Parecía muy serio y tranquilo, mantenía una postura impecable con un brazo sobre la espalda. Cada tanto miraba en dirección a la puerta y luego le sonreía a su hermana que lo miraba desde la segunda fila, dándole ánimos. Intentaba no mirar a Caroline, que estaba sentada junto a Georgiana, porque sentía que lo veía con rencor. También evitaba al Coronel, que simulaba guardarle rencor por haberle quitado al amor de su vida.
Las campanas dejaron de sonar y la Sra. Winchester se levantó para comenzar a cantar. Todos los invitados se levantaron y giraron para mirar hacia la puerta.
Lizzie tomó el brazo izquierdo de su padre y Jane el derecho mientras las dos hojas de la puerta se abrían.
-Bueno niñas, creo que llegó el momento. Espero que estén listas- dijo el Sr. Bennet a sus hijas.
Las dos asintieron. Elizabeth intentó ver entre la gente a Darcy, todos las observaban lanzando exclamaciones a su paso.
A la mitad del camino, pudo ver la figura alta de su novio, que caminaba hacia el centro del altar. Le pareció ver a Charles también, pero al momento de ver a Darcy, todo lo demás se volvió borroso y sólo pudo mirarlo a él. Se perdió en sus ojos claros y olvidó los nervios que se habían apoderado de ella durante el último día.
Darcy procuró permanecer tranquilo, pero la belleza de su novia lo tomó por sorpresa y fue como un golpe en el estómago, esos que quitan el aire. No es que él hubiera dudado alguna vez de su hermosura, pero con su traje blanco, el velo de encaje enmarcando sus mejillas sonrojadas le recordaban a la visión de un ángel. Respiró hondo y la miró fijamente, tratando de trasmitirle tranquilidad.
Su padre entregó a Jane en primer lugar y luego, tomó la mano de Lizzie y la besó antes que ella tomara el brazo del que se convertiría en su esposo pocos minutos después.
Las dos parejas caminaron unos pasos hasta el altar donde esperaba el reverendo. Durante la ceremonia, a menudo descubrió la mirada tierna de Darcy y cuando ella lo veía, le dedicaba alguna tímida sonrisa.
Elizabeth no creía haber escuchado mucho de lo que habló el ministro, estaba pendiente de lo que sentía en esos momentos. Intentaba descifrar si la respiración un poco agitada de su prometido se debía a los nervios o a otra cosa.
Volvió en sí cuando advirtió que el reverendo les hacía las preguntas que los unirían en matrimonio a Charles y Jane. Entonces se percató que pronto se las haría a ellos. El corazón le comenzó a latir desbocadamente y debe haber apretado el brazo de su novio sin querer, porque él la miró con inquietud.
¿Y si Darcy se arrepentía en ese momento?, los nervios empezaron a traicionarla cuando la pregunta fue dirigida a su novio que respondió con voz firme y clara que la aceptaba como su esposa.
Elizabeth se sintió liviana, como si le hubieran quitado un gran peso de encima. Lo miró aliviada con una gran sonrisa y él pareció aflojarse un poco. Entonces le tocó jurar a ella y lo hizo naturalmente, sin preocuparse porque la oyeran los demás, sólo necesitaba que la escuchara Darcy.
Los ojos se le llenaron de lágrimas por más que quiso evitarlo y de reojo vio que su hermana ya no se esforzaba por ocultar que lloraba.
-Les presento al Sr. y la Sra. Bingley, y al Sr. y la Sra. Darcy- anunció el reverendo a su congregación mientras ellos giraban de frente a ellos.
Las lágrimas contenidas terminaron de derramarse cuando vio a sus padres muy emocionados y tomados de las manos.
Darcy sacó un pañuelo y lo puso en su mano. Lizzie se enjuagó sus lágrimas y se quedó con el pañuelo por si volvía a necesitarlo. Caminaron detrás de los Bingley, saludando a su paso a familiares y amigos. Al llegar afuera, los recibieron con aplausos y vítores que alentaban a las parejas a besarse.
Elizabeth lo miró con timidez y él se acercó un tanto avergonzado por la situación. Se agachó un poco y se dieron un corto y tierno beso con sabor a poco para ambos.
“Ya tendrás todos los días de tu vida para besarla cuanto desees”, pensó Darcy sin saber que, a escasos centímetros, su reciente esposa pensaba exactamente lo mismo.


-¡Larga y feliz vida a los novios!- gritó el padrino de boda de los Barton y todos gritaron deseándoles lo mismo.
Elizabeth estaba sentada junto a Jane, tomada de su brazo y con la mirada vigilante detrás de William y Beth que caminaban torpemente cerca de ellas.
-Kitty está un poco triste porque Lydia no ha venido- comentó Jane.
-Lo sé. Nunca creyó que fuera tan egoísta, pero no me sorprende su ausencia. No la creo capaz de ver la felicidad de sus hermanas, sería una confirmación de su mala y apresurada elección.
-Le escribió a mamá, quiere ir a vivir con ellos ahora que Kitty se fue y Wickham se marchó con el ejército.
-Lo que en realidad significa “no tengo un centavo y estoy enterrada en deudas”.
-Lizzie, está esperando otro hijo. Papá le ha dicho que puede ir.
Elizabeth se sintió mal por hablar mal de ella. Sin lugar a dudas era una niña malcriada y consentida, pero no le deseaba la clase de vida a la que estaría condenada a vivir por su falta de criterio.
-Lo siento. No debí haber dicho nada.
Darcy se sentó junto a ella y Jane aprovechó el relevo para ir a atender a los invitados.
-¿Huyendo de mantener conversaciones con extraños?- ironizó Lizzie.
-No sólo me preguntaba si no querrías un trozo de torta- le respondió acercándole un plato de torta de frambuesas y crema. Últimamente, la atracción que Lizzie sentía sobre los dulces era llamativa.
-No debería, ya comí una porción- contestó haciendo el esfuerzo por no caer en la tentación.
-Siempre dices que la bebé está feliz si tú lo estás. Así que, come porque quiero a mis damas felices- le ordenó llevándole a la boca el tenedor con un bocado de torta.
Elizabeth cerró los ojos para saborearlo y cuando los abrió, vio que Beth se acercaba a ella con William que la seguía.
-Mami. Torta- le dijo señalando el plato. A todas las mujeres les decía “mamá” o “nena”.
Darcy le pasó el plato a Lizzie quien le dio un bocado de torta a Beth que se llenaba de crema la boca. La niña salió saboreando hacia donde estaba su padre.
Lizzie y Darcy se rieron al ver como Beth se limpiaba la boca contra la chaqueta de su padre sin que éste se diera cuenta.
-Ma…má- dijo William señalando el plato de torta.
-¿Qué dijiste?- preguntó Darcy levantándolo del suelo a su falda.
-Mamá- dijo otra vez señalando nuevamente el plato.
Elizabeth abrazó a los dos apretándolos contra ella. Darcy se rió tan fuerte que algunos se dieron vuelta para ver qué sucedía.
-Mamá- volvió a decirlo.
-Parece que este glotón sólo necesitaba el incentivo de un dulce- concluyó Darcy- Y tú que te quejas que es parecido a mí.

martes 21 de abril de 2009

Capítulo 49

"Aun con celos se que me protegías y se
Que aun cansada tu sonrisa no se marcharía" El regalo más grande, Tiziano Ferro.


-Despierta, Lizzie- le susurró Darcy a su esposa que dormía sobre su hombro.
Ella abrió los ojos confundida. Cuando se enderezó, notó que le dolía el cuerpo por la incómoda posición dentro del carruaje.
-¿Dónde estamos?- preguntó frotándose el cuello.
-Estamos en Coventry. Pasaremos la noche acá- respondió Darcy que se quedó mirándola con el seño fruncido.
-Estoy bien. Quita esa cara- le dijo sin necesidad de preguntarle los pensamientos que lo preocupaban.
-Deberíamos parar más seguido. Te ves cansada y un poco pálida.
-Cuando haya estirado las piernas y comido algo, mi cara cambiará- contestó apoyando su mano en la mejilla de su esposo. Darcy le sonrió. La hubiera besado si en enfrente no habría estado la niñera con William acostado sobre el cómodo asiento de cuero y la cabecita apoyada sobre el regazo de la amable señora.
Afuera estaba oscureciendo en una fría tarde invernal. Bajaron en la posada Godiva, donde Darcy solía hospedarse cuando pasaba por allí. Ordenó baños y comida en la habitación. No pensaba en bajar al comedor.
Mientras el se bañaba en una de las habitaciones, Elizabeth lo hacía con el niño en la otra. Como generalmente sucedía, él terminó mucho antes que ella.
-Elizabeth, han traído la comida- anunció, golpeando la puerta con delicadeza.
-Enseguida voy- respondió su mujer. Él frunció la nariz, conociendo a Lizzie, todavía estaba en el agua.
Se sentó a esperarla en la pequeña mesa servida junto al fuego del dormitorio, mientras mordisqueaba un poco de pan.
Elizabeth entró con el cabello suelo y su ropa de cama. Tenía una larga bata blanca bordada anudada debajo del busto, marcando notablemente su vientre de cuatro meses.
-Perdona el retraso- dijo besándolo en la cabeza y se sentó en la mesa preparándose para comer.
-¿Te sientes mejor?
-Mucho, el baño me hizo muy bien. Sentía todos los músculos agarrotados.
-Creo que será más conveniente para tu estado que frenemos más a menudo. No apurarnos tanto en regresar.
-Mi estado y yo, estamos perfectamente bien. No es necesario que vayamos más lento.
Darcy la miró sacudiendo la cabeza en reprobación y una pequeña sonrisa en los labios mientras degustaba la sopa.
-Quieres que nos quedemos un día en Coventry, podrías satisfacer tus instintos curiosos visitando ciertos lugares.
-No busques tentarme- respondió arrugando la nariz y voz amenazante. Darcy se rió.
-Lo volveremos a conversar en la mañana, cuando estés descansada.
-De lo que me gustaría conversar es sobre el sugestivo nombre de la posada. ¡Lady Godiva! Mientras me bañaba, pensaba en pasear desnuda a caballo por la plaza central de la ciudad- comentó divertida.
Darcy se rió en una fuerte y sonora carcajada.
-¿Acaso no te preocupa ni un poco?- le dijo simulando ofensa.
-A decir verdad, no me preocupa ni un poco. Bien conozco tu aversión a los caballos- respondió con aires de conocedor.
Elizabeth se mordió el labio inferior. Tenía razón, su temor a los caballos era conocido por su esposo.
-¿Algún día me contarás de dónde viene ese temor? ¿O tendré que pedirle a la discreta de tu madre?- preguntó burlándose de ella.
-¡Fitzwilliam James Darcy!- lo retó en medio de una risa. Siempre la amenazaba con averiguarlo, pero no lo cumplía.
Elizabeth tomó el libro que estaba leyendo y se dirigió a la cama. Darcy protestó por lo bajo.
-¿Vas a leer otra vez?- se quejó.
-No sabía que te molestaba- respondió mientras se abrigaba en la cama.
-En ocasiones me molesta- dijo enfurruñado girando hacia ella, apoyando su mano en su estómago abultado y cerrando los ojos como si estuviera dispuesto a dormir.
Elizabeth suspiró audiblemente, dejó el libro en la mesita de luz y quitó la almohada extra que tenía para quedar a la misma altura de Darcy. Lo besó en la frente, en la punta de la nariz y en los labios.
Recién entonces, él volvió a abrir los ojos y le sonrió.
-Eres peor que un niño- le dijo Lizzie recorriendo con la yema de sus dedos las líneas de su sonrisa. Darcy atrapó uno de sus dedos mordiéndolo.
-¡Auch!- Elizabeth gritó exagerando.
Darcy se rió malignamente y se acercó a sus labios para tomarlos con ansias.
-Eres una mujer malvada- dijo entre besos.
-¿Yo?- preguntó llena de sorpresa.
-Estuve todo el viaje contigo sobre mí y sin poder besarte. Y ahora que estamos solos, prefieres la compañía de un libro.
-Lamento mucho haberle causado tanto dolor. Créame que no fue a conciencia- le d respondió con las mismas palabras que usó en Kent, cuando se le declaró la primera vez.
Darcy dejó de besarla en el cuello para alzar la cabeza y mirarla divertido. No había dudas que las respuestas de su mujer aún lo sorprendían.
-¿Se está riendo de mí?- le pregunto divertido con la situación.
Elizabeth se perdió un segundo en la picardía de esos ojos azules.
-Jamás se me ocurriría semejante atrocidad. Usted mismo me advirtió que no perdona fácilmente las ofensas- respondió llena de ironía.
La risa de Darcy siempre la llenaba de admiración. Sólo la mostraba en la intimidad y que mayor intimidad que prisionera de sus brazos, de la urgencia de su boca y la pesquisa de sus manos.

La llegada a Pemberley fue un acontecimiento feliz. La Sra. Reynolds estaba dichosa de tener a la familia nuevamente en la gran casa.
Apenas bajaron del coche, tomó al pequeño William en sus brazos y, mientras caminaban rápidamente hacia el interior, les informó de todo los acontecimientos de importancia a sus señores.
Era pasado el mediodía, pero aún así, Elizabeth se recostó en su gran cama.
-Deberías comer algo- dijo Darcy que leía unas cartas junto a la ventana.
-Tú también- respondió ella. Él no respondió seguía leyendo mientras frotaba su frente con una mano.
-¿Negocios?- preguntó Lizzie con censura.
Darcy apartó la vista de la carta y se sentó en la cama. Las manos de su mujer tironearon para que se acostara. Quedó con sus largas piernas apoyadas en el suelo, y el cuerpo sobre la cama.
-El trato era que no habría negocios hasta que tomara un descanso. Ya fuimos a Bath. Ya estamos en casa. Puedo volver a trabajar- dijo ante la mirada reprobatoria de Elizabeth.
-No antes que hables con el doctor Gibson- sentenció ella, como si estuviera jugándose la última carta.
-Me parece una idea maravillosa la visita del doctor. Así también te realiza una revisión.
Elizabeth se mordió el labio. Había caído totalmente en la trampa.
Esa tarde se lo mandó a llamar al anciano médico. En su lugar, vino su hijo, ya su padre estaba padeciendo un severo resfrío.
Para tranquilidad de ambos, comprobó que los dos estaban en excelentes condiciones de salud.
Así que, Darcy retornó a sus labores atrasadas y Elizabeth se ausentaba, cuando los días lo permitían, para ir a casa de Jane.
Green Park estaba revolucionada. Se había decidido que la boda se haría allí para no molestar a Elizabeth con los preparativos. Ésta última, estaba más molestaba porque no le habían consultado la decisión, pero ya era tarde para protestar.
Beth y William se pasaban esos días jugando y correteando tambaleantes de aquí para allá dentro de la casa.
-¿Cómo estás Lizzie?- preguntó Jane al ver que se sentaba un tanto cansada de tratar de seguirles el ritmo a los dos pequeños.
-Bien. Me agito un poco más, no tolero estar parada por mucho tiempo, no soporto el olor del café y hay días que siento que mis pies me matan. Pero la etapa de náuseas ha sido superada. ¡Gracias a Dios!- exclamó agradecida.
-Sin duda, no extraño esa parte del embarazo- comentó Jane, que volvió a bajar la vista para concentrarse en su bordado.
-¡Oh, Jane! Lo siento. No debería quejarme ante ti. Sé cuánto deseas otro bebé- dijo compungida por su falta de tacto.
-Elizabeth, no debes disculparte. No tienes la culpa. Con Charles aún tenemos esperanzas- le dijo sonriendo mientras la tomaba de la mano.
-¡Oh, no! ¡Mi pobre chiquilla!- los gritos de su madre interrumpieron el momento entre las hermanas.
-¡Qué será de mi niña!- gritaba exageradamente- ¡Sr. Bennet! ¡Sr. Bennet!
-¡¿Qué sucede madre?!- preguntaron ambas al ver a su madre en estado de alteración con una carta en su mano derecha.
-¿Dónde está su padre cuando lo necesito? ¿Acaso no sabe lo mal que estoy de mis nervios?- llorisqueaba en forma histérica.
-Madre, por favor, explícanos qué sucede- dijo Lizzie conduciendo a la Sra. Bennet hacía un sillón.
-¡Es Lydia!
Jane y Elizabeth se miraron preocupadas. Lydia había tenido una niña hacía un poco más de un mes.
-¿Qué ha pasado con Lydia? Explícate, madre- le ordenó Lizzie.
-Han llamado a Wickham a reclutarse. ¡Tendrá que ir a la guerra! Y Lydia con esos niños tan pequeños y sin ayuda. ¡Quedará viuda siendo tan jovencita!- gritó entre sollozos exagerados.
-Madre, es la profesión de esposo. Rezaremos porque no le suceda nada- dijo Jane, intentando calmarla.
-¡Si el orgulloso de tu esposo le hubiera dado lo que merece, ahora estaría a salvo en una tranquila vicaría!- lloró histéricamente.
Elizabeth se preparaba para gritarle la verdad, pero Jane, la tomó de la mano indicándole que no valía la pena.
-Mi esposo hizo lo que debía hacer. Sólo le dio lo que una persona de la clase de Wickham se merece - respondió calmadamente, tomó a William en brazos y se dirigió afuera. Su padre estaba parado en el umbral de la puerta y la miró avergonzado, como pidiéndole disculpas. Él conocía la verdad de los actos de su yerno, sabía el sacrificio que había hecho por amor a Lizzie y lo agradecida que debería estar toda su familia con él.

-¡No puedo creer que todavía pienses que reservo buenos sentimientos hacia ese hombre!- exclamó un tanto irritada- ¡Eres irracional!
-Entonces le recuerdo que está a tiempo de romper el compromiso. ¡Dios no permita que se una en matrimonio con alguien tan obtuso!- respondió con el mismo tono de enfado.
Un incómodo silencio siguió a esas palabras. Lizzie se detuvo a pensar en que debía escoger las palabras adecuadas para evitar que se marchara ofendido, tal vez para no volver.
-Te pido que seas tolerante y me escuches- dijo Elizabeth a su prometido que miraba enfurecido el fuego con sus manos apoyadas en la chimenea.
-Te estoy escuchando- respondió con un tono tan frío que Lizzie temió seguir. Respiró profundo y se levantó del sillón para acercarse hasta él. No podía perder el tiempo, en casa de sus tíos, pocas veces tenían el privilegio de quedarse a solas.
-No es de mi agrado encontrarme con Wickham. Pero se presentó en casa de mis tíos esta mañana, cuando Jane y yo estábamos con la modista, y mi madre se tomó el atrevimiento de invitarlo a cenar. Lo siento.
-Entonces es hora de que me vaya. No quiero tener trato con él- anunció despechado.
-William. Por favor, no te vayas- le suplicó tomándolo del brazo. La angustia en su voz surtió efecto, en forma inmediata, él se frenó.
-Sé que es difícil para ti estar en el mismo lugar, simulando cortesía. Pero mi madre no sabe los detalles de la boda de mi hermana, ni de lo que me confiaste en aquella carta. Para ella es su yerno, quien está casado con su hija más querida y tiene el mismo derecho a venir que tú y Charles.
Darcy seguía muy erguido en su sitio, pero el contacto de la mano de Elizabeth contra su pecho hizo que perdiera su control y se fuera olvidando de su ira.
-¿Me creerías si te digo que ese hombre sólo me produce repugnancia?- le preguntó Lizzie mirándolo a los ojos, aleteando las largas pestañas que enmarcaban sus grandes ojos oscuros.
Darcy asintió sin hablar y bajó su cabeza para apoyar su frente contra la de ella. Él se había jurado a sí mismo que no la volvería a exponer a sus instintos. Pero sentir el roce de su pequeña nariz contra la suya, la suavidad de su piel y el calor embriagante de su aliento era más difícil de soportar que cuando lo pensaba en su casa, al meditar sobre ello.
Las manos de ella subieron hasta su nuca y podía darse cuenta que ella se estaba poniendo en puntillas de pies para facilitarle las cosas. En la mente de Darcy se escuchaba dos voces que lo torturaban intensamente. Una, la noble, le decía que debía alejarse en forma caballerosa. La otra, la que escuchaba en forma más insistente, le recordaba que mañana ella se iría a Hertfordshire y no la vería hasta poco antes de la boda, suplicándole que la besara.
Las acciones de Elizabeth no ayudaban a su lado noble y sintió como ésta vencía sobre la correcta.
Agachó su cabeza para acortar la distancia que los separaba. Podía sentir la respiración entrecortada de Lizzie a unos centímetros de sus propios labios.
Entonces, se escucharon pasos que se acercaban y el beso quedó suspendido como en el aire. Se separaron rápidamente con los rostros encendidos justo a tiempo y un momento después, la Sra. Gardiner y su hermana, entraban al salón.
-Buenas tardes señoras- saludó con una inclinación.
Mientras las dos mujeres saludaban gentilmente, Elizabeth intentaba normalizar su respiración y disimular su rubor.
-¿Se quedará a cenar, Sr. Darcy?- preguntó la Sra. Gardiner, sin considerar la posibilidad que rechazara la invitación.
-No, esta noche será imposible- respondió con ese timbre de voz tan masculino que lo caracterizaba.
Elizabeth lo miró en forma inmediata. Creía que con lo conversado, las cosas habían quedado claras y él haría el esfuerzo de quedarse.
-¡Qué pena! Pensaba que siendo la última noche de Lizzie en la ciudad, se quedaría- comentó tía Mary.
-Lo siento, prometí a mi hermana cenar con ella. Si me disculpan- dijo, saludando en forma cortés a las presentes.
-Madre, ¿puedo acompañar al Sr. Darcy hasta la puerta?- preguntó sorpresivamente Lizzie.
-Sí…claro- respondió su madre, extrañada por el comportamiento de su hija.
Los dos caminaron hacia fuera del saloncito en silencio. Al llegar a la puerta, una criada entregó los guates, el sombrero y la capa de Darcy, para luego marcharse.
-Elizabeth, quería pedirte algo. Espero que no lo tomes como a un atrevimiento- dijo nerviosamente.
-Puedes pedirme lo que quieras- respondió impulsivamente, con el rostro carmesí cuando se percató de lo poco correcto que habían sonado sus palabras.
-No volveré a verte hasta la boda. En realidad, será un poco antes, pero hasta entonces, me gustaría tener algo tuyo estos días sin verte. ¿Tendrías un retrato tuyo? Lo tomaría como préstamo y lo devolvería cuando seas mi esposa- le dijo lleno de ternura.
-Lo siento, pero no tengo. Y si lo tuviera, no te lo daría en préstamo- contestó, y la cara de Darcy enrojeció de vergüenza.
-¡Porque te lo regalaría!- respondió pícaramente devolviéndole tranquilidad al rostro de su prometido.
-Es una lástima- dijo Darcy, mirando hacia los costados para verificar que nadie los estuviera mirando cuando le acomodó un mechón suelto de cabello detrás de la oreja, dejando su mano más tiempo del necesario.
-William…tal vez podría darte esto- sugirió Lizzie, buscando el mechón que acaba de acomodarle. E inmediatamente, salió corriendo hacia donde había dejado su costura, tomó unas tijerillas y lo cortó rápidamente sin mirarse al espejo.
Volvió hasta donde había quedado él con la respiración agitada por hacer las cosas apuradas.
-Toma. Es tuyo- anunció dejándoselo en la mano.
Darcy abrió la parte de atrás de su reloj de oro, tenía un espacio que lo hacía similar a un relicario. Colocó el cabello allí y guardó el reloj en el bolsillo de su chaleco.
-Gracias- le dijo sonriendo- Es el regalo más grande que he tenido.
-Viendo su reloj, permítame dudarlo- le respondió juguetonamente en un intento de ocultar la timidez que la invadía. Le hubiera gustado decirle cuanto lo amaba y lo extrañaría, pero no se sentía segura si sería correcto.
-Debo irme, o tu madre vendrá a ver porqué te demoras tanto en despacharme.
Elizabeth arrugó la nariz en señal de fastidio.
-Y tiene razón. Nos hemos demorado demasiado- le dijo con una sonrisa deslumbrante en el rostro.
Se colocó su sombrero y antes de salir, agregó:
-Te extrañaré.


-¿Me extrañaste?- preguntó Darcy después del tempestuoso beso de su mujer que lo abrazaba fuertemente sin señales de querer soltarlo.
Cuando logró soltarse de sus brazos, la tomó por la mano y se sentó en su silla indicándole el camino a su regazo.
-Bien. Ahora dime qué salió tan mal en tu visita a Jane- la interrogó mirándola fijamente aún cuando ella intentó esquivar sus ojos.
-No pasó nada. Olvídalo. Sólo quise regresar temprano a casa para verte.
Darcy suspiró exageradamente. La conocía demasiado bien para dejarse engañar de modo tan sencillo.
-¿Otro comentario malicioso de tu madre hacia mí?- preguntó en ese tono tranquilo y sereno que solía utilizar.
Elizabeth asintió con la cabeza, aún sin ganas de hablar sobre ello.
-Entonces tendré que agradecerle a mi suegra por sus habladurías.
-¿Por qué?- le pregunto intrigada.
-Porque te trae a mi brazos en forma más rápida- le respondió con la sonrisa preferida de Lizzie, esa sonrisa capaz de cegarla. Y lo volvió a besar de manera indecorosa.
Esa noche, mientras Darcy le leía cerca de la chimenea a William que prácticamente estaba dormido en su falda, Elizabeth trabajaba en su labor, disfrutando también de la lectura.
Al fin, el duende del sueño llegó a habitar en el pequeño y lo llevaron ellos mismos a su cuna.
-Beth dice varias palabras. Hasta algunas pequeñas frases- dijo Lizzie, preocupada porque su niño aún no hablaba.
Darcy la abrazó por detrás, apoyando sus manos en donde su otro niño dormía.
-Deja de atormentarte. Sueles decir que se me parece mucho, y fui lento para aprender a hablar- la tranquilizó al oído.
-¡Jamás lo hubiera sospechado!- respondió burlándose de él.
Días más tarde, un frío domingo de finales de febrero, Kitty Bennet se convertía en Catherine Barton.
La familia y los amigos se reunieron esa mañana en la casa de los Bingley para compartir la felicidad de la joven pareja.
Como obsequio de bodas, Darcy decidió darle un aumento a su clérigo, pero sin olvidar solicitarle que no lo comentara.
-Debo felicitarla por la noticia del nuevo embarazo de Elizabeth- dijo Charlotte Collins a la Sra. Bennet.
-Oh…sí. Gracias- comentó en tono disgustado- Creo que no es prudente tener un hijo tras otro. Deberían haber esperado, como Jane y Charles.
Charlotte enrojeció al notar que el Sr. Darcy y el Sr. Bingley, no estaban lejos de allí y que, probablemente, habían oído las despectivas palabras de su suegra.
Mientras regresaban en el coche a Pemberly, Elizabeth intentaba que el niño hablara.
-¿Escuchaste? Creo que dijo “Mamá”- le comentó llena de entusiasmo a su esposo.
-Y yo creo que sólo balbuceaba- respondió riéndose de los intentos de su mujer de escuchar palabras donde no las había.
Elizabeth hizo una mueca de disgusto y poco después, comenzó a intentarlo nuevamente.
-Lizzie. ¿Te presioné demasiado para tener otro niño?- preguntó Darcy.
-¿Qué? No. No lo hiciste. Me gusta la idea que no se lleven mucho tiempo de diferencia. Jane y yo, nos llevamos menos de dos años y fue maravilloso.
Darcy quedó pensativo.
-¿Y a qué vino esa pregunta? Creo que es tarde para preocuparse- bromeó acariciando su abdomen.
-No es nada. Sólo me preguntaba- mintió.
-¿Mi madre?- preguntó buscando adivinar.
-Tu madre- respondió con una mueca y luego se rió.
-Lo siento mucho, a veces hace que me avergüence de ser su hija- reflexionó en voz alta.
-¿Y cómo se ha portado hoy?- preguntó Darcy tocándole el vientre en un intento de desviar el tema.
-Bien, lo he sentido moverse durante toda la mañana- respondió Elizabeth, siempre entusiasmada cuando la conversación era sobre sus hijos.
-¿”Lo”?- la interrogó con su ceja levantada.
-Es una forma de expresarse- le respondió haciéndose la tonta, conociendo que Darcy esperaba que fuera una niña.
-¿Y esa forma de manifestarse ya tiene nombre?- preguntó intrigado ya que Lizzie había dejado claro que, al próximo hijo, le escogería ella el nombre.
-A veces es James…otras es Anne- le contestó sin esperar la reacción de su esposo, que la tomó de la mano para llevarla a su boca con los ojos brillosos, agradeciéndole en silencio, que escogiera los nombres de sus padres.

domingo 12 de abril de 2009

Capítulo 48

"POR TI SERÉ MEJOR DE LO QUE SOY" Il Divo.


“Mi querida Lizzie:

Creo que Kitty es la criatura más feliz del mundo, desde que recibió la propuesta de casamiento del joven Barton, no hace más que reír. No es que dude que esté enamorada, pero sospecho que, en el fondo, parte de su felicidad se debe a casarse antes que Mary.
Me has preguntado cómo van los planes de la boda y puedo asegurarte que está todo organizado y no es necesario que vuelvas antes desde Bath, aunque conociendo tu terquedad, no servirán de mucho mis palabras.
Deseo que estén gozando de buena salud. Charles ha estado resfriado y se lo contagió a Beth. Espero que sigas disfrutando de las cosas tan interesantes que me contaste en tu carta y, Lizzie, deja de hacer sufrir a tu esposo con el Sr. Thorton. Recuerda lo mal que te sentiste tú culpa de Caroline.
Cuídate mucho. Nos vemos pronto.
Jane.”

Elizabeth terminó de leer la carta de su hermana y salió el dormitorio en búsqueda de su marido para contarle las novedades. Entró en la pequeña biblioteca de la residencia alquilada en Bath para encontrarse a su esposo totalmente concentrado en la escritura de una carta.
Se paró cerca de él al notar que no se percataba de su presencia.
-Sr. Darcy, lo veo muy preocupado. Espero que no esté escribiendo sobre negocios, sabe que están prohibidos- dijo retándolo y sentándose cerca de la pequeña mesa que servía de escritorio.
-Te aseguro, Lizzie, que no son negocios lo que me tienen preocupado- respondió sin levantar la vista mientras cargaba la pluma de tinta y terminaba de firmar la carta.
Ella se quedó mirándolo con intriga y nerviosismo.
-¿Sucedió algo malo?- preguntó al tiempo que él sellaba la carta.
-Me temo que sí- respondió, mostrándole el diario que estaba sobre la mesa.
Elizabeth leyó rápidamente el titular, llevándose la mano a la boca en un gesto instintivo de sorpresa e inquietud. Napoleón acababa de escapar de la isla de Elba. Esto sólo anticipaba una nueva disputa.
-¿Le escribes a Richard?- preguntó casi sin necesitar respuesta de parte de él.
-Sí, por más que pidió su baja, si el conflicto se agrava, le pedirán que se aliste nuevamente.
-Confiemos en que no se llegará a la lucha- le dijo acercándose a él para apoyar su mentón sobre la cabeza de Darcy.
-Eso espero. Conoces que mi mayor temor sobre el matrimonio de Georgiana siempre fue este.
-Cariño, Georgie estará bien, es una mujer y sabía qué podía esperar de la profesión de Richard. Además, no es seguro que lo vayan a llamar- dijo en intento de apaciguar los temores de Darcy, besándolo en la frente.
Darcy se dejó consolar y, por un largo rato, sólo estuvieron así. La mejilla de él sobre el vientre abultado de Lizzie, sus brazos rodeándola y ella acariciándole los cabellos.
-Discúlpame, no te pregunté qué venías a decirme- le dijo levantando el rostro y mirando hacia arriba.
-Nada importante, sólo noticias de Jane. Quieres volver a casa, ¿verdad?- le preguntó procurando adivinar lo que querría su esposo.
-Tal vez no sea nada…- comenzó a decir y abandonó la frase a la mitad.
-…pero estarás más tranquilo si estás cerca de Georgiana- finalizó ella la oración que había dejado inconclusa.
Darcy asintió.
-Prometo que nos vamos después que te lleve al recital que querías ir. No te lo negaré sabiendo lo mucho que te gustaría asistir.
-Está bien. No tienes que esperar, podemos irnos cuando te guste. He tenido suficiente de Bath…por este año- agregó, corriéndole el pelo de los ojos.
-Noté que has disfrutado de los placeres de Bath, supongo que tendré que traerte seguido.
-No muy seguido, tal vez una o dos veces al año- le respondió con una sonrisa.
Darcy se levantó de la silla y la tomó del mentón para besarla.
-Nos iremos después del concierto. No tengo intenciones de llegar a Pemberley antes de la carta que acabo de escribir.



El viaje a Londres fue cansador, pero hasta para Jane fue difícil de esconder la excitación. Su padre había accedido a que viajaran a la ciudad para comprar sus ajuares, pero con la compañía de su madre. Algún precio deberían pagar por tanta alegría recibida.
El Sr. Bingley las llevó en su carruaje sin poder dejar de mostrar la felicidad que le provocaba poder viajar con su prometida y cortejarla en la ciudad. El carácter bondadoso de Charles le impedía darse cuenta que para sus hermanas era un verdadero fastidio toda la situación.
-¡Oh, querido Sr. Bingley, estamos llegando!- exclamó la Sra. Bennet más alterada que las jóvenes al comenzar a transitar las callejuelas de Londres.
Pronto llegaron a la casona de Gracechurch donde los Gardiner los esperaban con el té preparado.
Las muchachas subieron a cambiar sus ropas de viaje y Charles se disculpó por no quedarse más tiempo, prometiendo regresar para la cena con su amigo Darcy.
-Jane, debo confesarte que estoy muy nerviosa- dijo Lizzie cuando se preparaban para la cena.
-¿Por qué?- preguntó extrañada.
-Por ver a Wi…Al Sr. Darcy- respondió ruborizándose un poco. Su hermana la miró sin comprenderla.
-Desde que te comprometiste, no ha pasado más de un día sin que hayas visto a Charles. Yo llevo semanas sin verlo. ¿Y si conoció alguna dama de sociedad, más bella y rica? Pudo haber cambiando de opinión y entonces…
-¡Basta, Lizzie! Realmente debes estar muy enamorada del Sr. Darcy- la interrumpió riéndose- Es la única forma que me explica que te comportes tan irracionalmente. Si no he calculado mal, en estas dos semanas, has recibido unas diez cartas de tu prometido, creo que es una clara forma de demostrar que no dejó pensar en ti.
Elizabeth sonrió, sabía que la amaba, se lo dejaba traslucir en las palabras de cada carta que le había escrito. Aún así, el saber que su tía se oponía, que ella no poseía fortuna alguna ni la educación que se esperaba para una señora de la posición de Darcy, hacía aflorar sus temores.
-Jane, ¿te gustaría que Charles te besara?
El rostro de su hermana mayor se llenó de color y los ojos se le abrieron como platos.
-Lizzie, ¿por qué me preguntas eso?
-Sólo es curiosidad.
-Bueno, yo…Me parece…- comenzó a balbucear tímidamente.
-Jane- la miró con severidad al notar el nerviosismo.
-Está bien, sí…me gustaría. Los otros días, cuando fuiste a ver libros a la biblioteca y nos dejaste solos, pensé que lo haría. Estuvo tan cerca.
-Es que los dos demasiado tímidos- reflexionó Elizabeth en voz alta.
-Lizzie…¿el Sr. Darcy…y tú?
-¡Oh, Jane! ¡Sí!- exclamó con una gran sonrisa.
-¿Cuándo? ¿Dónde?- preguntó incrédula.
-El día antes que se marchara. Cerca del arroyo, fue a buscarme y sucedió. ¡Fue perfecto! Tan perfecto que ahora no puedo pensar en otra cosa.
-¡Lizzie!- exclamó en forma de reproche.
-Eso demuestra que nunca seré una dama. Lo único que pienso es que esta noche lo veré y todo el tiempo estaré deseando que me bese.
La Sra. Bennet irrumpió en la habitación con sus nervios alterados.
-¡Niñas, todavía no están listas y sus novios ya están aquí! Es de muy mala educación que no hayan bajado. El Sr. Darcy hace quince minutos que espera.
-¡Mamá! ¿Por qué no me avisaste?- preguntó Lizzie con reproche.
-Porque llegó demasiado temprano, no es de buena educación ni llegar temprano ni llegar tarde.
Elizabeth terminó de acomodar rápidamente su último mechón de pelo y bajó lo más decorosamente que podía. El corazón le latía alborotadamente y las manos le sudaban al entrar al salón.
Darcy estaba parado de espaldas a ella, con una mano apoyada sobre el alféizar de la ventana y la otra en su espalda, observando hacia la calle.
-Srta. Elizabeth- saludó Charles- Se la nota más descansada.
-Gracias, Charles- respondió Lizzie mirando en dirección de su prometido, que cuando escuchó el saludo, giró para verla.
Se acercó donde ella y la saludó con una reverencia.
-Srta. Elizabeth, es un gusto volver a verla. Me alegra que esté bien- la saludó con una pequeña sonrisa.
-Gracias, Sr. Darcy. Espero que usted y su hermana estén bien.
-Lo estamos- respondió intentando controlar su necesidad de poder tocarla.
Para Lizzie no fue fácil esa noche, pasó su tiempo tratando de ver señales en cada gesto o conversación de Darcy. Pero fue tan inútil y frustrante. Cuando ya no creía poder tener unas palabras con él a solas, se acercó al piano para ayudarla con la partitura.
-Srta. Elizabeth, me preguntaba si no sería muy inconveniente, que usted viniera a tomar el té con mi hermana.
-No sería inconveniente alguno, me encantará poder volver a ver a Georgiana- respondió con gentileza, interpretando que Darcy tendría las misma ganas de disfrutar tiempo con ella.
A la tarde siguiente, después de una mañana de intensas compras, Elizabeth insistió en caminar hasta la casa de su prometido. Cuando llegó a la dirección indicada, los latidos de su corazón volvieron a ser irregulares al percatarse que esa magnífica casa, pronto estaría bajo su cuidado. No se creyó con fuerzas para golpear la puerta de doble hoja, cuando escuchó unos suaves golpecitos en el vidrio de la segunda ventana de la izquierda. Georgiana la saludaba con gran entusiasmo y poco después, Darcy se asomaba detrás de ella.
No fue necesario que golpeara, unos segundo más tarde, cuando aún intentaba controlar su respiración, una criada la recibía, tomando su sombrero y su abrigo, a la vez que otro sirviente, la conducía hacia la izquierda, a la sala donde la esperaban los hermanos.
Pasó una gran tarde, conversando con Georgiana sobre los preparativos de la boda. La presencia de la jovencita ayudaba a que no resultara incómodo hablar de ello frente a Darcy. Cuando creyó que no podía ser más hermosa la jornada, Georgiana se excusó para buscar un libro que quería prestarle, y los dejó solos.
-Tal vez te gustaría conocer la casa- dijo en tono de pregunta para romper el silencio que le siguió a la salida de la muchacha.
-Sería muy agradable- respondió tomándole el brazo que ofrecía.
Caminaron por los corredores y Darcy se encargó de mostrarle cada rincón de su hogar. Al llegar a un oscuro salón decorado en rojo, él le indicó un sillón para que se sentara. Él se sentó junto a ella y buscó un pequeño objeto del bolsillo de su chaleco. Lizzie lo miraba llena de curiosidad.
-Elizabeth. Lizzie- se corrigió- Cuando llegué a Londres, me puse a pensar que no tienes un anillo de compromiso.
-William, no tiene importancia- intentó decirle.
-Sí, claro que la tiene- aseguró, al tiempo que abría una pequeña cajita y exhibía un precioso anillo de oro, con un zafiro de forma ovalada en el centro, rodeado de pequeños diamantes.
Elizabeth quedó enmudecida ante la belleza de la joya.
Darcy sacó el anillo fuera de su estuche con sus largos dedos un poco temblorosos y buscó la frágil mano de Lizzie.
-Sé que no es el típico anillo de compromiso, pero perteneció a mi madre. Ella a menudo me decía que el zafiro significa el cielo, el destino y la esperanza. Y yo tengo la esperanza que sea nuestro destino que lo lleves siempre en tu mano- le dijo mientras se lo colocaba en el dedo anular.
Lizzie descubrió llena de vergüenza, que tenía lágrimas cayéndole de los ojos.
-Es precioso. Es demasiado.
-Nada es demasiado para demostrar lo que siento por ti- le respondió secándole las lágrimas con sus dedos.
Elizabeth quedó paralizada ante el contacto de sus manos contra su piel y por un breve momento, dejó de respirar cuando notó el cálido aliento de Darcy contra la piel de sus mejillas, las que besaba tiernamente. Lizzie giró su cara en forma deliberada para que sus labios fueran atrapados por los de su novio. El beso fue una mezcla de sensaciones, ansias, felicidad y deseo.
Poco después, Darcy insistió en llevarla a casa de sus tíos. Los Gardiner se habían hecho buenos amigos de él después de la visita a Pemberley y tenían la costumbre de recibirlo en su casa desde la época de la desaparición de Lydia, por lo que mientras Lizzie estuvo en Londres, no pasó una noche sin cenar con ellos.
-Mary, ¿sabías que Jane y Elizabeth están invitadas al baile de los Hurst?- comentó la Sra. Bennet.
-Creo que ya me lo habías dicho- repuso la señora, pensando que era la quinta vez que su hermana se lo recordaba.
-Espero que los adorables vestidos que se hicieron en Meryton sean los suficientemente hermosos para la sociedad londinense. Si no, tendré que sugerirles a sus novios que podrían regalarles algunos. ¿Ha visto usted el anillo exagerado que le entregó el Sr. Darcy? Prefiero el simple anillo de un diamante que tiene Jane, es menos ostentoso- parloteaba sin frenar para respirar, ante el claro disgusto de todos los presentes.
A Lizzie le preocupaba el trato despreciativo con el que solía hablar de Darcy, pero también la tranquilizaba, que rara vez se atrevía a usarlo frente a él.
La noche del baile, Elizabeth estrenó un vestido azul de seda, con encaje de adorno y mangas abullonadas. Hasta ese momento, era el vestido más costoso que utilizaba y no podía ocultar su alegría al notar que la elección del color combinaba con su nuevo anillo.
Las dos parejas compartieron coche y fueron acompañadas por la Sra. Bennet que debía custodiar la reputación de sus hijas mayores.
Louisa Hurst y su esposo, los recibieron con simulada cortesía. Caroline estaba allí y se comportó exageradamente amable con Jane. Desde que Charles se había enterado del plan para separarlos, intentaba interpretar el papel de “hermana” perfecta, preocupándose porque Jane estuviera cómoda. Elizabeth no tenía la misma suerte, los comentarios irónicos y ofensivos para con ella, continuaban, pero se cuidaba de decirlos frente a Darcy.
-Srta. Elizabeth, que vestido tan bonito al estilo típico del campo- le dijo en tono de cumplido pero con la intención clara de burla y menosprecio.
-Tal vez es demasiado sencillo para la ciudad, pero me complace que haga juego con mi anillo de compromiso- respondió haciendo gala del zafiro que la acompañaba en su dedo anular. Creía que ese pequeño gesto sería suficiente para tener sus comentarios hirientes alejados de ella por el resto de la noche. Pero se equivocaba.
La gran lucidez de Lizzie notó que Darcy había pasado escaso tiempo con ella durante la velada. La invitó a dos danzas y conversó un rato con Jane, ella y Bingley. El resto de la noche, estuvo en conversación con distintas personas y no la presentó a nadie en especial.
-Imagino que Darcy ya la presentó a Lord Warburton. Un excelente caballero, fue compañero suyo en Eton y es de sus amigos más cercanos- comentó Caroline en su habitual tono mordaz.
-No, no lo hizo- respondió intentando ocultar su disgusto.
-Bueno, no es nada. Supongo que lo hará en otra oportunidad. Lady Catherine está en la ciudad, me enteré que no lo ha invitado ni una vez a visitarla. Seguramente está enfurecida por haberla desobedecido y para esta altura toda la buena sociedad conoce su descontento- agregó, sabedora que estaba tocando un punto débil en la muchacha.
-No sabía que se encontraba en la ciudad.
-¿No se lo ha dicho? ¡Ups! Lamento ser tan indiscreta.
-Discúlpeme, Srta. Bingley, creo que mi hermana me está llamando- le contestó alejándose de ella.
-¿Qué sucede Lizzie?- preguntó Jane cuando la vio con el semblante perturbado aún por las palabras de Caroline.
-Nada, olvídalo- respondió intentando fingir una sonrisa.
-Srta. Elizabeth, ¿puedo tener el gusto de presentarle a mi primo, Thomas Bingley?- interrumpió Charles con un muchacho de unos 23 años que tenía el “sello” Bingley en el cabello.
El joven inmediatamente comenzó a platicar de forma continua y amena, recordándole a Elizabeth el carácter amable de Charles. Por un momento, olvidó los insidiosos comentarios de Caroline, pero también notó la diferencia entre Charles y Darcy. El primero estaba feliz de poder introducir a su novia a todos sus allegados. Darcy se había mantenido lejos de ella y parecía avergonzado de su presencia.
-¿Quiere?- preguntó el muchacho interrumpiendo sus dolorosos pensamientos.
-¿Si quiero qué?- preguntó avergonzada.
-Reservarme el próximo baile.
Antes de responderle, miró en dirección de su prometido, preguntándose por un momento, si sería correcto. Lo vio en un círculo de hombres que fumaban y discutían acaloradamente, mientras él la observaba de reojo, imperturbable.
-Será un placer- respondió Lizzie al notar que él volvía la vista en otra dirección como si ella no estuviera allí.
Bailaron una danza escocesa y le hizo reservar otra. La introdujo a un amigo de Oxford con el cual bailó la siguiente danza.
La sala de los Hurst no era demasiado grande y había unas 35 personas invitadas, el calor y la falta de aire se hacían sentir. Elizabeth se disculpó con sus nuevos conocidos y pidió a Jane, que conocía mejor la casa, que la llevara a un lugar donde pudiera recobrarse. Pasaron cerca de Darcy, que las siguió con la mirada un tanto preocupado.
-¿Seguro que estás bien?- preguntó Jane.
-Creo que sí, Jane. Pero debo hacer algo que me dolerá toda la vida.
-¿Qué pasa, Lizzie?- preguntó Jane, que se calló al ver que Darcy entraba a la pequeña salita aireada.
-Srta. Bennet, ¿sucede algo malo con Elizabeth?- le preguntó acercándose.
-Jane, déjanos solos por favor- dijo Lizzie. Jane accedió un poco angustiada por la expresión de su hermanita.
-Sr. Darcy, me alegra tener este momento a solas. No es el lugar más apropiado ni tampoco el mejor momento. Pero es lo correcto- dijo solemnemente.
-¿A qué se refiere?- preguntó.
-Creo que es mi deber devolverle el anillo que tan gentilmente me otorgó y desobligarlo de su compromiso. Está claro que no es un vínculo de cual usted esté orgulloso y que sólo le traerá problemas- dijo, haciendo un gran esfuerzo por sonar controlada y sin dolor.
-¡Lizzie, no digas eso!- exclamó ofendido- No quiero que me devuelvas nada ni que me liberes de nada. No sé de qué te ha llevado a pensar en eso.
-Está muy claro que me ha evitado toda la noche, no me ha presentado a nadie, ni disfruta de mi compañía.
-¡Porque no hay nadie que merezca la pena presentarte! Además, te las has arreglado más que bien para conocer a ciertos caballeros- le reprochó lleno de celos, acercándose hasta casi no dejar espacio entre ellos.
-¡Esos caballeros no se avergüenzan de conocerme!
Entonces, la besó, tan apasionadamente como se permitió hacerlo.
-No me avergüenzo, sólo busco protegerte de gente que conozco y que no merece tener el placer de tu compañía- le dijo al soltarla.
-Tenemos que volver, le concedí al primo de Charles el siguiente baile- dijo Lizzie luchando para tranquilizar a su corazón que saltaba dentro de su pecho en forma incontrolada.
-Está bien, pero no prometas más. Ver que otro tiene el gusto de tomar tu mano me está enloqueciendo- gruñó- Y deja ese anillo donde corresponde. Mostrándoles a todos que, dentro de dos semanas, serás mía- dijo besándole la mano.


La noche del concierto en Bath, los hombres no tenían otro tema que Napoleón. Prácticamente hubo que empujarlos dentro de la sala donde interpretarían a Beethoven. En el breve intervalo, Elizabeth conversaba con otras damas que había tenido el gusto de conocer en su estadía cuando vio al extremo del salón que el Sr. Thorton la saludaba cortésmente. Le devolvió el saludo y entonces, éste se acercó.
-Buenas noches, Sra. Darcy.
-Buenas noches, Sr. Thorton.
-¿Será mucho pedir que me llame Matthew antes que se marchen de Bath?- preguntó en forma galante.
-Pues entonces tendré que empezar hoy para complacerlo, me temo que nos iremos pronto.
-Sí, me encontré con su esposo, hablamos brevemente.
Elizabeth sonrió, su esposo siempre era breve en sus conversaciones, y ese defecto se incrementaba cuando estaba enojado o celoso.
El intervalo se terminaba cuando el Thorton ofreció su brazo para escoltarla hasta su lugar.
-Entonces, creo que será nuestra despedida. Realmente espero volver a verlos- dijo sinceramente Thorton.
-Será un gusto recibirlo en Pemberley- dijo Darcy, que llegó sorpresivamente hasta ellos y ofrecía su brazo para Elizabeth.
Thorton inclinó su cabeza en forma de saludó y se dirigió a su asiento.
-Eso fue bastante mal educado- lo retó Lizzie- Estaba despidiéndose.
-Creí ser cortés al invitarlo- respondió en tono de inocencia.
-Siempre tan gentil con los caballeros que se muestran amables. Desde Thomas Bingley.
-Cielo, en realidad, desde Wickham- le susurró cerca del oído con su voz grave, mientras la música comenzaba a sonar.

sábado 4 de abril de 2009

Capítulo 47

"Ahora me pregunto como es
que he podido estar tan ciego
por primera vez miro en tus ojos
por primera vez veo quien eres" For the first time, Rod Stewart.


-¡Oh, Sr. Darcy!, ella ha salido a hacer una caminata aprovechando el hermoso día. ¿No cree que hace un hermoso día?- dijo la Sra. Bennet.
-Sí, eso creo- respondió secamente.
-Enviaré por ella en un momento. ¡Mary! ¡Kitty!- gritó escandalosamente y en la cara de Darcy se dibujó una mueca de desagrado.
-Si usted me lo permite, la iré a buscar yo mismo- solicitó educadamente.
-Por favor, Sr. Darcy, por supuesto que puede. Después de todo usted es su prometido y la fecha de la boda está puesta- respondió zalameramente su futura suegra.
-Gracias. ¿Me podría indicar el rumbo que tomó?
-Sí, sí. Se dirigió por el arroyo, hacia el norte. Kitty lo acompañará.
-No, no es necesario.
Darcy saludó en forma cortés, se colocó el sombrero y salió en búsqueda de su prometida.
Desde que Elizabeth lo había hecho merecedor de su afecto, era el hombre más feliz del mundo, por lo que toleraba con paciencia a su suegra y a las hermanas menores de Lizzie.
A veces, las dudas sobre los sentimientos de Elizabeth lo tomaban por sorpresa. Sabía que ella nunca se casaría con alguien sin amarlo, lo había dejado claro en la propuesta anterior, pero los temores solían aparecer en su cabeza, atormentándolo.
Ya hacía unas semanas que estaban comprometidos y él se había quedado en Netherfield para poder cortejarla correctamente, a pesar que sus negocios estaban solicitando su presencia en Londres. Pero sentía que no podría estar separado de Elizabeth, recién estaban conociéndose mejor, descubriendo sus verdaderos caracteres y sentimientos, que se marchara en ese momentos, podía significar un retroceso en la relación.
Mientras caminaba en la búsqueda de su novia, el aire fresco de octubre sopló fuerte, agitando las hojas de los árboles.
Darcy sacudió la cabeza y se dijo a sí mismo “Estúpido”. Todos los motivos que ponía para demorar su viaje no eran más que excusas para ocultar que temía que, al irse, ella se arrepintiera del compromiso. Aunque Lizzie parecía muy decidida, el recuerdo del rechazo tan enfático de la primera propuesta, lo hacía sentirse inseguro.
Entonces, la vio a lo lejos. Caminaba pensativa por el campo, sin haberlo visto aún. El cabello le caía por la espalda y estaba protegida de la fresca brisa por un chal floreado.
Por un momento, todas las preocupaciones se borraron de su mente, y sólo se concentró en llegar hasta ella.
Lizzie sintió la presencia de alguien que se acercaba y giró para ver. Lo miró y le dedicó una sonrisa tan perfecta, que debió hacer un esfuerzo para no correr hasta ella y mantener la compostura, reprimiendo las ganas de besarla. En lugar de ello, le devolvió la sonrisa y apresuró el paso.
Al llegar donde ella, se saludaron cortésmente, después le ofreció el brazo izquierdo para caminar juntos.
-¿Ha salido en mi búsqueda o sólo me encontró, Sr. Darcy?- le preguntó Elizabeth.
-Me había prometido llamarme William cuando estuviéramos solos- le recordó mirándola con reproche.
-Cierto, lo prometí. William- le dijo con cierta timidez.
-Contestando su pregunta, primero fui hasta su casa. Su madre tuvo la amabilidad de dejarme venir en su búsqueda.
-Me alegra que hayas venido tú en lugar de mi hermana, así tendremos un poco de paz y tranquilidad mientras caminamos.
-Elizabeth, a mi también me alegra que tengamos unos minutos solos. Necesito decirle algo.
-Dime- le pidió mirándolos con los ojos bien abiertos.
-Tengo que ir a Londres, vengo suspendiendo el viaje, pero si quiero estar libre de obligaciones para la boda, necesito ocuparme de varios asuntos ahora- descubrió que el comentario sobre el próximo casamiento la había sonrojado y no supo interpretar cuál era el motivo.
-Lo entiendo. ¿Será por mucho tiempo?- y el tono de preocupación que utilizó, hizo que Darcy tuviera que reprimir las ganas de decirle cuánto deseaba no irse nunca de su lado.
-Tal vez un mes. Pero espero que sea menos.
El pánico se dibujó en el rostro de Elizabeth.
-¿Un mes? Eso…eso es mucho tiempo. Apenas estarías de regreso unos días antes de la boda.
-Lo sé y lo siento. Pero estaba pensando que, si sus padres lo aprueban, podría ir a Londres con la Srta. Bennet, y comprar lo que necesiten allá. Estarían bajo el cuidado de sus tíos Gardiner y podría visitarla. Incluso, volvería a ver a mi hermana. Georgiana tiene muchos deseos de encontrarse con usted.
-No lo sé. Después de lo sucedido con Lydia…no sé si mi padre accederá.
-Tal vez si usas ese ingenio que he tenido el privilegio de conocer, puedas convencerlo- dijo Darcy tan serio como siempre, pero Lizzie creyó intuir por primera vez, un tono burlón en la frase.
Lo miró, tratando de no reírse, intentando descifrar. Una pequeña sonrisa al fin lo delató.
-¡Sr. Darcy! Aún no estamos casados, ¿y ya se burla de mi?- le dijo queriendo sonar ofendida, pero la risa se lo impedía.
-Lo siento, no debería hacerlo. Creo que sus continuas bromas sobre mi personalidad seria y taciturna, están provocando malos hábitos en mí- se disculpó.
-Pues te prohíbo que dejes de hacerlo. Y si yo debo decirte William, al menos no me trates de usted. Me gusta cuando se te olvida la formalidad y me tuteas.
Caminaron callados por un rato en silencio. La mano de Lizzie, que reposaba sobre el brazo de Darcy, se había deslizado lentamente hasta llegar a la mano de él. Ninguno dijo una palabra. Darcy esperaba no tener que llegar a la casa para no soltar esa cálida mano que sostenía como si fuera un tesoro en la tarde de otoño.
-¿Te marcharás después del baile de los Lucas?- preguntó Lizzie, y él agradeció que rompiera el hechizo en el que estaba perdido.
-No, pensaba salir mañana.
La desilusión volvió al rostro de Elizabeth. Esperaba poder asistir al baile con su prometido.
Darcy se frenó al notar la tristeza en el rostro de ella. No podía soportar sentirse causante de su pena. A Darcy, ese dolor le producía un placer secreto que no podía reprimir. Descubrir que su Lizzie estaba apenada por no estar con él era demasiado para ocultarlo.
Se paró frente a ella y, colocando su mano debajo de la barbilla, le levantó el rostro hacia él. Estaba nervioso, todo su ser le pedía besarla. Quería ver en los ojos de ella una negativa que le pusiera un freno. Pero lo que encontró en los ojos de su amada, era ansiedad y anticipación. Sus mejillas estaban sonrojadas y sus hermosos labios lo esperaban entreabiertos y expectantes. Darcy tomó una gran inspiración y se alejó un paso.
-Cuanto antes me vaya, antes podré volver- dijo controlando su voz, comenzando a caminar otra vez.
Elizabeth no lo siguió, se quedó como congelada en el sitio, la perplejidad dibujada en su cara y sus pensamientos alborotados en distintas conjeturas sobre por qué no la había besado. Hizo un esfuerzo para no llorar y se obligó a caminar. No quería alimentar el orgullo de Darcy al demostrarle lo que seguramente él iba pensando, que era una muchacha vulgar por exponerse tan fácilmente.
Él frenó un poco su paso para dejar que ella lo alcanzara y volvió a ofrecerle su brazo. Elizabeth lo ignoró, rechazando el ofrecimiento y caminando rápidamente, como si una tormenta la estuviera persiguiendo.
-Te…te he ofendido- concluyó Darcy. Elizabeth no respondió, necesitaba un poco más de silencio para controlarse.
-Lo siento, no debí tomarme ese atrevimiento- Darcy intentó en vano una disculpa.
-No lo sienta. Es evidente con su comportamiento, que aún no soy lo suficientemente bonita como para tentarlo- dijo llena de sarcasmo.
Esta vez, Darcy fue quien se quedó perplejo y sin poder caminar. Ella lo sabía, lo había escuchado esa noche cuando la conoció. Pero no era su primera inquietud.
-Srta. Elizabeth…Elizabeth…- la llamó para que se frenara. En unos pocos largos pasos, logró tomarla por la mano.
-Lizzie- se atrevió a decirle. Ella se detuvo y lo enfrentó, con la mirada más orgullosa que pudo sacar.
-¿Qué desea, Sr. Darcy?- preguntó llena de frialdad fingida ya que en su interior, su corazón palpitaba fuertemente y la sangre fluía agitadamente en sus venas.
-Pensé…pensé que estabas enojada por mi falta de decoro al intentar besarte- le dijo confundido.
-¡Pues eso ya no tiene importancia!- exclamó inmediatamente, con las mejillas encendidas de vergüenza.
En un rápido movimiento, los labios de su prometido se apoyaron sobre los suyos, acomodándose a su forma inmediatamente. A Darcy, la calidez y dulzura de la boca de Lizzie, lo hizo perder el control, tomándola por la nuca y la cintura, para atraerla más hacia él.
Elizabeth se dejó atraer, no tenía control sobre lo que sentía. Quería disfrutar de cada segundo que durara su primer beso. Ni en sueños hubiera podido imaginar que un beso podía ser así. La boca de Darcy se unía a la de ella insistentemente y llena de pasión, haciéndole complicada la tarea de respirar. No supo lo que duró, pero tan sorpresivo como comenzó, fue también su liberación.
Darcy separó su rostro, con sus manos todavía aferradas a ella. Con los ojos cerrados, se acercó una vez más para besarla muy suave en los labios y luego se alejó un poco. Recién entonces, Lizzie notó que sus brazos lo tenían rodeado del cuello de una forma totalmente carente de propiedad. Lo soltó inmediatamente y su bochorno se incrementó al ver que Darcy se agachaba a buscar su sombrero que en algún momento ella habría tirado al suelo.
Los dos presentaban un aspecto de lo más revelador. Tenían las caras llena de color, los ojos brillantes y sonrisas tontas.
Volvieron a caminar, en forma lenta, para tranquilizar sus respiraciones y recobrar la compostura.
-La noche del baile…no sabía que me habías escuchado.
-¡Lo siento!, no debí mencionarlo- lo interrumpió.
-Déjame terminar- le dijo posando sus dedos sobre los labios de Elizabeth- Me torturará saber que me escuchaste decir eso. Lo siento, fui un completo idiota. Nunca dudes de lo que siento por ti, promételo.
-Lo haré- prometió Lizzie.
-Volvamos a tu casa antes que nos obliguen a adelantar la boda- comentó Darcy mientras pensaba que no había algo que deseara más.


Elizabeth entró corriendo a la pequeña sala con William en brazos, interrumpiendo sus recuerdos.
-¡Tienes que ver esto!- gritó emocionada.
-¿Pasa algo malo?- preguntó preocupado.
-Agáchate aquí- le indicó señalándole un lugar, luego caminó para alejarse de él unos pasos.
Darcy la miraba desconcertado. Elizabeth le indicó con una seña que se agachara. Obedeció al fin. Ella apoyó a William en el suelo, sosteniéndolo apenas.
-Ve con papá- le instó, soltándolo. El pequeño dio unos pasitos tambaleantes para terminar arrojándose a los brazos de su padre que lo observaba entre temeroso y admirado.
Cuando estuvo seguro en sus brazos, Darcy levantó al niño festejando su nuevo logro. William estaba encantado con tanta celebración de sus padres y se sumó a los aplausos de su madre.
A Elizabeth le cayeron unas lágrimas involuntarias por el rostro.
-Estoy bien. Estoy bien- dijo cuando vio que su esposo lo había notado- Sabes que el embarazo me pone sensible.
Darcy caminó hasta ella y con su brazo libre, la abrazó besándola en encima de su cabeza.
-A mi también me cuesta creer lo grande que está- murmuró contra su frente.
Esa misma semana, el pequeño cumplió su primer año. Si hubiera sido decisión de su padre, se tendrían que haber ido a Pemberley y festejarlo a lo grande. Pero Lizzie estaba feliz de estar en Bath y él hacía lo que fuera por verla contenta.
-Will- dijo Elizabeth, cuando la niñera había llevado al niño para su baño y ella se dedicaba a bordar el ajuar de su futuro hijo.
-¿Sí?- preguntó absorto en una carta de su primo, el Coronel.
-Invité al Sr. Thorton y a sus niñas a que vengan a felicitar a William. Vendrán para la hora del té y pensaba invitarlo a cenar. Le debemos la cena que prometimos- anunció dejando de mirar lo que estaba haciendo para poder observar la reacción de su marido.
-Creí que querías que estuviéramos solos- dijo sin quitar la vista de la carta, intentando parecer indiferente.
-Sí. Pero a William le gusta la compañía de Marianne. Sabes que es raro que se muestre tan sociable con personas ajenas a la familia. ¡Vaya a saber a quién habrá salido!- agregó irónicamente.
-Ja ja ja- dijo Darcy simulando una risa.
-Entonces, ¿te comportarás si el Sr. Thorton acepta la invitación?
-Por supuesto- respondió fríamente.
Elizabeth se levantó del sitio donde estaba, dejando su trabajo a un lado. Caminó hasta donde su esposo y se paró frente a él. Le quitó la carta de la mano escondiéndola detrás de su espalda.
-Prometes no ponerte irracionalmente celoso.
-Pensé que te gustaban mis celos- respondió desafiante tirando de ella para que sentara sobre su falda.
-Es que te pones encantadoramente atento a mis necesidades- respondió ella.
-Entonces, la invitación a Thorton tiene un doble significado. Me estás queriendo advertir que te tengo descuidada- cuestionó besándola en el cuello.
Lizzie puso los ojos en blanco y se mordió el labio. Le acarició el cabello lacio, perdiendo sus dedos en él. Mientras su marido la besaba alternando el lugar.
-Sabes que me cuidas bien. Demasiado bien- le dijo bromeando. La puerta interrumpió su juego.
Una criada entró un tanto incómoda al notar el cuadro y anunció que el Sr. Thorton esperaba con sus hijas.
Elizabeth se levantó y también lo hizo Darcy. Poco después, el invitado entraba con su niñera y sus pequeñas hijas.
-Buenas tardes, es una gran alegría que hayan venido- los saludó Lizzie alegremente.
Los hombres se saludaron caballerosamente. Luego Darcy se inclinó para besar la manito de Marianne.
-Srta. Thorton, un gusto volver a verla- le dijo y la pequeña se rió ruborizando sus preciosas mejillas.
-Le traje un presente a William- anunció con timidez.
-Seguro que le gustará- le agradeció Darcy.
La niñera trajo al cumpleañero que no ocultó su felicidad al ver a la niña. Los tres pequeños fueron a jugar cerca de la chimenea, mientras los mayores disfrutaban del té y una agradable conversación.
Darcy se comportó maravilloso, educado y cortés. Cuando Thorton anunció que era hora de marcharse, éste se encargó de invitarlo, adelantándose a Lizzie que lo miró llena de admiración.
Ante la negativa del caballero por no querer importunar, Darcy insistió, recordándole que le debían una cena. Finalmente, accedió y sólo las niñas se fueron.
La cena fue tranquila y, cuando fue la hora de dormir de William, los dejó a solas para poder darle las buenas noches.
Los caballeros disfrutaban de un buen brandy en silencio. La noche estaba fría y en la chimenea crepitaban los leños.
-Supongo que pronto partirán a Derbyshire- comentó Thorton.
-Sí, ya estoy recuperado y debemos volver para el matrimonio de una de las hermanas menores de Elizabeth.
-Y dígame, ¿sus hermanas son tan brillantes como lo es su esposa?- preguntó intigrado, pensando que tal vez tendría que darse una vuelta por la zona.
Darcy se sonrió al pensar lo diferente que era ella de sus hermanas. Pero a la vez, la idea de emparejar al Sr. Thorton con Mary no le pareció tan descabellada, tal vez los celos desaparecerían.
-Elizabeth es especial, no creo que ninguna se le parezca. Sólo tiene una hermana sin comprometerse, Mary. Es un año menor que Lizzie, pero sin que me escuche mi esposa, no es ni la mitad de interesante que ella- concluyó amargamente, pensando que Thorton y Mary eran una pareja imposible.
-Es una lástima- comentó Thorton un tanto desilusionado.
-Usted debería buscar una esposa, pero no le recomiendo que sea una Bennet. Las mejores ya fueron tomadas- le dijo en broma.
-Pues es una lástima. No sabe lo difícil que es conseguir una buena esposa, que sea compatible, leal y fiel.
-Lo sé. Tardé 28 años en dar con ella- respondió mirando en dirección de la puerta al oír a su esposa regresar.
-Bueno, se ha dormido. ¿Hablaban de caballos o cricket?- preguntó en tono burlón.
-Ninguna de las dos. Hablábamos de esposas- respondió Darcy- Pensaba en presentarle a Mary a Thorton.
Los dos caballeros contuvieron la risa al notar la expresión de pánico que puso Elizabeth con tal perspectiva. Darcy se apiadó de ella.
-Era una broma, no castigaría a nadie de esa forma. No soy tan cruel.
Todos se rieron del comentario y Lizzie respiró aliviada.
Cuando Thorton se fue y subieron a su recámara, Elizabeth no dejaba de mirarlo maravillada.
-Estoy muy orgullosa de ti. Te has portado demasiado bien.
-Cumplí mi promesa- respondió pagado de sí mismo- Además ya he aceptado que el Sr. Thorton no tiene defectos y que es mejor hombre que yo. Pero a pesar de ello, tengo algo que nunca tendrá.
-¿Pemberley?- preguntó subiéndose sobre él y haciéndose la graciosa porque bien sabía a qué hacía referencia.
-Usted, Sra. Darcy- le respondió besándola con fervor.
-Will, eres perfecto para mí- dijo devolviéndole el beso.
La ropa comenzó a desaparecer y a ser arrojada lejos mientras los besos crecían en intensidad.
-No puedo ser perfecto para ti cuando discutimos hasta en nuestro primer beso- le respondió.
-Lo eres. ¿Cómo puedo hacerte entender cuánto te amo?- inhaló profundamente antes de seguir- Amo que mi felicidad y la de William sea tu prioridad. Me enloquece que seas celoso aún cuando yo no pueda quitarte los ojos de encima. Me encanta que después de dos años juntos, aún me mires como si fuera la primera vez cada vez que despiertas. Amo sentirte en mi cama cada noche, el saber que con sólo estirar mi mano en la oscuridad, tú estarás ahí. Me gusta poder encontrar en nuestro bebé tantos rasgos similares a ti. Todos los días no puedo más que agradecerle a Dios por el privilegio de conocerte como te conozco yo.
-Lizzie…te quiero.
Darcy la volteó, colocándola debajo de cuerpo. Se quedó mirándola por un momento antes de volver a besarla. Lizzie se aferró de sus anchos hombros y recorrió su espalda lentamente.
-Esto…también lo amo- agregó.

sábado 28 de marzo de 2009

Capítulo 46

"Tu lugar es a mi lado,
Hasta que lo quiera Dios." Hasta mi final, Il Divo.
http://www.musica.com/letras.asp?letra=817872



Apenas se cambiaron las ropas por unas más adecuadas, bajaron a cenar. Elizabeth estaba tan bonita que le quitaba el aliento a su esposo quien la miraba embobado cuando ella entró al salón. Se levantó cortésmente y, juntos, se dirigieron al comedor.
-¿Qué?- le preguntó ella, rompiendo el silencio que reinaba- ¿Por qué me miras así?
Darcy bajó la mirada, terminó de comer lo que tenía en la boca, aclaró su garganta con un sorbo de vino, y dijo:
-Nada, a veces olvido lo cautivante que eres- respondió seriamente.
Elizabeth se rió con tal contestación, colocando los ojos en blancos en forma exagerada.
-Lo digo en serio. Fíjate lo que ha sucedido hoy. Te dejo una tarde sola y los hombres no resisten el impulso de conocerte. Eres toda una tentación.
-¡Cállate!- le pidió mordiéndose el labio con vergüenza para no reír- El Sr. Thorton es un caballero que se acercó al ver a su hija hablando con una extraña.
-Perdón, mi error. Parece ser un agradable caballero por lo poco que pude conversar con él. Pero después de mi error con Jean Pierre, permíteme ser desconfiado hasta conocerlo mejor.
-Mañana, en la cena, tendrás oportunidad de juzgar tú mismo su carácter y descubrirás que es una muy agradable compañía.
Darcy murmuró algo por lo bajo y dio por terminada la conversación sobre el “agradable” Sr. Thorton.
Antes de ir a la habitación, Lizzie se sentó al piano con su esposo como único público. Darcy siempre la alentaba a practicar y a que tocara para él, pero Lizzie solía resistirse por temor a la comparación con Georgiana. Darcy ignoraba que, contrario a lo que él pensaba, su mujer sí tenía ciertas inseguridades.
Luego de cantar para Darcy, “Scarborough fair”, este decidió que era momento de ir a descansar. Como casi siempre, ella demoró más que él para estar lista. Darcy la miraba cepillarse el cabello, esperándola en la cama.
-¿Te falta mucho?- preguntó impaciente con los brazos colocados detrás de su cabeza cómodamente
-Ya voy- respondió acercándose mientras apagaba las velas por el camino.
-¿Conoces Lyme Park? Dicen que es una de las mejores propiedades de Inglaterra- dijo Lizzie antes de esperar respuesta.
-No mejor que Pemberley- contestó disgustado por la referencia.
-Entonces, ¿la conoces?- volvió a preguntar cuando entraba en la cama y se metía debajo de los cobertores.
-Pasé por ahí…alguna vez- respondió sin entusiasmo.
-¿Qué tal es? ¿A qué se parece?
-¿Podemos sacar al Sr. Thorton de nuestra cama? Realmente pensaba estar contigo a solas- dijo sugestivamente con una sonrisa arrolladora, al tiempo que acomodaba el peso de su cuerpo sobre el de ella.
-No veo a nadie más que a ti- respondió Lizzie, riéndose con picardía. Su pequeña risa fue sofocada por los labios hambrientos de su esposo.

El día comenzó un poco más tarde de lo normal. No había horarios en Bath, la idea era no complicarse con horarios u obligaciones y dedicarse a descansar. Desayunaron tranquilos y salieron a visitar ciertos lugares que Lizzie no conocía todavía.
Llevar a William con ellos no fue una buena idea. La cintura les dolía a los dos con la demanda del niño de querer caminar. La tarea de enseñarle a dar sus primeros pasos iba adelantada y cada día progresaba un poco más, gracias al hacer valer sus pulmones si, los que lo rodeaban, no respondían a su petición.
Volvieron temprano, preparándose de forma correcta, con el tiempo de antelación necesario para llegar a horario. Darcy era tremendamente estricto con la puntualidad y odiaba tanto llegar tarde como que lo hicieran esperar.
Esperaba abajo, listo para salir, cuando Elizabeth bajó las escaleras, bellísima en un vestido de seda verde esmeralda que combinaban perfectamente con los aros que él le había obsequiado y que pertenecieron a su madre. El color le sentaba perfecto a su tonalidad de piel resaltando el brillo de sus hermosos ojos oscuros.
La sonrisa que le dedicó al verlo logró algo que Darcy hubiera imaginado imposible, que estuviera más hechizante. Se la devolvió con intensidad.
-Espero que no te haya hecho esperar demasiado, sé lo que te disgusta la impuntualidad- dijo Elizabeth.
-Mi amor, si esperarte da estos frutos, prometo no quejarme nunca más. Estás increíblemente bella.
-Gracias- respondió Lizzie con un ligero sonrrojamiento en las mejillas. No se acostumbraría nunca a recibir halagos por su apariencia.
Darcy caminó para acortar distancia entre ellos y le acarició el rubor en su rostro. La miró con una sonrisa divertida. Le costaba entender que ella no aceptara los cumplidos que le solía hacer.
-Sé que no me crees o que piensas que exagero, pero estás muy hermosa. Espero que el Sr. Thorton disimule su reacción frente a mí cuando te vea.
Elizabeth se paró de puntillas y se colgó del cuello de su esposo, obligándolo a inclinarse un poco hacia ella.
-Para ti, siempre estoy bonita, pero es porque me amas- le dijo burlándose de él para luego, besarlo.
Darcy le devolvió el beso con más pasión de la que ella esperaba, pero no era algo de lo que pensara quejarse.
-Sr. Darcy…- dijo jadeando- se hará tarde.
Sin responderle, la ayudó con el abrigo y salieron rumbo al coche que los esperaba.

La residencia era bastante elegante y no muy lejana que la que los Darcy alquilaban en Bath.
El mayordomo anunció a la pareja y el dueño de casa los recibió cortésmente. Tal como lo predijo Darcy, le fue difícil ocultar que había quedado sorprendido por la elegancia y belleza de Elizabeth.
Las hijas del Sr. Thorton eran unas criaturas adorables, muy educadas a pesar de su corta edad. La niñera las llevó a sus habitaciones cuando la cena fue anunciada.
-Debería haberles dicho que podían traer a William. Los niños me encantan y, como padre, me cuesta mucho dejarlas lejos de mí- dijo Thorton.
-¡Me pasa eso con William! A menudo me encuentro pensando en qué haré cuando lo enviemos a Eton y ese pensamiento me desespera- confesó Elizabeth caminando tomada del brazo de su esposo.
Darcy se quedó mirándola con el seño fruncido, para él fue sorpresivo escuchar la preocupación de Lizzie.
-¡Pero para eso faltan doce años!- exclamó Thorton riéndose de la extraña preocupación de su nueva amiga.
Elizabeth se rió por su propia ridiculez, notando que Darcy no compartía su misma sonrisa.
Se sentaron a esperar el primer plato y el Sr. Thorton comenzó a entablar conversación con Darcy, principalmente sobre la producción de Pemberley, por lo que Elizabeth quedó fuera de ella.
-Mis disculpas, Sra. Darcy, los hombres solemos entusiasmarnos con este tipo de charlas y olvidamos que no son de interés para las damas- se disculpó Thorton caballerosamente.
-Por favor, sigan, no abandonen el tema por mí- respondió Lizzie.
-No, insisto. Hablemos de algo que le interese. ¿Qué le gusta hacer?
-Fundamentalmente, le gusta leer. Si tengo que buscarla en casa, seguro que está en la biblioteca- dijo Darcy, haciendo gala de conocerla mejor que nadie.
-Es verdad. Siempre me gustó leer, creo que heredé ese gusto de mi padre. En mi casa podían faltar otras cosas, pero nunca los libros.
-Por sus encantadores modales, jamás hubiera imaginado que alguna vez sufrió de alguna necesidad- comentó Thorton.
-Siento dar una mala impresión, mi familia no es pobre, mi padre es un caballero. Es dueño de una pequeña propiedad en Hertfordshire que será heredara por un primo porque somos todas mujeres.
-Eso es muy injusto, ese tipo de normativas deberían desaparecer. Las mujeres tienen el mismo derecho de heredar que un hombre. Mi difunta esposa sufrió una injusticia similar. Al fallecer su padre, y siendo la única hija que los sobrevivió, perdió su casa frente a un primo que ni siquiera tuvo la decencia de acogerla en su hogar.
-Eso es terrible- dijo Lizzie compungida, comparándose en forma inconsciente, ya que ese podría haber sido su futuro si Darcy no hubiera entrado en su vida.
-Lo es. Pero gracias a ese infortunio, la conocí- señaló Thorton con una amarga sonrisa que delataba cuánto la extrañaba.
-Me gustaría conocer la historia, si no le es muy dolorosa de contar- le pidió Elizabeth, que no deseaba verlo sufrir en sus recuerdos, a pesar que dicha frase había despertado su curiosidad.
-Annie se empleó como institutriz de la hija de mi hermana. Pasé una temporada en la residencia de mi hermana cuando su esposo enfermó y, nos enamoramos. Fue inevitable hacerlo. Era una mujer de extraordinaria inteligencia y no dudé en pedirle que se casara conmigo. ¡Mi hermana no me habló por un año!- exclamó lo último como si ese hecho fuera gracioso.
-¿Su familia lo desaprobó?- preguntó Lizzie.
-Sí, yo lo imaginé cuando me di cuenta que la amaba. Esperaba esas reacciones, pero simplemente no me importaron. Para mí, el poder estar con la persona que uno ama, vence todas las objeciones. Jamás pasó una duda por mi mente.
Elizabeth intentó no dedicarle una mirada, pero Darcy adivinó que estaba comparando el comienzo de su relación y se ahogó con un sorbo de vino. Tosió un poco e intentó aclarar su mente.
-Pero imagino que ustedes habrán tenido que superar el mismo tipo de dificultades que nosotros- dijo Thorton mirándolos y esperando una contestación.
-Bueno…sí. No fue nada fácil- respondió Elizabeth observando la reacción de su esposo para saber cuánto podía revelar.
-Nuestra historia no fue nada fácil. Haciendo una síntesis, Elizabeth me odiaba y mi comportamiento no ayudaba en nada.
-Lo importante es que a pesar de todo, estamos juntos- señaló Lizzie cuando notó cierta culpabilidad en el tono de voz de Darcy.
La cena terminó y fueron a una pequeña sala de estar donde prevalecían el blanco y el dorado.
-Sin tener la intención, abandonamos el tema de su amor por los libros. En Lyme Park poseemos una gran biblioteca que me ocupo de aumentar en cada viaje a Londres- relató Thorton.
-William también hace lo mismo. Yo viajo muy poco a Londres, me gusta mucho, pero prefiero la vida tranquila en el campo con mi familia. Mi hermana mayor vive cerca y hace poco, Georgiana, mi cuñada, se casó y ocupa una casa a unas millas.
-¿Y qué le gusta leer?- preguntó después de un rato.
-De todo. No podría decidirme por un estilo en especial.
-Ahora está leyendo un libro que leyó mi hermana y se lo recomendó. Tiene un estilo muy gracioso- interrumpió Darcy con una sonrisa burlona.
-A mi esposo le parece literatura barata para mujeres- contestó Elizabeth.
-¿Cuál es?- preguntó Thorton.
-“Los misterios de Udolfo”- respondió un poco incómoda, preparándose para tener que defender sus gustos literarios.
-¡Lo conozco! Es muy entretenido, un tanto ridículo en ciertas partes, pero cumple la función de entretener. Además, tuve el placer de conocer a su autora en Londres. ¿Ya leyó “El idilio del bosque”?
-¡No!, ¿es mejor que “Los misterios de Udolfo”?- inquirió tan entusiasmada, que no notó que su esposo había lanzado algo similar a un bufido.
-Mucho mejor. Espero que pueda leerlo pronto.
La charla siguió en ese tenor por un buen rato más y Darcy se había quedado callado por completo. Parecía que lo que dijera, hacía notar más que el Sr. Thorton era mejor que él en todo.
Cuando sonó el reloj marcando cuarto para la medianoche, Elizabeth se sorprendió por lo tarde que se había hecho y se disculpó con el anfitrión por mantenerlo despierto hasta tan tarde.
Se despidieron amablemente y le hizo prometer que les devolvería la visita en los próximos días.
En el carruaje, Darcy iba callado, respondiendo con monosílabos a la mayoría de las preguntas, excepto a las que sólo se molestaba en mover la cabeza.
Cuando entraron a la casa, él fue directamente hacia el dormitorio. Como todas las noches, Lizzie pasó antes por la habitación de William.
Entró ya cambiada a su pieza y casi tiene que recordarse el cerrar la boca, cuando vio a Darcy leyendo el libro del que siempre se reía.
Contuvo su lengua para no decir nada que pudiera tomar a mal. Ya había notado que no estaba de humor. Él dejó el libro en la mesa cuando ella entró a la cama.
-¿Hice o dije algo incorrecto esta noche?- le preguntó Lizzie.
-No…no. Estuviste encantadora. Si no estuvieras casada, el Sr. Thorton no tardaría en pedir tu mano- respondió un poco rudo al comienzo e intentando sonar cómico con la última frase.
A pesar de su esfuerzo, una línea de preocupación se dibujaba entre sus cejas y la sonrisa parecía un esfuerzo falso.
Elizabeth intentó pensar motivos para ese estado de ánimo. Sin duda, o el Sr. Thorton no le caía bien o los celos estaban haciendo estragos en su mente. Conocía la naturaleza celosa de Darcy desde un principio de su relación. Él interrumpió sus pensamientos con una pregunta que la tomó por sorpresa:
-¿Me has perdonado?
-¿Perdonarte?…no sé de qué me estás hablando.
-No, claro que no. Algo que dijo Thorton me dejó pensando. Yo no fui valiente como él, cuando me di cuenta que te amaba, lo primero que se me ocurrió fue alejarme de ti. Poner distancia y olvidarte. Y cuando al fin me hice cargo de mis sentimientos, me declaré de una forma tan arrogante que no entiendo como no me abofeteaste.
Elizabeth apoyó la mano sobre la mejilla de su esposo y lo acarició desde la frente hasta el mentón.
-No hay nada que perdonar. No quiero pensar en la forma que yo también te herí. Todo lo que pasó en nuestra historia nos sirvió para cambiar y darnos cuenta que queríamos pasar nuestras vidas juntos. Déjate de comparar con el Sr. Thorton, tú eres perfecto para mi.
-¿Qué puedo hacer para merecerte?- preguntó devolviéndole la caricia.
-No sé, seguro que ya se te ocurrirá algo- le respondió en forma divertida.
Darcy la besó en forma suave al comienzo y con urgencia un poco después, moviendo sus labios desde su boca hasta su cuello, recorriendo el espacio hasta su hombro y luego subiendo hasta su oreja.
-Te amo- le susurró.
-Y yo a…ti- respondió Lizzie con su respiración agitada.
Él volvió a capturar sus labios deteniéndose a saborear lentamente su boca. Sus grandes manos la despojaron del camisón e hicieron lo mismo con lo suyo. Bajó recorriéndole el cuello deteniéndose por un breve momento en sus pechos y siguió su camino hacia el abdomen que apenas insinuaba la presencia de su hijo. Se detuvo a besarlo, murmurando palabras llenas de amor.
-¿Qué…qué es lo que…haces?- preguntó carente de aire y llena de vergüenza cuando el siguió descendiendo en la exploración de su cuerpo.
-Sólo…confía…en mí- le pidió colmándola de besos.

Elizabeth no se sintió bien en las mañanas siguientes. Las náuseas y mareos habían regresado de improvisto. Darcy insistió en que se quedara en la casa.
Una mañana, él salió a caminar y a buscar una copia del periódico. Al doblar en una esquina, pudo ver que el Sr. Thorton cruzaba la calle en su dirección.
Se quitó el sombrero en forma cortés al saludarlo, mientras en su interior pensaba en que debería haber enviado un sirviente en busca del diario.
-Buenos días, Sr. Darcy- lo saludó.
-Sr. Thorton- dijo.
-Me alegra encontrarme con usted, quería saber si fueron invitados al baile organizado por los Morris.
-Sí, recibimos la invitación, aunque aún no respondimos si asistiremos.
-Yo tampoco, sólo pensaba aceptar si hay alguien conocido. Y ustedes son los únicos que conozco- dijo Thorton.
-En realidad, pensábamos ir. Pero ahora no puedo asegurarlo. Depende de la salud de Elizabeth.
-¿Su esposa no se encuentra bien?- preguntó afligido por la noticia.
-Nada de gravedad. Sólo los síntomas propios de su estado. Con el primer bebé pasó por lo mismo- comentó intentado ser discreto pero feliz de poder refregarle en la cara que ella llevaba en su vientre a su hijo.
-¡Oh! No sabía que esperaban otro niño. Mis sinceras felicitaciones- le dijo con un tono triste al que Darcy no sabía si relacionar con la noticia o con los malos recuerdos que algo así le podía traer.
-Gracias- respondió y luego agregó- le avisaremos si vamos al baile.

Elizabeth no se hubiera perdido el baile por nada del mundo, había decidido que iría por más enferma que se sintiera. Por supuesto que mereció alguna discusión con su esposo, pero su argumentación tenía mucho de verdadera. Sus náuseas y mareos eran matutinos, no nocturnos.
Estaba feliz de poder estrenar el último vestido que se había hecho, especial para usarlo en Bath, ya sea en un concierto o en un baile. Lo primero no había ocurrido aún, por lo que sería utilizado esa noche. Se peinó como sabía que le gustaba a Darcy, con el peinado en alto como la noche de Netherfield, excepto que a las perlas, las suplantó por broches en forma de brillantes estrellas obsequio de Georgiana en Navidad. El vestido de color marfil bordado en plata y las estrellas en el cabello le otorgaban un brillo precioso bajo la luz de los candelabros y las lámparas del salón.
Toda la sociedad de Bath estaba allí, tanta gente, que el frío de la noche invernal no se notaba dentro de las salas.
Darcy odiaba esas reuniones donde no conocía a nadie, por lo que casi se alegra al ver a Thorton al extremo opuesto de donde estaban.
-Buenas noches, permítame decirle que usted esta radiante- le dijo besándola en la mano al saludarlos.
-Muchas gracias, uno de los privilegios de mi posición social es ostentar una cantidad pecaminosa de vestidos- respondió riéndose.
-Veo que se encuentra mejor- le dijo Thorton a Lizzie.
-Sí, lo estoy. ¿Cómo supo usted…?- preguntó y antes de terminar, Thorton respondió.
-Me encontré con su esposo las otras mañanas, ¿no se lo dijo?
-Se me debe haber olvidado- dijo Darcy en un tono seco y cambiando la mirada hacia la multitud.
Elizabeth, que estaba tomada de su brazo, le dio un suave y sutil codazo en las costillas al notar que se comportaba grosero. Él se giró hacia ellos nuevamente e intentó imitar una sonrisa. Era un pésimo actor.
La música ya había comenzado a sonar y las parejas ya bailaban cuanto Thorton preguntó a Lizzie si le gustaba bailar.
-Cielos, ¡claro que sí!
-¿Y baila usted, Sr. Darcy?
-No si puedo evitarlo- respondió seriamente.
-Entonces espero que no le moleste si invito a su esposa en un par de bailes. Realmente disfruto de la danza.
Darcy deseó haberse callado o mentir. No podía decirle que no, le había dado la oportunidad perfecta para que demostrara en otra cosa que era el mejor de los dos.
Elizabeth aceptó encantada y salieron en el siguiente baile. Durante el transcurso del mismo, ella podía ver como era escrutada por la mirada atribulada de su esposo. No era fácil no verlo, ya que le llevaba casi una cabeza de diferencia a casi todos los presentes.
Intentó no parecer divertida, pero el Sr. Thorton era un excelente bailarín, que disfrutaba del mismo. Darcy bailaba muy bien, pero parecía sufrir durante ellos.
Al finalizar, volvieron donde estaba él y Thorton se ofreció para traerle una bebida a Lizzie.
-¿Me darás un baile o Thorton reservó todos?- preguntó en un obvio ataque de celos.
-Como conozco que no es una actividad que te sea placentera, no pensé que lo desearas. Pero sabes que te dedicaría todos los bailes.
Él refunfuñó por lo bajo e inclinó su cabeza para mirar el piso y tomándole la mano enguantada.
Elizabeth no recordaba haber bailado tanto en mucho tiempo. Su esposo se estaba esforzando para alejarla de Thorton, bailando más de lo normal en él. Tanto que comenzaban a dolerle los pies y se alegró cuando la Sra. Morris la buscó para presentarle unas damas que era “necesario” que conociese.
Una sensación muy opuesta a la alegría se alojó en Darcy cuando quedó a solas con el Sr. Thorton.
Al menos, éste era más conversador y siempre tenía un tema para sacar. Lástima que el escogido no fue del agrado de Darcy.
-Me contó su mujer que hace unos meses cayó usted en una grave enfermedad por la que casi pierde su vida. Ese es uno de los motivos para venir a los baños termales.
-Sí, así es. Elizabeth suele exagerar. No creo que haya peligrado mi vida.
-A menudo los seres queridos sufren más que los perjudicados.
Darcy asintió.
-Debe haber sido una suerte tenerla para apoyarlo en su enfermedad y recuperación- comentó Thorton.
-La verdad, es que hubiera preferido que estuviera a salvo. Más aún cuando me enteré que estaba esperando un hijo- respondió recordando las peleas que aún traía ese tema entre ellos.
-Creo que usted es muy duro con ella. Yo estuve junto a mi esposa en su lecho de muerte, rezando porque se produjera un milagro y ella sobreviviera a la fiebre que se la llevó. Nada ni nadie me hubieran movido de su lado. Puede parecer egoísta, tal vez lo sea. Si no fuera por mis hijas, no sé cómo estaría viviendo. ¿Usted diría que Romeo fue un egoísta por elegir morir antes de vivir sin Julieta?- preguntó pensativo, mientras daba un sorbo al ponche y le dedicaba una sonrisa a Elizabeth que caminaba en dirección de ellos.
Darcy le estudió el semblante y la notó cansada.
-Te ves exhausta, ¿quieres que nos vayamos?
-Odio reconocerlo, pero mis pies me están matando- le contestó con voz fastidiosa.
-Voy a buscar los abrigos- fue la contestación. Estaba en esa tarea, cuando Thorton se acercó a buscar el suyo.
-Cuídela, no dé por sentado que la felicidad dura para siempre- le dijo después de colocarse su abrigo y, luego, salió hacia la puerta.
Esa noche en su cama, mientras hacían el amor, Darcy se detuvo por un momento para mirarla a los ojos.
-¿Pasa algo?- preguntó ansiosa.
-Nada- negó con la cabeza. Elizabeth no le creyó ni por un momento. No sabía qué habían hablado él y Thorton cuando quedaron solos, pero había afectado a Darcy. Ella lo atribuyó a los celos.
-Will…uno no elige de quien se enamora. Sólo lo hace, y lo acepta con sus defectos y virtudes. Te amo, no lo olvides nunca- y entonces lo besó, incitándole a continuar la tarea que había abandonado.

sábado 21 de marzo de 2009

Capítulo 45

"Godspeed, little man
Sweet dreams, little man
Oh my love will fly to you each night on angels wings
Godspeed
Sweet dreams"
Godspeed (Sweet Dreams), Dixie Chicks.

-Elizabeth…Lizzie…¿estás bien?- preguntó Darcy a través de la puerta. Una arcada contenida fue la respuesta que obtuvo.
-Lizzie, ¿puedo entrar?- volvió a preguntar nervioso.
-¡No! ¡No puedes!- gritó antes de inclinarse nuevamente sobre la bacinilla.
El grotesco sonido de habitación lo hizo retroceder por un segundo en su preocupación, pensando si no sería mejor enviar a la Sra. Reynolds. Deshizo ese pensamiento, recordando que lo que ella estaba pasando era en parte su culpa y sentía la necesidad de confortarla de alguna forma.
-¡Voy a entrar!- anunció en un ataque repentino de valentía.
La puerta se abrió antes que él tomara la perilla. Elizabeth lo miraba, cansada, con el peinado en un verdadero caos, la palidez de su rostro acentuaban las oscuras ojeras debajo de los bellos ojos castaños.
-¿Estás bien?- le preguntó conteniendo una sonrisa estúpida.
-He estado mejor- respondió ofendida ante la sonrisa de él- Y tú pareces estar disfrutando de mi malestar.
-Nunca podría regocijarme viéndote sufrir- le respondió mientras deslizaba un mechón de cabello detrás de la oreja y le dedicaba una divertida sonrisa.
-Ríete una vez más y te juro…- se quedó pensando con qué podría amenazarlo- Te juro que éste será el último Darcy que tenga.
Su esposo se realizó un gran esfuerzo por no reírse al ver esa pequeña mujer apuntarle con un dedo acusador al tiempo que caminaba en su dirección. Agradeció estar lo suficientemente cerca para poder aferrarla por debajo de los brazos cuando las piernas se le aflojaron.
-Deberías ir a la cama. Estás pálida y débil.
-No quiero, debe estar por llegar Charles y Jane con William. ¡Cuántas ganas de abrazarlo!- dijo llena de angustia y ansiedad.
-Pasaron 10 días. Te aseguro que aún te recuerda. Ahora acuéstate, no llegarán hasta el mediodía, es temprano. No querrás estar tan cansada como para no poder tenerlo en brazos, ¿verdad?
Ella asintió con la cabeza, mordiéndose el labio en señal que lo estaba analizando.
-Creo que tienes razón. Me acostaré por un rato…pero prométeme que me avisas si llegan antes.
-Prometido- juró Darcy a la vez que la conducía hacia la cama y la cubría con una manta.
-¿Cómoda?- inquirió acariciándole el pelo.
-Sí. Parece ser tu turno de cuidarme- le dijo con una sonrisa.
-Así parece. Todo esto me está haciendo pensar…-dejó la frase colgando en el aire sin terminarla.
-¿Qué?- preguntó Lizzie.
-Nada. Olvídalo, ya veremos- respondió levantándose para dejar el dormitorio.
-Will.
-¿Sí?- preguntó él.
-No abuses de tu salud. Recuerda los consejos del doctor Gibson- le advirtió su esposa con el temor que sin su supervisión, fuera a hacer alguna actividad en el exterior de la casa.
-Sí, señora- respondió poniendo los ojos en blanco.
Elizabeth durmió profundamente, despertándose cuando al sentir la voz y las manos de Darcy.
-Hola- dijo con voz suave por el sueño.
-Hola, ¿te sientes mejor?
-Sí, bastante. ¡¿Ya han llegado?!- preguntó con un grito al recordar de repente que esperaba a su bebé.
-No. No. Relájate, aún no es el mediodía- le dijo riéndose.
-Oh- dijo decepcionada.
-Vine a despertarte antes que lleguen y te diré que me costó mucho hacerlo. Tuve que zarandearte.
-Lo siento, estaba agotada, pero ahora estoy mucho mejor- le respondió con una sonrisa de alivio.
-Tal vez no sea prudente que hagamos el viaje a Bath- anunció Darcy mirando las cortinas de la cama para no verla a los ojos.
-¡¿Por qué, por mi culpa?!- preguntó Elizabeth con cierta histeria.
Darcy negó con la cabeza, temía esa reacción por parte de su muy emocional esposa.
-Creo que sería lo mejor, tú no estás sintiéndote bien y recuerda que Georgiana y Richard vuelven de Francia pronto.
-¡No es justo! El doctor Gibson te dijo que te haría bien tomar los baños y descansar. Sabe que si te quedas acá empezarás a preocuparte por todo, como siempre. Richard y Georgiana entenderán que es lo mejor para tu salud y, además, estarán acompañando a tu tío todo el tiempo- intentó hacer razonar a su esposo.
-Tienes razón en todo ello. Pero olvidas tu salud.
-¡Estoy bien! Las nauseas son normales, no me sientan bien los primeros meses, pero muy pronto estaré mejor, se irán yendo, ya verás- agregó con ojos suplicantes y tomándolo del borde de la chaqueta para obligarlo a mirarla.
Él resopló, negando con la cabeza en clara desaprobación. Entonces, Elizabeth rompió a llorar.
-Por favor, Lizzie, no llores- le suplicó con tratando que Lizzie dejara de cubrirse la cara con las manos, mientras sofocada fuertes sollozos.
Darcy odiaba verla llorar, sentía un dolor físico en la boca de su estómago. Era peor para él cuando se sentía responsable del llanto. También era un hecho, que Lizzie sabía de ello y, a menudo, lo utilizaba como arma para obtener lo que deseaba.
-Lizzie, por favor- volvió a pedirle- Estoy preocupado por tu salud y la del bebé. Es un viaje demasiado largo, tedioso y cansador. Razona un poco, por una vez, piensa en el niño.
Si sus intenciones fueron calmarla, fallaron estrepitosamente, las últimas palabras le recordaron a ella que, lo sucedido durante la enfermedad de Darcy, estaba “perdonado” pero no olvidado.
-¿Cómo puedes insinuar que no pienso en mi bebé? ¡¿Cómo te atreves?!- los ojos, aún cargados de lágrimas, lo miraban con ira. La airada reacción lo tomó por sorpresa. No pensaba ofenderla con sus palabras, sólo deseaba que actuara con un poco más de sensatez.
-Lo…siento. No quise ofenderte- repuso con cautela.
-No es verdad, dices que me perdonaste, pero no es cierto. Cada vez que puedes, me haces sentir como si fuera una mujer malvada y egoísta- lo acusó con furia muy poco contenida.
-Lamento que pienses eso- dijo en tono un tono altanero y hasta despectivo. Entonces, se levantó, marchándose de la habitación. Al cerrar la puerta, le pareció escuchar que Lizzie murmuraba “hipócrita”.
Se sumergió en su despacho a leer correspondencia, intentando mantener su mente ocupada y no escuchar las palabras acusatorias de su mujer. Sin embargo, la tarea no le resultó fácil.
Agradeció escuchar los cascos de caballos que se aproximaban, salió en dirección de la puerta norte y encontró que Elizabeth estaba allí también. Estaba hermosa, radiante, bien sabía que lo que causaba tanta belleza no era él, sino la expectativa de volver a encontrase con su hijo.
Apenas el carruaje se había detenido, Lizzie ya había corrido hasta él, para ser la primera en poder abrazar a William. Tuvo que esperar a que bajaran Charles, Jane con Beth , Kitty y por último, la niñera con su bebé. Parecía que lo hacían a propósito, dejando que sufriera por más tiempo.
Todos entraron rápidamente a la casa, con el intenso frío no era recomendable estar a la intemperie.
Después de colmarlo de besos y abrazos, tuvo que cederlo por un rato a Darcy. Después de todo, esa persona “desagradable” tenía tanto derecho como ella a querer tenerlo en sus brazos y demostrarle lo mucho que lo había extrañado.
La conversación giró en lo bien que se lo veía a Darcy y lo recuperado que estaba.
-Gracias por cuidar tan bien de William- agradeció el convaleciente, mientras tomaba la pequeña mano de su hijo, que jugaba con el cabello suelo de su madre.
-Ha sido un placer, jamás he visto un niño tan bueno y dócil- argumentó Jane.
-Se comportó como todo un hombrecito- agregó Charles.
Elizabeth notó como a Darcy, que estaba sentado a su lado, se le hinchaba el pecho de orgullo. Se maldijo a sí misma, al darse cuenta que con ese ínfimo detalle que sólo lo había percibido ella, ya le había hecho olvidar que estaba enojada con él.

Esa noche, Elizabeth se encargó de hacer dormir a su hijo cantándole una hermosa canción y acunándolo hasta que el sueño lo venció. Lo habría acostado con ella si no fuera porque solía retar a su esposo por hacer lo mismo.
Al acostarse, encontró a Darcy simulando leer distraídamente en la cama.
-Si vas a actuar como que no ha pasado nada, te recomiendo que pruebes con poner el libro correctamente y no al revés- le dijo mofándose.
Darcy inmediatamente reaccionó mirando si era cierto lo que decía. Elizabeth se largó a reír fuertemente.
-Si estuvieras leyendo, no necesitarías fijarte si el libro está en la posición correcta- comentó en tono de burla. Darcy bufó.
Lizzie se acostó y le quitó el volumen de las manos. Lo colocó en la mesa de luz y apagó la vela de su lado de la cama. Se sentó de la misma forma en que estaba él. Lo siguió un largo silencio que ella estaba decidida a no romper primero.
-Hoy me dijiste hipócrita- dijo con cierta dulzura para demostrarle que intentaba no parecer ofendido.
-Sí, lo dije- respondió sin vergüenza alguna por descubrir que la había escuchado- Lo dije y lo sostengo.
La perplejidad se dibujó en la cara de Darcy.
-¿Por…por qué…dices eso?
-Porque me acusas de no pensar en nadie más que en mí misma, sólo por hacer lo mismo que hubieras hecho tú en mi lugar- al decir esto, se acurrucó en su pecho, como si no pasara nada.
La frase y la actitud, lo dejaron sin palabras.
-Generalmente, eres un esposo amoroso, comprensivo y paciente, el mejor marido de todos. Y, a veces, eres terriblemente terco, orgulloso y posesivo. Sé que crees que tienes que actuar así conmigo, que es tu deber de esposo el hacer valer tu opinión. Aunque creo que es una idiotez, lo soporto, porque es parte de cómo eres.
-Lizzie, ¿todo esto tiene algún propósito?- preguntó un poco fastidioso con tanta sinceridad.
-Mmm…- musitó- No lo sé. Supongo que sepas que te amo a pesar que te hayas comportado como un idiota.
-¡Oh…gracias!- dijo con sarcasmo.
Elizabeth volvió a reírse, levantó un poco la cabeza y lo besó donde alcanzaba, justo en el hoyuelo de su mentón.
-Estás de buen humor.
-Sí, ¡estoy tan feliz de tener a William en casa!- exclamó con un suspiro.
-Lo extrañaste mucho, ¿verdad?
-Igual que tú, estoy segura.
-Recuerda que yo estoy más acostumbrado a estar lejos de él debido a mis viajes de negocios. Tú nunca te separaste de él en sus 10 meses- contestó, interpretando el papel de padre distante.
-Es cierto. Pero a pesar que no quieras reconocerlo, sé que lo extrañas tanto como yo.
Darcy puso los ojos en blanco y resopló.
-Después de la discusión, me quedé pensando. Tal vez te ayude el descansar en Bath. El viaje es largo, pero podemos hacer varias escalas.
Lizzie se alejó del rincón cálido en el que se recostaba y se sentó erguida para verlo a la cara. Quería asegurarse que no fuera una broma.
-Es en serio, ¿no?- preguntó dubitativa.
-Lo es. Con condiciones, claro- agregó Darcy.
-Lo suponía. Nada puede ser fácil contigo- se quejó exagerando.
-Esperaremos a después de las fiestas. Me gustaría pasar la primera Navidad con William, acá, en Pemberley. Invitaríamos a toda la familia.
-Estoy de acuerdo con esos términos. Aunque presiento que no serán los únicos- dijo, mientras pensaba que tenía que haber algo más, ya que para las fiestas sólo faltaban unos pocos días.
-Partiremos, siempre y cuando, tus nauseas hayan desaparecido para esa época.
Elizabeth se mordió el labio con angustia. Con William habían durado unos tres meses. Eso pospondría el viaje hasta casi febrero.
-Me parecen condiciones…sensatas- agregó Darcy.
-Está bien, acepto- accedió Lizzie con algo de disgusto- Además, me dará tiempo de terminar mi proyecto abandonado.
-Discúlpame si parezco poco atento, pero no recuerdo ningún proyecto que te obligara a quedarte aquí.
-¡Claro que lo tengo! ¡Debo comprometer a Kitty antes de irnos!- anunció fingiendo sorpresa porque su esposo no lo recordara.
-Pobre Sr. Barton, no tiene escapatoria, ¿no?- preguntó en un falso lamento.
-No, no lo tiene- le respondió en carcajadas.

La Navidad llegó con suaves nevadas y Elizabeth se alegró de haber escuchado a su esposo. Toda la familia se reunió en Pemberley, los Bennet, los Bingley y los Fitzwilliam. No hubo festejos excesivos, por respeto a Lord Matlock y Richard que se encontraban de luto.
El pequeño William fue el niño más consentido del mundo, recibiendo una cantidad de regalos que rozaba en lo exorbitante. Georgiana y Richard, le habían traído miles de cosas de Francia y Darcy no se había quedado atrás. Elizabeth no podía más que protestar cuando encontraba otro paquete con su nombre escrito.
Georgiana se había convertido en una mujer con un aspecto más maduro que la jovencita que se había ido de la casa tan poco tiempo antes. Se había mostrado encantada al enterarse que sería tía nuevamente y ya estaba eligiendo nombres para niña, ya que estaba segura que esta vez sería una nena.
A todas las festividades, fue invitado generosamente el joven vicario, con la excusa que no pasara en soledad esos días. Pronto el muchacho demostró ser inteligente, al aprovechar la presencia del Sr. Bennet, para comunicarle el amor que sentía por su hija.
El Sr. Bennet accedió graciosamente, sabiendo que sus hijas lo matarían si arruinaba los planes que venían tejiendo desde hacía unos meses. Disfrutaba secretamente al imaginarse a su otrora alocada niña, casada con un solemne vicario. El matrimonio se arregló para el comienzo de la primavera.



A mediados del mes de enero, las náuseas de Lizzie fueron disminuyendo, por lo que el plan de viajar se volvió una realidad. Darcy alquiló una hermosa casa en Camden Place, la zona más elegante de Bath y, apenas el tiempo mejoró un poco, partieron a descansar.
Elizabeth estaba ansiosa y expectante. Había oído mucho de la belleza de la ciudad y deseaba conocer ella misma los lugares que tan bien le habían descrito antes. The Circus, Royal Crescent, el puente Pulteney, la antigua Abadía y Pump Room. Creía conocerlos después de todo lo que Darcy le había relatado, pero nada la preparó para la belleza y grandeza de tales lugares.
Por decisión de Elizabeth, comenzaron a frecuentar el teatro y los salones del balneario, ya que su esposo continuaba siendo solitario y taciturno, y sólo la acompañaba para complacerla.
Una tarde que había salido a pasear con William y la niñera, una pequeña de unos cinco años se acercó a ver al niño.
-Hola- la saludó Elizabeth- ¿Cómo te llamas?
-Marianne- respondió con timidez- ¿Tú cómo te llamas?
-Yo soy Elizabeth, pero me dicen Lizzie, y él es William- le respondió señalando a su hijo que saltaba en sus brazos dedicándole monerías a la niña.
-Me recuerdas a mi mami- dijo la pequeña.
-¿Dónde está ella?- le preguntó Lizzie, mirando hacia los lados al notar que estaba sola.
-Está con Dios, en el cielo- respondió señalando hacia arriba.
Elizabeth no notó exactamente en qué momento un caballero se les había acercado.
-Perdón, señora, a mi hija le gustan mucho los niños. Espero que no la haya molestado- dijo el hombre tomando de la mano a la niña para llevársela.
-No es ninguna molestia. A mi también me gustan los niños- respondió Lizzie mirando a la niña y guiñando un ojo en forma cómplice.
-Permítame presentarme, me llamo Matthew Thorton.
-Mucho gusto, soy Elizabeth Darcy.
La niña comenzó a juguetear con William en el suelo y los adultos empezaron a entablar una conversación.
-¿Es su primera visita a Bath?- preguntó Lizzie.
-No, he venido desde hace muchos años. Aquí tuve la suerte de conocer a mi difunta esposa.
-¡Oh! Lo siento- replicó apenada.
-Gracias, falleció hace dos años, durante el parto de mi otra niña, Emma.
Un triste silencio le siguió a esa revelación, donde Elizabeth se dedicó a observar al caballero. Era un hombre muy elegante y atractivo, demostraba cierta clase, tendría unos 35 años, tal vez menos y demostraba tener unas maneras muy agradables.
-Y usted, ¿es su primera visita a Bath?- preguntó el Sr. Thorton para romper el incómodo silencio.
-Sí, he venido con mi esposo, quien se recupera de una enfermedad.
-Espero que el Sr. Darcy esté mejor- dijo cortésmente.
-Es muy amable de su parte. Está muy bien. Gracias.
-¿Viven en Londres?- preguntó con curiosidad.
-No, no en realidad. Tenemos una propiedad allí, pero la mayor parte del año la pasamos en Derbyshire.
-¿Derbyshire? ¿Cómo se llama su propiedad?
-Pemberley.
-¡La conozco! Es una estupenda propiedad.
-Lo es. ¿De dónde es usted?- preguntó llena de curiosidad.
-De Chesire, mi propiedad se llama Lyme Park.
Elizabeth asintió, había oído hablar de lo bella que era esa antigua propiedad al norte de Inglaterra.
-¿Es tan hermosa como he escuchado?- preguntó.
-Lo es- le dijo con una sonrisa que dejaba vislumbrar que la estaba imaginando en su mente.
Elizabeth le devolvió la sonrisa.
Siguieron conversando y los niños jugando. Le recomendó lugares para visitar, esos rincones pintorescos que sólo conocen las personas que son asiduas visitantes. Elizabeth se dio cuenta que lo estaba pasando muy bien, tal vez demasiado. La gente podía sacar falsas conclusiones. Se disponía a despedirse cuando vio llegar al salón a su esposo. Con su gran altura, no tardó en divisarla en una mesa cercana a un ventanal. En pocas zancadas estaba parado junto a ellos.
Elizabeth se levantó y el caballero que la acompañaba también.
-William, quería presentarte al Sr. Thorton. He tenido el placer de su compañía después de conocer a Marianne- le dijo señalando a la pequeña que le llegaba apenas arriba de la rodilla.
Se saludaron como dos caballeros y luego Darcy se inclinó a besar la mano de la niña, como si se tratara de toda una dama. Marianne, le dedicó una preciosa sonrisa e hizo un intento de reverencia.
Conversaron sobre trivialidades, más que nada, resultó que ambos habían ido a Cambridge casi en la misma época, y el Sr. Thorton había conocido allí a Richard. Cuando se hizo demasiado tarde para continuar, se despidieron, sabiendo que en una ciudad como Bath, volverían a encontrase pronto.
Antes de irse, Marianne tiró el saco de su padre para obligarlo a agacharse y poder decirle algo al oído.
El Sr. Thorton le sonrió y después, mirando a Elizabeth, dijo:
-A Marianne y a mi, nos gustaría que vinieran a cenar a casa.
La niña miró con un poco de vergüenza a Darcy, mientras que su padre miraba a Lizzie.
-Aún no conoce a Emma- le recordó.
-Será un placer- respondió Darcy con una inclinación, a la vez que tomaba el niño en brazos para que Elizabeth subiera al carruaje.
Se preparaba para darle su mano, cuando el Sr. Thorton ofreció la suya, ayudándola a subir.
-Los esperamos mañana entonces- dijo, despidiéndose para dirigirse a su carruaje que se encontraba detrás del de ellos.
Darcy entró al niño y después subió él. Se sentó y, frotándose las manos por el frío, murmuró fastidioso “magnífico”, tan despacio, que nadie más lo escuchó

sábado 14 de marzo de 2009

Capítulo 44

"En mi corazón siempre habrá un lugar para ti
Toda mi vida.
Tendré una parte de ti conmigo.
Y donde quiera que yo este
Tu estarás allí por mi." There you'll be. Faith Hill.
http://www.planetadeletras.com/index.php?m=s&lid=85738



La Sra. Reynolds la abrigó con las mantas y avivó el fuego antes de salir.
Elizabeth cerró los ojos, no para dormir, sino para intentar concentrarse en escuchar la conversación que se estaría desarrollando en el cuarto contiguo.
Por primera vez, desde que era su casa, le molestó que las habitaciones fueran tan grandes y que tuvieran puertas tan gruesas.
En su corazón, sabía que él estaría feliz, de eso no tenía dudas. Después de todo, fue uno de los pedidos que le hizo para su cumpleaños.
Inspiró profunda y lentamente, era inútil querer escuchar. Giró en la cama y se hizo un ovillo. Poco después, el sueño se acordó de ella y se durmió profundamente.
Se despertó con el sonido de la leña removida por su doncella. La posición de la luz que entraba por las ventanas y la ubicación diferente del cuarto de Darcy, hizo que se sintiera dudosa sobre el momento del día que era.
Lizzie se sentó en la cama apoyando su espalda contra las almohadas.
-Buenas tardes, señora- la saludó Susan con una sonrisa tonta dibujada en su cara regordeta. Estaba claro que el ama de llaves se había encargado de difundir la noticia de su nuevo embarazo.
-¿Qué hora es?- preguntó entre medio de un bostezo.
-Pasada las cuatro.
-¡He dormido desde la mañana!- exclamó avergonzada.
-¿Quiere que le prepare un baño?
-Sí, por favor. Pobre Charles, ha pasado el día solo- comentó en voz alta.
-El Sr. Bingley ha estado la mayor parte del tiempo con el Sr. Darcy, conversando en su habitación- respondió la criada.
-¿El señor está despierto?- interrogó nerviosa.
-No. Ahora, descansa por órdenes del doctor. El Sr. Bingley ha salido a cabalgar, pero dijo volver para la hora del té.
-Me bañaré y bajaré a tomar el té con él- anunció Elizabeth.

Mientras estaba sumergida en el agua caliente, sus pensamientos se dirigieron a su esposo. Lizzie dudaba en ir a enfrentar a su marido antes o después del té. Finalmente, se convenció que era necesario pensar en su aún frágil salud y darle más tiempo para recuperarse. Siendo el verdadero motivo para posponerlo, el ataque de cobardía que sentía en ese momento. Ella necesitaba más tiempo, sabía la tempestad que se desataría en contra de ella y que debería aguantarla con paciencia y tranquilidad. Virtudes que rara vez la acompañaban.
Una vez cambiada y, con gran apetito, bajó a la sala donde sería servido el té. En él, se encontraba su cuñado, absorto en la observación de los cuadros que adornaban las claras paredes.
-Buenas tardes, Charles- lo saludó al descubrir que estaba absorto en sus pensamientos y no se había percatado de su presencia.
-¡Hola, Elizabeth! No estaba seguro si en realidad bajarías- dijo con su habitual amable sonrisa.
-Lamento haberme pasado el día durmiendo. Debo haber estado muy cansada- se disculpó.
-No lo sientas, fueron órdenes médicas- le respondió guiñándole un ojo en forma cómplice.
-¡Oh!, veo que has hablado con Darcy.
-Sí, lo hice, se lo ve bastante mejorado. ¿Me permites felicitarte?- preguntó, tomándola de las manos con la torpeza y timidez de la cuales Jane se había enamorado.
-Por supuesto. Eres mi hermano- le respondió con una sonrisa cálida.
-Entonces, ¡felicitaciones! Me alegro mucho por ustedes. Jane se pondrá muy feliz de conocer la buena noticia.
-Sí, lo sé. ¿Le escribiste?
-Envié una nota esta mañana, apenas me enteré que Darcy estaba mejor. Pero dejo te dijo a ti el placer de comunicarle sobre el niño.
-Gracias, Charles. Me alegra mucho que estés aquí. Espero que tú y Jane, pronto le den un hermanito a Beth. Sé cuánto lo desean.
Él sonrió en respuesta.
Estiró lo máximo posible el té, buscando conversación innecesaria con Charles y, a medida que se le agotaban los temas, su pulso se aceleró.
Cuando su cuñado decidió subir a su habitación antes que se hiciera la hora de la cena, Elizabeth tomó coraje de donde no tenía y subió a enfrentar a su esposo.
Golpeó suavemente la puerta de comunicación de las recámaras, rogando secretamente que Darcy no le contestara por estar dormido.
-Entre- dijo la masculina voz de su esposo.
Antes de abrir la perilla, ella cerró los ojos, respiró profundamente y tragó saliva. Las manos le sudaban a pesar de la temperatura y la respiración estaba un poco agitada.
-Hola…-saludó con timidez y luego se limpió la garganta, sin ser capaz que sus pies la obedecieran para entrar a la pieza.
-Buenas tardes, querida- respondió con un tono controlado pero severo- Acércate.
Él le señaló el sillón que aún estaba colocado junto a la cama. Elizabeth caminó con cierta indecisión mientras se estrujaba las manos. Se sentó en el sillón indicado y lo miró de reojo, incapaz de verlo en forma directa. La utilización del “querida” no había colaborado en tranquilizarla. No lo utilizaba demasiadas veces, sólo cuando quería enfadarla o cuando estaba enojado.
-¿Y bien?- él preguntó después de un largo e incómodo silencio.
Elizabeth lo miró con un brillo de pánico en los ojos, esperaba que él comenzara a hablar, ella sólo se limitaría a escucharlo e intentaría una defensa inútil. ¡No tenía preparado un discurso! Las mejillas se le enrojecieron, el pulso se le aceleró y creyó que vomitaría de los nervios. “Si me enfermo ahora, podría aplazarlo”, pensó de manera irracional.
La mano de Darcy aferró las suyas, el contacto la tomó desprevenida.
-Elizabeth, realmente estoy enojado contigo, pero si no te tranquilizas y dejas de estrujarte las manos de esa manera, te romperás un par de huesos- le dijo con un poco menos de severidad en la voz.
-¿Cuán enojado estás?- le preguntó nerviosa.
-Bastante. No deberías haberte quedado aquí sin saber lo que tenía. Tu embarazo confirma que yo tenía razón. Fue peligroso que estuvieras aquí, ¿no sabes que casi me da un ataque cuando te vi desmayarte? Pensé que te había contagiado lo que fuera que tuve.
Ella se quedó callada, analizando las palabras de su esposo. Aparentemente, sólo estaba enfadado por lo mismo que esa mañana, porque no se fue con William a Green Park. Suspiró aliviada.
-Lo siento. No quise asustarte- le respondió con expresión de inocencia- Sólo quería quedarme contigo, no…no sabes lo asustada que estaba.
El temblor en la voz de Elizabeth, lo hizo sentir culpable. Justo lo que ella estaba buscando.
-Ven aquí- le ordenó tirando de las manos que aún aprisionaba. Lizzie se sentó en el borde de la cama y él la abrazó, hundiéndole la cabeza contra su pecho. La besó en los cabellos.
-La noticia me ha hecho muy feliz- comentó para romper la tensión, levantando su rostro del mentón para poder ver sus ojos oscuros.
Elizabeth le sonrió. Las cosas no parecían ir tan mal.
-No puedo enojarme demasiado. No me imagino dejándote enferma y yéndome lejos. Además, tú no sabías que estabas esperando un hijo- agregó mirándola fijamente como si estuviera queriendo sonsacarle la verdad de su rostro.
-No…no lo sabía- respondió un poco ruborizada, mordiéndose de manera inconciente el labio inferior.
-Elizabeth…Victoria…Darcy- dijo conteniendo sin demasiado éxito la furia en su voz- Dime que no tenías idea de estar esperando.
-Yo…yo…no lo sabía…con exactitud- no había sabido mentir nunca y, seguramente, no aprendería ahora.
Darcy la soltó de su abrazo, tomándola firmemente por los hombros. Su mirada había cambiado a un obvio enojo. Sus cejas estaban unidas, una arruga le surcaba la frente, respiraba forzadamente, como si estuviera luchando para controlarse.
-¿Desde cuándo lo sabes con certeza?- le preguntó.
-No tuve total seguridad hasta hoy, cuando me lo dijo el Sr. Gibson- respondió nerviosa, las manos la estaban lastimando.
-Pero lo sospechabas claramente, ¿verdad?
-No…estaba segura- volvió a morderse el labio inferior.
-¡Por favor, Elizabeth! ¡Deja ya de mentirme! Te conozco lo suficiente como para darme cuenta de cuando me mientes- le gritó ofuscado.
-¡No estoy mintiendo!- le contestó en tono ofendido.
-Entonces…¿por qué te muerdes el labio nerviosamente? Lo haces siempre que estás escondiendo algo. Eres muy mala mentirosa- le dijo con sarcasmo.
-Suéltame- le pidió Lizzie- Me estás lastimando.
Darcy la soltó, no se había percatado que en su intento de controlar su reacción, tal vez la había apretado demasiado fuerte.
-Lo que hiciste…es lo más irresponsable que has hecho desde que te conozco. Que te quedaras, sabiendo que podías estar esperando un bebé. A mi hijo. Es algo terrible, lo más egoísta que te he visto hacer.
Las palabras la herían profundamente. Que le dijera egoísta en especial. Sólo había pensando en él. Pero no respondió, se había prometido escucharlo y aceptar las consecuencias de sus actos.
-Ahora pensarás que soy cruel al decirte egoísta. Pero lo has sido. Sólo pensaste en ti. Te quedaste arriesgando más que tu vida, arriesgaste la tuya, la de nuestro niño y la mía también. Si te hubiera sucedido algo, ¿cómo podría haberme sentido yo? Me hubiera culpado toda la vida por eso.
-Tú dijiste…- comenzó a hablar en un intento de defensa, pero Darcy la interrumpió.
-Charles me contó lo que Kitty les dijo al llegar desesperada. ¿No te importaba vivir si yo no seguía con vida? ¿No ves lo egoísta que es eso?
Las lágrimas empezaron a inundarle los ojos.
-No llores- le dijo en forma cortante- No es justo que lo hagas. Me haces sentir mal por lo que siento en estos momentos.
Elizabeth respiró profundamente y tragó, intentando que le dolor que sentía en la garganta se fuera.
-Lo siento- dijo con voz entrecortada.
-Sé que ahora lo haces. Pero aún no estoy listo para perdonarte. Espero que lo entiendas- intentó que sus palabras salieran suaves, pero para Lizzie fueron demasiado dolorosas.
-Lo entiendo- respondió con un hilo de voz, mientras se levantaba y salía de la habitación. De su habitación, para refugiarse en el llanto cuando estuvo lo más lejos posible.

No quería bajar a cenar, no tenía hambre y su rostro reflejaba la angustia del llanto provocado por las palabras de su esposo.
La Sra. Reynolds golpeó la puerta e ingresó. Lizzie estaba acostada sobre la cama con la ropa puesta.
-Sra. Darcy, el Sr. Bingley la está esperando para cenar. ¿Quiere que envíe por Susan para ayudarla con el vestido?
-Lo siento. Pero no tengo apetito, creo que me quedaré e intentaré dormir. ¿Puede darle mis disculpas a mi cuñado?
-Puedo, pero no lo haré- respondió la señora, al tiempo que tiraba del brazo de su ama para que se levante- Usted debe comer. Acuérdese que come por dos.
En contra de su voluntad, bajó a cenar. No llevaba la ropa adecuada y el peinado estaba bastante desarmado, sumado a su rostro inflamado por el llanto, tenía un aspecto bastante…perturbador. O por lo menos eso le pareció a Charles cuando la vio.
-¡Por favor, Elizabeth! ¿Necesitas un médico?
-Ehh…no, estoy bien- respondió sentándose a la mesa.
Los sirvientes trajeron el primer plato. La sopa estaba caliente y reconfortó su estómago un tanto revuelto.
-No quiero ser indiscreto. ¿Pero has discutido con Darcy?
-Tú jamás serías indiscreto. Sé que si preguntas, es porque te preocupas por mi- le respondió compungida- Sí, en realidad, no fue una discusión. Yo ya sabía que tendría que soportar su reacción cuando se sintiera mejor. Pero no estaba lista para escuchar su “verdad”.
-Darcy es muy sobre protector con las personas que ama. Intenta disculpar lo que te haya dicho, todavía le dura el temor ante la posibilidad que te hubiera sucedido algo a ti y al bebé.
-Lo sé. Lo sé. Pero no soporto que esté enojado conmigo, más sabiendo que tiene razón por estarlo.
-¿Quieres que hable con él? Puedo defenderte, al fin y al cabo, soy tu hermano. ¿No es eso lo que hacen los hermanos mayores?- le preguntó mientras corría con sus dedos un mechón de su cabello anaranjado. Ella no pudo evitar dibujar una leve sonrisa.
La cena continuó en relativo silencio. Al finalizar, Elizabeth se disculpó con Charles por no acompañarlo por más tiempo y se retiró. Afuera nevaba suavemente, Lizzie, abrió la ventana un poco para sentir que el aire refrescante. La brisa fría la golpeó en la cara, en una agradable sensación.
Se sobresaltó con el sonido de la puerta.
-Adelante- dijo, pensando en que sería Susan. Se equivocaba, la Sra. Reynolds entró furiosa rezongando por lo bajo, directamente a cerrar la ventana. Murmuraba algo como “los dos son igual de tercos”.
-Lo siento- se disculpó Elizabeth, con algunos copos de nieve en el cabello. Ya había perdido la cuenta de cuantas veces se había disculpado en ese día- Sólo quería renovar el aire.
-Y contraer una pulmonía también le vendría bien- refunfuñó la anciana- Usted, esto. Su esposo que no quiere comer.
-¿No cenó?- preguntó con preocupación.
-No, le llevamos la sopa para que cene y la devolvió sin tocar.
-Sra. Reynolds, ordene que le envíen otro plato caliente. Me encargaré que lo tome- le dijo.
La mujer salió disparada, feliz que alguno mostrara signo de racionalidad. Elizabeth caminó hacia la habitación contigua, frenándose al escuchar que Darcy conversaba con alguien.
-Tal vez fui demasiado duro- reconocía su marido.
-Seguramente. No puedo creer que la acuses de egoísta cuando tu harías lo mismo- le respondió la voz de Charles.
-¡Lo haría!, pero no llevo a un hijo en mi vientre.
-Menos mal, serías un espectáculo digno de ver- contestó en carcajadas.
-Muy gracioso, Charles.
-Te dejaré dormir. Pero piénsalo. No le hace bien en su estado el que la trates con desprecio.
Elizabeth le habría gustado ver la cara de su marido por las últimas palabras antes de golpear la puerta para entrar.
-Buenas noches- lo saludó en tono conciliador, la cara de preocupación se dibujó en Darcy. “Vaya, debo lucir peor de lo que me parece”, pensó para sí misma.
-Buenas noches, Elizabeth. ¿Te sientes bien?
-He estado mejor- le dijo con una sonrisa que fue más parecida a una mueca.
La puerta sonó y Elizabeth ordenó que entrara. Una joven traía la bandeja con comida.
-¿Qué es esto?- protestó Darcy.
-Si a mi me obligan a comer, a ti también- dijo, poniendo la bandeja en la mesa de luz.
-Siéntate derecho- le ordenó, al hacerlo, le puso una servilleta sobre el pecho, enganchándola al cuello de la camisa. Tal como lo hacía con su hijo.
Darcy puso los ojos en blanco. Se sentía extrañamente ridículo. Elizabeth tomó el plato y la cuchara.
-Abre la boca- le pidió cuando llegó con la cuchara a los labios cerrados en protesta de su marido- No seas chiquillo.
Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y cara de enojo, pero finalmente abrió la boca.
-Bien- le dijo al sacar la cuchara vacía.
-No soy un niño. Puedo tomar la sopa solo.
-Pero no lo hiciste, así que ahora, tendrás que soportarme- le respondió acercándole otra vez la cuchara.
Cuando no quedó nada en el plato, le sirvió un vaso de agua y lo obligó a tomárselo. Luego, sonó la campanilla, para que retiraran las cosas. Lo arropó y le alcanzó el libro que le solicitó para leer.
En el cuarto de junto, la esperaba su doncella para ayudarla. Le trenzó el cabello y la ayudó con la ropa de dormir. Cuando Susan estaba acomodando la cama, sintió soledad. No quería tener que dormir allí otra noche sola.
Sin golpear entró a su dormitorio. Era suyo, no tenía que pedir permiso.
-Lizzie…-le dijo sorprendido al verla entrar.
-Sé que estás enojado conmigo, pero no quiero dormir en el otro dormitorio. ¿Te molestaría demasiado que me acueste contigo?- preguntó con timidez con las manos entrelazadas cayéndoles delante.
-Lamento que creas que debes pedirme permiso. Aún estoy enfadado, pero sabes que te amo, ¿verdad?- le dijo con culpa en la voz.
Elizabeth se sacó la bata bellamente bordada y se metió en la cama un poco temerosa de cuán cerca podía arrimarse. Se acostó dándole la espalda, acurrucándose por el frío, había dejado un espacio prudencial entre sus cuerpos.
Sintió que su esposo se acercaba a ella, abrazándola, con su mano derecha deslizándose a su vientre. Allí la detuvo para acariciarla en forma circular.
-¿Lo sabes, no?- le susurró al oído.
-¿Saber qué?- preguntó en el mismo tono silencioso.
-Que te amo. No me respondiste.
-Sí, lo sé- le contestó Lizzie tomándolo de la mano apoyada sobre su estómago.
-Cuando estaba perdido en la fiebre, a lo que me aferré fue a ti y a William. Yo también fui egoísta, cuando desperté y te vi a mi lado, cuidándome, dándome fuerzas, me alegré que estuvieras. Tu amor hizo que pudiera superarlo.
Elizabeth comenzó a sollozar.
-Shh, no quiero que llores, no es mi intención hacerte sufrir. No creas que no sigo enojado, estoy haciendo un esfuerzo para olvidarlo y pensar en tu bienestar- le dijo consolándola.
-Tú y William, son lo más importante que tengo. Reconozco que me comporté en forma egoísta, que debería haber pensado en este bebé, pero no podía dejarte. Lo prometí al casarnos, ¿iba a echarme atrás la primera vez que realmente me necesitas?
-¿Te hubiera gustado que yo hiciera lo mismo?- le preguntó con ironía.
-No, pero lo hubieras hecho igualmente- le respondió en el mismo tono.
-Donde quieras que estés, yo estaré allí. No podrás deshacerte de mi- le susurró para tranquilizarla, al volver a notarla tensa bajo sus brazos.
-Por más que desee alejarme, llevo una parte de ti conmigo.
-Es verdad- respondió riéndose, apretando suavemente el lugar donde estaba su hijo.

Unos días más tarde, el doctor Gibson, volvió a supervisar a sus dos pacientes. No le dio el alta que pretendía Darcy, obligándolo a quedarse más tiempo en cama.
Charles volvió a Green Park, prometiendo que regresaría en pocos días con el niño. El médico quería estar seguro que no hubiera ningún peligro, antes que volviera a la casa.
Darcy ni siquiera intentó que su mujer se fuera con los Bingley. Sabía que no obtendría nada bueno de ello. Tal vez otra discusión y más llantos. Si el embarazo era como el anterior, tendría que volverse a acostumbrar a la sensibilidad exagerada de Lizzie. Había cosas del embarazo de William que no extrañaba para nada, ese rasgo en particular era uno.
Pero había algo en Lizzie cuando estaba en estado, un brillo nuevo en los ojos, una forma de actuar que cambiaba sutilmente, algo que la volvía seductora e irresistible a sus ojos.
Esa noche, Elizabeth entró al dormitorio en un viejo camisón, cepillando su cabello suelto como siempre.
Pero para Darcy, estaba increíblemente bella. Ella lo vio por el rabillo que no le quitaba los ojos de encima.
-¿Qué pasa?- le preguntó por fin.
-Nada.
-Algo pasa. Dímelo- le dijo acercándose a la cama.
-Este…me preguntaba si te molestaría dejarme…que te cepille el cabello- dijo titubeante.
Elizabeth lo miró con extrañeza, dudó un segundo antes de entregarle el cepillo con sus iniciales grabadas en la plata entre un ramillete de rosas.
Se acomodó de tal manera que le quedara el largo pelo a su alcance y comenzó a cepillarlo lentamente.
-¿Lo hago bien?- preguntó con incertidumbre.
-Mmm…sí- murmuró cerrando los ojos al sentir sus manos acompañando el roce del cepillo. Era muy relajante.
De pronto, abrió los ojos con sorpresa, al sentir los labios de Darcy que le rozaban los hombros y el cuello. Al descubrir las intenciones, giró para mirarlo con incredulidad.
-¿Qué cosas se le están ocurriendo, Sr. Darcy?- lo interrogó con censura.
-Muchas cosas, entre ellas, lo hermosa que estás esta noche- la aduló, inclinándose hacia ella buscando sus labios.
Lizzie se apartó de un salto, una pizca de temor le recorrió la mirada.
-¿Qué…?- alcanzó a decir Darcy antes que ella se alejara.
-¿Estás loco?- le preguntó anonada.
-Sí, por ti- le dijo tirando de una mano para acercarla a la cama nuevamente.
-No. No. No, no, no- le dijo negando con la cabeza para darle más credibilidad a sus palabras, pero dejándose arrastrar hasta sus brazos, que la tomaron de la cintura. La besó a la altura del ombligo, mientras luchaba con las manos de ella, que no le permitían subirle el camisón.
-Basta. Lo digo en serio- le dijo con severidad.
-¿Es que tú no me deseas?- le preguntó Darcy.
-No es eso. ¿Cuántas veces te he rechazado desde que estamos juntos?
-Mmm…- simuló pensarlo- No recuerdo ninguna.
-Creo que eso responde a tu pregunta. Si ahora te digo que no, es porque no deberías.
-Estoy B I E N- dijo acentuando exageradamente la palabra.
-No es lo que opina el médico- le respondió queriendo zafar de sus manos inquietas.
Cuando menos lo esperaba, la tomó por asalto tumbándola en la cama y subiéndose sobre ella.
-¿Ves? Estoy de maravillas- le dijo con picardía, besándola lentamente en el hueco de su cuello, subiendo hasta su oreja.
Poco podía hacer Lizzie, la tenía totalmente atrapada, por más que lo empujó de los hombros, el peso de él no le permitía moverlo. No tenía caso seguirse resistiendo, más cuando la boca de Darcy se volvía tan insistente y persuasiva. Por lo menos, esto indicaba que el enojo se le había pasado.


sábado 7 de marzo de 2009

Capítulo 43



El médico no tardó tanto en llegar como le pareció a Elizabeth. Durante todo el tiempo que lo esperó, intentó en vano bajarle la fiebre y lograr que estuviera conciente. La Sra. Reynolds no se movió de su lado. Kitty intentó ayudar, pero la joven estaba tan nerviosa y asustada, que no sirvió de mucho.
El doctor Gibson llegó cuando todavía reinaba la noche, aunque ya era la hora en que los sirvientes comenzaban a levantarse para realizar sus tareas.
-¡Sr. Gibson!- exclamó Lizzie y las palabras salieron con alivio. Ahora que el médico se encontraba allí, se sentía al menos, un poco más tranquila.
-Buenos días Sra. Elizabeth, ¿qué ha sucedido?- preguntó preocupado ante los visibles temblores que sufría Darcy.
-Llegó ayer por la tarde de casa de Lord Matlock- dijo y automáticamente su angustia se incrementó al ver la expresión del doctor a escuchar esto.
El médico se acercó a la cama y, tomándole el pulso, instó a la joven que siguiera su relato de los hechos.
-Apenas llegó, lo noté agotado. Culpé a los días de poco sueño y a la pérdida de su primo. Comió algo y se recostó. Durmió muchas horas y, cuando despertó con gran sed, noté que tenía un poco de fiebre. Pero volvió a dormirse y hace dos horas, descubrí que estaba así- sus ojos parecieron no poder con la abrumadora pesadumbre.
-Elizabeth, debe intentar ser fuerte- le dijo el anciano, notando que estaba al borde de derrumbarse.
-Lo siento. Es que no ha despertado, le hemos puesto paños fríos en todo el cuerpo. La Sra. Reynolds me sugirió echarle nieve, su única reacción fue seguir temblando.
-Está bien. Lo hicieron muy bien. Es lo que yo les hubiera pedido que hicieran. Me ahorraron un trabajo.
Lizzie esbozó una leve sonrisa de alivio al saber que había cooperado en algo para beneficiar a su esposo.
-El pulso está acelerado y, después de lo ustedes hicieron, la fiebre debería haber disminuido- habló casi en voz baja, como si estuviera diciéndolo para él mismo más que para las mujeres presentes en la habitación.
-¿Tiene lo mismo que su primo?- preguntó ansiosa.
-No puedo decirlo aún. Yo no traté al Sr. Fitzwilliam, pero tengo entendido que sufrió de una fuerte gripe que está afectando a Londres. Sin duda, la fiebre me hace pensar que puede ser. Pero los síntomas han aparecido demasiado pronto.
Elizabeth suspiró, creyendo que las palabras del médico eran buenas. Esa sensación de momentáneo consuelo, se evaporó al observar que el Sr. Gibson la miraba con inquietud en los ojos color olivo.
-Mi querida, siento haberle dado la sensación que es un motivo de alivio el que no sea la gripe. El no saber qué es lo que le está provocando esta fiebre no me ayuda a saber cómo tratarlo adecuadamente.
Las palabras del doctor la atravesaron como cuchillos. El dolor y la intranquilidad regresaron con una fuerza que la hizo tambalearse con una mano en su pecho, como si intentara controlar que el corazón fuera a rompérsele por la congoja. Rápidamente, la Sra. Reynolds la tomó por los hombros, conduciéndola hasta el sillón colocado cerca de la chimenea encendida.
No podía desmayarse, no ahora. Luchó contra la falta de aire, inspirando con los ojos cerrados, empujando el oxígeno para que cumpliera su función.
-Sra. Darcy, tal vez usted debería irse de la casa y llevarse al niño. No sabemos si lo que tiene Fitzwilliam es contagioso- habló con gravedad y las palabras volvieron a romperla en mil pedazos.
Sabía que tenía razón, sabía que no debía arriesgar a William, pero ella jamás lo abandonaría. Ese tema, no tenía punto de discusión.
-Kitty, necesito que me hagas un favor- le pidió a su hermana, observando como el médico le daba indicaciones al ama de llaves.
-Lo que sea, Lizzie, quiero ayudar- contestó feliz de sentirse útil.
-Despierta a la Sra. Johnson, que prepare las cosas del niño. Los tres se van apenas estén listos para Green Park.
La cara de su hermana se transformó al escucharla pronunciar la palabra “tres”.
-Elizabeth, tú vienes con nosotros…¿verdad?- preguntó angustiada.
Su hermana mayor, la tomó firmemente de los brazos y negó con la cabeza.
-¡Lizzie! Escuchaste al doctor, debemos irnos por unos días- le dijo en tono suplicante, esperando sin ilusiones que cambiara de opinión.
-No, Kitty. No puedo dejarlo. Hice una promesa, “en la salud como en la enfermedad”, no pienso romperla cuando más me necesita. Lo amo demasiado.
-Elizabeth, sé sensata, piensa en lo que querría tu esposo. ¿Piensas que al Sr. Darcy le gustaría que estuvieras expuesta a enfermarte? Tú sabes bien cuál es la respuesta- dijo convencida que su hermana no podría refutar estos motivos.
-Sí, conozco la respuesta. Darcy siempre hace lo que sea necesario para protegerme. Pero ya me ocuparé de su ira cuando esté lo suficientemente sano para regañarme. Y si no se recupera…- la voz se le quebró con desconsuelo- No me creo capaz de seguir viviendo.
Los expresivos ojos de Kitty se abrieron con temor.
-Piensa en William. ¿Podrías dejarlo solo en el mundo?
La pregunta de su hermana la golpeó en pecho, produciéndole más aflicción de la que ya estaba soportando.
-No quiero pensar en ello- respondió, mientras pensaba que Jane y Charles lo cuidarían bien.
Kitty pudo ver que era una discusión que jamás ganaría, y salió hacia la habitación de su sobrino.
El doctor Gibson miró a Lizzie desde el lugar donde estaba parado, junto al lado derecho de la cama.
-Querida Elizabeth, creo que debería escuchar a su joven hermana e irse con su niño lo antes posible. Prometo cuidar de Fitzwilliam con la ayuda de la Sra. Reynolds.
-Permítame agradecerle su ofrecimiento, sé perfectamente que lo cuidarían bien. Pero quiero quedarme a su lado. No puedo dejarlo estando así.
-Elizabeth, por favor. Considérelo, es peligroso. Hágame caso y váyase.
-Que sea peligroso no le impide a usted ni a la Sra. Reynolds quedarse- le respondió con cierta insolencia.
El médico la miró con sorpresa. No esperaba que desoyera su advertencia. Conocía por comentarios el carácter testarudo de la esposa de Darcy, pero hasta ese momento, pensaba que eran exageraciones.
Lizzie se mordió el labio al ver la cara de reproche con que el médico la miraba.
-Es mi esposo. No voy a ningún lado.
La puerta del dormitorio sonó despacio, rompiendo el incómodo silencio que se había producido. Kitty entró al cuarto anunciando que ya se estaban haciendo los preparativos para irse a casa de Jane.
Un poco más tarde, Elizabeth salió para despedirse de su pequeño hijo y de su hermana. Bajaron las escaleras, la niñera sostenía al bebé dormido en brazos. Se acercó a él y lo tomó en los suyos, lo apretó suavemente contra su pecho. De pronto, se dio cuenta que no se creía con las fuerzas para soltarlo y dejarlo ir.
Las lágrimas comenzaron a caer fluidamente, sin que pudiera frenarlas. Kitty le tomó la mano, apretándosela en apoyo.
-Kitty, si algo nos sucede, quiero que les recuerdes a Charles y a Jane su promesa.
-¡Por favor, Lizzie! ¡No digas eso!- exclamó rompiendo en llanto su hermana.
-Kitty…Kitty…escúchame. Temo no volver a ver a mi hijo y sé que lo cuidarán bien. Recuérdale cada día que lo amo, pero que también amo a su padre y él me necesita ahora- la voz se le quebró por la angustia de la situación.
Corrió un suave mechón de pelo lacio y oscuro que caía sobre la frente de su niño, de ese milagro que era fruto del amor con su esposo y que era la mayor alegría de su vida. Se acercó lentamente, y apoyó los labios suavemente sobre su cálida carita. Lo acarició con la punta de su nariz, captando su hermoso aroma y reteniéndolo en la memoria. Los brazos no querían responder al mandato de su mente que le ordenaba dárselo a la niñera y decirles que se fueran.
Con el llanto contenido en la garganta, entregó al pequeño dormido. No pudo caminar hasta el carruaje, los despidió desde la puerta, quedándose parada allí, con las lágrimas cayendo por su cara y sin fuerzas para entrar. Se sobresaltó cuando sintió un brazo que la asía por la cintura, ayudándola a caminar adentro de la casa. La Sra. Reynolds la llevó hasta la gran habitación, sentándola frente al fuego de la chimenea. Hasta que la amable ama de llaves la cubrió con un grueso chal, no se había dado cuenta que tenia tanto frío. El cuerpo le dolía y tiritaba.
-Sra. Darcy, por favor, tome un té caliente. Si me lo permite, también le traeré algo para comer.
-No, gracias. El té estará bien- respondió cortés. Realmente no creía que el estado de nervios en el que se encontraba, le permitiera retener algo sólido en su estómago.
-Insisto. Le traeré algo, es casi el mediodía. Si no come, tendré que decírselo al médico y si está débil, no la dejará volver a la habitación del señor.
Elizabeth no respondió, sabía que no la haría cambiar de opinión. Si comía algo, podría volver antes junto a Darcy.
Poco después, estaba tomando el té con un poco tarta de frutas ante la mirada atenta de la Sra. Reynolds. Estaba claro que se quería asegurar que Elizabeth comiera. Lizzie comió un trozo con el té. Tenía que reconocer que el líquido caliente la había reconfortado.
-¿El doctor sigue con Darcy?- preguntó, terminando el último bocado.
-Sí, está con él. Hace unos minutos, llegó su hijo mayor, que está dando sus primeros pasos como médico.
-Entonces iré a ver si hay alguna mejoría- dijo Lizzie levantándose del sillón.
Golpeó la puerta antes de entrar, abrió despacio, con temor de encontrarse con algo para lo que no estaba lista.
-Sra. Darcy- dijo susurrando el doctor Gibson- Le presento a mi hijo, el Dr. Charles Gibson.
Un joven cabello rubio, un tanto rollizo y con la cara llena de pecas. Se acercó para ofrecer sus respetos.
-Su esposo parece estar durmiendo. La fiebre bajó. Lo dejaremos descansar- dijo el muchacho también en susurros.
Elizabeth sintió un gran alivio, eran buenas noticias, pero después de pensarlo, las dudas la asaltaron.
-¿Eso significa que está mejor?
-Que la fiebre haya disminuido es buena noticia. Lo deja descansar y eso es importante para su recuperación- le respondió con una sonrisa infundiéndole ánimo.
-Dejaré a mi hijo aquí con Darcy, iré hasta mi casa a buscar unas medicinas. Volveré para la hora del té. Le sugiero que usted aproveche para descansar, tiene un aspecto terrible.
-Lo intentaré, pero no lo prometo- respondió.
La tarde pasó tranquila, la fiebre seguía, pero apenas perceptible. Elizabeth no consideró el irse a descansar. Apenas el anciano doctor se marchó, hizo acercar un sillón junto al lado derecho de la cama. Tomó la mano de su esposo entre las suyas y se quedó allí, mirándolo dormir. Cada tanto, removía el paño de la frente para refrescarlo nuevamente.
Sin darse cuenta, cayó en un estado de somnolencia y se durmió acurrucada en el sillón, sin soltarlo de la mano.
-Li…zzie…- balbuceó su esposo poco antes de las cinco. Elizabeth saltó del sillón y tomó más fuerte la mano que aferraba.
-Will…aquí estoy- le dijo corriéndole el cabello mojado de la frente.
Darcy parpadeó un poco, la miró a través de sus largas pestañas. Parecía confundido.
-Tranquilo. No hables, el médico está aquí- dijo con claro alivio en la voz.
El joven doctor Gibson, se acercó a tomarle el pulso y la temperatura.
-¿Qué ha sucedido?- preguntó con la voz apenas audible.
-Has estado inconciente desde esta madrugada. Aún no saben que es lo que tienes. No te preocupes, estarás bien- le respondió Lizzie con una cálida sonrisa.
-Lizzie…debes irte…con William…- le pidió con esfuerzo. Parecía hacer un gran esfuerzo para poder hablar.
-Shhh. No hables- le ordenó ahora seria- William está con Charles desde esta mañana.
La expresión en el rostro de Darcy se relajó, para volver a tensionarse unos segundos después.
-Tú también debes…irte.
-Debes descansar. Intenta dormir otra vez- le contestó eludiendo el tema.
Que no le refutara, no era un buen signo. Ya había cerrado los ojos, vencido por el cansancio.
-Lizzie…por favor- alcanzó a decir.
-Duerme- le dijo, besándolo en la frente- Te amo.
No tardó en rendirse ante el sueño que lo poseía.

El doctor Gibson volvió a la hora del té. Echó a Elizabeth de la habitación, negándole la entrada si ella no comía algo y se cambiaba. Ante semejante perspectiva, Lizzie obedeció sin chistar. Se cambió la ropa, volvieron a peinarla y bajó a tomar el té.
La gran sala se sentía aún más enorme con ella sola allí. Sin Darcy, ni William, ni Georgiana, ni siquiera Kitty. Sólo un criada, a la que seguramente, la habían obligado a permanecer ahí para asegurarse que comiera algo.
La Sra. Reynolds entró al salón con una sonrisa en la cara.
-Sra. Darcy, tiene usted una visita. ¿La hago pasar?
-¿Quién es?- preguntó contrariada, no era buen momento para recibir visitas.
-Yo- dijo la voz familiar de Charles.
Si hubiera podido correr a abrazarlo, lo habría hecho. Pero estaba tan agotada, que apenas si pudo estrecharle las manos en señal de agradecimiento.
-Charles, no deberías haber venido- dijo un rato después, mientras le servía una taza de té.
-Darcy es mi mejor amigo y tú eres mi hermana. ¿Qué harías tú, si llega un carruaje con tu pequeño sobrino y una cuñada histérica?
-Lo siento, ni siquiera tuve tiempo de escribir una carta. Debí imaginarme que Kitty no podría explicarse.
-¿Cómo está Darcy?- preguntó con preocupación.
-Según el médico, si esta noche no vuelve a tener fiebre, habrá pasado lo peor.
-Entonces son buenas noticias.
Lizzie sonrió en aprobación.
-¿Te quedarás? Sabes que no es necesario- le dijo antes que pudiera responder.
-Si me lo permites, me gustaría quedarme y ser útil. Además, tu hermana no me lo perdonaría.
Elizabeth se rió fuertemente por primera vez desde que todo esto había empezado.

Esa noche, el médico se quedó en la casa. Elizabeth le acondicionó la habitación de Darcy. Ella decidió quedarse junto a él, en el sillón. Tomó un libro para obligarse a no dormirse esta vez.
Era cerca de la medianoche, cuando Darcy comenzó a cambiar su apacible sueño, por uno diferente. Lizzie se acercó a tomarle la temperatura, el miedo se volvió a apoderar de ella al notar que la fiebre había regresado. Gritó por el doctor.
El anciano entró apresuradamente para comprobar lo que ella había notado.
-Sra. Elizabeth, llame a la Sra. Reynolds, intentaré hacerle una sangría. Necesitaré de su ayuda.
-Yo lo haré- dijo decidida.
-De todos modos, llámela.
Obedeció, sonó la campana y momentos después, los tres preparaban lo necesario. El doctor hizo un corte el brazo izquierdo y lo sostuvo sobre el recipiente. La sangre comenzó a caer lentamente. Elizabeth estaba sosteniéndolo para que no se moviera, pero al sentir el olor de sangre, comenzó a sentirse extraña. Lo soltó de repente y salió corriendo hasta la bacinilla, donde se inclinó para devolver el contenido de su estómago.
La Sra. Reynolds había tomado su lugar junto a Darcy.
-Sra. Darcy, ¿está usted bien?- preguntó el médico.
-Sí, estaré bien- respondió ella- Quédese con mi esposo.
Cuando consideró que estaba mejor. Se enjuagó la boca, se lavó la cara y volvió a ver la manera en que podía ayudar.
-La mejor manera de ayudar, es que se siente. Si intenta hacer algo en su estado actual, creo que nos hará las cosas un poco más difíciles- le dijo con autoridad el doctor.
Lizzie no respondió, se paró al pie de la cama y miró desde una distancia prudencial.
El médico estaba vendando el corte y la Sra. Reynolds se llevaba el recipiente afuera.
Volvió con una cubeta con hielo. Entre los tres, se encargaron de intentar que bajara la temperatura corporal.
La noche transcurrió de esta forma. Hasta que, cerca de la madrugada, la fiebre bajó. Los temblores pasaron y volvió a sumergirse en un sueño tranquilo.
-Creo que deberían aprovechar y descansar- les dijo el médico.
-Sí, Sra. Reynolds, vaya a descansar. Es casi de día. Le agradezco infinitamente su ayuda.
La anciana se fue a descansar, estaba exhausta. Cuando salió, Elizabeth se encaminó hacia el sillón que cumplía las funciones de cama.
-Cuando le decía descansar, imaginaba una cama- la retó el doctor.
-Creo que ya me conoce lo suficiente como para saber que eso no ocurrirá- le respondió con cierta impertinencia.
El médico protestó en voz baja, pero la dejó tranquila. Lizzie se sentó en la cama y apoyó su mejilla contra la mano de su marido. Poco después se durmió.
La despertó una caricia en su cabello. No tardó mucho en notar que era Darcy quien enredaba sus dedos en la maraña de su pelo.
-¡Darcy! Estás despierto- dijo casi gritando ante la visible mejor apariencia de su esposo.
El doctor Gibson que dormía frente a la chimenea corrió hasta la cama, la apartó con un brazo y se dedicó a revisar a su paciente.
Elizabeth miraba aún a Darcy. Éste le sonrió confortándola.
-Parece que estás mucho mejor. El pulso está normal, la fiebre ha desaparecido por completo. Aparentemente, lo peor, ha pasado.
-Me siento muy bien- respondió Darcy y, con una mueca, agregó- Me duele el cuerpo un poco, pero nada más.
Lizzie respiró aliviada y sin darse cuenta, unas lágrimas cayeron sobre su cara. Darcy la miró, frunciendo las cejas.
-Estoy bien- le aseguró.
-Lo sé- dijo llorando.
Darcy le hizo seña para que se acerque, Lizzie se sentó al borde de la cama. Él le tomó la mano y la llevó a sus labios. Elizabeth le acarició la mejilla, tenía la barba crecida.
-Entonces…¿por qué lloras?- le preguntó contrariado.
-Porque estoy feliz y aliviada.
-Mi amor- le dijo, tirando de ella hacia él para poder abrazarla.
Se apoyó contra su pecho, el corazón latía normal, su piel ya no quemaba. Elizabeth suspiró, feliz y agradecida porque todo hubiera terminado.
El doctor había salido de la habitación, Lizzie no estaba segura si era para darles intimidad o para dar alguna indicación.
Se quedó recostada sobre el pecho de Darcy, mientras él perdía sus dedos en el cabello despeinado.
-¿Por qué no te fuiste?- preguntó de golpe.
No estaba preparada para esa discusión tan pronto.
-No se me pasó el dejarte ni por un momento. No hablemos de eso ahora. Cuando estés realmente bien, te dejaré regañarme.
-Estoy bien. ¿Puedo regañarte?- le preguntó con sarcasmo.
Ella rió, no por la ocurrencia, si no por verificar que estaba bien.
Él médico entró nuevamente.
-He ordenado un baño. Después de eso, nuevamente a la cama. Comida caliente, mucho líquido y descanso.
-¿Puede discutir?- preguntó Elizabeth con picardía.
El doctor Gibson la miró y luego a él.
-Espero que sea una broma. Nada de discusiones. Tiene que estar tranquilo y relajado- les dijo con reprobación.
-No me mire a mí- respondió Lizzie con cara de inocencia.
-Es para los dos- agregó el médico.
-Usted, a bañarse- dijo señalando a Darcy, luego miró a Elizabeth y le dijo:- Usted, a dormir. Son órdenes médicas.
-Estoy bien- rezongó Lizzie como si fuera una niña.
-No parece- respondió Darcy.
-Su esposo tiene razón. ¡A la cama!- le dijo el médico.
-Mmm- murmuró simulando pensar- No tengo…cama.
-Creo que hay suficientes cuartos en Pemberley como para que te arregles- la retó su esposo.
Lizzie protestó, pero en realidad estaba agotada. Se levantó de la cama y comenzó a caminar hacia la puerta que unía sus habitaciones. Si tenía que dormir en otro lado, sería lo más cerca de él que pudiera. Pero antes de llegar a ella, la habitación comenzó a darle vueltas, todo se puso negro y cayó al piso.
Cuando volvió en sí, estaba en la cama de la habitación de Darcy. No estaba segura de lo ocurrido ni cuánto tiempo había pasado.
El doctor Gibson le tomó el pulso, luego, revisó sus pupilas.
-Sra. Darcy, ¿hace cuánto que tiene el retraso?- preguntó sin vueltas.
Elizabeth se percató que la Sra. Reynolds estaba en la habitación, cuando dejó emitir un sonido al escuchar la pregunta del médico.
-Un par de semanas- respondió con vergüenza.
El doctor la miró enojado.
-No…no estaba segura. Hace tan poco que dejé de amamantar a William…no sabía- respondió intentando disculparse. No temía a la reacción del doctor, pero temía la de su esposo.
-Guárdese las excusas para su marido. Ahora descanse. Coma bien. No haga nada raro…aunque siendo usted…- las últimas palabras las dijo más para él, que para ella.
-Está bien. Me cuidaré- dijo extrañamente sumisa.
-Ahora, iré a darle las noticias a su esposo. Lo ha dejado terriblemente asustado, convencido que le ha contagiado lo que tiene.
Elizabeth iba a protestar, pero la mirada del médico la hizo reflexionar.
-Está bien- volvió a decir, a pesar que le hubiera gustado darle la noticia ella.
El doctor, abrió la puerta y entró al cuarto de junto.

sábado 28 de febrero de 2009

Capítulo 42

"¿Cómo yo
Pasaré la noche sin ti?
Si tuviera que vivir sin ti
Que clase de vida sería?
Oh, te necesito en mis brazos, necesito tenerte
Tu eres mi mundo, mi corazón, mi alma" How do i live, Trisha Yearwood.
http://www.letras-canciones.com.ar/Letras-Traducidas/Rolas/Traducida-howdoilive.htm


Elizabeth despertó un poco confundida, sin estar muy segura de dónde se encontraba. Sus ojos chocolate tardaron unos momentos en asimilar la luz tenue que se filtraba. No recordaba cómo había llegado a la cama. Buscó instintivamente con su mano el cuerpo de su esposo, para confirmar su presencia. Ahí estaba, tomándola de la mano al sentir su contacto. Seguridad. Calidez. Fortaleza. Esos eran los sentimientos que despertaba la cercanía de Darcy.
Descubrió que sus profundos ojos, tan azules como un cielo sin nubes, la miraban con una sonrisa en ellos.
-Buen día- murmuró Elizabeth.
Él frotó suavemente sus labios en el cabello desordenado de ella y luego, la besó en la frente. Suspiró despacio, como si quiera inhalar todo su perfume, para después saludarla.
-Buenos días, mi amor.
Pasaron un rato en silencio, tratando que sus sentidos terminaran de despertarse.
-¿Qué harás con todo el tiempo libre que tendrás ahora que acabó todo?- preguntó Darcy.
-Mmm- murmuró pensativa, Elizabeth no había pensado en lo que pasaría “el día después” que la boda fuera realizada y Georgiana partiera para no vivir más en Pemberley.
- Se me ocurrirá algo, sabes que tengo una mente muy creativa- le respondió besándolo en el cuello y acariciándole el hueco de la clavícula con la punta de su pequeña nariz.
El pecho de Darcy se movió levemente por la risa.
-“Eso” no me parece para nada creativo- dijo Darcy con sarcasmo.
Elizabeth abrió la boca y lo miró simulando que sus palabras habían herido sus sentimientos. Pero en su mente se regocijaba de haber logrado contagiarle algo de sus comentarios irónicos. No había sido tarea sencilla, al principio de su relación más de una vez se habían producido conflictos por el escaso sentido del humor de su novio, que a menudo tomaba de manera literal, lo que ella le decía en broma.
-Entonces, ilumíneme Sr. Darcy. Parece que no puedo ser muy inventiva con usted cerca- le respondió con ironía.
Darcy giró, quedando sobre ella, apoyó su peso sobre su antebrazo y, con su mano libre, alejó el cabello que caía sobre la frente de Elizabeth, impidiéndole ver esos ojos chispeantes y llenos de vida.
-Tengo pensadas algunas cosas, pero debo admitir que no son nada originales- contestó besándola en la base del cuello y subiendo, lentamente hasta el mentón, rozándole la piel con los labios.
Al llegar a la boca, que lo esperaba sedienta, pudo regocijarse con la mirada divertida de su esposa.
-¿Qué pasa?- le preguntó curioso.
-Tu barba me produce cosquillas.
Volvió a besarla con picardía.
-¿Quieres…que…me detenga?- preguntó con la respiración entre cortada contra sus labios, mientras amagaba a apartarse.
Las manos de Elizabeth lo tomaron con mayor fuerza de la nuca y con las piernas lo rodeó por la cintura.
Darcy volvió a reír un tanto satisfecho de sí mismo. Lizzie lo miró con desaprobación, pero con sus dedos perdidos en su cabello, lo atrajo a su boca, presionándolos con ardor.
-Presumido- fueron las últimas palabras coherentes que escaparon de sus labios.

Darcy caminaba de un lado a otro en la gran sala de recepción. Tenía puesto el sobretodo, con los guantes y el sombrero en las manos. Odiaba la impuntualidad, Elizabeth lo sabía.
-¡¿Dónde está tu hermana?! ¿Acaso no sabe la hora que es?- preguntó sin ocultar que estaba enfadado.
Elizabeth tenía a William en brazos, se lo entregó a la niñera y subió a buscar a Kitty con un resoplido.
Desde el casamiento de Georgiana, ocupaba uno de los cuartos de huéspedes más bonitos de la casa. Darcy había sido muy generoso al invitarla para quedarse “indefinidamente”. Lizzie sabía que lo hacía por ella, para que no se sintiera sola ahora que Georgie se había ido a París de luna de miel.
Golpeó la puerta antes de abrirla. La habitación decorada en rosa y dorado, era un caos de vestidos, sombreros, guantes y zapatos desparramados por toda la superficie de la misma. La pobre criada sostenía en brazos, tres vestidos con cara de fastidio y cambiándola a una de estar pidiendo auxilio a gritos cuando vio entrar a su ama.
-Kitty, ¿qué estás haciendo?- preguntó con nerviosismo en la voz.
-¡No tengo nada! – exclamó irritada la jovencita- ¡No tengo nada que me quede bonito!
Elizabeth puso los ojos en blanco, acababa de darse cuenta de qué se trataba todo esto.
-¿Por qué no usas el azul con encaje? Te queda precioso.
-¡No puedo!- gritó con un poco de histeria en la voz- Lo usé el domingo pasado. No puedo ir con el mismo vestido.
Lizzie se mordió el labio inferior, pensando una rápida solución, antes que a su marido le diera un colapso por llegar tarde al servicio religioso.
-Tengo una gran idea. Escoge uno de los míos. William me malcría continuamente, ya no sé dónde guardar la cantidad innecesaria de vestidos. Es más, elige dos, así el próximo domingo, puedes impresionar al Sr. Barton sin enloquecer a mi marido.
Kitty enrojeció y comenzó a tartamudear.
-Li…Lizzie…no…no sé…de qué hablas. El Sr. Bar…ton…es un caballero muy agradable, pero nada más- dijo aturdida y ruborizada.
Elizabeth sonrió ante la incomodidad de su hermana menor.
-Bueno, ¿quieres o no los vestidos?- le preguntó en tono de ultimátum.
-¡Sí, Lizzie! Claro que sí- dijo con mucho entusiasmo.
-La condición es que tienes cinco minutos para elegirlo y cambiarte. Es todo lo que esperaremos y luego nos iremos sin ti- la miró para ver si se daba cuenta que hablaba en serio.
-Acepto el desafío- anunció con ánimo renovado.
-Clare, lleva a la Srta. Kitty a mi habitación y ayúdala a vestirse- le pidió Elizabeth a la criada.
-Sí, Sra. Darcy- fue la respuesta de alivio mientras se inclinaba en reverencia y conducía a Kitty rápidamente al dormitorio.
Bajando las escaleras, debió sostenerse por un momento de la baranda exquisitamente elaborada. Un suave mareo la tomó por sorpresa y casi la hace perder el equilibrio. Se detuvo por un momento para tomar una inspiración profunda y cuando sintió que estaba recuperada, bajó las escaleras hasta donde la esperaba su esposo con el niño jugando con su sombrero.
-Le di cinco minutos. ¿Eres capaz de soportarlo?- dejándolo con la palabra en la boca.
Darcy asintió con una risa fingida y llena de fastidio. Se acercó y le entregó al niño, que se negó a soltar el nuevo juguete, aferrándolo fuertemente con sus pequeños deditos. Al quitárselo, comenzó a llorar desconsoladamente. Darcy titubeó, dudando si debía regresárselo.
-Ni se te ocurra. Estas rabietas son cada vez más comunes, tenemos que estar de acuerdo en esto- le dijo Lizzie con censura- No puedes seguir dándole todo lo que te pida. Será un niño realmente insoportable. ¿Quieres eso?
La miró con recelo, sabía que tenía razón, pero no le gustaba ver llorar a su hijo. Lo desesperaba.
-Esperaré en el coche- dijo, saliendo rápidamente con el sombrero pesándole una tonelada en las manos.
Al fin, Kitty bajó las escaleras corriendo. Temiendo que su cuñado no fuera a esperar cinco minutos y fuera demasiado tarde.
-¡Estoy lista, estoy lista!- gritó antes de llegar abajo, pasando sus brazos sobre las mangas del abrigo.
-Era hora- dijo Elizabeth y se dirigieron al coche para partir rumbo a la iglesia.
Como llegaron casi sobre el inicio del oficio, la conversación con el Sr. Barton fue mínima, pero la suficiente para que Lizzie notara que los ojos del joven predicador, se dirigían en forma inconciente hacia Kitty a cada momento.
Se sentaron en los asientos reservados para la familia Darcy. Jamás había visto a su hermana tan atenta a la predicación como esas dos últimas semanas. Ese pensamiento le dibujo una sonrisa en la cara. Le causaba mucha gracia ver a la impulsiva Kitty, enamorada de un joven tan serio y ceremonioso, como el joven Barton. Lo cierto es que ella tampoco se hubiera visto tan enamorada de alguien como Darcy. En algún momento de su vida, pensó que sería el último hombre de la tierra con quien se uniría en matrimonio. Volvió a reírse. “La vida te sorprende en cada momento”, reflexionó Lizzie, movió su mano lo más cerca de la de su esposo, que le descansaba sobre su pierna. Estiró un poco sus dedos, rozando apenas la mano de él. Un cosquilleo la recorrió desde los dedos, pasando por su brazo derecho, provocándole un suave estremecimiento.
Darcy la miró, tomándole la mano y dándole un suave apretón. Intentó volver a concentrarse en lo que el Sr. Barton decía. No fue fácil.
Terminada la ceremonia, el clérigo saludó a todos los asistentes. Lizzie decidió que era momento de darles una pequeña ayuda a los jóvenes.
-Estuvo muy hermoso el oficio, Sr. Barton- le dijo cuando el muchacho tomó su mano para saludarla.
-Muchas gracias, Sra. Darcy- respondió un poco nervioso. Al parecer, la presencia de la Srta. Bennet, lo ponía un tanto incómodo y la habitual fluidez de palabras no le salía como pensaba.
Darcy también lo saludó y le dijo unos comentarios elogiando su sermón.
-Sr. Barton, a mi esposo y a mi, nos gustaría que viniera una de estas noches a cenar a la casa- apenas terminó la invitación, Darcy giró mirándola con el seño fruncido en señal de confusión. No habían hablado del tema.
-Es un honor Sra. Darcy, iré cuando usted lo disponga- dijo gratamente sorprendido.
-Entonces lo esperamos el jueves y, por favor, dígame Elizabeth.
-Sólo si me llama por mi nombre, Frederick- le dijo con una sonrisa, para luego mirar a Kitty. La joven le devolvió la sonrisa con una timidez que sorprendió a Lizzie.
Se despidieron para no seguir deteniendo a los demás que querían saludar al clérigo y regresaron a Pemberley.
Los siguientes días fueron de frío intenso, las nevadas no permitían salidas al exterior, por lo que la familia pasó mucho tiempo entre la sala de música, la biblioteca y el jardín de invierno.
Darcy estaba sorprendido por el cambio que veía operando en su joven cuñada. Estaba callada, recatada y seria, y él comenzó a preguntarse si estaría deseando volver a casa, que tal vez extrañaba a su familia.
La noche previa a la visita del Sr. Barton, se sorprendió al escucharla preguntar si en la biblioteca había algún libro de sermones. Él le indicó en que sector buscar y, al quedar solo con su esposa, no pudo evitar preguntarle si le sucedía algo a Kitty.
-¿Tú también lo notaste?- le preguntó con una divertida sonrisa.
-Claro, aunque no estoy seguro a qué se debe- le dijo confundido.
-¿No sospechas nada?- lo interrogó divertida.
Darcy negó con la cabeza, se levantó del asiento donde leía y se acercó donde Lizzie bordaba.
-Eres muy inocente en cuestiones amorosas- le dijo burlándose de él- ¿No se te ocurre algún motivo para que Kitty lea sermones y yo haya invitado al Sr. Barton a cenar?
La cara de Darcy se iluminó cuando realizó las conexiones en su mente.
-Había olvidado por completo tus habilidades de diosa Afrodita- recordando la conversación en el casamiento de Georgiana.
Dejaron su conversación íntima al regresar Kitty con dos grandes tomos. Se sentó en el suelo cerca del fuego y comenzó a leer en silencio, ignorando la presencia de su hermana y su cuñado.
Darcy volvió a tomar el libro de Blake que estaba releyendo, enviándose miradas de reojo y disimulo con Lizzie, cada vez que Kitty resoplaba en signo de no comprender lo que estaba leyendo.
La mañana del jueves, Elizabeth se quedó un poco más de la cuenta en la cama, creía que estaba por resfriarse. Cuando bajó, se encontró que William estaba sentado en el regazo de Darcy detrás del gran escritorio de su estudio. El bebé jugaba con el reloj de su papá, mientras este, intentaba leer unos documentos. Ninguno de los dos se había percatado de su presencia, cada uno concentrado en su tarea. De repente, William, azotó con más fuera el reloj contra la mesa, rompiéndole el vidrio.
-¡Eso no se hace!- exclamó Lizzie irritada, mientras Darcy le quitaba de las manitos el reloj ahora roto.
Elizabeth se acercó y tomó al niño, mirando con cara llena de reproche a su esposo.
-Creía que a este tema ya lo habíamos discutido- le dijo enojada.
Su marido le devolvió una mirada cargada de culpabilidad.
-Lo siento. Es sólo un reloj, lo mandaré a arreglar- le respondió, intentando suavizar las consecuencias con el tono de voz que sabía que le gustaba a ella.
Ella suspiró, moviendo la cabeza de lado a lado, resignada. Él se acercó, besándola en la frente.
-¿Te sientes mejor?- le preguntó pasándole el brazo sobre los hombros.
-Sí, estaba un poco mareada. Ya se me pasó. Espero no resfriarme, no quiero contagiar a William.
Un criado golpeó la puerta, traía el correo en una pequeña fuente de plata. Le anunció que el sobre de arriba venía en carácter de urgente.
Darcy se apresuró a leerlo cuando vio que era proveniente de Matlock, pensó en malas noticias desde Francia. Elizabeth notó la forma en que su rostro se tensó al leer el mensaje.
-¿Ocurre algo malo con Georgiana o Richard?- preguntó llena de temor y con las pupilas dilatadas.
-No…no son ellos- le dijo para tranquilizarla al verla tan pálida- Es sobre mi primo Henry. Está muy enfermo, mi tío duda de avisarle a Richard. Tendré que irme de inmediato a Matlock, no puedo dejar a mi tío solo en estos momentos.
-¡No vayas!- le suplicó con los ojos llenos de lágrimas, tomándolo con su mano libre del saco.
-Lizzie, no puedo dejarlo solo. Richard no está y tardará varios días tan sólo en enterarse- le respondió acariciando el camino que las lágrimas estaban haciendo en su cara-¿Lo entiendes, verdad?
-Sí, lo entiendo. Pero no quiero que vayas, no sabes si lo que está padeciendo es contagioso. Por favor, quédate.
-No puedo. Estaré bien. No te preocupes, ¿sí?- le pidió, al tiempo que sonaba la campanilla solicitando un sirviente.
-Necesito el carruaje listo lo antes posible y ropa lista para unos días- ordenó al mayordomo.
Elizabeth se dejó caer en un sillón con la mirada perdida en el rostro de su bebé. Buscaba en su mente una forma de retenerlo a su lado, pero en el fondo sabía que todo sería en vano.
-¿No puedes esperar a mañana? Hoy tenemos una cena, viene el Sr. Barton- haciendo el inútil intento.
-Amor, sabes bien que lo único que le importará al joven sacerdote, es que esté tu hermana. No notará mi ausencia- le dijo, acariciándole el rostro con el dorso de su mano.
De pronto, los ojos de Elizabeth cambiaron de la tristeza a la resolución, la clase de mirada a la que Darcy le temía.
-¡NO!- le dijo antes que pudiera abrir la boca- ¡Te quedas con William!
Los ojos de Lizzie volvieron a llenar de lágrimas, de tristeza mezcladas con rabia.
-¡Por qué tú puedes ir y arriesgar tu vida, y yo debo quedarme a esperar que vuelvas!- le gritó enfadada. El bebé comenzó a llorar a la par de su madre. Darcy no sabía a cuál de los dos consolar primero.
Optó por abrazarlos a ambos.
-Shhh, no llores. No puedes venir conmigo porque no te arriesgaría. Debes quedarte con nuestro hijo. Prometo enviar todos los días un mensaje. Aunque espero que no sean más que un par de días.
Una hora más tarde, partía. Elizabeth quedó llena de preocupación. No tenía ánimos para realizar la cena, pero era demasiado tarde para cancelarla. Además, tendría que soportar la desilusión de Kitty.
El Sr. Barton, llegó puntual para la hora de la cena. Como lo había previsto su esposo, no se sintió desanimado por la ausencia de él. Sólo tenía ojos para la joven Bennet.
Elizabeth hizo todo el esfuerzo por ser una agradable anfitriona, tratando que sus pensamientos no se dirigieran a Matlock.
La velada pasó tranquila, Kitty se comportó como toda una damita. Era increíble ver lo que había cambiado al estar alejada de Lydia y de su madre. La larga estadía con Jane, estaba rindiendo frutos. El pobre muchacho estaba claramente enamorado.
Antes de retirarse, Elizabeth lo invitó para que pase cuando quisiera a tomar el té. Frederick, aceptó agradecido, prometiendo volver al día siguiente usando la excusa de conocer las noticias sobre el Sr. Fitzwilliam.
La actividad del día, no le había dado mucho tiempo para pensar en Darcy. Sabía que la tranquilidad de la noche no sería tan generosa. Después de descambiarse, cuando se dirigía a su cama, vio sobre la mesa de noche el reloj roto por William. Lo tomó entre sus manos y rezó para que su esposo volviera a casa pronto.
Las noticias no tardaron en llegar. Henry estaba más grave de lo que pensaban. La fiebre había aumentando. Al parecer se había enfermado en Londres, presentando los primeros síntomas a las pocas horas de llegar. Darcy aseguraba estar bien e intentaba no preocuparla.
La siguiente carta trajo peores noticias, haciendo que el corazón de Lizzie se estrujara del dolor. Henry Fitzwilliam, el futuro Lord Matlock, había fallecido durante la noche.
Su viuda, que permanecía en Londres con su pequeña hija, fue llamada. También se les escribió a Richard y Georgiana.
Darcy prometía volver a la casa por un día. Esa promesa hizo que disminuyera el dolor de Elizabeth.
Apenas llegó, Lizzie sintió gran preocupación, se lo veía cansado, fatigado y ojeroso. La barba le crecía unos pocos centímetros.
La abrazó con fuerza, hundiendo la cabeza en su hombro. Elizabeth acarició su cabeza, tal como lo hacía con su bebé.
-Te ves fatal- dijo Lizzie al fin.
-Gracias. Tú estás hermosa- le respondió con una leve sonrisa. Parecía que no tenía fuerzas suficientes para una sonrisa verdadera.
-Necesitas un buen baño y descansar- le ordenó inmediatamente. Él obedeció calladamente, se sentía muy agotado para discutir.
Se bañó, comió algo y miró dormir al niño antes de irse a recostar, no tenía pensado dormirse, pero lo hizo, sumiéndose en un sueño muy profundo del cual le costó despertar. Cuando al fin despertó, era de noche, Elizabeth caminaba dentro de la habitación en puntillas para no despertarlo.
-¿Qué hora es?- preguntó con la voz ronca por el sueño.
-Poco más de las 11. Has dormido toda la tarde. ¿Quieres comer algo…o volver a dormir?- preguntó preocupada por la expresión cansada que aún tenía el rostro de su esposo.
-Me siento cansado, creo que podría dormir por una semana- se sentó en la cama como si fuera a levantarse.
-¿Dónde vas?- lo interrogó nuevamente.
-Tengo mucha sed. Siento la garganta seca.
-Acuéstate, te lo alcanzaré yo- le respondió, buscando la jarra con agua sobre su tocador y sirviéndola en una copa. Caminó hasta la cama y le entregó el vaso, quedándose parada junto a la cama, esperando por si quería más. Mientras Darcy bebía el agua rápidamente, Lizzie acarició sus cabellos oscuros alborotados. Al rozar con su palma la frente, sintió que estaba caliente. Una línea de preocupación cruzó por su frente. Apoyó el dorso de la mano para verificar sus sospechas.
-Tienes fiebre. Enviaré por el doctor Gibson- dijo sin titubeos.
-¡No, no exageres!- exclamó apoyando su propia mano para asegurarse que estaba haciendo escándalo por nada- Apenas está tibia. Es tarde y el doctor es un hombre mayor.
Elizabeth lo siguió mirando con inquietud y decisión. No pensaba ceder, no con su salud.
-Estoy bien, sólo muy cansado. Te prometo, que si mañana cuando despierte no me siento bien, dejaré que llames al doctor. ¿De acuerdo?- le preguntó buscando convencerla.
-Está bien. De acuerdo- respondió arropándolo como a un niño. Luego se acostó junto a él. No pasó mucho antes de notar que su marido volvía a dormir. Eso la tranquilizó un poco, y pronto el sueño se apoderó de ella.
Despertó algunas horas más tarde, no estaba segura qué hora era ni exactamente que fue lo que la despertó. Pero pronto notó que el sueño de Darcy no era pacífico, movía su cabeza de un lado a otro en forma intranquila. Estiró su brazo para despertarlo, creyendo que sólo se trataba de una pesadilla, cuando notó que él temblaba y estaba empapado de sudor. Se sentó aterrorizada en la cama y lo tocó en la frente, ardía. El miedo se apoderó de ella. Lo tomó por los hombros, sacudiéndolo en un intento por despertarlo.
-¡Will…William! ¡Despierta por favor!- la voz sonaba con angustia e histeria. Darcy tenía la frente cubierta de sudor y el cabello mojado.
Elizabeth saltó de la cama desesperada y tiró de la campanilla. Corrió hasta el tocador y empapó un paño en el agua. Las manos le temblaban, las piernas también, no estaba segura de dónde estaba sacando fuerzas para no caerse. Volvió hasta su esposo, seguía temblando y sudando. Apoyó el frío paño en la frente, un gemido doloroso se escapó por los labios resecos de Darcy.
El golpe en la puerta la sobresaltó. Con un hilo de voz dio la orden para que pase. Una joven criada de la que no recordaba el nombre, se asomó tímidamente.
-Despierta a la Sra. Reynolds, dile que la necesito en forma urgente. También despierta a Robert, necesito que vaya a buscar al médico inmediatamente- dijo con un eco de nerviosismo.
La muchacha la miró asustada, un tanto paralizada por lo que veía.
-¡Corre, niña!- gritó y volvió sus ojos agobiados hacia el delirio de Darcy. Entonces el miedo volvió a apoderarse de ella y luchó con como pudo por no derrumbarse.

domingo 15 de febrero de 2009

Capítulo 41

"Ahí estás tú,
cuando busco por la luz,
en el medio de la noche,
buscando la estrella más brillante,
ahí estás tú". There you are, Martina Mcbride.


La fecha de la realización del matrimonio se acercaba y los preparativos avanzaban. Todo estaba listo y supervisado por las atentas miradas de las tres mujeres de la casa, Georgiana, Elizabeth y la Sra. Reynolds.
Un problema se presentó unos días antes de la celebración. El ministro, el Sr. Neil, cayó enfermo y se le ordenó reposo por tiempo indefinido. Darcy se contactó de inmediato, con otras de sus vicarías a cargo para conseguir un reemplazo. El joven ministro que se encargaría era nuevo en el cargo y apenas había visto al Sr. Darcy algunas veces, la última, cuando se acercó a darle sus condolencias por la muerte de su prima.
El Sr. Barton, era un joven de unos 25 años, tímido y serio, pero muy agradable cuando lograba superar el temor inicial. No hacía mucho que se había ordenado, era el segundo hijo varón de una buena familia, y había escogido la vida sacerdotal porque no creía tolerar la vida militar.
Superado el obstáculo de quien llevaría el desarrollo de la ceremonia, parecía estar todo listo. Georgiana tenía su vestido listo, para sorpresa de su prometido y su cuñada, esta vez, se había comportado mucho mejor. Lo había traído confeccionado desde Londres y sólo le hizo una reforma en todo el tiempo.
Las familias invitadas ya estaban siendo alojadas, Lady Catherine decidió quedarse en la residencia de Lord Matlock, y el alivio de Elizabeth fue mayor, más teniendo en cuenta que, Cecilia De Bourgh, había venido como invitada.
Pero no tendría tanta suerte con respecto al intentar huir de otra cosa. Un retratista de Londres, viajó a Pemberley para retratar a la futura novia y, ya que estaba allí, Darcy no perdió la oportunidad de hacer que la retratara a ella también.
Por más que Lizzie alegara que no quería robarle protagonismo a la futura novia, nada pudo cambiar la promesa que había hecho y que ahora le jugaba en contra. Aunque logró una pequeña victoria al lograr incluir en el retrato a William, complicándole el trabajo al pobre pintor, porque no estaba en los planes del pequeño quedarse en pose por demasiado tiempo.
Dos días antes de la boda, en una noche gris y fría, Lizzie tomó coraje para hablar con su cuñada sobre lo que le había prometido a su esposo.
La joven y su doncella, preparan los baúles que debían ser llevados a su nueva residencia, cuando fueron interrumpidas por dos golpes en la puerta. Georgiana ya tenía puesta su ropa de cama y las cintas en el cabello.
-Permiso, ¿puedo hablar contigo a solas?- preguntó tímidamente Elizabeth.
Georgiana quedó sorprendida por el nerviosismo de su cuñada y asintió. La doncella salió de la habitación, dejando a las dos jóvenes en soledad.
-Pasa Lizzie. ¿De qué quieres hablar?- la interrogó con nerviosismo, ya que temía que hubiera una mala noticia con respecto a la boda.
Elizabeth demoró su respuesta, pensando en cómo comenzaría esa conversación y caminando por el dormitorio exquisitamente decorado.
-Lizzie…¿pasó algo malo con respecto a mi casamiento?- preguntó asustada.
-No, no es eso. Es que prometí que hablaría de algo contigo y ahora no encuentro las palabras adecuadas.
-Querida Elizabeth, puedes hablar lo que quieras conmigo. Por favor, siéntate- le pidió, señalando el lugar junto a ella en la cama.
Lizzie se sentó junto a ella, un poco inclinada para poder verla a la cara. Georgiana le tomó la mano, colocándola en su regazo.
-Georgie, ¿amas mucho a Richard?
-Sí…sí, claro- contestó confundida por la pregunta.
-Dentro de muy poco, te encontrarás sola, en una nueva casa y me preguntaba si sabes qué esperar de esa noche- comenzó con incomodidad.
-Oh…Lizzie, no te preocupes por eso. Creo tener una idea de lo que debo esperar- respondió sonrojada.
-¿Estás segura? ¿Haz hablado con alguien?- la interrogó Elizabeth.
-Bueno, no sé mucho al respecto. Sólo lo que explicó mi antigua institutriz de lo que ocurre entre un hombre y una mujer cuando se unen en matrimonio.
-Georgie, por experiencia propia, puedo decirte que lo que me habían “explicado” y lo que sucedió en realidad, tienen muy poco en común.
La muchacha enrojeció aún más.
-No quiero incomodarte, pero tu hermano está preocupado…¡Muy raro en él! y quería que hablara contigo- le dijo para suavizar la situación.
-En realidad, me alegra que hayas venido. Estoy asustada, ¿tengo que esperar algo tan horrible?
-¡No, cariño! ¿Quién te ha dicho que es horrible?- la jovencita bajó la mirada con timidez y Elizabeth ocultó su risa- Mira, creo que es muy diferente cuando lo que sientes por tu esposo es verdadero amor. ¿Cómo te lo explico…?
Lizzie pensó por unos momentos ante la mirada atenta de su compañera.
-Sé que te haz besado con Richard, imagino que aquella vez en la biblioteca no fue la única.
Georgiana asintió avergonzada de la confesión.
-¿Te ha gustado?- le preguntó cómplice.
-¡Sí, claro que sí!- exclamó con los ojos iluminados. Elizabeth rió.
-Bueno, cuando estés con él, sentirás lo mismo, pero mucho mejor. Vas a sentir sensaciones nuevas y agradables, te recomiendo que dejes de lado lo que es considerado “propio” y te dejes guiar por Richard que te ama y que jamás haría algo que te hiciera sentir mal. Sólo no te olvides de respirar, eso muy importante- le dijo con una sonrisa.
Georgiana se la devolvió y una pregunta titubeó en sus labios.
-¿Es verdad…?- le dio pena continuar.
-¿Es verdad…qué? Puedes preguntarme lo que quieras saber. Nada de lo que hablemos saldrá de esta habitación. Aunque, seguramente, tu hermano me interrogará al salir. Teme que mis consejos no sean muy acertados, pero teme aún más venir a dártelos él.
Las dos se rieron relajadas.
-Quería saber si es cierto que…duele.
-¡Oh…eso! Sí, supongo que sí. Es soportable y con suerte, pasará rápido. No pienses en ello.
-Quiero saber otra cosa…- dijo al notar que Elizabeth se levantaba.
-Lo que quieras.
-¿Tengo que quitarme la ropa? Me pone muy nerviosa no saber qué tengo qué hacer o qué se espera de mí.
-Eso dependerá de ustedes. Si no te sientes cómoda con la idea de desnudarte, no lo hagas. Ellos no esperan que nosotras sepamos nada, se supone que es así. Él te guiará bien y con el tiempo aprenderás lo que espera de ti.
-¿Crees que él haya tenido muchas mujeres?- se sonrojó al descubrir que lo que estaba pensando había salido de su boca en voz alta.
-Imagino que sí. No es ningún jovencito. Una vez se lo pregunté a Darcy, por supuesto que se rehusó a responderme, utilizando el argumento que es un “caballero” y no hablaría de ello- la cara de Georgiana comenzó a reflejar tristeza.
-¿Qué sucede?- le preguntó Lizzie tomándola de la mano.
-¿Y si no le gusto?- dijo rompiendo en llanto.
Elizabeth la abrazó sin poder contener del todo la risa.
-¡No tiene nada de gracioso!- exclamó entre sollozos.
-Sí, sí que lo tiene. Richard está sumamente enamorado y viene esperando estar contigo desde hace mucho tiempo. Te puedo asegurar que estará más que feliz contigo. También te puedo asegurar que si supiera lo que estás pensando, se reiría tan fuerte que se lo escucharía desde Green Park.
Georgiana se tranquilizó con las palabras de su cuñada y todavía estaban abrazadas cuando dijo:
-Te quiero como una hermana y voy a extrañar mucho vivir contigo. Hiciste que Pemberley volviera a ser un hogar.
-Yo también te quiero mucho- respondió Lizzie con lágrimas en los ojos- Te extrañaré y espero que vengas muy seguido.

Al volver a la habitación, encontró que Darcy estaba en la cama con el niño. La miró con el rostro evidenciado una clara ansiedad.
-¿Y bien?- preguntó al ver que Lizzie se sentaba en su tocador a desarmar su peinado.
-Ya hablé con ella, si es lo que me estás preguntado.
Dejó pasar un rato más, como si esperara que ella continuara hablando, pero Elizabeth cepillaba su cabello como si no pensara seguir con esa conversación.
Esperó a que entrara en la cama.
-¿Dormirá con nosotros o lo llevo a su cama?- preguntó su mujer mientras acariciaba la cabeza de William que dormía profundamente.
-Déjalo un poco más. Yo lo llevo después- respondió Darcy, que tenía uno de sus dedos aprisionado en la pequeña manito de su hijo.
Se quedaron en silencio, cada tanto sus miradas se encontraban.
-No me piensas contar más- afirmó de pronto.
-No. Fue una conversación privada. No insistas- contestó ella, sabiendo sobre lo que hablaba aunque no lo hubiera dicho.
-No podré dormir…- la miró con una mirada tierna y suplicante, buscando que su esposa se rindiera ante ella.
-¡No me mire así, Fitzwilliam James Darcy! - exclamó enojada- No use esa mirada de niño desamparado porque no obtendrá nada, cerraré los ojos si es necesario, pero no diré nada más.
Cuando despertó en la mañana, descubrió que, el “insomne”, dormía plácidamente y que el niño nunca había ido a su cuna.


La noche previa a la boda, una suave nevada cayó en Pemberley e intranquilizó aún más los frágiles nervios de Georgiana.
Todos fueron a dormir temprano, el día siguiente comenzaría muy temprano. Darcy entró a la cama cuando su esposa ya estaba intentando dormir. Él la abrazó por la espalda, tomándola fuerte de la cintura, Elizabeth dio un respingo al sentir sus pies helados.
-Lo siento- murmuró contra su pelo.
-¿Estás nervioso?- le preguntó ella.
-No. No lo estoy, sé que Richard la hará feliz- dijo en tono sereno.
Elizabeth no habló más, en su mente podía ver la cara llena de melancolía que crecía en su esposo a medida que la boda se acercaba. Tomó su mano debajo de los cobertores y enredó sus dedos con los de él.
La actividad de la mañana, comenzó apenas el sol comenzaba a asomarse. Lizzie se bañó y alistó. Luego, bajó a supervisar cómo iban los preparativos y, después, fue a ver a la novia.
Golpeó pidiendo permiso para entrar y la encontró vestida, con la doncella trabajando el los últimos detalles de su peinado.
-¡Georgiana…estás tan hermosa!- exclamó con lágrimas en los ojos.
-Gracias. Tú también estás preciosa- dijo Georgie un poco sonrojada.
-Créeme, estás mucho más bonita que yo. Acéptalo, está mañana todos quedarán maravillados con tu belleza- le dijo para que se fuera acostumbrando a la idea que hoy, era ella el centro de toda la atención.
Conversaron un rato y Lizzie intentó calmar la ansiedad que comenzaba a afectar a su cuñada. Golpearon la puerta y entró Darcy.
Lizzie sintió que por un momento, el aire no llegaba a sus pulmones. Solía sucederle cuando no podía evitar ver lo apuesto que era su esposo.
-Buenos días. No quiero interrumpirlas, pero los invitados están llegando- anunció mirando a su mujer.
-Creo que debo bajar e interpretar mi papel de señora de la casa- expresó Lizzie en voz alta.
Darcy sabía que no le gustaba hacer de anfitriona de tanta gente, pero también sabía que tendría que acostumbrase. Elizabeth se dirigió hacia la puerta y giró al ver que su esposo se sentaba, en lugar de acompañarla.
Desde la puerta, lo llamó.
-William, ¿puedes venir un segundo?- al terminar la frase, su marido, se levantó y dando largos pasos estuvo con ella en un momento.
Lo esperaba en el corredor, haciéndole señas para que cerrara la puerta tras él. Darcy cerró la puerta y giró para mirarla con gesto de intriga.
-¿Qué p…?- Elizabeth se colgó de su cuello apretando sus labios contra los de él, con tanto frenesí que lo empujó contra la puerta que acababa de cerrar.
-Nos vemos abajo, Sr. Darcy- dijo Elizabeth al soltar a su sorprendido esposo.
Los invitados esperaban sentados en la capilla de Pemberley. Elizabeth saludó a todos muy cortésmente y, antes de ubicarse en la primera fila, se acercó a saludar al nuevo sacerdote. Era mayor que Lizzie, pero tenía cara de muchacho y se puso un poco nervioso al hablar con ella. Richard estaba tan nervioso y serio como nunca antes lo había visto.
Elizabeth se sentó junto a su padre, dejando el lugar de la esquina del banco para Darcy. La ceremonia comenzó puntual. Georgiana entró del brazo de su hermano. Su cara pasó de estar roja de vergüenza a radiante cuando sus ojos se encontraron con los de su amado. Avanzaron lentamente por el pasillo y al llegar al altar, Darcy posó la mano de su hermana, su dulce Georgiana, sobre la de Richard. Miró a su primo con una mirada que expresaba más que muchas palabras y, finalmente, besó en la mejilla a Georgiana, que tenía lágrimas en los ojos. Luego, se sentó en el lugar que su mujer le había guardado. Lizzie le tomó la mano y apoyó la cabeza sobre su hombro. La ceremonia transcurrió tranquila, en el momento de los votos, la tímida voz de Georgiana apenas se escuchó más allá del tercer banco.
En el momento que, Sr. Barton, presentó a la pequeña congregación a la Sra. y el Sr. Fitzwilliam, Elizabeth creyó ver en los ojos de su esposo algunas lágrimas, pero rápidamente, bajó la vista y cuando volvió a levantarla, ya no estaban ahí.
Los primeros en saludar al nuevo matrimonio, fueron ellos. Todos los invitados se dirigieron a la recepción que terminó casi llegando al mediodía.
Cerca de esa hora, Georgiana subió junto a Elizabeth a su cuarto. Al terminar, tomaron el camino de regreso, lista para partir de la casa que la vio crecer. Ese pensamiento hizo que los nervios volvieran a su estómago. Iban tomadas del brazo y Lizzie pudo notar que la rigidez invadía el cuerpo de la joven.
-Tranquila, Georgie, todo estará bien.
La recién casada, la miró y le entregó una sonrisa de agradecimiento.
-Lizzie, tengo que pedirte algo antes de irme.
-Pídeme lo que quieras- fue la respuesta de ella.
-Mi hermano, sé que está triste. Puedo verlo en sus ojos. Es un testarudo que nunca lo reconocerá. Cuídalo, ¿sí?
-No necesitas pedirme eso.
Georgiana asintió y, poco después llegaron a la recepción para despedirse de los presentes.
Lord Matlock, Darcy y Elizabeth, acompañaron a la pareja hasta el carruaje. Después que se instalaran en la casa, se marcharían a París de luna de miel, por lo que no se verían por un buen tiempo.
Los hermanos se dieron un largo abrazo en silencio, ninguno de los dos era muy bueno expresando en palabras lo que sentía. Cuando finalmente el carruaje comenzó su viaje, Lizzie tomó la mano de su esposo, apretándola suavemente, para ofrecerle ánimos.
El resto del día pasó lento, Elizabeth notó que su esposo hacía el esfuerzo por conversar con los pocos invitados que se habían quedado, en su mayoría familia.
Mary tocaba el piano, para la ahora Srta. Bennet, era un placer poder interpretar en un piano de semejante calidad. Kitty, jugueteaba con sus pequeños sobrinos, la pequeña Beth intentaba dar sus primeros pasos y William buscaba la atención se su tía tirándole del cabello.
Elizabeth se sentó y el joven reverendo se acercó a ella un tanto incómodo.
-Sr. Barton- lo saludó con una sonrisa- Espero que haya disfrutado el día.
-Sí. Es una casa preciosa y todo ha estado estupendo- respondió mirando hacia Kitty.
-Me alegro. Imagino que usted se quedará hasta que el Sr. Neil se recupere.
-Eh…sí, eso creo- contestó un tanto distraído.
Conversaron de cosas triviales, hasta que el Sr. Barton, preguntó un tanto nervioso:
-No quiero parecer atrevido, pero esa joven de ahí, ¿es su hermana?
Lizzie comenzó a darse cuenta lo que estaba distrayendo de la conversación al joven ministro.
-Sí, es mi hermana Kitty…es decir Catherine- se corrigió ante la idea que el apodo correspondía más a una niña- Permítame presentársela, la verá un tiempo por acá, ya que la hemos invitados a quedarse.
Al inocente joven se le dibujó una sonrisa, seguido de un fuerte rubor. Elizabeth tomó su papel de casamentera con gran disfrute por imaginar a su revoltosa hermana, emparejada con un reverendo. Los presentó, conduciendo la conversación hasta notar que ella sobraba en ella, recién entonces se alejó con la excusa de hablar con su esposo.
Caminó hasta donde estaba él con una gran sonrisa un tanto arrogante.
-¿A qué se debe esa expresión?- le preguntó Darcy cuando estuvo a su lado.
-Creo que acabo de encender la llama del amor- le dijo, señalando sutilmente hacia donde conversaba la parejita.
-¡Oh!…veo. Así que, además de todos tus habituales atributos, debo agregarle el papel de diosa Afrodita.
-No. Solamente soy una diosa divina para usted- le respondió con una sonrisa pícara.

La velada terminó tarde, los Bennet y los Bingley, se quedaron a pasar la noche. Darcy se retiró temprano, Elizabeth debió complacer a su familia hasta que al fin se fueron a dormir.
Al entrar al cuarto, encontró la figura de su esposo sentado junto al fuego. Tenía un libro en la mano, como si estuviera leyendo, pero la mirada estaba perdida en las pequeñas llamas de la chimenea. Ella se sentó junto a él, haciéndose un ovillo contra su cuerpo.
-¿Cansada?- preguntó Darcy besándola en la frente.
-Un poco. ¿Qué lees?
-El libro favorito de Georgiana. Los Sonetos de Shakespeare- respondió con un poco de melancolía en la voz.
-Hace mucho que no me lees nada- comentó en claro tono de estar solicitándolo.
-¿Cuál te gustaría oír?- preguntó Darcy.
-El que estabas leyendo cuando entré.
Darcy comenzó:
“Cuando hombres y Fortuna me abandonan,
lloro en la soledad de mi desierto
y al cielo sordo con mis quejas canso
y maldigo al mirar mi desventura,
soñando ser más rico de esperanza,
bello como éste, como aquél de amigos rodeado,
deseando el arte de uno, el poder de otro,
insatisfecho con lo que me queda;
a pesar de que casi me desprecio,
pienso en ti y soy feliz y mi alma entonces,
como al amanecer la alondra, se alza
de la tierra sombría y canta al cielo;
pues recordar tu dulce amor es tal fortuna
que no cambio mi estado con los reyes.”
Acababa de terminar el último verso, cuando Elizabeth tomó el libro de sus manos y lo arrojó al suelo. Luego, lo tomó del cuello para besarlo de forma apasionada y urgente. Las manos de ella buscaban quitarse algo de lo que llevaba puesto, chocando con las de él, que intentaban ayudarla. Poco después, rodaban en el suelo, sobra la gruesa alfombra persa junto al fuego.
Después de amarse con toda la pasión que sus cuerpos le permitían, se quedaron recostados allí, sin necesidad de hablar y sin poder dejar de tocarse. Elizabeth estaba recostada sobre su estómago, con su cara en dirección a su esposo.
-Desconocía el efecto que te produce Shakespeare- le dijo acariciándole la espalda con los dedos.
-No es Shakespeare quien me lo produjo.
-¿No?- preguntó Darcy con expresión divertida.
-No. Es tu voz y la forma deliberada en que la usas.
-¡Deliberada! Esa es una seria acusación. Espero que tengas pruebas- le contestó haciéndose el ofendido.
En lugar de responder con palabras, sólo señaló la obviedad de sus cuerpos desnudos. Él rompió a reír con sus estruendosas carcajadas.
“Diablos”- pensó para sí misma-“su risa me produce lo mismo”. Se arrastró hasta él para volver a besarlo con locura.


domingo 8 de febrero de 2009

Capítulo 40

"Acostado cerca de ti,
Siento latir tu corazón.
Y me pregunto con qué estás soñando,
Me pregunto si será conmigo.
Luego, beso tus ojos y agradezco a Dios que estemos juntos
Y sólo quiero estar contigo" I don't wanna miss a thing, Aerosmith.
http://www.musica.com/letras.asp?letra=816999



Lizzie hundió la cabeza en el cuello de Darcy. Podía sentir la respiración agitada y su aliento caliente en la oreja. No quería moverse de allí. El carruaje seguía recorriendo las calles de Londres, bamboleándose suavemente de un lado hacia el otro. Una suave lluvia comenzó golpear la capota.
-Creo que debemos ir a casa- murmuró Darcy, besándola cerca de la oreja, haciendo que un fuerte escalofrío le recorriera la columna.
Asintió y se movió para quedar sentada a su lado. La chaqueta y el cravat de Darcy estaban desparramados por el suelo del carruaje. Él comenzó a prender su camisa y su chaleco. Lizzie juntó lo que estaba en el suelo e intento arreglarse el peinado que estaba totalmente desecho. Darcy anunció al conductor que estaban listos para volver a la casa y su esposa se sonrojó.
-¿Tú crees que Albert nos…escuchó?- preguntó avergonzada.
Darcy la miró e intentó sonreír, abandonando la idea cuando sintió el dolor del corte en su labio.
-No te preocupes por eso ahora, deberías haberlo hecho antes- respondió con una mueca que simulaba ser una sonrisa.
-¡¿Yo solamente?!...tú tampoco tienes demasiado autocontrol- exclamó un poco ofendida e intentando bajar la voz.
-Por favor, no me hagas reír que el labio me duele- contestó atrayéndola hacia sí.
-Pronto llegaremos a casa y te pondré algo frío en ese ojo- dijo Elizabeth preocupada.
Poco después, bajaron y, al entrar en la casa, descubrieron que, Richard y Georgiana, ya estaban allí, esperándolos con los rostros llenos de preocupación.
-¡Rayos, Darcy! ¿Qué diablos te sucedió?- preguntó el Coronel al notar los golpes.
-Es una larga historia- respondió Darcy.
Elizabeth ordenó algo a los sirvientes mientras se dirigían al salón. Era tarde, el reloj marcaba poco más de la medianoche.
-Sabía que Elizabeth te golpeaba, pero hasta ahora nunca había visto las pruebas- bromeó Richard para cortar la tensión que se había producido en el ambiente.
Lizzie hizo una mueca infantil dirigida al primo de su esposo.
-¿Dónde estaban? Salieron antes que nosotros- preguntó Georgiana.
El rubor llegó a las mejillas de Elizabeth apenas escuchó la pregunta. No pensaba tener que explicarle a nadie el retraso, no tenían ninguna mentira preparada.
Al Coronel, no le había pasado por alto la observación de desarreglo general que tenía la pareja y buscó a forma de desviar el tema.
-Georgie, no los enloquezcas con preguntas ahora. Déjalos descansar y atorméntalos mañana- le dijo, besando su mano.
-Sí, Georgie, imagino que estás muy preocupada, pero creo que Darcy necesita descansar y necesito ver a William. Mañana les contaremos lo sucedido, cuando estemos descansados y más tranquilos.
Sin mediar más palabras, Elizabeth con su esposo se dirigieron hacia las escaleras.
-Para ti también es tarde- dijo Darcy antes de salir.
-Gracias por preocuparte por mi, querido primo, pero aún no tengo sueño- contestó Richard fingiendo estar halagado.
-Muy gracioso, sabes que me refería a mi hermana- fue la respuesta de Darcy- Cinco minutos, Georgie.
Al llegar al dormitorio de Darcy, Elizabeth lo ayudó a descambiarse y lo acostó en la cama como a un niño, bajo las protestas de su esposo.
-¡Por qué no te dolerá el labio para hablar!- exclamó simulando irritación ante las quejas.
Buscó en la mesa de noche, lo que antes había encargado al sirviente. Tomó el trapo y lo remojó en el agua fresca. Se sentó en la cama y le colocó la comprensa en el ojo.
-Descansa, veré a William y ya regreso- le dijo a su marido.
Unos minutos más tarde, regresaba a su lado. Darcy reposaba con los ojos cerrados y por algunos momentos, ella creyó que dormía. Pero, al pasarle suavemente un poco de manteca por el labio roto, él la asustó al lanzar un pequeño grito.
-¡Ayyyyy!
-¡¿Qué sucede?! ¿Te hice mal?- preguntó azorada y con el corazón a punto de salírsele del pecho.
-Era broma- respondió con una carcajada frente a la mirada de furia que le echaba ella.
-¡Idiota!- gritó Lizzie, pegándole en el brazo.
Darcy la agarró de los brazos, acostándola sobre la cama, mientras se subía encima de ella. El movimiento rápido de su esposo la tomó desprevenida, sus labios tenían el sabor de la manteca. Cuando al fin la dejó respirar, ella dijo:
-Señor Darcy, ¿no ha tenido suficiente por una noche?
-Nunca tengo suficiente de mi hermosa…bella…e inteligente esposa- le respondió intercalando entra los adjetivos, fervientes besos en distintos lugares de su rostro.
Al volver a verla, él notó la tristeza que Lizzie intentaba disimular.
-Elizabeth, ya pasó todo- le dijo con intenciones de tranquilizarla.
-Con este hombre. ¿Y el próximo que piense que no valgo nada? ¿También lo golpearás? A veces pienso que…lo mejor para ti…
No pudo terminar de decir lo que pensaba, la mano de Darcy se apoyó sobre su boca impidiéndole continuar.
-¡No lo digas! Sé que a veces es difícil para ti, quisiera que fuera distinto, que todos los que se creen superiores te conocieran como yo te conozco. Pero jamás digas lo que estabas por decir. No quiero que ni lo pienses. Mi felicidad depende totalmente de usted, Sra. Darcy, no quiero que piense en otras posibilidades- repuso.
-Pero…- Elizabeth quiso explicarse, esta vez fue silenciada por la boca de su esposo.

Despertó en la gran cama de su esposo, estirando los brazos en su búsqueda. A su lado, sólo estaba el espacio vacío. Abrió los ojos para ver si estaba cerca, pero se encontraba sola. Su vestido de noche yacía arrojado con otras prendas cerca de la cama. Antes de dirigirse a su cuarto, las levantó para no darles más motivos de cotilleo a los sirvientes.
Bajó a desayunar con su estómago rugiéndole del hambre. El resto de la familia, parecían estar terminando. No se había dado cuenta que era tan tarde.
-Buenos días- saludó a todos, dándole un beso en la cabeza a su esposo e intentando que no viera que revisaba sus golpes.
Todos saludaron muy cortésmente, pero notó cierta incomodidad en los tres presentes.
-No deberías haberme dejado dormir tanto- le dijo en susurros a Darcy.
-Parecías muy agotada- le respondió lleno de picardía.
Elizabeth lo miró con los ojos entre cerrados simulando reprobación.
-Veo que están todos muy callados. William ya les contó lo sucedido anoche- dijo muy tranquila mientras untaba con manteca un trozo de pan.
Los demás quedaron incómodos y asintieron con la cabeza. Sólo Darcy habló.
-Mi amor. Siempre tan perceptiva. Prometimos aclarar las cosas en la mañana y así lo hice.
Los recién comprometidos, pusieron la excusa de compras de última hora antes de retornar a Pemberley y se disculparon. Elizabeth y Darcy quedaron solos en la mesa.
-¿Te gustaría pasear con tu hijo y conmigo? En Londres no toma suficiente sol y el día está con una temperatura muy agradable- le propuso él.
-Me encantaría- le respondió y saltó a llamar a la niñera del pequeño William para que lo tuviera listo.
Poco después, caminaban por las calles de la ciudad. Lizzie intentaba no mirar nada en los escaparates que cruzaban, porque de inmediato Darcy quería comprarle lo que sea que estuviera mirando.
-Si sigues así, no saldré contigo nunca más- lo sentenciaba. Pero los efectos duraban hasta que ella volvía a mirar algo y terminó volviendo con más paquetes de los pensados.
Dos días después, regresarían a Pemberley para ultimar los detalles de la boda. La tarde anterior al retorno, Lizzie fue a buscar a su marido creyéndolo en el estudio para mostrarle el nuevo diente del bebé, pero no estaba allí. Nadie parecía saber dónde estaba.
Regresó tarde, después de la cena. Elizabeth estaba en su habitación con la cabeza llena de ideas sobre el paradero de su esposo.
-¡¿Dónde estabas?! ¡¿Sabes lo preocupada que estuve?!- lo bombardeó apenas cerró la puerta de la habitación.
-Lo siento. Tenía cosas que arreglar antes de irnos, no puedo tenerte informada de lo que hago las 24 horas- fue la respuesta seca de Darcy, a la vez que comenzaba a descambiarse sentado en la cama.
Elizabeth se quedó mirándolo con la boca abierta por la sorpresa. Lo acribilló con la mirada, aunque él no la miró como para notarlo. Se metió en cama hecha una furia, cruzando los brazos sobre el pecho y arrugando el seño.
Cuando Darcy estuvo listo, se metió debajo de las sábanas y se preparó para dormir, haciendo caso omiso al evidente enojo de su mujer. Elizabeth esperó que él hablara primero, ella no sería la primera en romper el silencio. Al ver que este intentaba dormir, se exasperó.
-¡¿No piensas decírmelo?! Está bien, imaginaré lo peor- anunció dándole la espalda en la cama con los ojos llenos de lágrimas rabiosas. Por un momento pensó en irse a su habitación y dejarlo solo, pero sabía que no podría dormir. Entonces sintió los brazos tibios que la envolvían por la cintura y la respiración de su esposo cerca de su oreja. Darcy hizo un pequeño gruñido antes de hablar.
-Lo siento. No quiero que nos acostemos enojados. Te diré por dónde estuve si me prometes que se te pasará la rabieta- le dijo y después la besó cerca de su oreja.
Elizabeth giró envuelta en los brazos de Darcy para mirarlo.
-Quiero saberlo.
-Estuve asegurándome que Jean Pierre haya cumplido lo que le pedí de tan buena manera- le contó en tono irónico.
-¡No deberías haberlo hecho! ¿Quieres arriesgarte a un duelo?- ella empezaba a gritar nuevamente.
-Shhh. Lo prometiste.
-Esta es otra rabieta- le respondió ella con ironía en su voz.
-Sólo me encargué de divulgar que tiene poco de caballero y pasé por su casa- al escuchar esto los ojos de Elizabeth se abrieron como platos y él agregó enseguida- ¡No entré! Sólo pasé por allí y noté que está en venta. Se ha marchado a Francia en el primer barco que partió.
Recién ahí, Lizzie volvió a respirar, no se había dado cuenta que había frenado mientras escuchaba estas últimas palabras.
-¿Estás bien? ¿Estoy perdonado?- le preguntó con una sonrisa totalmente seductora.
“¡Cómo no perdonarlo cuando me sonríe así!” pensó para ella, haciendo el esfuerzo para que él no notara que le quitaba el aire al verlo reír.
-Usted abusa de su suerte…y de su sonrisa- le contestó acomodándose en su pecho.

Elizabeth no dudaba que Pemberley en otoño era un espectáculo maravilloso. Los bosques que la rodeaban adquirían las más bellas tonalidades. Amaba la tranquilidad de pasar sus días junto a su bebé y su esposo. Aunque a decir verdad, tranquilidad era lo último que había con una futura novia que contaba los días y que pasaba de la alegría a la histeria por cualquier cosa.
Otra fecha se acercaba a medida que avanzaba octubre, el cumpleaños de Darcy. Lizzie quería prepararle una pequeña fiesta sorpresa, con la presencia de las familias Fitzwilliam, Bingley, Gardiner y Bennet. Compartía sus planes con Georgiana y Jane. Su hermana se encargaría de alojar a los familiares para que su esposo no sospechara. No le agradaba festejar sus cumpleaños, estaba acostumbrado a pasarlo solo o con su hermana. Ya habían tenido una discusión por esto el año anterior, Elizabeth no le daría oportunidad en este.
La mañana del cumpleaños, Darcy despertó en la presencia de su esposa y el pequeño.
-¡Feliz cumpleaños!- exclamó Lizzie abrazándolo con todas sus fuerzas mientras el niño lo golpeaba con sus pequeños puñitos en la cabeza.
-Gracias- al fin articuló cuando pudo volver a usar su boca que había sido atrapada por la de su mujer.
-Tengo un regalo para ti, pero me parece poca cosa comparado con los que normalmente te encaprichas en darme. Así que, después de pensarlo, te concedo tres deseos. Pídeme lo que quieras.
Darcy abrió los ojos muy grandes antes de mirarla en forma sugestiva. Elizabeth le devolvió la mirada y movió la cabeza en forma negativa.
-Sr. Darcy, no malgaste sus deseos en algo que puede obtener de todas formas- le dijo Lizzie, adivinando los pensamientos de su marido.
-Está bien. ¿No te negarás a ninguno?
-No. Lo prometo- juró con la mano en el corazón.
-Entonces…el primero será…-dijo mientras parecía pensarlo- Que te dejes retratar.
Elizabeth lo miró con un simulado odio. Desde que se habían casado, su esposo le suplicaba que quería un gran cuadro de ella para colgar en algún lugar visible de la casa y ella se negaba. Moría de vergüenza al imaginar su retrato colgado para que todos los visitantes lo pudieran ver.
-Está bien. Acepto- contestó con tono fastidioso. Esto no sería tan fácil como pensó en un primer momento. Darcy sonrió complacido. Al verlo, rectificó sus pensamientos, el notarlo feliz hacía que olvidara su malestar.
-¿Ya tienes pensado el siguiente?- le preguntó.
-Mmm…-murmuró Darcy antes de hablar- Creo que sí. Es algo que ya te pedí, nada más que ahora no te puedes negar.
-¿Y qué será eso?- preguntó intrigada, tratando de pensar qué cosa le había pedido y que ella no le hubiera concedido.
-Quiero otro bebé- le dijo sentándose mejor en la cama, dispuesto a hacer valer su deseo.
-Pues eso no depende solamente de mí- le dijo guiñándole el ojo- Haré lo que está en mis manos, pero usted tiene trabajo también.
-Usted no se preocupe, Sra. Darcy, prometo cumplir mi parte- respondió a la sonrisa de ella.
-¿Y el tercero?- le preguntó intentando concentrarse en el niño que reclama su atención.
-El tercero…es algo que te iba a pedir…pronto. Sólo estaba esperando el momento oportuno- le dijo con clara incomodidad.
Elizabeth notó el cambio de actitud y por un momento se puso tensa.
-Georgiana está a un mes de su matrimonio. Ella no tuvo la presencia de una madre que le hablara de…tú sabes…cosas de mujeres. Agradecí tener a su institutriz cuando ella se hizo una mujercita. Ahora me preocupa que su casamiento se aproxima y ella no sepa…exactamente…- cada vez se ponía más molesto y Lizzie lo interrumpió.
-¿Quieres que hable con ella sobre sus “responsabilidades maritales”?- le preguntó con un claro sarcasmo en su voz al decir las últimas palabras.
Darcy asintió con la cabeza.
-Está bien. Pensaba en que tendría que hacerlo. No podía imaginarte haciéndolo a ti- se rió en carcajada.
-Ja ja- simuló una risa como contestación.
-¿No te preocupa lo que le pueda llegar a decir?- preguntó Lizzie con gran picardía en la voz.
-¡Compórtate! No quiero pensar en mi hermanita…en los brazos de…Grrr- gruñó sacudiendo la cabeza, como queriendo quitar una imagen mental.
Elizabeth rompió a reír con ganas y lo besó en la frente.

Darcy sospechaba que algo andaba mal. Durante todo el día, tanto Georgiana como su esposa, iban y venían hablando en secretos entre ellas y con los sirvientes. Se callaban cada vez que notaban su presencia, dedicándole sonrisas tontas. Se traían algo entre manos. Lo confirmó cuando poco después de la hora del té, Elizabeth se empeñó en intentar seducirlo para llevarlo al dormitorio. Por supuesto que lo había logrado, cuando quería podía ser muy persuasiva.
-¿Tiene algún significado este ataque inesperado de pasión?- le preguntó tendido boca abajo sobre el estómago de su mujer.
-Sólo intentar cumplir con tu segundo deseo- le respondió intentando esquivar el tema.
-¿No deberías dejar de amamantar a William primero?- le inquirió con su ceja levantada.
Elizabeth se mordió el labio buscando otra excusa.
-Tú y Georgiana se traen algo entre manos…estoy seguro- le dijo levantándose para mirar la cara de culpabilidad de Lizzie en su rostro.
-Me pregunto…¡No!- gritó de pronto- Elizabeth Victoria Darcy, espero que no sea lo que creo.
-No se lo que usted piensa. No soy adivina- dijo en tono ofendido queriendo salir sin éxito de la cama.
-Me trajiste acá arriba para que no vea lo que ocurre abajo. ¿Verdad?- fue más una afirmación que una pregunta- ¿Es una fiesta de cumpleaños?
-¡Está bien! ¡Está bien! Quería que fuera una sorpresa. Pero eres un aguafiestas- le contestó enojada.
-¡Elizabeth, sabes que no me agradan! No me siento cómodo rodeado de gente y siendo el centro de atención.
-Pero no te importa cuando se trata de otros- le reprochó ella, en clara referencia a la fiesta ostentosa que hizo organizar para su mujer en su primer cumpleaños juntos.
Darcy gruñó, no tenía sentido discutir, ya estaba hecho.
-Supongo que debería empezar a vestirme elegante- dijo resignado.
-Supongo que sí- respondió Lizzie, feliz de haber ganado la batalla.
Antes de bajar, Elizabeth lo tomó de la cara, obligándolo a verla a los ojos.
-Compórtate y parece sorprendido- le ordenó.
-Sí mami- contestó él, besándola en los labios.
Ella lo tomó con fuerzas y volvió a besarlo con toda la fogosidad que podía.
-¿Y eso?- preguntó sin aliento su marido.
-Es para que recuerdes que no soy tu “mami”- la contestación hizo que el riera, que era el objetivo buscado.
La cena transcurrió mejor de lo que pensó Elizabeth, Darcy, no esperaba la visita de los Gardiner, por lo que su sorpresa fue sincera.
Cuando casi todos los invitados se habían retirado, Darcy suspiró mirando en dirección de su hermana, que conversaba alegremente con su tío y con su prometido en una esquina de la sala.
-¿Qué estás pensando?- preguntó Elizabeth tocando la arruga que se le hacía entre las cejas cuando estaba preocupado.
-Creerás que soy un egoísta, pero pensaba en que será mi último cumpleaños con Georgiana.
-No creo que seas un egoísta, más bien un estúpido- le contestó apoyándole su mentón en el hombro- Ella sólo se casa. Ni siquiera se marcha lejos. La tendrás contigo en todos tus cumpleaños por el resto de tu vida.
-Lo sé, pero por tanto tiempo fue lo único que tuve, mi única familia, que se me hace difícil dejarla ir- reconoció con esfuerzo y la línea entre sus cejas volvió a aparecer.
Lizzie lo besó tiernamente en la mejilla y se rió.
-¿Qué es lo que te causa gracia?
-Estaba pensando que si haces este problema con tu hermana, espero que nunca tengamos una niña. Me preocupa el bienestar del caballero que se le ocurra tener el coraje suficiente para pedir su mano- le contestó con risa en sus palabras.
Darcy gruñó con solamente imaginarse la situación hipotética.

domingo 25 de enero de 2009

Capítulo 39

"Solo por ti,caminaría
en la infinidad." Josh Groban


Dentro del salón del baile, hacía un calor sofocante. Elizabeth se abanicaba, temiendo desmayarse por la presencia del señor De Guille, la temperatura elevada y el corset demasiado ajustado.
Tal vez podía evitar el baile, si subía para ver que William estuviera bien y se demoraba más de lo necesario. O podía salir al jardín, para recuperar el aire y huir del compromiso.
-Lizzie, ¿te sientes bien?- preguntó su esposo- Estás pálida.
Pensó en aprovechar la preocupación de Darcy para evitar la danza. “Cobarde”, se dijo así misma. Sacó de su mente las ideas que la estaban haciendo divagar y se concentró en su marido y el baile.
-Es el calor, ¿no lo sientes?
-Claro que sí. Si no tuvieras el siguiente baile prometido, te invitaría a salir al jardín.
-¡No digas eso!- exclamó Elizabeth.
-¿Por qué, cariño?- preguntó Darcy.
-Porque lamentaré más aún el haberle dicho que sí a tu socio.
Darcy le tomó la mano y se la llevó a los labios.
El Sr. De Guille se acercó hasta ellos.
-Madame Darcy, ¿me acompaña para el próximo baile?- preguntó con una breve reverencia- Si a su esposo no le molesta.
Darcy meneó la cabeza y señaló la pista en forma de aprobación. Elizabeth le dedicó una sonrisa forzada al francés y tomó su brazo.
Se colocaron en posición, Georgiana estaba junto a ella lista para bailar con Peter Archer, un conocido de la familia que había venido desde Londres para el baile. Elizabeth la miró y su cuñada le sonrió feliz.
La danza comenzó y, el Señor De Guille, empezó a conversar en los momentos que podía.
-Baila usted realmente bien. Imagino habrá asistido a muchos bailes.
-Gracias, pero mis aptitudes se las debo a mis hermanas. Solíamos practicar con ellas en la sala de mi casa, mientras una tocaba el piano- respondió cortésmente.
-Seguramente habrá sido muy solicitada en los bailes, cuando tuvo edad para bailar- insistió.
-No. Mi hermana Jane siempre fue la más solicitada- contestó.
-Sin duda es muy bonita, pero usted…usted, Lizzie, tiene unos ojos cautivantes que revelan a una mujer apasionada.
Elizabeth sintió la mano del francés en su cintura y le desagradó totalmente. El baile lo requería, pero el comentario impropio y el contacto de su mano, hizo que girara su cabeza en dirección de donde estaba Darcy. No lo encontró. Respiró profundamente y esperó que terminara la música.
Lo saludó en forma civilizada y se fue antes que volviera a hablarla.
-Elizabeth, la fiesta ha estado maravillosa, ¿no lo crees?- le preguntó Georgiana extasiada.
-Eso parece, la comida estuvo exquisita, los invitados parecen estar disfrutando de la velada y los jóvenes de la danza.
-Hemos estado hablando con Richard acerca de la fecha para la boda. No necesitamos tiempo, creemos que lo mejor será hacer como hicieron ustedes, esperar unos tres meses. Lo que lleva organizar la nueva casa y la boda.
-Tu hermano no tendrá inconvenientes. Ya me habló de la idea de ir a Londres a comprar tu vestido y ajuar.
-¡Oh, estoy tan emocionada, que me temo no podré dormir!
Lizzie se rió, evocando en su memoria, que sus tres meses de compromiso, le habían parecido eternos. Sobre todo, los veinte días que Darcy estuvo ausente entre Pemberley y Londres.
Era casi de día cuando se retiraron los últimos invitados. Darcy ofreció su brazo para escoltarla hasta la habitación.
-Te veré en unos minutos- le dijo dirigiéndose a su habitación para cambiarse.
Como lo había dicho, no mucho después, entró por la puerta que comunicaba sus habitaciones. Lizzie ya estaba acostada. Darcy corrió las cortinas del dosel de la cama para ocultar la claridad que empezaba a filtrarse y se acostó.
-¿Estás muy cansada?- le preguntó mientras ella se acomodaba en su pecho.
-Sí, lo estoy. Espero que William duerma hasta tarde. Estoy agotada.
-Todo salió como lo planeaste. Sabía que podrías hacerlo, estoy orgulloso de ti- le dijo besándola en la cabeza.
-Gracias, pero no podría haberlo hecho sin Georgiana y la Sra. Reynolds- respondió cerrando los ojos.
Unos minutos más tarde, Darcy se atrevió a preguntarle algo que tenía en mente.
-Elizabeth, quiero que me respondas algo. ¿Jean Pierre ha dicho algo que te ofendiera?- pasaron unos segundos sin respuesta alguna- Lizzie…¿estás despierta?
-Mmm…lo siento, ¿me decías?- preguntó medio dormida e intentando mantenerse despierta.
-Nada. Duerme- le contestó abrazándola.

Los Bennet, fueron invitados a quedarse por unos días, hasta que la familia Darcy viajara a Londres. Por primera vez en su vida, la presencia de su madre en Pemberley, le resultó agradable a Elizabeth. La constante necesidad de llamar la atención de la Sra. Bennet, la alejaba del Sr. De Guille.
Elizabeth, que siempre quería acompañar a su esposo, tuvo que hacer uso de toda su voluntad, para fingir que tenía ganas de viajar.
Darcy y su socio, se sentaron juntos, frente a ellos, Lizzie y Georgiana iban con William. El Coronel se les uniría en la ciudad unos días más tarde.
En la casa de Londres, todo estaba preparado para recibir a los Darcy. Por suerte, el Sr. De Guille, poseía una pequeña propiedad que acababa de ser remodelada.
Elizabeth estaba feliz de saber que no lo vería tan seguido, seguramente, vendría a hablar de negocios y se quedaría a cenar, pero no tendría que soportar sus miradas indiscretas o sus insinuaciones fuera de lugar.
Cenaron los tres solos, Georgiana y Lizzie se pasaron la velada conversando sobre lo que harían al día siguiente. Darcy se retiró temprano a la habitación, dejando a las mujeres seguir planeando la futura boda.
-Buenas noches, las dejo que sigan planeando cómo gastarán mi dinero- dijo, besándolas en la frente a las dos.
Cuando iba saliendo, preguntó:
-¿Tardarás mucho…?
-No, iré en unos momentos- le dijo Lizzie con una sonrisa.
Elizabeth no tardó en subir. Antes pasó por el dormitorio de William. Dormía plácidamente, besó su cabecita cubierta de un suave cabello oscuro, deseándole las buenas noches.
En Londres, usaban la habitación de Darcy. La de ella no le gustaba y, a pesar que su esposo le había sugerido redecorarla, Elizabeth se negaba. “Vengo tan poco a la ciudad, que me parece un gasto innecesario”, le decía a su marido. Éste le aseguraba que no era un problema cambiar lo que no le gustaba de su alcoba, pero a casi dos años de estar casados, ella seguía obstinada.
Lizzie entró a la alcoba. La luz era tenue, alumbrando ligeramente la gran habitación que siempre olía a madera. Se acercó a la cama, Darcy estaba dormido en medio de la cama con un libro abierto sobre su pecho.
Se lo sacó despacio para no despertarlo e intentó acostarse en el poco espacio que le había dejado.
-Lo siento- murmuró corriéndose hacia su lado de la cama, la abrazó y volvió a dormirse.

En la mañana, Georgiana y Elizabeth salieron de compras. ¡Había tanto que hacer para la boda! A sugerencia de Lizzie, lo primero debía ser el vestido. Después de observar lo que había tardado con el del compromiso, imaginaba que con el de novia sería mucho peor.
Cerca del mediodía, pasaron por casa de los tíos Gardiner. Tía Mary, las recibió encantada y sorprendida por la visita inesperada. Los niños vinieron alborotados por la presencia de las dos damas y rogaron que se quedaran a comer. Pero una tormenta se avecinaba y declinaron la propuesta, invitando a la familia a cenar lo antes posible.
Llegaron a la casa junto con las primeras gotas de lluvia.
-¿El señor Darcy?- preguntó Elizabeth a la criada que tomaba sus sombreros.
-En el despacho- respondió la muchacha.
-¿Está reunido?- preguntó con temor que su nuevo socio estuviera en la casa.
-No, señora. El Sr. De Guille y el Sr. Archer, se retiraron hace media hora.
Elizabeth se alegró de haber demorado en casa de sus tíos y se dirigió hacia el escritorio con los paquetes que traía para mostrarle las compras hechas. Entró al despacho sin golpear.
Darcy estaba sentando en su escritorio, revisando papeles y escribiendo cartas. Alzó la vista para ver quién entraba.
-Veo que la mañana ha sido productiva- le dijo con una sonrisa al ver la cantidad de paquetes.
-La verdad que lo fue. Te traje algo, para que no creas que no pensé en ti- le dijo burlonamente.
Su esposo dejó lo que estaba haciendo y se levantó para dedicarle su atención. Y en el siguiente cuarto de hora, sólo hubo un tema de conversación: las compras.
-Una pena que no hayas llegado un rato antes, Jean Pierre y Peter estuvieron aquí. Te dejaron sus saludos.
Al oír el nombre del Sr. De Guille, instintivamente, Elizabeth se alejó de su esposo y se acercó a la ventana.
-Peter Archer hará un baile el próximo sábado. Quiere que conozcas a su hermana, Casandra, que se acaba de comprometer con Lord Warburton, ¿te acuerdas de él?
-Sí, lo recuerdo. Comimos en su casa. Creo que Caroline Bingley estaba interesada en él, según me dijo Jane. Saldrá decepcionada otra vez- comentó con picardía Elizabeth.
-Lizzie, quiero preguntarte algo y espero que seas honesta.
-¿Qué es?- interrogó Elizabeth.
-Jean Pierre no te agrada, ¿verdad?
Elizabeth quedó paralizada por un momento. Pensaba que lo había estado ocultando bien. Bajó la mirada y, antes de responder, respiró profundo.
-No, no me gusta. Me desagradan ciertas actitudes. Pero no quiero hablar de ello. Es tu socio, no necesito que me agrade como persona. Tengo que ir a ver a William- agregó huyendo de la habitación.
-Lizzie…- alcanzó a decir, pero ella ya había salido.

Los siguientes días, el tema del señor De Guille, fue evitado por el matrimonio Darcy. La mañana del baile del Sr. Archer, llegó el Coronel a la ciudad. Se hospedó en casa de su hermano, a pesar que Georgiana hubiera preferido que estuviera en la casa con ellos.
-Georgie, ya tendrás el resto de tu vida para estar todos los días con él…hasta que te canses y ruegues que haga un viaje de un mes a Londres- le dijo Elizabeth durante desayuno, guiñándole el ojo, para probar si su esposo, que leía el Times, estaba atento a la conversación.
-Muy gracioso su comentario, debería trabajar en el circo- dijo Darcy, sin levantar la vista de su lectura.
Las mujeres se rieron.
-Y usted…¿me acompañaría? Podría ser el gruñón del espectáculo- respondió Lizzie.
-Ja ja…y yo que pensaba en llevarla a la galería Dulwich, pero como soy un gruñón…-comentó entre dientes.
Elizabeth saltó de su silla y, de manera forma indecorosa, se sentó en su falda, pasándole los brazos por el cuello.
-¡Señor Darcy, no sea cruel! Por favor, no juegue con mis nervios- dijo, imitando la manera de hablar de su madre.
Darcy soltó una de sus fuertes y estruendosas carcajadas. No eran fáciles de obtener pero,sin duda, valían el esfuerzo.
Georgiana los miró con cara de reprobación, mordiéndose el labio y sacudiendo su cabeza en forma negativa.
-Estás asustando a mi hermanita- le dijo Darcy en tono de burla y sin soltarla de la cintura.
-Tiene miedo de verse haciendo estas demostraciones con su futuro esposo- respondió Lizzie.
La jovencita los miró y no pudo evitar reírse ante los comentarios.

Un par de horas más tarde, los tres paseaban por la galería. Elizabeth se distrajo mirando un hermoso retrato de Reynolds. Estaba sola en la sala, mirando con atención la forma en que la musa estaba representada. La presencia de alguien parado detrás de ella, la hizo girar violentamente.
-Bon jours, Madame Darcy, no quería asustarla. Es una grata sorpresa encontrarla aquí- dijo el Sr. De Guille, con una reverencia y besando su mano.
Elizabeth se la quitó rápidamente, buscando escuchar a su esposo o a su cuñada.
-Buen día, señor- le dijo intentando salir de allí, pero el Sr. De guille no le daba lugar para pasar.
-Veo que estaba mirando este cuadro. Muy bien pintado. Fue una actriz, ¿verdad?
-Creo…creo que sí- respondió nerviosa.
-¿Por qué será que las mujeres más atractivas y deseables, pertenecen a niveles inferiores?- preguntó osadamente, dirigiéndole una mirada asquerosa.
-Monsieur De Guille, no puedo responder a esa pregunta. Soy la hija de un caballero y la esposa de otro. Solicito respeto por parte suya- respondió ofendida.
En esos momentos, Darcy entró en la sala buscándola. De inmediato saludó a su socio francés, notando las mejillas enrojecidas de su esposa. La tomó del brazo y se despidieron de Jean Pierre hasta la noche.
En el carruaje, retornando a la casa, Elizabeth venía pensativa y callada. Darcy lo notó desde el minuto que entró a la sala de exposición. No le gustaba lo que observaba. Esa noche, estaría atengo, si el Sr. De Guille estaba siendo descortés con ella, porque tenía que ser eso, no encontraba otra explicación, lo pondría en su lugar.

-Sr. Darcy, ¡qué hombre más apuesto!- exclamó al verlo entrar en la habitación ya preparado para el baile.
-¿No le corresponde al esposo decírselo a su mujer?- preguntó burlándose.
-Si usted lo desea, soy toda oídos- le dijo levantándose para dirigirse a sus brazos.
Él la besó tiernamente.
-¿Te despediste de William?- la interrogó.
-Sí, lo alimenté y le di mi beso de buenas noches.
-Entonces, estamos todos listos. Pasaremos a buscar a Richard- dijo, ofreciéndole el brazo para bajar.
Llegaron a la fiesta temprano, Darcy felicitó a su viejo amigo por su compromiso y este lo felicitó por el compromiso de Georgiana.
Elizabeth fue presentada a Casandra Archer, una tímida joven de su misma edad. Descubriendo que a ella también le gustaba la lectura, por lo que pronto, entablaron conversación sobre autores y libros.
Los invitados iban llegando y el mayordomo anunció que la cena estaba lista. Darcy buscó a su esposa y se sentaron en la mesa. Recién en ese momento, Lizzie descubrió que el Sr. De Guille estaba allí. “Gracias a Dios, lo sentaron lejos”, pensó para sí misma.
Pasó una cena estupenda, descubriendo en la Srta. Archer, un espíritu afín. Tan grato lo estaba pasando, que había olvidado la presencia del caballero francés.
Al comenzar el baile, su esposo le trajo una copa de ponche.
-Mi querido esposo, esta noche tienes reservados todos los bailes, he decidido que no bailaré con nadie más que tú.
-Me halagas. Pero me gustaría verte divertirte- respondió él.
-Sólo me divierto si bailo contigo- le contestó, bebiendo el ponche que le acaba de traer.
Darcy le prometió cinco bailes, todo un sacrificio para alguien al que no le gustaba demasiado esa actividad. El resto de la noche, Lizzie, evitó toparse con el Sr. De Guille a solas.
Cuando terminó su segundo baile con su esposo, la persona de la cual estaba huyendo, se acercó a la pareja.
-Darcy, con su permiso, me gustaría invitar a su esposa para el siguiente baile.
Él no respondió, miró a Elizabeth para ver la forma en que reaccionaba. Ella se puso visiblemente incómoda.
-Jean Pierre, lo siento, pero esta noche tiene los bailes reservados para mi- le negó en tono de broma.
-William, creo que necesito aire. Saldré un poco a la terraza- dijo ella aliviada, pero queriendo salir de ahí.
Los dos hombres quedaron conversando mientras ella salía. Afuera, la brisa era reconfortante. A pocos días de la llegada del otoño, las noches comenzaban a ser frescas. Pronto regresarían a Pemberley, que en otoño, se cubría de hojas doradas y rojizas.
Estaba mirando hacia el jardín, cuando el Sr. De Guille se asomó a la pequeña terraza.
-Belle nuit- le dijo.
-Sí, hermosa- respondió Elizabeth.
El francés, comenzó a acercarse a ella.
-Lizzie…Tu me plais beaucoup- le dijo cuando la tuvo cerca.
Ella retrocedió hasta que su espalda tocó la barandilla del balcón.
-Le ruego que se comporte como un caballero, soy una mujer casada. No quiero oír más de usted.
-Me comportaría como un caballero, si estuviera frente a una dama. Vamos, Lizzie, las jóvenes como tú, sólo buscan dinero. Prometo ser discreto.
Elizabeth estaba indignada, alzó su mano y lo abofeteó.
-¿Te preocupa tu esposo? No quieres que esta “actuación” de mujercita fiel le traiga problemas a él.
-Elizabeth, ve adentro- ordenó la voz varonil de su esposo que se asomaba a la terraza.
Ella lo miró, caminando hasta donde estaba él.
-Ve adentro, tengo cosas que arreglar con el Sr. De Guille- le dijo Darcy.
-Por favor, ven conmigo adentro, deja las cosas como están- le pidió con fervor.
-No, no puedo, te ha estado faltando el respeto y es mi obligación defender tu honor.
-Darcy…no seas estúpido, ella viene provocándome. Son los riesgos de realizar un matrimonio inferior a tus posibilidades.
Él soltó a su mujer y, rápidamente, estaba junto a él arrojándole un fuerte golpe en la boca. Lo tomó desprevenido, haciéndolo retroceder varios pasos. Cuando pudo frenarse, tocó su labio y notó sangre en él.
-William, por favor, vámonos- le volvió a pedir ella.
-Si, William, hazle caso a tu mujercita- le dijo burlándose.
Darcy se volvió a acercar para golpearlo nuevamente, pero esta vez, el Sr. De Guille estaba listo, y pudo devolverle un golpe que impacto cerca del ojo. El golpe lo sorprendió, se quitó el saco y se lo dio a Lizzie. Luego se puso en guardia para continuar la pelea.
De Guille tiró un par de golpes que Darcy esquivó, aprovechando el momento para golpearlo en la mandíbula. El francés se enojó y le lanzó una mirada feroz a Lizzie. Darcy giró para decirle a su mujer que vaya adentro y, De Guille, aprovechó para pegarle un fuerte revés en la boca. Le produjo un corte en la boca con el anillo de sello que llevaba en su dedo pequeño.
A Elizabeth se le escapó un pequeño gritito y deseó ser hombre por unos momentos, para poder darle una paliza a ese ser repugnante.
Darcy se limpió la boca con la manga de su camisa y le arrojó un fuerte golpe, que hizo tambalear y caer al francés. Se agachó y lo levantó por las solapas.
-No quiero verlo por acá. Si es inteligente, se irá a París y no volverá a pisar Londres. Si lo veo, si habla de mi esposa…si piensa en mi esposa, no seré tan generoso. Lo retaré a duelo y, para su información, soy un excelente tirador- diciéndole esto, soltó a un muy maltrecho Sr. De Guille.
-¡William! ¿Estás bien?- dijo Elizabeth tomándolo de la cara para verlo.
-Estoy bien. Pero deberemos irnos.
-Está bien, seguro- respondió nerviosa por lo presenciado-¡Tienes sangre!
-No es nada. Saldré por la puerta trasera, avísales a Richard y Georgiana que nos vamos, pero no le digas el motivo. Te espero en el carruaje.
Elizabeth entró a la fiesta e hizo lo que le encargaron. Al salir por la puerta principal, el carruaje la esperaba. Subió rápidamente y se sentó junto a Darcy, que limpiaba su labio con un pañuelo.
-Déjame verte- le pidió Lizzie, haciéndolo girar hacia ella-¡Oh, Dios!- exclamó al ver el estado de su ojo y de su labio.
Tomó el pañuelo e intentó limpiarlo, el ojo comenzaba a hincharse y ponerse rojizo. Sin quererlo, sus ojos se llenaron de lágrimas y no pudo detenerlas. Darcy la tomó de la nuca y la acercó a su pecho.
-Shhh, ya pasó- le susurró en el oído.
-William, te juro que nunca lo provoqué…en verdad…- dijo entre sollozos.
-Lo sé, lo sé. Sabía que algo estaba mal. No merece ser considerado un caballero.
-No podía decirte nada, hasta esta noche, sólo había hecho comentarios fuera de lugar. Esperaba que fueran ideas mías y nada más.
-No es culpa tuya- le dijo tomando su cara con las dos manos y colocándola a la altura de sus ojos.
Elizabeth lo miró, aún con algunas lágrimas en los ojos, y no pudo contener las ganas de besarlo. El beso fue ganando en pasión, hasta que un quejido de su esposo le hizo recordar que su boca estaba lastimada, soltándolo de inmediato.
-Lo siento- se disculpó, mientras pasaba suavemente su dedo por el corte.
Darcy sólo la miró, para luego acercarla a su boca y adueñarse de ella. Sus manos comenzaron a reconocer su cuerpo y su boca a recorrerla haciendo que un gemido suave se escapara de su boca. Lizzie levantó un poco su falda y se sentó sobre él, con su manos terminó de desanudar el cravat y desprendió los botones de la camisa, acariciándole el pecho. Para Darcy fue una confirmación que podía seguir adelante, con su mano por debajo del vestido, acarició la pierna de Elizabeth. Sólo fue capaz de dejarla, para indicarle a su conductor que, en lugar de ir a cada, deseaban dar un largo paseo.



Si les interesa saber sobre la galería de arte:
http://www.dulwichpicturegallery.org.uk/
Si quieren conocer el cuadro que Lizzie admira:
http://www.humanitiesweb.org/human.php?s=g&p=c&a=p&ID=263

domingo 18 de enero de 2009

Capítulo 38





Darcy entró a la sala directamente a tomar en brazos su hijo.
-¡Hey!!! ¡Aquí está mi niño!- exclamó quitándoselo de las manos a Georgiana- ¡Qué grande que estás!- le dijo examinándolo mientras el niño reía fuertemente.
Elizabeth se dedicó a presentar al extraño al resto de la familia.
-Ya que Darcy está muy entretenido poniéndose al día con William, creo que me toca la responsabilidad de presentarlo- le dijo al francés.
-Apparemment- respondió.
-La Señorita Darcy, la hermana de mi esposo y el Coronel Fitzwilliam, su prometido y primo de Darcy.
Georgiana se inclinó para saludarlo y Richard se acercó aprensivo, su estadía reciente en Francia, no le había dejado buenos recuerdos de los franceses.
-El Sr. Jean Pierre De Guille, un nuevo socio de Darcy- dijo introduciendo al desconocido a la familia
-C’est un grand plaisir. Es un gran placer- dijo el Sr. De Guille con una reverencia.
-¿Avez-vous fait bon voyage?- preguntó Georgiana feliz de poder practicar su francés.
-Oh juste un petit imprévu : nous avons dû faire remplacer l’une de nos roues- respondió encantado de ver que había más gente con la cual poder hablar su idioma.
El Coronel aclaró su garganta y puso cara de fastidio, no le gustaba escuchar hablar en francés, desde niño había sido castigado por no aprender sus lecciones y, de mayor, sólo lo utilizó cuando no tenía otra alternativa.
El francés notó la incomodidad del Coronel.
-Pardonnez-moi- dijo- No debería hablar en mi idioma estando en otro país. Tuvimos un inconveniente con una de las ruedas, pero fue solucionado bastante rápido y pudimos retomar el viaje una media hora después.
Darcy se acercó al grupo que conversaba en círculo con el niño todavía en brazos, de lo más feliz de haber regresado a casa.
-Lizzie, ¿te encargas del té?- le preguntó hambriento.
-¡Oh, sí!, le diré a la Sra. Reynolds que lo traiga de inmediato. Por favor siéntense- dijo retirándose unos momentos hasta la cocina.
-Sra. Reynolds, disculpe la molestia, sé que falta un rato para la hora del té, pero el Sr. Darcy ha llegado con hambre. ¿Sería posible que lo llevara lo antes posible?
-Sí, Señora. Enseguida lo llevaremos- contenta porque el joven amo hubiera regresado tan pronto. “Hace un tiempo atrás, que el Sr. Darcy, regresara antes de lo previsto, hubiera sido una rareza” pensó para sí. Como ella siempre había pensado, que tuviera una esposa que lo amaba con desesperación y, un niño, colaboraba a que intentara quedarse todo el tiempo posible en Pemberley.
Elizabeth volvía hacía el salón por la amplia galería cuando vio que Darcy caminaba hacia ella. Lizzie sonrió y comenzó a hablar unos metros antes que él llegara hasta donde estaba ella.
-¿Quieres que pida algo en especial a la Sra. Reynolds?- preguntó pensando que a ello iba.
Sin responderle, la tomó de improvisto del brazo y la metió en una de las salas junto a la galería. Apenas cerró la puerta detrás de él, la tomó fuertemente de la cintura y la atrajo para besarla apasionadamente.
-¡Sr. Darcy!- dijo casi sin aliento- ¿Qué dirá su invitado?
-Puse una excusa para salir, no se me ocurrió decir que era para besar a mi esposa- respondió entre un beso y otro.
Elizabeth lo empujó suavemente para alejarlo y acomodó el cabello suelto detrás de la oreja.
-Usted que siempre es un caballero tan correcto, ¿no cree que lo que acaba de hacer es de lo más impropio?- le dijo burlonamente.
Darcy se acercó a ella y volvió a abrazarla.
-Después de casi un mes sin verte, me parece que lo incorrecto sería no besarte- le contestó agachándose para besarla, soltándola al escuchar pasos por el corredor.
-Debe ser el té- dijo Lizzie- ¿Sales primero tú o yo?
-Las damas primero- le dijo sonriendo y señalando con su mano el camino.
Elizabeth abrió la puerta despacio y asomó su cabeza para ver si no había nadie. Salió al corredor rápidamente, acomodándose el vestido arrugado y se encaminó hacia la sala.
Cuando entró, todavía con rubor en las mejillas, se sentó junto a Georgiana y tomó al niño que de inmediato le estiró los bracitos. El té estaba siendo servido cuando entró Darcy.
-¡Por fin, Darcy! ¿Dónde te habías metido?- preguntó el Coronel, enojado porque había tenido que hablar con el visitante en su ausencia.
Antes que la mentira saliera por su boca, titubeó por un momento.
-Tenía que hablar unas palabras con el encargado- respondió serio sin mirar a Elizabeth.
Pasaron el resto de la tarde en la sala conversando hasta la hora de cambiarse para la cena.
Darcy subió a bañarse y Lizzie a su habitación con el niño. El último mes se había apegado mucho a ella, tal vez tratando de compensar la ausencia de su padre. Esa tarde de fines de agosto, el verano se estaba haciendo sentir.
Golpearon y la puerta de la habitación se abrió con el permiso de Elizabeth.
-Sra. Darcy, ¿quiere que lleve a bañar a William?- preguntó la niñera.
-No, gracias Sra. Johnson, lo haremos nosotros- respondió.
Descambió al bebé y se acercó hasta el cuarto de baño de su esposo. Golpeó la puerta.
-Lizzie, ¿eres tú?- preguntó Darcy.
Ella abrió apenas la puerta, asomando su cabeza.
-Sí, ¿podemos pasar?- preguntó tímidamente.
-Entra, pero será mejor que trabes la puerta. Andrew puede entrar en cualquier momento- recién al decir esto notó que traía a William, desnudo, en sus brazos.
Lizzie se acercó hasta la bañera y le entregó al bebé antes de cerrar la puerta.
Darcy lo sostenía en alto para que no se moje.
-¿Qué haces?- interrogó, riéndose al ver a William mover las piernitas para llegar al agua- ¡Bájalo!, para eso lo traje.
Lo metió en el agua lentamente, con algo desconfianza, pero al notar la alegría que tenía William, se le pasó el temor.
Elizabeth acercó una banqueta a la tina y se sentó al lado. Tomó el jabón y enjabonó un paño. Darcy lo sostenía de frente a él mientras ella lo enjabonaba.
-Le gusta el agua- comentó.
-Le gusta bañarse conmigo. Está mal acostumbrado.
-Eso lo heredó de mí- le dijo, estirándose para besarla.
-¡Auch!- gritó en medio del beso.
-¿Qué…?-preguntó Lizzie confundida.
William estaba entretenido tirando de los pelos del pecho, así que optó por girarlo, recostándolo sobre él.
-¿Qué impresión te ha causado Jean Pierre?- preguntó Darcy enjuagando al niño.
-Parece interesante y agradable. ¿Se quedará mucho?
-Lo invité al compromiso. Espero que esto no te traiga problemas.
-No, una persona más no hará la diferencia- dijo, sacando al bebé y envolviéndolo-Es tarde, le diré a Andrew que venga a ayudarte.
Lizzie dejó a William con la niñera y bajó para supervisar la cena. Todo estaba en orden y fue a la sala donde solían reunirse antes de la comida. Aún no había nadie, así que buscó el bordado con el que estaba trabajando y empezó a trabajar en él.
-Madame Darcy- dijo el invitado al entrar en el salón- S’il vous plaît, no se levante.
A Elizabeth no le agradó que, habiendo varios lugares disponibles para sentarse, lo hiciera cerca de ella. Le pareció un poco indecoroso viniendo de una persona que acababa de conocer.
-Está haciendo un hermoso trabajo- dijo el francés buscando comenzar una conversación- ¿Es una camisa de dormir?
-Sí, lo es- contestó Lizzie sin levantar la vista del bordado.
-¿Para su marido?- preguntó nuevamente el visitante.
-No. Es para mi padre. Vendrá para el compromiso de mi cuñada y su cumpleaños fue hace poco. Podría comprarle algo importante, pero sé que le gustará tener algo hecho por mí.
-Me dijo su esposo que usted es de Hertfordshire.
-Sí. Lo soy. Mi familia vive ahí. Excepto mi hermana mayor, Jane, que vive a 30 millas de aquí y, mi hermana menor que vive en Newcastle.
-También me contó que una de sus hermanas está casada con su mejor amigo.
-Sí, Jane. Conocí a Darcy porque Charles rentó una residencia cercana a Longbourn y él fue a visitarlo.
-Buenos partidos para jóvenes solteras. Sus padres deben estar orgullosos que sus hijas atraparan esas fortunas. Debí venir antes a Inglaterra.
A Elizabeth le molestó el comentario y trató de responder cortés.
-Mis padres pueden estar orgullosos porque nos hemos casado con buenas personas, más allá de sus riquezas- en ese momento entraron Richard y Georgiana.
La cena transcurrió rápida y la conversación fue fluida y agradable. Elizabeth prácticamente olvidó su molestia con el Sr. De Guille debido a su comentario fuera de lugar.
Como los recién arribados estaban agotados por el viaje, todos se retiraron temprano a sus recámaras.
Darcy estaba acostado esperando que Elizabeth viniera a la cama, pero antes tenía que ocuparse de William. Cuando por fin llegó a la cama, se abalanzó sobre ella.
-Creí que estabas cansado- le dijo riéndose.
-Lo estoy- respondió mientras su boca y manos reconocían el cuerpo en que tanto había pensado ese mes.
-Cuánto te extrañe…-murmuró Lizzie entre gemidos.

No la soltó en toda la noche. Él durmió profundamente, ella notó que había llegado a extrañar esos ronquidos que tanto le molestaban.
Despertó con la luz que se filtraba y sin la compañía de su esposo en la cama. Abrió los ojos para verlo parado, meciendo el niño en brazos.
-Buenos días- le dijo al verla despierta.
-Buenos...días- respondió con un bostezo.
-¿Sabías que tiene dientes? Sí, supongo que lo sabes- se contestó solo en voz alta.
Elizabeth sonrió, hacía unas semanas había cortado sus primero dientes y ya asomaban.
-Sí, claro que lo sé. A menudo los utiliza conmigo. ¿Se los viste?
-Se los vi, después de sentirlos en carne propia. Me mordió la nariz.
-Debí advertirte que se lleva todo a la boca y…lo muerde- dijo Lizzie conteniendo la risa.
Darcy llevó a William hasta la cama y lo sentó en entre medio de ellos. La casa aún estaba tranquila, el silencio era roto por el balbuceo del bebé, alentado por su madre para que hable.
-No creas que me olvidé- dijo de pronto Elizabeth.
-¿Perdón?- preguntó confundido.
-Tú promesa...el regalo que me prometiste. Lo tengo bien presente. Si quieres, el Coronel, te dará el informe sobre mi comportamiento en este mes- contestó con ironía.
-¡Oh! Esa promesa. Será cumplida, por supuesto. Después del compromiso de Georgiana pondremos una fecha- contestó seriamente.
-Muy bien- dijo, sin poder ocultar que estaba feliz.
-También traje otros regalos, para ti, William y Georgiana.
Elizabeth se sentó en la cama para poder besarlo.
-Nos malcrías- le dijo con una sonrisa.
-Me gusta verlos felices- le susurró al oído.
Lizzie lo miró a los ojos y se puso seria. Con su mano lo tomó del rostro para que la mirara.
-Lo único que necesito para ser feliz…es tenerte conmigo- dijo Lizzie- No necesito nada más.

Los siguientes días, fueron de ajetreo para Lizzie y Georgiana. El Coronel regresó a casa de su padre a recibir las visitas que se alojaban allí. Darcy se ocupó de sus negocios y de entretener al Sr. De Guille, junto a otros de los invitados que estaban llegando.
Elizabeth no veía la hora que el baile se hiciera. Estaba agotada entre los preparativos, las visitas y, entre los requerimientos de su bebé y su esposo, no podía descansar como necesitaba.
Una mañana que anunciaba tormenta, Lizzie escapó un momento de sus obligaciones para realizar su paseo favorito, caminar por la rivera del río hasta un pintoresco puente de piedra. Fue devuelta de su distracción por lo perros de caza de su marido que, al verla, se acercaron corriendo hacia a ella poniendo ensuciando su vestido con sus patas enlodadas.
-¡Lancelot, Owain, abajo!- ordenó con poco éxito. Un silbido los llamó y ella giró hacia el lugar de dónde provenían creyendo que sería Darcy.
El Sr. De Guille caminaba en su dirección. Lizzie intentó limpiar un poco su vestido.
-Bonjour madame Darcy. Excusez-moi, les chiens...los perros, no me obedecieron- dijo al llegar junto a ella.
-No se preocupe, no es culpa suya. Colaboro en su desobediencia, suelo sacarlos a caminar y les doy comida a escondidas de mi esposo. Cuando me ven se alteran un poco- le dijo sonriendo.
Elizabeth, comenzó a tomar el camino de vuelta a la casa. El francés parecía dispuesto a volver con ella.
-¿Salió a cazar solo?- preguntó Lizzie para romper el silencio.
-Ouí, salí temprano en la mañana. Pero la suerte no me ha acompañado últimamente, ni en la caza, ni el juego.
-Si es por la partida de ajedrez que perdió anoche con mi esposo, no se preocupe por ello, no lo he visto perder ningún encuentro.
El Sr. De Guille se frenó para mirar a Elizabeth.
-Lizzie, prefiero tener mala suerte en el juego y tenerla en el amor- le dijo con una mirada lasciva, mientras con su mano colocaba un mechón suelo de pelo detrás de la oreja de Elizabeth.
Ella quedó paralizada, el mal presentimiento que le habían causado algunos comentarios inadecuados, se estaba confirmando.
-Sr. De Guille, espero que no tome a mal mis palabras, pero Lizzie es un nombre permitido sólo para mis allegados. Con su permiso, quisiera regresar sola a la casa- le dijo con nerviosismo.
Apenas entró, se encontró con la Sra. Reynolds.
-¿Mi esposo se encuentra en su despacho?- le preguntó ansiosa.
-Sí, Sra. Está reunido con su administrador.
Elizabeth sabía que no le gustaba ser interrumpido durante sus reuniones de negocios, pero necesitaba hablar con él de inmediato.
Golpeó la puerta y espero a escuchar la voz de su marido que decía “Entre”. Abrió lentamente, sin estar segura de lo que le diría.
-William, ¿puedo hablar contigo?- preguntó nerviosa.
Darcy estaba firmando unos documentos y levantó la vista para verla.
-Estoy un poco ocupado. ¿Puede esperar?- preguntó, pero al notar la cara de preocupación, añadió:
-Con su permiso, me gustaría unos minutos a solas con mi esposa- le dijo a su administrador.
Apenas salió por la puerta, preguntó:
-¿Qué es lo que quieres hablar conmigo?
No estaba segura de por dónde empezar la conversación.
-Después del compromiso, ¿el Sr. De Guille volverá a Londres?
-Supongo que sí. A decir verdad, yo también tengo que ir a Londres, por los negocios con Jean Pierre y pensé que podríamos ir todos, incluyendo a Georgiana. Podrían confeccionar su vestido de novia allá. ¿Qué te parece?
-Pensé…creí que nos iríamos a Bath- fue lo único que se le ocurrió decir para disimular su desencanto ante la idea de seguir viendo al Sr. Ge Guille.
-Mi amor, sé que quieres ir ahora, pero mis negocios con Jean Pierre son muy importantes, no puedo descuidarlos. Iremos a Bath después que se case Georgiana- le dijo abrazándola y besando su cabeza.
Elizabeth siempre se sentía protegida en sus brazos. Se aferró a él, apoyando su cabeza sobre el pecho de Darcy y, sin moverse, preguntó:
-¿Es muy importante el Sr. De Guille en tu nuevo negocio?
-Sí, lo es. Por eso lo invité a Pemberley. ¿Por qué me lo preguntas?
-Por nada- mintió.

Los siguientes días, hasta la fiesta, Elizabeth evitó quedarse a solas con el invitado. A pesar de ello, el Sr. De Guille, la miraba con la misma expresión que esa mañana cerca del río.
El último día del mes, todo estaba listo. Los invitados empezaron a llegar temprano, los Bingley con los Bennet, los primeros en arribar. Elizabeth estaba en la habitación de su cuñada, ayudándola con los últimos retoques.
-Georgie, sé que tenías pensado usar los pendientes que te regaló Richard. Pero pensé que tal vez querrías usar las perlas de tu madre- le dijo, abriendo una caja de terciopelo azul.
-¡Oh, Lizzie! No puedo, son tuyas.
-No. No lo son, pertenecieron a tu madre. Estoy segura que a ella le gustaría vértelas puestas.
La cena se desarrolló estupendamente. Georgiana estaba hermosa y feliz. Richard, maravillado por poder demostrar al fin, el amor que sentía por ella.
La joven pareja se encargó de abrir el baile, Darcy y Elizabeth los siguieron. Era el primer baile organizado en Pemberley desde que Lizzie era la señora de la casa. Pronto el baile se hizo concurrido y divertido. Como los anfitriones del mismo, tuvieron que estar atentos a sus invitados. Pero aún alejados, Lizzie podía distinguir la presencia de Darcy porque, con su altura, su cabeza sobrepasaba a casi todos y, aunque ella no lo supiera, él la tenía siempre vigilada.
Elizabeth estaba conversando alegremente con sus hermanas, cuando el Sr. De Guille se acercó solicitando el próximo baile.
-Sr. De Guille, ¿no preferiría bailar con alguna joven soltera? Sin duda le puedo presentar alguna- respondió Lizzie intentando salir airosa de la situación.
-Ya he bailado con varias, pero ahora me gustaría el honor de bailar con mi anfitriona- respondió sin hacer caso a la clara incomodidad que presentaba Elizabeth.
Se vio obligada a aceptar y tomó el brazo del Sr. De Guille, quien la condujo hasta el baile.
Elizabeth se alegró que el baile fuera